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Tenía que implicarse a fondo en ese crimen truculento, que era solo uno más entre tantos miles, millones de crímenes que se estarían cometiendo en ese mismo momento por el mundo.
Y además tenía que implicarse, también mucho, en el dolor que la esperaba en casa, el de su aiti, que no encontraba consuelo ni distracción en nada.
«Cuántas veces le dije a tu abuela que sin ella no podría vivir».
Y ella estaba conviviendo con su abuelo en ese «sin vivir» y no conseguía ayudarle. Y tampoco sabía muy bien si estaba ayudando a Lizar a desear otra vez la vida.
Crímenes y dolor, y sin embargo, delante de sus ojos se estaba haciendo, en la bahía, uno de esos anocheceres anaranjados que anunciaban un tiempo espléndido para el día siguiente.
¿La naturaleza expresaba así su indiferencia hacia los seres humanos?
¿O era su manera de tenderles una mano? El consuelo de la belleza.
«Aunque consuelo es una palabra demasiado apagada y melancólica —pensó Emilia Castro Urrutia— para ponerla al lado de la belleza».
Tenía que encontrar algo mejor.
Y mientras se acercaba a su casa, bordeando la playa de La Concha, fue escogiendo palabras, sopesándolas y luego dejándolas de lado. Hasta que «docilidad» le pareció un punto de partida, como la primera piedra de un monumento que tendría que seguir construyendo.
Una docilidad, ante la belleza, que le permitiría creer que siempre iba a encontrarla cerca, «como ahora, delante de mis ojos», espléndida, indestructible.
Vibró el móvil que Emilia había dejado sobre la mesa de la cocina donde habían empezado a cenar. Era el juez Gabarain, que quería verla a primera hora de la mañana.
—¿No tendrás que irte otra vez, sin acabar la cena?
—No, aiti.
—Porque me he pasado toda la tarde limpiando las alcachofas.
—Están buenísimas.
—Suerte que siempre me ha gustado cocinar, desde niño. Te gusta más que a mí, me decía Itziar. Y menos mal, porque si no, no sé lo que comeríamos ahora; tú siempre andas trabajando y además no tienes ni idea.
—Pues sí, menos mal que te tengo a ti.
Y se lo dijo con una gran sonrisa que su abuelo no quiso o no supo apreciar. Solo le cogió el plato para volver a servirle.
—Esto hay que terminarlo.
—Qué te parece si, cuando cierre este caso, me cojo unos días y hacemos un viaje. Podríamos ir a Asturias y así conoces a Lizar. Tiene una casa muy grande, en plena montaña. Podemos ir en tren, como a ti te gusta. —Le devolvió el plato casi lleno otra vez—. Gracias, pero a lo mejor es mucho.
—Hay que terminarlo; de un día para otro ya no sabe igual.
Nada sabe igual —añadió mientras se servía una ración diminuta—.
Con lo que me gustaban los trenes. De niño soñaba con tener uno en miniatura.
—Dejó el tenedor sobre la mesa y empezó a pasarse la mano por el pecho—.
Pues fíjate que ahora se me ocurre que lo que siento, desde que ha muerto Itziar, son trenes por dentro.
Vagones y vagones a todo correr por las entrañas.
El sufrimiento como trenes a lo loco, sin maquinista.
Emilia trató de cogerle la mano, él la apartó sin brusquedad.
—Deja eso ahora… Era en la calle Garibay, creo, en unos almacenes de gabardinas.
Ponían aquel tren eléctrico en el escaparate todas las Navidades.
Y yo de niño no me cansaba de ir a verlo rodar y rodar.
Hubiera dado cualquier cosa por tenerlo.
Y ahora daría cualquier cosa por que este tren que llevo dentro parara, descarrilara de una vez.
—La casa de Lizar te gustaría mucho, es muy grande y siempre hay cosas que hacer.
—Ya sabes cómo era tu abuela, de obedecer nada.
Mira que le dije veces: «No se te ocurra morirte antes que yo».
Quién me iba a decir a mí que la soledad no era vacío por dentro, sino todo lo contrario.
Este tráfico que no para de arañar… Emilia, tienes que ir constantemente a Polloe a ver cómo está la tumba.
Si las flores se apochan, hay que cambiarlas enseguida.
—Sí, no te preocupes. ¿No quieres acompañarme algún día?
—Ya, para verla allí muerta; qué tonterías dices.
Y Emilia Castro Urrutia volvió a coger el móvil, repasó rápidamente los mensajes que le habían entrado y se detuvo de nuevo en las fotografías de Lizar, que también había llevado trenes desbocados por dentro, vagones y vagones de dolor y de rabia.
«Qué fuerza tiene la rabia —le dijo alguna vez—, cómo tira de ti. Igual que una corriente que te atrapa en el mar. Pero tienes que nadar contra ella si quieres salvarte».
Lizar se estaba salvando en aquella casa que estaba «siempre reclamando cuidados…, menos mal».
—Es un caso complicado, aiti, pero lo acabaremos resolviendo. Y luego nos vamos los dos a Asturias.
Su abuelo no respondió. Solo se levantó y empezó a recoger la mesa.