16
Lizar tenía razón. Alejandro Oliván Herrero llevaba varios días muerto cuando la policía lo encontró en uno de los apartamentos de Cimavilla que su agencia inmobiliaria tenía el encargo de vender.
Tenía un único orificio de bala, en medio de la frente, disparado a muy corta distancia, de nuevo con una 22.
Y en el cuello, el mismo corte completo, que también subía por el lado derecho de la cara, aunque menos que en el caso de Ricardo Artola, y «le deja más oreja», en palabras de Arriola, que se había desplazado hasta Gijón con la subcomisaria Castro Urrutia.
Eso significaba que el asesino había matado antes a Corazón que a Meñique.
—Me he confundido con la jerarquía de los dedos, Emilia.
Lizar no se había confundido, pero eso la subcomisaria no se lo dijo al forense.
—Aunque en realidad no es una equivocación, porque el orden que está aplicando el asesino es, como mínimo, discutible.
Pero, en cualquier caso, me sorprenden los conocimientos de anatomía que se ve que tiene, no solo por la manera de amputar los dedos, también por la limpieza del degüello…
Es médico o enfermero o, no sé, fisioterapeuta…
O al menos alguien que se ha acercado a esas disciplinas, por la razón que sea.
—O si no es un profesional, podría ser la víctima de alguna forma de agresión física brutal que le ha dejado importantes secuelas. Alguien que ha tenido que estudiar a fondo su cuerpo para superarlas o vivir con ellas lo mejor posible.
—Que ha estudiado el cuerpo humano, seguro. Pero el suyo no creo. Parece estar físicamente muy en forma; y para manejar la pistola y, sobre todo, el cuchillo con la precisión y eficacia con que lo hace no creo que le falte ningún dedo; desde luego, no de la mano derecha.
—Entonces es el cuerpo de otra persona, de algún familiar o de alguien que le importa.
—Sí, Emilia, nuestro asesino, si no es médico o similar, puede ser alguien que ha aprendido a cuidar de una persona que ha sufrido heridas muy graves, incluso alguna forma de mutilación.
—Heridas o mutilaciones que ahora inflige a sus víctimas, pero después de muertas. Es decir, que no quiere matarlas así, sino marcarlas de ese modo. Y llevarse de ellas la imagen de esa marca cuando abandona la escena del crimen.
Había que investigar por ahí. En alguna parte, un crimen truculento con mutilaciones o heridas profundas, probablemente de arma blanca; y con más de diez años de antigüedad.
—Pero eso es como encontrar una aguja en un pajar, jefa.
—Ya. Pero por lo pronto vamos a delimitar el pajar. Y lo único que tenemos son esos cotos de caza «raros», en Segovia. Así que los crímenes truculentos los vamos a empezar a buscar por esa zona.
—Y para colmo, crímenes más viejos que ir a pie.
—Tú lo has dicho, Eceiza.
Alejandro Oliván había vivido en Madrid en los mismos años que Albero, que era madrileño, pero también que los hermanos Artola. Entre 2009 y 2013 había trabajado como auxiliar en una clínica veterinaria de Argüelles.
—Ha pasado mucho tiempo, pero me acuerdo de él perfectamente —les dijo el veterinario a los policías cuando fueron a visitarle—; no había hecho estudios pero tenía una mano increíble con los animales.
Luego, un día, me comunicó que dejaba el trabajo porque había decidido volverse a Asturias, de donde era originario. Me dio mucha pena.
El veterinario no había conocido a ninguno de sus amigos ni recordaba ningún nombre que Oliván hubiera mencionado.
Ni Vicente Albero ni los hermanos Artola ni Carlos Rivas le sonaban de nada.
—¿Y un coto de caza en Segovia?
—¿Un coto de caza? No, no; de eso sí que me acordaría. Porque me hubiera extrañado muchísimo que ese chico cazara. ¿Cazar? No lo creo, con la delicadeza con la que trataba a los animales. Aunque, con las noticias que me traen ahora —añadió—, ya no sabe uno de qué extrañarse ni qué creer.
Alejandro Oliván había vuelto a Gijón a finales de 2013; se había casado y había tenido dos hijos, pero, solo un año después del segundo nacimiento, su mujer había pedido el divorcio. Sandra Barrero Villar vivía desde entonces en Vigo con sus hijos.
La subcomisaria Castro Urrutia de la Ertzaintza, y el Inspector Lucas Morán de la Policía Judicial de Gijón, se desplazaron hasta allí para hablar con ella.
No quiso recibir a la policía en su casa.
—Los niños ya no son tan pequeños y no les he dicho aún lo que le ha pasado a su padre, así que prefiero, si es posible, quedar en casa de una amiga.
—No hay problema.
A los dos policías visitantes se les unió la oficial Rosa Varela, de la Policía de Vigo. Emilia iba a encargarse de realizar la entrevista.
Se sentaron juntas en un sofá, mientras los otros dos agentes permanecían de pie, un poco más lejos.
—Ya sabía que la policía querría hablar conmigo —fue lo primero que dijo Sandra Barrero— y les agradezco que hayan aceptado verme aquí.
No les he dicho nada aún a los niños porque no he encontrado la manera de quitarle a esa noticia todo el horror que contiene y dejarla solo en la información de su muerte, a secas, sin acompañamientos.
No sé si me entiende; les hablaré cuando encuentre el modo de tapar el crimen y que vean solo el fallecimiento de su padre.
—Lo entiendo perfectamente, Sandra. ¿Tenían sus hijos relación con él?
—Ninguna. Al principio pasaba algo de dinero y llamaba de vez en cuando, y alguna vez se acordó de un cumpleaños y mandó un regalo.
Después, desde hace muchos años, ni eso.
Pero un padre se piensa; a tu cabeza se le mete como la obligación de pensarlo aunque no esté, sobre todo si no está. ¿No le parece?
—Sí, creo que tiene razón.
—Y los niños van creciendo, y están los compañeros de la escuela, que hablan de sus padres y de sus planes en familia. No creo que mis hijos le hayan echado de menos a él, pero sí que les ha faltado la normalidad de tener un padre.
—Sí, eso también lo entiendo. Y ahora ¿cómo cree que van a reaccionar?
—A lo mejor le parece una burrada lo que voy a decirle, pero creo que saber que ha muerto va a hacer que todo sea más fácil para ellos.
—Como si la muerte normalizara su ausencia.
—Sí…, y como si la justificara ante los demás. La muerte de Alejandro va a representar para mis hijos una forma de alivio. O eso espero. Porque faltarles él no les va a faltar. Casi no le han conocido. Y decir casi ya es decir demasiado.
Una madre reconocible por fin, pensó Emilia Castro Urrutia; y una voz propia también, sincera en su tono y en su edad.
—Estamos buscando algo en el pasado de Alejandro que pueda ayudarnos a aclarar estos crímenes. ¿Qué sabe usted de sus años en Madrid, antes de que se instalara en Gijón?
—Yo no le conocía entonces y él no hablaba de aquellos años. No le gustaba nada hablar del pasado.
—¿Sabe por qué razón?
—Alguna vez pensé… no que había hecho algo malo en Madrid, no le creía capaz de hacer algo verdaderamente malo, pero sí que había hecho algo de lo que se avergonzaba.
—¿Como qué?
—No sé, subcomisaria, pero a veces pensaba que no era culpa lo que Alejandro sentía por algo de su pasado, sino vergüenza.
—Haga un esfuerzo, Sandra, por favor. Es vital que encontremos aunque sea la punta de un hilo del que tirar. Porque es posible que haya más crímenes.
—No puedo decirle qué era, pero sí que me parecía que tenía que ver con haberse dejado dominar o dirigir por alguien.
Con haberle obedecido a alguien. Sí, eso es, aunque es la primera vez que lo pienso con estas palabras; creo que era la vergüenza de haber obedecido…
Porque Alejandro era un hombre orgulloso y débil.
Y la debilidad tiene que ser una tortura para el orgullo, ¿no cree?
—Sí, sí lo creo.
Y esa tortura para el orgullo se suele encontrar en el origen de muchos delitos violentos. Pero eso la subcomisaria no quiso decirlo.
—Sabemos que tenía relación con Ricardo Artola, otro de los asesinados, que incluso eran socios. ¿Lo conoció usted? ¿Podría ser él a quien Alejandro obedecía o había obedecido en el pasado?
—A Ricardo le vi alguna vez; de hecho, vino a nuestra boda.
Pero aunque no les había ido igual en la vida, económicamente quiero decir, porque Ricardo era rico, no creo que existiera una relación de poder entre ellos.
Creo que se hablaban, o que Ricardo le hablaba a Alejandro, de igual a igual.
Por lo menos esa era la sensación que me daba cuando los veía juntos, que ya le digo que fueron muy pocas veces.
—¿Y el nombre de Carlos Rivas Moreno le dice algo?
—No.
—Trate de hacer memoria, por favor, es muy importante.
Permaneció un rato pensativa, masajeando con su pulgar izquierdo la parte inferior del dedo corazón de su otra mano.
El mismo dedo que el asesino le había cortado a su exmarido.
Y ese gesto, que indicaba que aquella mujer estaba buscando, con empeño y valentía, en su pasado, conmovió a la subcomisaria.
«Ojalá puedan ser ahora más felices —pensó—, que la muerte horrible de ese hombre tenga, al menos para ellos, algo de sentido».
—Creo que había un Carlos en la primera agencia inmobiliaria en la que Alejandro empezó a trabajar. Pero no me acuerdo de cómo se apellidaba.
—Tiene que ser otro Carlos, al que hubiera conocido en la época de Madrid, que era dueño de unos cotos de caza en El Espinar, en Segovia. ¿Pudo mencionarlos alguna vez Alejandro?
—No. Al menos, no lo recuerdo.
—Siento insistir, Sandra, pero cualquier detalle puede resultarnos muy valioso… Tal vez ese Carlos estuvo en su boda. ¿Tiene alguna fotografía de grupo de aquel día?
—Tiré la mayoría, con un montón de cosas más, cuando me separé.
Pero guardé alguna para mis hijos, por si preguntaban el día de mañana o por si la relación de ellos con su padre tomaba otro rumbo.
Tres o cuatro fotos, no más. No sé por dónde andarán ni si hay alguna con invitados.
Las voy a buscar y cuando las encuentre, si hay caras a las que no puedo poner nombre, la llamaré sin falta. ¿Le parece bien?
—Me parece muy bien, Sandra, y se lo agradezco mucho. Le dejo mi tarjeta; puede llamarme cuando quiera.
Sandra Barrero acompañó a los policías hasta la salida. Y cuando ya estaban en el descansillo, Emilia Castro Urrutia se volvió y le dijo a aquella mujer serena y confiable, tan distinta de las otras dos con las que se había entrevistado:
—¿Por qué no les dice simplemente a sus hijos que su padre ha muerto en un accidente? Algo que, por desgracia, no tiene nada de excepcional.
—¿Y no tendrían manera de enterarse de lo que ha pasado de verdad en Gijón?
—Estamos tratando de ser muy parcos en nuestras informaciones a la prensa, entre otras razones, para preservar la intimidad de las víctimas. Además, ya sabe a qué velocidad se encienden y se apagan las noticias en estos tiempos.
—Un accidente, sí, es una buena idea. Una muerte, como dice, de lo más normal. Y además Gijón queda bastante lejos, sobre todo para los niños. Gracias.
—Gracias a usted por su colaboración y no se olvide de la fotos.
—Descuide.