Un dedo menos 15
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Había muchos cotos de caza en la provincia de Segovia, y habían decidido empezar por los «raros»: esos a los que les faltaban datos de registro; o en los que se había producido algún incendio o accidente…

—Donde hubiera habido problemas de algún tipo, en los últimos veinte años.

Nos hemos ido bastante atrás porque lo de Albero tenía que ser antiguo.

Y hemos encontrado algo interesante. Varios cotos en El Espinar a nombre de la misma persona, un tal Carlos Rivas Moreno, del que no figuraba más domicilio que el de esas parcelas.

Uno de los cotos se incendió en 2013, y todos fueron embargados y rematados entre mediados y finales de 2014, por deudas de su dueño.

Un dueño que, por cierto, parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Y no ahora.

Ningún domicilio, ninguna propiedad a su nombre desde hacía más de doce años, ni siquiera un coche. Ni una cuenta bancaria desde hacía más o menos el mismo tiempo.

—Por no tener, no debe de tener ni móvil, Emilia. Por lo menos, que figure registrado. Y no ha renovado la documentación.

—Pero ¿estará vivo?

—Como muerto no consta.

Le habían preguntado a la madre de Albero, pero tampoco se acordaba de ese nombre. «Carlos, Carlos…, un nombre tan fácil se te queda —había añadido— y a mí no se me ha quedado».

—Así que a ese Carlos Rivas Moreno le estamos buscando, Emilia, porque a un desaparecido, cuando hay tres crímenes idénticos sin resolver, hay que hacerle aparecer.

—Sin duda. Mándame todos los datos que tengáis sobre él y desde aquí también nos ponemos a buscarlo.

Habían «peinado» los negocios de Ricardo Artola y su lista de contactos y llamadas. Y solo se les resistía un número: el de Alejandro Oliván Herrero, un agente inmobiliario de Gijón, que era socio de Artola en un negocio de prendas deportivas con sede en Asturias.

Se llamaban a menudo, aunque en los días anteriores al asesinato de Artola no habían conseguido hablar.

Solo estaban registradas muchas llamadas perdidas entre ellos.

Tal vez se debía a la escapada submarinista de Artola; y a su vuelta, a alguna circunstancia que había impedido a Oliván contestarle al teléfono.

El mismo día de su muerte, Artola había intentado hablar con él varias veces, por la mañana y por la tarde, sin éxito.

Alejandro Oliván no tenía teléfono fijo, ni en la agencia inmobiliaria que dirigía solo ni en su domicilio personal.

La subcomisaria Castro Urrutia se puso en contacto con la Policía Judicial de Gijón y les dio las referencias que tenía.

—Es socio de uno de los asesinados de San Sebastián y no hay manera de dar con él por teléfono.

—Entendido, Emilia, nos ocupamos nosotros de ir a buscarlo y te voy informando.

Los días estaban empezando a alargarse. Llamó a su abuelo para proponerle ir a cenar a alguno de los restaurantes del muelle.

—A lo mejor ya tienen sardinas, y luego compartimos un cogote.

—No sabes nada, todavía es pronto para las sardinas. Además, no tengo ganas. Y me he pasado toda la tarde haciendo una menestra. Así que aquí te espero si quieres cenar conmigo.

—Claro que quiero, aiti, ahora mismo voy.

Le he llamado para decirle que me interesa uno de los pisos que vende su agencia.

—Pero la visita tendría que ser mañana, tempranísimo —le digo—, porque luego tengo que viajar.

No debe de tener casi clientes, porque acepta reunirse conmigo a las siete.

A esa hora no anda mucha gente por la calle y, además, es una zona del barrio donde hay bastantes casas vacías, por restaurar.

Todo el edificio que vende su agencia está sin ocupar, ya lo he comprobado, y el portal ni siquiera tiene la puerta definitiva.

Podré entrar rápidamente y esperarle dentro, en algún rincón invisible desde el exterior.

Llego con antelación; él, puntual.

Me acerco a la entrada para que vea que ya estoy en el portal. Llevo aún puesta la capucha de la sudadera negra, pero no parece inquietarle.

Nos saludamos normalmente.

—Todavía no funciona el ascensor —dice.

—No importa.

Le sigo por las escaleras. Sube despacio. Me acuerdo tontamente de un bedel de la facultad que una tarde me conducía hasta el laboratorio de análisis porque me había olvidado algo. Él también despegaba los pies de cada peldaño como si estuvieran untados de cola y le costara.

Saca la llave. Entramos. Enciende la luz, aunque ya ha amanecido y el piso tiene muchas ventanas.

Tiene la misma edad que los otros, pero parece mucho más viejo. Calvo, seco, con una voz cascada con la que me alaba, desganadamente, las bondades de este piso de Cimavilla:

—Es el barrio de moda de Gijón. Y se está rehabilitando todo el edificio, como ha podido ver. Aunque este ático es sin duda la mejor de las opciones. Unas vistas espléndidas al mar.

Pero ni siquiera se mueve hacia la terraza para mostrármela. Solo me la señala extendiendo el brazo, rígido, entero, como el de una estatua sin dañar.

—El mar, sí, qué maravilla para alguien como yo, del interior. Vivo en Segovia. ¿Lo conoces?

—La verdad es que no.

—¿No has estado ni siquiera en el campo?

—Es posible que haya ido alguna vez.

—A lo mejor tú no te acuerdas. Pero yo sí, perfectamente. Soy el padre de la niña de El Espinar, la del perro del coto —le digo mientras saco la pistola de la mochila.

No le cambia la expresión ni hace el menor movimiento. Como si morir le tuviera sin cuidado. Y tampoco intenta la estupidez de fingir que no sabe nada de aquello. Solo dice:

—¡Ah! El Espinar. Qué cosas.

—Sí, El Espinar, teníamos una casa de vacaciones allí. Iba mucho con mi mujer y mi única hija. —Ajusto el silenciador—. Tú también tienes hijos, ¿verdad?

—No han tenido mucho padre esos críos, así que esto ni lo van a notar.

Le pregunto por Carlos Rivas. Dice que hace siglos que no sabe nada de él. Y que de todas formas, aunque lo supiera, no me lo diría.

Disparo.

Y hago lo que tengo que hacer.

Luego meto el dedo y el móvil en la bolsita amarilla, y la dejo en la entrada.

Había hecho con Esther recién nacida lo que mi padre decía que había hecho conmigo: contarle los dedos, tan diminutos, de las manos y de los pies; y comprobar feliz que estaban todos. Se supone que es eso lo que tiene que hacer un padre. Después le dije a Idoia:

—Es perfecta; nuestra hija es perfecta.

Pero luego, con el tiempo, me había ido olvidando de los dedos de mi hija, porque esos dedos estaban ahí, perfectamente dispuestos y capaces de todos los gestos.

No reclama atención lo que funciona bien, de la manera más natural.

Y bañaba a mi hija y la secaba con cuidado, pero sin fijarme en sus brazos, sus piernas, sus orejas, porque todo estaba bien y en su sitio; solo los secaba con delicadeza, pero sin necesidad de verdadera atención.

Solo te fijas y atiendes, obsesivamente, lo que ya no está, lo que de la noche a la mañana desaparece: la oreja y parte de la mejilla derechas —el ojo no lo ha tocado, menos mal, dijo el médico de urgencias—; y el brazo derecho casi entero, solo cuelga el pequeño muñón.

Y entonces tienes que secar, con toda la atención del mundo, primero la sangre y luego, con el tiempo, el agua del baño que se desliza, indiferente, sobre las cicatrices.