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El segundo cadáver apareció al lado de un coche abandonado en una desviación de la carreta M 537, que comunica Ávila con Madrid, ya dentro de la Comunidad.
Tenía un tiro en la cabeza, sobre la ceja izquierda, que el asesino le había disparado con una pistola del calibre 22, a quemarropa y, de acuerdo con la trayectoria de la bala y los rastros de sangre, a través de la ventanilla bajada de ese lado del coche.
Un modus operandi muy distinto del de San Sebastián para el asesinato propiamente dicho y, sin embargo, el resto coincidía con el crimen de Polloe.
El asesino había sacado el cuerpo del coche, lo había arrastrado hasta la parte trasera y allí le había cortado «todo lo que se puede cortar en un cuello, de lado a lado y de izquierda a derecha».
Y de nuevo le había amputado limpia y expertamente un dedo, solo que esta vez era el anular de la mano derecha.
Por las similitudes con el crimen del cementerio iba a desplazarse a Madrid la subcomisaria Castro Urrutia de la Ertzaintza, encargada de esa investigación.
—Tengo que ir a Madrid, aiti, por un caso. ¿Quieres venir conmigo?
—¿A Madrid?, ¿qué se me ha perdido a mí en Madrid?
—La amá dice que se coge unos días y nos acompaña para estar contigo mientras yo trabajo.
—Tu madre, la que faltaba, la campeona del mundo del «la vida sigue, a ella le hubiera gustado que disfrutaras». Ella lo que tenía que haber hecho era no morirse sin mí. Y ahora a Madrid. Pues no, allí no me se ha perdido nada, se me ha perdido aquí.
—Ya sé, pero podríais hacer planes interesantes, ir a museos…
—Museos, museos, llenos de cosas muertas. Yo necesito cosas vivas. Sus manos vivas, sus ojos vivos. Qué ojos tenía. Una página entera de poner palabras y no consigues decir bien cómo eran, hacerles justicia.
Emilia recordó los ojos de su abuela, también de un color cambiante, como los de Lizar; un mosaico de tonos que no se estaban quietos; el verde subía o bajaba, igual que el marrón,
y el negro y las chispas doradas que se encendían o se apagaban según la luz de fuera o la que llevaba en ese momento por dentro.
Echaba de menos a su abuela, claro; pero sobre todo a Lizar, y así iba a ser siempre, o al menos durante mucho tiempo; una relación a distancia, porque Lizar en San Sebastián ya no quería vivir, y ella no iba a renunciar a su trabajo.
—No insistas, no voy a ir a Madrid.
—¿Quieres que la amá venga a quedarse contigo mientras estoy fuera? Se ha ofrecido.
—Ni hablar. Estoy mejor solo o como se le llame a esto que me pasa ahora.
«Anular» se llamaba Vicente Albero Rosas, tenía cuarenta y dos años, era soltero y trabajaba como comercial de productos industriales de limpieza.
Un tipo tranquilo, un trabajador excelente según sus jefes; sin ficha en ninguna parte y que vivía en Madrid con su madre.
Fue ella la que llamó a la policía hacia las seis de la tarde porque llevaba «sin noticias desde el mediodía y eso es lo más raro del mundo. Así que seguro que le ha pasado algo muy grave».
—Lo normal era que me hubiera llamado por lo menos dos o tres veces si se iba a retrasar. Era un buen hijo.
No tardó en encontrarlo la policía de tráfico.
Había visitado una fábrica de piensos cerca de Hoyo de Pinares, en Ávila, y a la salida le había enviado a su jefe un mensaje por WhatsApp.
Desde allí era sencillo trazar su itinerario de regreso a Madrid.
Pero además, «del modo más siniestro —dijeron los agentes que hallaron el cadáver—, la zona ya la estaba sobrevolando una concentración inusual de córvidos».
A aquel «buen hijo» le acababa de pegar un tiro, degollar y amputar un dedo de la mano seguramente el mismo asesino que había actuado tres días antes en San Sebastián. ¿Qué vínculo, sin duda muy oscuro, unía a aquellas dos víctimas? ¿Qué historia truculenta habían compartido tiempo atrás?
Porque tenía que ser tiempo atrás. El presente de Albero parecía todo menos truculento.
Una vida metódica, aburrida. Apenas salía, según dijo su madre y confirmaron los pocos amigos con los que, gracias a ella y a algunos compañeros de trabajo, la policía había conseguido contactar.
Porque el asesino, que aparentemente no se había llevado nada del coche aparte del anular, sí había hecho desaparecer el móvil de Albero, porque seguro que aquel teléfono contenía información valiosa que no quería que la policía encontrara, por lo menos aún no.
Para que no pudieran identificarle, desde luego; pero también para poder preparar sus siguientes crímenes.
Porque —quedaba poco margen ya para la duda— iba a seguir matando.
Ya eran dos los dedos cortados de acuerdo con el mismo patrón. Dos dedos de cinco.
El asesino no quería que la policía encontrara el móvil del muerto, pero el dedo amputado sí: lo había metido en una bolsita de plástico amarillo —idéntica a la de San Sebastián— que había dejado, bien visible, a escasos metros de la escena del crimen.
Vicente Albero Rosas tenía, pues, si no una vida, al menos sí un presente sin misterio. Unos últimos años —unos diez, desde que había empezado a trabajar de comercial en aquella empresa— repetidos, monótonos.
En su cuarto y en su ordenador la policía solo había encontrado videojuegos, algún enlace a páginas de porno que visitaba sin asiduidad y cientos de videoclips de música latina.
También un pequeño trofeo de natación escolar, deporte que no debía de practicar desde entonces, porque no estaba inscrito en ningún gimnasio y además era, en palabras del Inspector Gabriel Domeño, encargado en Madrid del caso, «más bien fondón».
Unos últimos años más que aburridos, pero ¿y antes? Lo que unía a las dos víctimas —y a las que corrían el riesgo de serlo si el presagio que representaban los tres dedos restantes se cumplía— estaba entonces en su pasado. ¿Cuándo, dónde? ¿En qué turbios asuntos?
Eran las preguntas que se estaban haciendo en la Brigada Central de Investigación de Madrid cuando llegaron de San Sebastián la subcomisaria Emilia Castro Urrutia y el forense Agustín Arriola.
—La gente con la que hemos podido hablar no le conocía de hacía mucho, Emilia.
Cinco o seis años, a lo sumo; y algunos compañeros de trabajo, de un poco más.
Pero sin el móvil no podemos saber si tenía más contactos.
Ya tenemos la autorización judicial y le hemos pedido al operador el registro de llamadas; no tardará en llegar.
—¿Y la madre?
—Está conmocionada, como te puedes imaginar —dijo Domeño—; y de momento habla como un robot. «Era un buen hijo…, no estaba metido en nada… Del trabajo a casa…».
—¿No tiene más familia?
—No, era hijo único, de padres también hijos únicos.
Ni abuelos ni primos ni nadie con quien tuvieran relación.
Solo hay una vecina, muy amiga de la madre.
Le gusta hablar, pero solo les conoce desde que se mudó a ese edificio, hace tres años.
Y no ha dicho nada interesante; solo ha corroborado que Albero era muy hogareño, que, salvo para ir al trabajo, apenas salía de casa.
—Me gustaría visitar la casa y hablar con la madre.
—Claro, cuando quieras.
—¿Le habéis enseñado fotografías de lo de San Sebastián?
—No. Te estábamos esperando para ver qué hacer con eso. Ni siquiera ha querido ver las fotos de su hijo. Y el cadáver lo identificó en la morgue el dueño de la empresa donde trabajaba Albero.
—Bueno, ya veremos cómo lo planteamos —dijo Emilia Castro Urrutia, recordando las palabras de Lizar cuando tuvo que identificar los cadáveres de sus padres: «No podía delegarlo en nadie. Tenía que ir yo, tenía que ser yo quien dijera: sí, este muerto es él; sí, esta muerta es ella. Tenía que ser yo,
¿podía alguien constatar mejor que yo su muerte?» .
Pero antes de visitar a la madre de la víctima, iban a pasar por el Instituto de Medicina Legal. Arriola había hecho, en el nuevo cadáver, un hallazgo interesante.
La subcomisaria Castro Urrutia y sus colegas de Madrid no habían tenido ocasión de compartir ningún caso y no se conocían personalmente. Los dos forenses sí. Habían sido compañeros de Facultad, coincidido en congresos e incluso compartido alguna investigación algunos años atrás.
—Me alegro de verte, Arriola, no has cambiado.
—Eres un mentiroso, Torras; por lo segundo, digo. Y también me alegro de verte.
Destaparon al muerto.
—Un caso complicado; «guarro», como dice mi asistente.
El joven aludido se acercó al forense vasco, le saludó y volvió enseguida a su puesto.
—Complicado, desde luego; y, por lo que estoy viendo, es muy probable que no sea el último. No solo dos dedos de cinco, sino un corte con mensaje en el cuello.
Es lo que Arriola explicó también a los policías cuando llegaron:
—En el cadáver de San Sebastián, el corte subía ligeramente del lado derecho, por delante de la oreja. Entonces no le di demasiada importancia; lo que quiero decir es que me pareció producto del impulso y de la fuerza que el asesino había tenido que hacer para degollar a la víctima.
—Como si no hubiera podido frenar a tiempo —dijo Torras.
—Algo así, pero en este caso el corte se ha hecho en dos tiempos. De lado a lado el primer movimiento, propiamente el degüello. Y un segundo movimiento para prolongar el corte por delante de la oreja, pero subiéndolo más que en la primera víctima, cortando incluso parte del lóbulo.
Torras estaba de acuerdo. Y había que imaginar la razón de ese segundo movimiento.
—Como si quisiera mostrar —dijo la subcomisaria Castro Urrutia— que a este quería herirle más, infligirle un castigo mayor.
Y entonces la prolongación del corte marcaría como una especie de jerarquía, un grado de mayor culpabilidad de la segunda víctima en aquello en lo que estos dos hombres estuvieran implicados.
—La diferencia entre los dos cortes es clara; así que tendría sentido lo que dices.
—Y entonces, ¿podemos pensar lo mismo del orden en que les ha cortado los dedos, Agustín?
—Precisamente; le estoy dando vueltas y creo que sí. Ha amputado primero el índice, el dedo más móvil, el que más rota, el que nos permite finura y fuerza en la prensión… Y sin embargo, paradójicamente, si tienes que perder uno, mejor que sea ese.
—¿Por qué?
—Si hay pérdida de un dedo, la que más fácilmente asimila el cerebro es la del índice, porque el dedo corazón se adapta a las funciones que se han perdido.
—Sí, y además —añadió Torras—, si la amputación es estética, muchas veces la pérdida del índice casi ni se nota.
—Entonces, si tenemos un orden y una jerarquía, primero el índice y ahora el anular, es que esto va a ir a más.
—Es muy probable, Emilia.
—De uno en uno, de acuerdo con su importancia, los otros dedos. Algo así como los «jefes» de la mano, y del asunto en que esta gente estuviera implicada tiempo atrás. Siguiendo esa lógica, ¿cuál sería el siguiente?
—El meñique —respondieron, casi al unísono, los dos forenses.
—¿Y el último?
Si había último, sería el pulgar, el más valioso de los dedos; el dedo capaz de oponerse a los demás, el que permitía hacer la presa de objetos o de cualquier otra cosa.
—Como quien dice, el rey de la mano —concluyó Agustín Arriola.