10
Habían encontrado el dedo, el bozal, pero no la llave del panteón.
Y, sin embargo, en algún lado estaba esa llave.
A menos que no hubiera llave, que la víctima hubiera forzado la cerradura una primera vez y luego dejara la puerta siempre abierta.
Bien empujada, para que no se notara desde el exterior que lo estaba, pero sin llave.
Y a nadie le había llamado la atención. Nadie, en un cementerio se fija en esas cosas.
Solo algunas personas se detienen a leer los nombres —Itziar Imaz Larrauri, recién grabado—; y a repasar el estado de las flores, que son como un termómetro para comprobar la salud del afecto y la memoria.
«Si las flores se apochan, hay que cambiarlas enseguida… Sí, aiti, descuida».
Pero su abuelo no iba a acompañarla al cementerio «para verla allí muerta; qué tonterías dices».
Y Emilia Castro Urrutia también iba sola, de vez en cuando, a llevarles flores a los padres de Lizar, muertos el mismo día, del modo más atroz.
—Buenos días, Eceiza; lo primero que vais a hacer hoy es revisar otra vez la cerradura de ese panteón. Bien a fondo, cualquier muesca, cualquier arañazo, por insignificantes que parezcan, que indiquen que la cerradura pudo ser en algún momento forzada y con qué. Y a una hora prudente…
—No como esta, jefa…
—Llamas a Ricardo Artola. Dile que vaya a la comisaría o que me llame porque necesito volver a hablar con él. De alguna forma se tiene que poder localizar a su hermano monje, que a lo mejor tiene algo interesante que decirnos sobre esa tumba.
Pero la cerradura del panteón estaba limpia, casi sin usar, solo algún mínimo rasguño perfectamente compatible —según la policía científica— con el uso normal de una llave.
Con Ricardo Artola tampoco hubo suerte. Lo llamaron muchas veces, pero su móvil estaba apagado o fuera de cobertura.
—Se ha ido unos días a hacer submarinismo —les dijo su mujer cuando llamaron al teléfono fijo de su casa—; no sé adónde. Nunca lo dice. Y el móvil en esos viajes no lo coge. —Se calló un instante y luego añadió en el mismo tono de voz—: Pase lo que pase. «Caiga quien caiga».
Una voz monocorde; indiferente o reacia a cualquier emoción.
—Una voz tiesa, jefa, como si le hubieran echado laca encima —dijo Eceiza, acordándose de que le había prometido a su madre llevarla por la tarde a la peluquería—; no se le movió ni un pelo de nota.
Vicente Albero salió muy contento de la fábrica de piensos. Era la primera vez que los visitaba, pero le habían hecho un buen pedido y su comisión iba a ser jugosa.
Paró en la primera gasolinera que encontró, a llenar el depósito, pasar al aseo y comer algo en el bar.
No se fijó en la furgoneta blanca que venía siguiéndole ni en el hombre que también llenó el depósito, pasó al aseo y se sentó a comer un bocadillo en una mesa contigua a la suya.
Tampoco se fijó en que ese hombre llevaba puestos unos guantes de látex, casi transparentes, de los que había usado mucha gente durante la pandemia.
No se fijó en nada. Estaba contento y por eso distraído, pensando solo en esos nuevos clientes que tenían una fábrica grande y que si el producto que él vendía les gustaba, que les iba a gustar, le iban a seguir haciendo pedidos importantes.
No le extrañó el comportamiento de ese hombre; estaba satisfecho con la venta, y a lo suyo. Y además, ¿a quién le iba a extrañar que en una gasolinera de carretera toda la gente hiciera más o menos lo mismo: repostar, usar los servicios, comer algo rápido?
Los dos hombres salieron casi juntos del bar y se pusieron en marcha prácticamente a la vez.
Tampoco entonces Vicente Albero se alertó.
Iba conduciendo tranquilo, escuchando Cadena 100, y aunque veía por el retrovisor que la furgoneta blanca no se le despegaba, no le dio la menor importancia.
Era lo más natural del mundo, dos conductores rodando tranquilos por una carretera secundaria, respetando los límites de velocidad.
Y además la Partner estaba nuevecita, como recién salida del concesionario. A lo mejor su conductor era novato y prefería por eso ir despacio.
La carretera fue dejando atrás los campos cultivados, abiertos, y se adentró en una zona boscosa. «Como en un túnel de árboles», se dijo Vicente Albero, bajando un poco el volumen de la radio para concentrarse en el camino que apenas conocía.
Entonces, en un tramo de raya continua, el conductor de la Partner, que hasta ese momento se había mostrado tan precavido, le adelantó y enseguida le obligó a frenar.
Porque no le había adelantado para despegarse de él, sino al contrario, para casi pegársele al morro.
Albero intentó adelantarle varias veces, pero no pudo; había curvas y además el otro se abría cada vez que lo intentaba.
Empezaba a inquietarse. En realidad, tenía ya un poco de miedo, porque parecía que ese conductor le buscaba o quería provocarle.
La furgoneta no le sonaba de nada. Aunque creía haberla visto de pasada en la gasolinera; pero no había prestado atención.
Pensó en llamar al 112, pero no quería soltar el volante; el móvil estaba en el asiento del copiloto y no había conectado el manos libres.
Y además, ¿qué iba a decirle a la policía, que uno que iba delante de él en la carretera estaba conduciendo demasiado pegado y no le dejaba adelantar?
Pensar la frase entera le tranquilizó, porque la verdad es que no sonaba nada alarmante.
Y además, de repente, la furgoneta aceleró y desapareció de su vista. En fin, un susto tonto; un conductor descerebrado que le había puesto un poco nervioso.
Volvió a subir el volumen de la radio. «Qué hubiera sido si antes te hubiera conocido…»
, cantaba Karol G. Esa canción le encantaba y le hacía mucha ilusión, como si fuera un regalo especial para él, cuando sonaba de pronto en la emisora durante sus viajes.
Y también la ponía muchísimo en casa. «… no como amigos, sino como otra cosa…» .
Todos sus compañeros estaban casados. Él aún no, no había encontrado ninguna chica que acabara de convencerle. Pero todavía era joven. Poco más de cuarenta, y hoy en día esa edad no era nada. «… pa’ conquistarte que me pasen el manual… Espero lo que sea, yo no me voy a quitar…».
El túnel de árboles había quedado atrás.
Aunque no era tarde, no se había cruzado en esa carretera con ningún coche. Salvo esa furgoneta. Pero quería olvidarla.
No pudo, porque volvió a verla a lo lejos justo en el momento en que le empezó a sonar el móvil.
Miró y era un número que no tenía registrado.
No iba a cogerlo. Pero no paraba de sonar y sonar.
Se cortaba y otra vez. Seguro que llamaba el conductor de la Partner.
¿Quién era? ¿Quién le había dado su teléfono?
Bajó un poco la radio, aunque no iba a cogerlo. Pero no paraba de sonar y sonar… Y contestó.
—Soy el del coche de delante. El padre de Esther, la niña de El Espinar.
—¿Quién?
—El padre de Esther, la niña de El Espinar —repitió alzando la voz.
—Creo que te equivocas. No sé de quién me hablas.
—Ni siquiera te acuerdas.
—¿De qué me tengo que acordar?
—Métete con el coche por donde yo me meto. Te aseguro que es mejor que lo hagas. Tengo que hablar contigo. Y no intentes llamar a nadie ni escabullirte porque lo sé todo acerca de ti. Y daría igual dónde te escondieras porque te encontraría. Así que sígueme. Solo quiero hablar de Esther.
La furgoneta se metió a la derecha por una pista de cemento. Vicente Albero la siguió, preguntándose quién sería esa Esther, confiando en que enseguida quedaría claro que ese hombre le había confundido con otro; y tratando de controlar el temblor de sus manos y de respirar por la nariz.
Ya está aquí, gordo, sudoroso. Le hago una señal con la pistola para que baje la ventanilla del coche. Ni siquiera ha apagado la radio.
—Ahora lo primero es darme el móvil. Y lo segundo quitar esa música absurda.
Parece un rape feo, recién pescado, todavía cubierto de agua y agitándose.
Ella era delgadita, grácil. «Ojalá quiera ser gimnasta —decía su madre—, cómo me gustaría verla algún día, en un campeonato, haciendo piruetas con los aros y las cintas…».
A este sapo y sus amigos les gustaban otras cosas.
Dice que no puede contestar a mis preguntas. Que no sabe nada, que no recuerda nada, que hace muchos, muchísimos años que no ve a aquella gente. Que de todas formas no eran sus amigos, eso seguro.
—No me acuerdo ni de los nombres. No eran amigos míos, te lo juro. Solo nos veíamos muy de vez en cuando. Por favor te lo pido…, no me hagas nada.
Quiere que me apiade de él, y se pone a llorar como si fuera un niño, pero no es un niño.
El llanto de los niños no choca de esta manera contra el aire.
El llanto de los niños corta el aire limpiamente.
Porque el aire se deja cortar, le hace sitio a ese llanto para que resuene alto, nítido, inconfundible.