Un dedo menos 13
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Los análisis de ADN confirmaron que el muerto del cementerio de Polloe era Sergio Artola Uriz, el hermano «monje» que había desaparecido después del fallecimiento de su madre y de venderle a su hermano la parte de la herencia que había recibido de esta.

Gracias a esa operación, Ricardo Artola había hecho, en palabras de Eceiza, el «negocio del siglo…, un pelotazo de los buenos». Le había comprado a Sergio la mitad de unos terrenos rústicos que a los pocos meses se recalificaron en urbanos.

—En fin, que el hermano mayor se forró con esa compra, jefa; un forro de anorak para el Himalaya.

—Hay que comprobar de dónde sale, aparte de ese «forro», todo el dinero que parece que tenía. ¿Y cómo vamos con el registro de sus llamadas?

Porque esta vez, en la bolsita amarilla que el asesino había metido debajo del coche de su víctima, junto con el meñique de Ricardo Artola apareció su móvil.

«Y si lo ha dejado es porque sabe que no vamos a encontrar nada interesante», había dicho Eceiza.

«O porque quiere que encontremos algo, o a alguien», había respondido la subcomisaria.

—Estamos en ello, jefa. Pero nos va a llevar bastante tiempo hablar con todo el mundo. No sabes cuántos contactos tenía ese tío metidos en el móvil y cuantas llamadas había hecho o recibido en los últimos días. Como si estuviera todo el día pegado al teléfono.

—Daos toda la prisa que podáis. Y a ver si podemos tener de una vez con su viuda esa conversación que está obstaculizando el médico.

—Me parece que hay mucho teatro en esos reparos. No me creo lo del «shock muy profundo que desaconseja por el momento…». Artola no parecía una persona de las que despiertan ese tipo de pasiones o a la que alguien pueda querer profundamente.

—Te noto muy sentimental hoy, Eceiza.

—Es que pienso mucho en esas cosas, jefa, no tengo más remedio. Querer y ser querido; en realidad, no serlo.

Emilia Castro Urrutia también pensaba mucho en el amor, no tenía más remedio.

Con su abuelo dando vueltas por la casa, encerrado en la pérdida como un tigre grande en un jaula diminuta.

«Y la pesada de tu madre, todo el día con la historia del duelo… “Lo pasarás, aita, ya verás, poco a poco”. Yo no estoy de duelo, que no sé ni lo que es eso; estoy de luto y eso está fijo en mí como una roca, no se pasa».

Y con Lizar, tan lejos, no tanto en kilómetros como en «idioma de vida».

«Es como si tuviera que volver a aprender a hablar, Emilia, para poder comunicar lo íntimo. Dame tiempo».

Y Emilia se lo daba; tampoco tenía más remedio.

Pero porque no quería tenerlo. Claro que iba a darle todo el tiempo que necesitara.

Lizar, Lizar… «El misterioso novio asturiano de la jefa», decía Eceiza.

Ni tan asturiano ni tan novio, pensaba ella, pero no lo decía.

«No le cuentes mis cosas a nadie, Emilia, por favor». Y ella se lo había prometido.

La venganza te llena, pero no te mueve. Lo que te mueve es la rabia, y luego el odio. El odio es la rabia cuando se coloca en un objetivo preciso.

Solo queda su coche en el callejón sin iluminación propia. Desde las farolas exteriores de la calle principal llega justo la claridad que necesito. Una luz lánguida, perfecta para pasar desapercibido, pero con la energía suficiente para que él pueda verme, cuando gire la cara.

Se mete en el coche, entonces me acerco por el lado derecho, abro la puerta de atrás y entro. Se gira, me ve apuntándole.

—¿Qué quieres?

Lo primero que me llega dentro del coche es el olor de su colonia, que será cara, como la ropa que lleva, pero para mí huele a desinfectante. Conozco demasiado bien ese olor.

—Quiero, para empezar, que no hagas ningún movimiento raro y me des el móvil.

Busca en el bolsillo del pantalón y me lo tiende.

—Ahora las manos en el volante.

Lo agarra con fuerza. No puedo verle las uñas, pero seguro que también se hace la manicura. Pensar en todos esos cuidados me destapa la ira que necesito para poder hacer lo que tengo que hacer.

—Arranca y sigue el camino que te voy señalando.

Las niñas de clase de Esther se pintaban las uñas con esmaltes que iban cambiando de color a medida que crecían, del rosa al rojo intenso, incluso al azul oscuro y el negro.

«Yo no quiero pintármelas —decía Esther—, total…»

. Y yo sabía que estaba contando en su cabeza, y no me atrevía a insistir ni a contradecirla.

—Si lo que quieres es dinero, no llevo mucho encima, pero podemos parar en un cajero.

—Cállate y sigue conduciendo sin hacer tonterías.

He estudiado el mapa de la ciudad y el itinerario que he elegido evita las calles del centro. Además, a esta hora hay poco tráfico. Cuando entramos en la autovía de circunvalación, le digo:

—Soy el padre de Esther, la niña de El Espinar. ¿Te acuerdas?

Responde que no sabe de qué estoy hablando.

—Pero ¿a que del perro sí te acuerdas?

Tampoco sabe nada de ningún perro.

—Yo sí lo sé. Lo sé absolutamente todo de vosotros. Os espié durante meses en aquel coto. Vi lo que hacíais con los perros.

—¿Qué perros?

—No te hagas el idiota conmigo. Os espié durante meses en aquel coto de El Espinar. Lo vi todo y lo anoté todo. Y no te voy a hacer nada ahora si me dices dónde está Carlos.

—¿Qué Carlos?

—No te hagas el idiota. Ya he hablado con Alejandro. Tú puedes tener más suerte que él; si me dices dónde está Carlos Rivas, te dejo en paz.

—¿Qué le has hecho a Alejandro?

—Tú puedes tener más suerte que él si me dices dónde está Carlos.

—¿Qué le has hecho…? ¿Le has matado?

—¿Dónde está Carlos?

Entonces empieza a hacer eses con el coche. Le pego el silenciador de la pistola a la nuca.

—Deja de hacer el imbécil. Si provocas un accidente o llamas la atención, para cuando llegue alguien ya estarás muerto. Y a mí me da igual. ¿Dónde está Carlos Rivas?

—No lo sé, de verdad… Hace muchos años que no tengo ningún contacto con él. Te lo juro, créeme; no tengo ni idea de dónde puede estar. Pero es que ni idea.

Ya no huele a colonia; solo al sudor del miedo: ese olor genital que atrae a los animales que saben reconocer una presa.

—Dejasteis escapar del coto a aquel perro; o tal vez lo soltasteis a propósito, para ver qué pasaba. Para que os procurara más diversión. Os divertían mucho los perros, ¿verdad?

—¡Ay, por favor…! Si hace no sé cuántos años de aquello…, éramos unos putos críos…

Ya hemos llegado. Le digo que meta el coche todo lo que pueda en ese hueco de arcén.

—Y ahora apaga el motor.

Obedece; pero enseguida vuelve a apretar el volante con las dos manos y mira al frente, como si quisiera seguir conduciendo, eternamente, y no llegar nunca adonde sabe que hemos llegado él y yo.

—Éramos unos críos, por favor, tenlo en cuenta —dice, sin cambiar de postura.

—Por última vez, ¿dónde está Carlos Rivas?

—No tengo ni idea, créeme —responde sollozando—, te lo juro.

—Esther también lloraba, no sabes cuánto.