17
Los cuatro crímenes se habían cometido, a intervalos regulares, durante un periodo de nueve días: tres, entre Índice y Anular; tres, entre Anular y Corazón; y algo menos de setenta y dos horas entre Corazón y el asesinato de Ricardo Artola.
Y de repente el asesino había parado. Había transcurrido casi una semana y no había aparecido ningún nuevo cadáver.
Eso solo podía significar tres cosas, pensaba Emilia Castro Urrutia.
«La primera: que el asesino es Pulgar y que ha parado porque ya ha cumplido su venganza. Hipótesis que mi mente deja que se forme, pero que enseguida rechaza por absurda».
El pulgar, que era el más valioso de los dedos, no podía corresponder al asesino, sino a la más relevante de sus víctimas, al máximo trofeo de su venganza.
La segunda razón de que se hubiera interrumpido aquella secuencia de muertes podía ser que el asesino tuviera algún tipo de problema que le impidiera seguir matando.
Que hubiera sufrido algún percance, que se hubiera herido durante la ejecución de alguno de los últimos crímenes.
Tampoco parecía muy probable. Los asesinatos de Corazón y Meñique se habían perpetrado con la misma precisión que el resto.
El asesino no había cometido ningún error, no había tenido ningún descuido ni dejado el menor rastro de su paso.
«Esto lo estoy pensando por pensar —se dijo—, para hacer tiempo y no llegar tan deprisa a donde quiero llegar; a lo que creo que está sucediendo de verdad».
Y lo que a Emilia Castro Urrutia le decía no su corazón, sino esa parte de su cerebro con la que aún no había aprendido a comunicar plenamente, es que el asesino no había matado aún a Pulgar porque no había conseguido dar con Pulgar.
Del mismo modo que la policía no conseguía dar con Carlos Rivas Moreno, el desaparecido dueño de los cotos de caza de El Espinar.
Sencillamente, porque Carlos Rivas Moreno era Pulgar.
Y si eso era así, que muy probablemente lo era, «lo que lleva una semana sucediendo —concluyó— es que nosotros le estamos siguiendo la pista al asesino, pero el asesino también está siguiendo la nuestra. Está espiando todos nuestros movimientos,
porque sabe que tarde o temprano daremos con el paradero de Pulgar; y entonces, se estará diciendo, ya veremos quién llega antes hasta él. Quién lo trinca primero, como diría Eceiza».
Debía de llevar levantado mucho tiempo, si es que se había acostado. Había preparado la mesa del desayuno para los dos, pero no se sentó. Olía a pan recién hecho.
—Ya he hablado con Lizar, aiti, y le apetece mucho que vayamos los dos a su casa cuando acabe de resolver este caso. Y que tú te quedes unos días allí. Yo también me quedaré con vosotros todo lo que pueda.
Sacó del horno un pan un poco abollado y lo colocó en el centro de la mesa. Cortó una rebanada y se la puso en el plato.
—Pruébalo.
Y se quedó de pie, como un centinela, esperando el veredicto.
—Está buenísimo.
—Ya puede estarlo, que cuesta más hacer pan en casa que preparar bien unas kokotxas.
Aunque tengas que pescar primero la merluza…
Cuando volvía de la temporada, tu abuela me decía que le gustaba que yo trabajara en la mar, que mejor que en una fábrica, que así no tenía que verme todos los días.
Pero me lo decía riendo de aquella manera, y me recibía de maravilla.
Ya sabes. Dicen que con la edad se te quitan las ganas de esas cosas, pero es mentira.
«Tampoco con la distancia se te quitan», pensó Emilia. Y estuvo a punto de decírselo a su abuelo, pero se contuvo. No quería invadir, de ningún modo, su historia.
—¿Qué te parece lo de irnos a casa de Lizar?
—Pero primero vamos a Orio, a la casa de tu abuela.
Sé que ya no está, que la derribaron hace tiempo, pero por lo menos a ver el sitio.
Allí hacían pan todos los días. «Vosotros, como sois de ciudad, compráis», me decía.
Pues ahora lo voy a hacer en casa. Aunque todos los días no, que no sabes lo que cuesta. ¿Cómo está?
—Buenísimo, pruébalo tú también.
—Luego, luego.
—Entonces, cuando resuelva el caso, nos vamos los dos a Asturias.
—Pero primero a Orio.
—Sí, aiti, sí, primero a Orio.
Era un perro blanco, grande, de una raza que no habíamos visto nunca por aquella zona. No parecía de caza ni de guarda, ni desde luego de los que se compran para que te hagan compañía ni para que jueguen con los niños.
Estábamos en el jardín de la casa de El Espinar. Esperábamos, a comer, a mi hermano y a su familia.
Yo me estaba ocupando del fuego de la parrilla, y aquel perro saltó el seto y se abalanzó sobre la bandeja de carne cruda que estaba a mi lado.
Le pegué con el tenedor de asar, que seguro que estaba muy caliente; aulló y se giró para huir por donde había venido.
Pero, antes de escaparse, enganchó a la niña, que jugaba sobre una colchoneta de goma que yo había alejado un poco para protegerla del fuego.
Le arrancó gran parte del brazo y la oreja y media cara, del lado derecho —el ojo no, menos mal, dijo el médico—. Volvió a saltar el seto y desapareció.
Luego, corriendo el torniquete y la ambulancia y Esther envuelta en una tela amarilla, brillante, que parecía el papel de un caramelo; el hospital de urgencias; las preguntas de la policía; otro hospital y otro y otro; y la vida convertida en una torturadora despiadada y eficaz.
A aquel perro no hubo manera de encontrarlo.
Ni por los caminos, ni por las calles del pueblo, ni en los jardines, ni en los cotos de los alrededores.
Nadie, ni siquiera los cazadores, volvió a verlo.
Porque lo hubieran reconocido enseguida de haberlo visto; porque aquel perro que yo les describía una y otra vez, y que algunos vecinos también habían visto pasar corriendo, no se parecía a ninguno de los que andaban por la zona.
Grande, blanco; en realidad, color de hueso mojado o de colmillo.
Emilia Castro Urrutia reunió a su equipo.
Había pasado una semana desde el asesinato de Ricardo Artola y no había aparecido ninguna otra víctima.
—A estas alturas, y con todas las policías alertadas, nos habríamos enterado, aunque hubiera sucedido muy lejos de aquí.
Y creo que eso significa que el asesino no ha conseguido dar con el que falta, con Pulgar, porque ha desaparecido de su radar, si es que alguna vez lo ha tenido en él.
Lo que también me lleva a creer que es bastante, por no decir muy posible, que Pulgar sea Carlos Rivas Moreno, el dueño de esos cotos raros de El Espinar, que de momento son nuestro único agarradero, porque ese es el punto de contacto más probable entre los cuatro «dedos».
El lugar donde debían de reunirse Albero, los dos hermanos «del norte», y lógicamente también Alejandro Oliván, puesto que era la cuarta víctima.
—Y resulta que precisamente el dueño de ese lugar lleva muchos años más que desaparecido, como esfumado.
—Por algo será.
—Sí, Eceiza, por algo será.
Y además su desaparición parecía coincidir en el tiempo con los radicales cambios de vida de las cuatros víctimas: el regreso a Gijón de Oliván, el ordenado trabajo de comercial de Albero; la vuelta a San Sebastián de los Artola, con el supuesto viaje de Sergio a la India, un poco más tarde.
—Tres se van de Madrid, Albero como quien dice se enclaustra en su rutina del trabajo a casa.
Pero del dueño de los cotos nadie parece saber nada desde entonces…
Yo no sé cuánto se imagina el asesino que hemos averiguado hasta ahora, pero que debemos de andar detrás de Carlos Rivas estoy segura de que ya lo piensa; y que por eso nos debe de estar mirando de cerca, para ver si finalmente es la policía la que le conduce hasta su última y más valiosa víctima.
—En fin, que incluso podría estar siguiéndonos, con toda la cara —dijo Eceiza.
—Una cara que no sabemos identificar… Creo que no hay que descartarlo. Y por eso vamos a extremar la vigilancia.
—¿Quieres que registremos los coches de arriba abajo, para ver si ha conseguido colarnos un localizador?
Eceiza resopló con una mueca burlona. No le caía bien el suboficial Benegas, «el guapito recién llegado que quiere hacerse notar».
A lo mejor era una forma inconsciente de celos lo que Eceiza sentía, pensaba a veces la subcomisaria, porque ese guapito parecía muy satisfecho con su vida privada, mientras que él tenía una vida amorosa muy complicada: «una montaña rusa, jefa, que lo mismo me pone la felicidad por las nubes,
que me la tira al suelo».
—No estaría de más, Benegas, buena idea. Ocúpate tú de los coches, y que te eche una mano Eceiza, al que parece alegrarle mucho tu propuesta.
—Enseguida me pongo a ello —respondió Benegas.
—Lo que mandes, jefa —respondió Eceiza casi a la vez, comiéndose con su vozarrón la voz más aguda del otro.