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Hoy he saltado antes que él y le espero escondido detrás de un panteón cercano. Siempre entra en el cementerio a la misma hora, pasada la medianoche, por eso sé que la espera no va a ser larga.
Oigo los saltos.
No me muevo hasta que llegan casi a la altura de su panteón; entonces preparo el arma que he elegido esta vez por el perro; enciendo la pequeña linterna de cabeza y salgo.
Los dos miran a la luz. Estoy a la distancia adecuada.
Disparo, cargo, disparo. El perro cae enseguida.
El hombre se tambalea, busca el lugar del pinchazo y se desploma como a cámara lenta y sin emitir el menor quejido.
Sabe de sobra que, aquí dentro, pedir ayuda resultaría ridículo.
Y además se ha entrenado, durante años, para pasar desapercibido.
Me acerco rápidamente.
Antes de que se duerma del todo tengo tiempo de decirle:
—Soy el padre de Esther, la niña de El Espinar.
No le quedan ya ni voz ni mirada para responder, pero sigue consciente y sé que me ha oído.
Les quito los dardos y los meto en la tumba.
Registro sus cosas y las dejo ordenadas como estaban. Luego miro en los bolsillos, cojo lo que necesito; y hago lo que tengo que hacer.
Trabo bien la puerta con un tubo. El perro no podrá abrirla.
Me quito el buzo desechable cerca de la tumba por donde tengo que saltar hacia afuera. Lo meto todo en la mochila negra que he dejado ahí bien escondida. Me desharé de ella lejos de San Sebastián.
Mi salto hacia el exterior apenas hace ruido porque el terreno está cubierto de hierba. Espero un momento, por si acaso, entre los árboles…, pero nada se mueve. La zona está poco iluminada y además no pasa nadie por la calle a esta hora. De todas maneras, me cubro bien con la capucha de la sudadera.
Dejo lo que quiero que encuentre la policía en un seto cercano.
Para no llamar la atención, aunque no veo gente en la calle ni en las ventanas, camino monótonamente, como si fuera un insomne acostumbrado a repetir el mismo itinerario, por el barrio de Eguía hasta el río.
Llego a Amara, donde he dejado la furgoneta aparcada cerca de la salida hacia la autovía.
El amanecer está aún lejos.
Pararé a dormir pasado Burgos, en algún motel de carretera.