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El histórico que envió el operador de telefonía solo registraba una llamada de interés. La que había recibido la víctima a las catorce cuarenta y ocho, es decir, muy poco antes de su muerte, que los forenses situaban entre las tres y las cuatro de esa tarde.
Pero era una llamada ilocalizable, hecha desde una tarjeta de prepago anónima.
Quien había llamado a Albero era muy probablemente su asesino, que lo esperaba en el lugar del crimen porque habían quedado ahí.
Y la llamada era para confirmar la cita o, de algún modo, conducirle hasta ese lugar tan apartado.
—Eso significaría que los dos hombres se conocían o tenían algún asunto en común. Nadie aparca en un sitio como ese si no ha quedado o lo han empujado hasta allí —dijo la subcomisaria.
Lo que reforzaría la hipótesis de que Vicente Albero había tenido otra vida antes de convertirse en una «mosquita muerta», como diría Eceiza.
Si es que ahora era una mosquita muerta.
Había que volver a hablar con su madre y centrar las preguntas en el pasado de su hijo; en esos años de los que nadie de su entorno actual, salvo ella, había sido testigo.
En aquella casa, el tiempo parecía haberse detenido hacía mucho.
Una decoración trasnochada: tapicería de hojas y racimos, cortinones, reproducciones de cuadros de floreros…
Y un aire «habitado», convertido en olor, como si no se hubiera rozado con la calle en años.
«Un ambiente propicio —pensó la subcomisaria— para recuperar el pasado de Albero que necesitamos».
En cambio, su madre tenía un aspecto, sorprendentemente, muy juvenil.
Pelo teñido, apenas arrugas; ropa floja, de colores claros.
Pero era solo el aspecto exterior. Por dentro debía de tener mucha más edad de la que indicaban sus documentos.
Empezó a hablar con lo que Emilia Castro Urrutia definió en su interior como una voz de anciana.
Una anciana exhausta, desorientada, extraviada incluso.
«Será el dolor —se dijo—, el impacto de la muerte de su hijo».
Pero parecía también algo más viejo, el ataque de alguna enfermedad invisible aún sobre el cuerpo, pero que ya asomaba hacia el exterior en el desorden de las palabras y en el tono marchito de aquella mujer.
—Y antes, señora Rosas, ¿no recuerda algún amigo que su hijo tuviera hace años?
—¿Amigos? Era un buen hijo. Del trabajo a casa.
—¿Tiene alguna fotografía de cuando era más joven?
—¿Fotos? No. No le gustaban las fotos. Se le había metido en la cabeza que era feo. Pero no era feo, ¿a que no?
—Trate de hacer memoria, es muy importante; nos ayudaría mucho a entender lo que ha pasado y a resolver el caso de su hijo. Amigos de cuando Vicente era más joven.
—Tenía amigos del trabajo.
—¿Y antes?
—Del trabajo a casa.
—¿Y alguna amiga o novia?
—¿Mujeres? No, no. Se le había metido en la cabeza que era feo, pero no lo era.
No iban a enseñarle las fotografías del cementerio de San Sebastián, no tenía el menor sentido someterla a algo tan desagradable para nada, porque el cadáver de Polloe era irreconocible. Pero la subcomisaria le preguntó:
—Ya le han dicho mis colegas que ha aparecido otra víctima en San Sebastián. Un crimen que se parece al de su hijo. ¿Sabe si Vicente tenía alguna relación con el País Vasco?
—No, no, nunca se iba lejos. Siempre venía a dormir a casa. Todas las noches sin faltar una.
Los agentes le agradecieron su colaboración y ya se dirigían hacia la puerta cuando ella les retuvo:
—Esperen, no se vayan aún… Porque hay una cosa que me está viniendo a la cabeza… Debe de ser porque han hablado de San Sebastián.
Los policías volvieron a su lado.
—¿Qué es, señora Rosas? —preguntó la subcomisaria.
—Una cosa muy vieja, de hace no sé cuántos años. Debe de ser por lo que han dicho de San Sebastián… A veces mi hijo iba con gente a una finca de caza, o algo así, de Soria o de Segovia; siempre las confundo. ¿Qué queda más cerca de aquí?
—Segovia.
—Pues sería Segovia, porque siempre volvía a dormir a casa.
—¿Y sabe quién era esa gente?
—No. Pero sí me acuerdo, a lo mejor porque han hablado de San Sebastián, de que alguna vez mencionó a dos hermanos del norte.
—¿Vascos?
—No dijo «vascos», dijo «del norte», eso sí lo recuerdo muy bien. Dijo solo «dos hermanos del norte».
—¿Sin dar los nombres?
—Sin nombres.
Emilia Castro Urrutia quiso revisar de nuevo la cómoda y el armario de Albero, por si se les había pasado por alto alguna prenda para el campo o la caza. El asesino manejaba bien el cuchillo y la pistola, incluso la de dardos como en Polloe; a lo mejor era un cazador.
Pero solo había ropa corriente, de ciudad; un tanto anticuada, como de «oficinista de antes», dijo Gabriel Domeño.
En cualquier caso, la policía iba a investigar a fondo los cotos de caza de Segovia.
—Que no te cuento los que debe de haber, Emilia.
De camino al hotel, la subcomisaria le dejó a Eceiza, que no hacía más que comunicar, un mensaje de voz:
—Mañana a primera hora llamas a Ricardo Artola para que se presente en la comisaría.
Dale la razón que quieras, algún papeleo urgente del panteón, pero que se presente, a primera hora, sin falta.
Y si no viene, nos presentamos nosotros en su casa.
Cogeré el primer avión. Mándame un coche al aeropuerto a las nueve menos veinte.
Ricardo Artola tenía un hermano desaparecido en alguna parte.
Y Emilia Castro Urrutia, una de esas «corazonadas», como las llamaba Eceiza.
«Esas cosas no salen del corazón —solía responderle ella—, sino de la cabeza. De esas zonas del pensamiento con las que no sabemos hablar bien aún, y por eso los mensajes que nos mandan los entendemos solo a medias».
También el corazón tenía zonas mudas, con las que era difícil comunicar. Pero eso no se lo decía a su colega, que tenía una vida amorosa «tormentosa, jefa, tormentosa; quiero decir que, aunque sin rayos ni truenos, me atormenta».
Luego llamó a su abuelo también atormentado; «trenes por dentro corriendo como locos; ¿por qué no descarrilan de una vez?».
—Aiti, ¿estás bien?
—No gastes llamada para eso, Emilia. ¿Cómo quieres que esté bien? Qué tonterías de preguntas haces.
Estaba a punto de poner el teléfono en modo avión cuando la llamó Eceiza.
—No te lo vas a creer, jefa.
—Buenos días, Eceiza.
—Sí, buenos días. Ha aparecido otro cadáver y ni te imaginas quién es.
—Ricardo Artola sin el meñique derecho. Y no empecemos con lo de las corazonadas porque tengo que cortar el móvil ahora mismo. Ven a buscarme al aeropuerto. Y llama a Arriola, que vuelva de Madrid lo antes posible.
—Lo primero que le vamos a pedir a Agustín cuando llegue es que haga un cotejo del ADN de Artola con el del cadáver del cementerio.
—¿Crees que puede ser el hermano monje, el que supuestamente se había ido a la India?
—Enseguida lo vamos a averiguar, pero creo que sí.
Ese hermano al que Ricardo Artola no había querido o podido reconocer en las fotografías que le mostraron.
La subcomisaria se inclinaba por lo segundo.
El muerto era irreconocible y, además, Artola no miraba.
O miraba sin ver, atento solo a sí mismo.
Y si hubiera reconocido a su hermano, con el que estaba involucrado junto con otros «dedos» en algo lo suficientemente grave como para provocar esos crímenes en serie, habría tomado alguna precaución, se habría protegido de algún modo.
Pero, después de regresar de su viaje de submarinismo, había reanudado su vida normal. De hecho, el asesino seguramente lo había «trincado», en palabras de Eceiza, saliendo al anochecer de su club de pádel; y luego lo había conducido hasta el solitario camino de Marrus para matarlo.
Ricardo Artola siempre era el último en salir de las instalaciones, porque se duchaba interminablemente, dijeron los empleados del club, y tardaba en vestirse.
Y eso el asesino también lo sabía.