Un dedo menos 8
32%

8

El juez Diego Gabarain la recibió de inmediato.

—Ya he leído el informe y me sorprenden dos cosas, subcomisaria. La primera es la poca cobertura mediática. Aunque de eso no me quejo, desde luego. Aparece un cadáver sin cara, metido en un panteón con un perro, y apenas unas pocas líneas en dos o tres medios, y además bastante abstractas.

«Seguramente porque hoy solo importan el deporte y las broncas políticas —pensó Emilia Castro Urrutia—; y además la víctima es un hombre de la calle, una de esas personas invisibles, por no decir inexistentes, para la mayoría de la gente».

Pero eso no se lo dijo al juez, solo respondió:

—Mejor para nuestra investigación que no le preste atención la prensa, señoría. Y por eso hemos comunicado muy pocos datos. Ni a los responsables del cementerio ni al ayuntamiento creo que les interese airear el asunto. Ni a la familia.

—¿Habéis hablado con ellos?

—Quien compró la concesión ya ha fallecido. Hemos hablado con uno de los hijos; el otro vive en el extranjero, al parecer desde hace años.

—¿Y ha dicho algo de interés?

—No. Ni siquiera recordaba que habían heredado el panteón, que por otra parte está sin usar.

—Ya veo. La otra cosa que me sorprende es lo intrincado del modus operandi. Todo este lío de dardos anestésicos para luego acabar degollándole. Y además cuando ya estaba dentro del cementerio. Y luego dejarle encerrado en el panteón con un perro.

Sí, a Emilia Castro Urrutia ese modo de operar también le parecía complicado, incluso innecesariamente difícil y, por lo tanto, arriesgado para el asesino. Pero tenía que haber una razón de peso.

—Estoy de acuerdo, yo también le estoy dando vueltas.

Y creo que si lo ha hecho de esa manera sofisticada, anestesiando a la víctima primero, es porque no quería matarla enseguida, sino acercarse a ella sin exponerse.

—Eso le parecía a la subcomisaria lo más importante: que el asesino quería, que necesitaba acercarse a su víctima—.

Seguramente para que esta le reconociera antes de morir, señoría. Para que supiera quién le iba a matar.

—El móvil sería la venganza, entonces.

—Es lo que creo. Y por eso también lo de amputarle el dedo índice. El dedo que apunta, que señala.

La amputación de ese dedo era claramente un mensaje. ¿Para quién? Tal vez para la policía; pero, sin duda, también para alguien del entorno del muerto.

—El índice podría querer decir que la víctima era un delator o un informante.

—Pero no hay recogidas huellas ni ningún dato sobre ese hombre en ningún fichero…

—Seguimos buscando, pero en principio no. Pero es el índice, y parecería que con esa muerte y la amputación de ese dedo tan simbólico le esté mandando un mensaje a alguien cercano a la víctima, a un amigo, confidente, o tal vez cómplice en algo.

—Un aviso para navegantes que se mueven por los mismos mares por los que ese hombre se movía… En cualquier caso, un aviso que difícilmente les va a llegar ahora si no se puede identificar a esa víctima desfigurada.

—Pero que el cadáver iba a aparecer con la cara destrozada el asesino no podía saberlo, no podía prever que el perro iba a comerse a su amo.

—O sea que esperaba que se le pudiera identificar fácilmente. Entonces, ¿por qué quitarle la documentación? Si es que la tenía.

—Porque quería que alguien le identificara pronto, por información o imágenes en las noticias, por ejemplo; y nosotros más tarde.

Ganar tiempo de esa manera. Lo que reforzaría una segunda hipótesis que contradice en parte la anterior: que le ha cortado el índice como le podía haber cortado el pulgar o el meñique.

Que no importa cuál sea el dedo, sino que sea «un» dedo.

Y entonces el mensaje, para esos navegantes y desde luego para nosotros, es que habrá más muertos.

—Que quedan más dedos por cortar… El índice menos es una señal, está claro. Pero avisar a esa gente supondría también para el asesino complicarse la tarea, darles a esos otros «dedos» la ocasión de protegerse, de ponerse a cubierto.

—O de salir a descubierto, señoría. Y ese hombre querría entonces empezar su venganza por el miedo. Porque sabe que el miedo, además de amargar la vida, induce a menudo a cometer imprudencias y errores, y eso es lo que busca.

—En cualquier caso, con esta víctima irreconocible poco les va a poder asustar. Tendrá que esperar a la siguiente. Porque nos ha dejado indicios para pensar que habrá una siguiente, ¿no es así, subcomisaria?

—Si al índice le quitamos su simbología y lo convertimos en un dedo cualquiera, podemos imaginar que sí, que ese hombre va a volver a matar.

Y me temo que tenemos muy pocos elementos para impedírselo, sobre todo si actúa con rapidez.

No hemos encontrado la menor huella de su paso por el lugar del crimen.

—Se ha movido por el cementerio como un fantasma —concluyó, en tono serio, el juez.

A Emilia Castro Urrutia no le pareció la más afortunada de las comparaciones, y no respondió; se limitó a hacer con la cabeza un gesto rápido que podía interpretarse también como un asentimiento.