Un dedo menos 14
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La atmósfera en el salón de Ricardo Artola también parecía atrapada, pero no en el tiempo, como en casa de Albero, sino en un soporte rígido: una fotografía enmarcada o la portada de una de esas pesadas revistas de interiores…

«Una decoración lujosa —pensó Emilia Castro Urrutia—, de acuerdo con la idea de lujo que se tiene ahora: la clonación cara de diseños que se ponen de moda entre los famosos».

Y Alicia Rivilla también parecía una clonación: pelo mil veces visto en ciertos ambientes, ojos y labios perfilados, ropa naturalmente artificial o a la inversa; joyas «exclusivas», es decir, copiadas pero a una escala discreta.

Y su belleza, porque era guapa, se encontraba arrinconada en aquel ambiente y con todo aquel atrezo.

Aunque, pensó la subcomisaria, dadas las circunstancias sería más justo decir que su belleza estaba encañonada, y en peligro de desaparecer de un momento a otro y para siempre, con aquel armamento de muebles, maquillaje, complementos…

—Sabemos que son momentos muy difíciles para usted y no voy a molestarla mucho; pero necesito hacerle algunas preguntas sobre su marido, en particular sobre el pasado de su marido, sus actividades, relaciones, amigos de hace años.

—No conocía ni su presente, como para conocer su pasado —respondió la mujer de Artola con una voz que a la subcomisaria le pareció también desfasada, como la de la madre de Albero, solo que al revés; porque Alicia Rivilla tenía treinta y cinco años y hablaba como si tuviera quince.

—¿Hacía mucho tiempo que estaban juntos?

—Me casé embarazada de ese; así que unos ochos años.

La subcomisaria y Eceiza se miraron desconcertados; habían dado por hecho que no había nadie más en la habitación.

Pero al decir «ese» ella había señalado con el brazo el tramo izquierdo del larguísimo sofá.

Y allí detrás, lo comprobó Emilia acercándose al borde, tumbado en el suelo, boca abajo, aparentemente tranquilo a pesar de que acababa de perder a su padre, estaba el hijo de Artola, hipnotizándose con su móvil.

—¿No cree que es mejor, Alicia, que hablemos a solas de estas cosas?

—No te preocupes, no va a enterarse de nada, está a lo suyo.

Emilia Castro Urrutia se hubiera puesto allí mismo a gritar después de oír esa respuesta.

Pero vino a rescatarla un recuerdo de su propia infancia: su madre enseñándole, una tarde en que llovía mucho y no habían salido de casa, a enhebrar una aguja.

Sin impacientarse, sonriéndole, haciéndole chupar un poquito la punta del hilo.

«Ya verás, cuando lo consigas, sentirás que has crecido de golpe».

Y ya no tuvo ganas de gritar, sino de llorar por aquel niño doblemente huérfano.

—De todas maneras, prefiero que su hijo no esté presente. Mi colega se va a quedar aquí con él y, si le parece, usted y yo salimos a hablar a la terraza. Hace bueno.

—Como quieras.

No había dónde sentarse —«estoy cambiando todo el mobiliario de exterior»— y se colocaron de pie, frente a frente, junto a la barandilla que daba al jardín.

—¿Conocía usted a Sergio, el hermano de su marido?

—Ni siquiera sabía que tuviera un hermano.

—Sabemos que entre 2010 y 2013 Ricardo estudió Económicas en Madrid y su hermano, Ingeniería, aunque ninguno de los dos acabó la carrera. ¿Le habló alguna vez su marido de sus amigos de aquella época de estudiante?

—No. Solo hablábamos de la gente nueva que íbamos conociendo, que ya es bastante.

—¿Y de algún compañero de trabajo, en algún momento?

—No. Cuando lo conocí, ya no trabajaba, si es que había trabajado alguna vez. Solo hacía negocios.

—¿Qué clase de negocios?

—No sé, qué quieres que te diga, de esos que se hacen por teléfono y sin horario.

—Alicia Rivilla se estaba impacientando, era evidente.

No hacía más que pellizcarse el pelo, como para comprobar que no se le había dormido—.

No entiendo que no podamos hablar dentro, la verdad. Aquí me estoy agobiando.

—Acabamos enseguida. ¿A sus socios los conoce?

—No. Aunque a lo mejor algunos de esos hombres con los que salíamos de vez en cuando eran socios. No sé.

—¿Manejaba Ricardo mucho dinero?

—¿Qué es mucho?

—Que viven ustedes bien salta a la vista. ¿Podía su marido tener algún problema de dinero, alguna deuda importante?

—Mira, ya ves que no sé nada. Ricardo y yo no nos comunicábamos. A veces salíamos y viajábamos juntos; a veces dormíamos juntos y eso; pero nada más. El resto del tiempo, cada uno a su aire, sin dramatizar.

—Una última cosa: ¿tiene fotografías de su boda? Donde aparezcan invitados, ya sabe.

—Tampoco. Nos casamos en Cerdeña deprisa y corriendo y no vinieron ni mis padres, con eso te lo digo todo. Los suyos ya se habían muerto.

A la subcomisaria no le gustaba conducir, pero al salir de la casa de Artola, le pidió a Eceiza las llaves.

—¿Y esta novedad, jefa?

—Tengo que hacer algo con las manos y prefiero conducir que ponerme a romper cosas. Me han sacado de quicio esa mujer y la vida que lleva. ¿Qué tal con el niño?

—No se ha inmutado, ni se ha movido. Si no fuera porque de vez en cuando pasaba los dedos por la pantalla del móvil, me hubiera parecido una escultura.

—¿Qué estaba viendo?

—No sé. Llevaba cascos, de esos pequeños bien metidos en la oreja, y no he podido oír nada.

—«Hay crímenes gordos que no se consideran delito, decía mi abuela, y por eso se quedan sin castigo y sin remedio». Un crimen sin delito es lo que le están haciendo a ese crío. Y a tantos otros en nuestra sociedad… Y ahora me voy a casa, porque no puedo más.

Ya había parado en la esquina de la calle Aldamar para bajarse cuando la llamó, desde Madrid, el inspector Gabriel Domeño.

—Hemos avanzado bastante con el tema de los cotos de Segovia, Emilia. Tenemos que hablar.

—Dame media hora y te hago una videollamada desde la comisaría.