Un dedo menos 12
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Había actuado, con ligeras variantes, como en el crimen de Madrid.

Un tiro a quemarropa, con una 22, pero esta vez en el interior del coche de Artola, y por las manchas de sangre que había dejado, desde el asiento trasero.

Pero el orificio de entrada de la bala no estaba en la parte de atrás de la cabeza, sino en la parte alta, muy cerca de la frente.

—Como si le diera alguna forma de reparo dispararle a alguien por detrás.

—Es posible, Emilia —respondió el forense.

—Y sería entonces el asesino más que hábil que ya vamos conociendo, pero no un profesional.

Es decir, que estaríamos ante alguien corriente metido a asesino, por la razón que sea, pero que aún conserva vestigios de un antiguo código de honor.

«A la gente no se le dispara por la espalda»… , cosas de ese tipo.

—Sí, tiene sentido, porque además el gesto para disparar así desde atrás no es el más cómodo, sobre todo dentro de un coche, con el obstáculo del techo bajo.

Lo que resulta más fácil, desde esa posición, es cortar el cuello, y sin embargo en esta ocasión el degüello es un poco más torpe que en los dos casos anteriores.

—Seguramente por las prisas.

Porque dentro del cementerio y en el descampado de Madrid había muy pocas posibilidades de encontrase con alguien, pero esta vez, aunque la zona de Marrus era aislada, estaban al borde de una pista asfaltada por donde podía pasar algún coche, incluso a esa hora tardía.

—O por la tensión —añadió la subcomisaria— de haber estado tanto tiempo muy cerca de la víctima; a la que habría acompañado, sentado en el asiento trasero de su coche, desde el club de pádel hasta el lugar del crimen.

Porque esa era la secuencia más plausible para los hechos.

Ricardo Artola había salido el último del club hacia el aparcamiento de clientes, donde ya solo quedaba su coche, como de costumbre.

El asesino lo sabía y le esperaba escondido en algún sitio.

Cuando Artola se acercó al coche, le amenazó con la pistola y entró con él, sentándose en el asiento de atrás.

Luego le obligó a conducir, siguiendo sus indicaciones, hasta el camino de Marrus.

El asesino o era donostiarra o había estudiado bien el mapa de la ciudad.

—Incluso a esas horas de la noche y con poco tráfico, son por lo menos quince o veinte minutos de ruta. Mucho tiempo para estar en silencio detrás del hombre al que vas a matar. Y no digamos para hablar con él.

—Entonces ¿hay que pensar que se conocían?

—No sé si se conocían, Agustín, pero todos los crímenes tienen una ejecución, digamos, exageradamente complicada.

No es matarles sin más. No es hacerles sufrir sin más, puesto que los degüella post mortem.

Yo creo que busca, en todos los casos, una cercanía con las víctimas; hablar con ellas, decirles algo antes de matarlas.

O simplemente que lo vean, que sepan quién es.

—Eso coincidiría con el perfil de quien se venga. La venganza necesita publicitarse ante la víctima o su entorno; o por decirlo de otra manera: si la venganza no resulta manifiesta para alguien, será lo que sea, pero no es venganza.

—Y por eso coincide también con el retrato de un hombre corriente, metido a criminal; para quien el hecho de que sus víctimas conozcan su venganza es más importante que ser detenido por la policía.

Porque matar con esa cercanía y de esa manera tan elaborada, que requiere un escenario propicio y bastante tiempo, es asumir muchos riesgos.

Y, sin embargo, no solo no lo habían detenido aún, sino que la policía no tenía la menor idea de quién era el autor de aquella venganza que escenificaba de un modo tan preciso y sofisticado, ni qué lo movía.

Tal vez había sido víctima en el pasado de alguna acción truculenta, de alguna forma de tortura que implicaba cortes, amputaciones…

Y ahora mataba del mismo modo a sus perpetradores.

Pero si esos hechos pertenecían al pasado, ¿por qué el asesino había tardado tanto tiempo en actuar?

¿Acaso porque no había podido hacerlo antes?

Tal vez porque estaba en la cárcel por un delito que habían cometido todos juntos y que solo él había pagado.

Tenía que ser un delito grave para haber estado tantos años «a la sombra».

Y a lo mejor esos años los había aprovechado para estudiar medicina o al menos anatomía, para adquirir los conocimientos que ahora aplicaba en sus crímenes…

Pero nada de eso coincidiría con el perfil del asesino hábil, aunque no profesional que indicaban muchos de sus gestos… En la cabeza de Emilia Castro Urrutia se abrían vías de investigación que enseguida se cerraban… «Hipótesis —pensó—, como estelas de barco en medio de las olas».

—Y el corte en el cuello, Agustín. ¿El mismo dibujo hasta la oreja?

—El mismo. Pero esta vez, como era de esperar, ha subido todavía más. A este le ha cortado más de media oreja. A los siguientes, si es que hay siguientes, se la acabará cortando entera.

—Junto con el dedo corazón, primero.

—Sí, y para terminar, si no lo detenéis antes, con el pulgar.

—El más valioso de los dedos.

Pero Lizar no estaba de acuerdo con el forense:

—¿El meñique? Entonces diría que ya ha matado a otro que no habéis encontrado aún.

—¿Te parece?

—Más que parecerme. Tengo cierta experiencia; no te olvides de que ahora ejerzo la brujería, pero antes la medicina —contestó en un tono que a Emilia le pareció risueño.

—Ya veo que estás de buen humor.

—Porque me gusta hablar contigo.

Ella sabía que a Lizar le costaban las expresiones de cariño, y sintió lo que su profesión solía arrebatarle tan a menudo: confianza y paz. Y esa alegría acaparadora que solo provoca el amor.

—A mí también me gusta que hablemos, no sabes cuánto… ¿Y esos dedos?

—Yo también veo claro que el asesino está aplicando una forma de jerarquía a la hora de cortarlos; y pienso, por eso, que tiene que ser alguien que entiende de anatomía, por lo menos de la de la mano.

Pero creo que el meñique es, después del pulgar, el dedo que más vale; o, por decirlo de un modo más científico, que en una amputación traumática es peor perder el meñique.

Porque, a pesar de ser el dedo más pequeño, es muy importante para la presión de agarre, para terminar de cerrar bien el puño y poder controlar lo que estés sujetando.

Sin el meñique la mano pierde gran parte de su firmeza.

Y eso el asesino creo que lo sabe también.

Así que yo diría que en alguna parte hay un cadáver sin dedo corazón que aún no ha aparecido.

—Y entonces solo quedaría el pulgar.

—Eso es; el pulgar, si consigue asesinarlo, será el último.

—A menos que empiece con los dedos de la otra mano.

—No creo, Emilia. Las amputaciones van ascendiendo en importancia y, si hubiera más de cinco dedos, habría empezado por la mano izquierda; la inmensa mayoría de la gente es diestra.

Tenía sentido lo que decía Lizar. Y esperaba que tuviera sentido también llevar a su abuelo a Asturias cuando consiguieran resolver esos crímenes.

Que allí, mientras trabajaban juntos la tierra o arreglaban aquella casa a la que siempre le faltaba algo por arreglar, fueran hablando, y reparando tal vez de esa manera, sus heridas.

—Te voy a pedir un poco más de ayuda. Mi abuelo lo está pasando muy mal desde que murió mi abuela y he pensado que unos días en tu casa podrían distraerle. ¿Qué te parece si, cuando todo esto acabe por fin, voy con él y te lo dejo un tiempo?

—Claro. Tengo ganas de verte.

—Yo también, Lizar, muchas.

—Aquí ya sabes que hay sitio de sobra, y desde luego trabajo no le va a faltar si tiene ganas de ocuparse y distraerse.

—Y de cansarse, porque no pega ojo. Hablo con él y te digo algo.

Colgaron y Emilia hizo lo que hacía siempre que se despedía de Lizar, tratar de prolongar su voz, de conservarla como un eco en su cabeza. El eco que solo devuelven los paisajes altos y limpios. «Como mi amor —pensó—, como mi amor».