Un dedo menos 6
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El asesino no había dejado el menor rastro, pero el informe de las autopsias permitió reconstruir, con un poco más de detalle, lo que podía haber sido su enrevesado modus operandi.

Primero debió de dispararle al perro un dardo con ketamina; luego, otro dardo a la víctima con una dosis mayor de la misma sustancia.

—La ketamina inyectada y a esas dosis hace efecto muy rápido —dijo el forense—; al perro lo durmió prácticamente en el acto. Al hombre tardaría un poco más. En torno a un minuto.

—¿Y en ese tiempo no hubiera podido defenderse de algún modo?

—No, Emilia, son drogas que, administradas así y en tal cantidad, te incapacitan de entrada.

—Pero ¿sigues consciente?

—Hasta que te hace efecto del todo, sí; diría que más o menos un minuto, en un hombre alto, de la complexión de la víctima.

El asesino metió después los dos cuerpos en la capilla, degolló a la víctima, le cortó el dedo, le quitó el móvil y los documentos y las llaves que pudiera llevar encima.

Y se fue, atrancando la puerta, con un tubo que debió de coger de las obras de reparación de una tumba próxima, para que el perro no pudiera salir del panteón cuando se despertara.

Porque estaba seguro de que el perro se iba a despertar.

—¿Podía saber que el perro iba a atacar de esa manera a su amo, Agustín?

—No, no se puede prever de ese modo la conducta de un animal. Lo que está claro es que no quería matar también al perro.

—Ya; solo dormirle del modo más rápido posible y que no le estorbara para lo que iba a hacer.

Y el perro se había despertado, e histérico por la droga y el encierro, se había abalanzado sobre aquel cuerpo inerte y cubierto de sangre. Sin reconocer en él más que la carne.

—Porque el despertar de la ketamina en un perro —concluyó el forense— es un momento delicado. Puede provocarle aturdimiento y mucha agitación.

—Y eso el asesino, que había elegido esa sustancia, podía saberlo, ¿no?

—Sí, es posible. Pero en cualquier caso, como te digo, el comportamiento de un animal no se puede dirigir de ese modo.

Era evidente que al perro no lo quería matar.

Pero estaba muerto. Y no llevaba collar ni chip de identificación, ni le habrían puesto a lo largo de su corta vida —poco más de un año, dijo el forense— ninguna vacuna.

No tenía ficha en ninguno de los veterinarios de la ciudad ni de los alrededores con los que la Ertzaintza consultó.

—Eceiza, ¿cómo vais con las pistolas para disparar esos dardos anestésicos?

—Se pueden conseguir con relativa facilidad, jefa, para uso con animales salvajes, zoos o centros veterinarios…, aunque hace falta licencia, lo estamos mirando. Y hemos encontrado en internet bastantes videos de cómo fabricarlas, que no parece excesivamente complicado. ¿Quieres que te los pase?

—Déjame la lista de los enlaces en la mesa. ¿Y la ketamina?

—Tampoco demasiado difícil de conseguir: en farmacia con la receta de un médico o de un veterinario.

Estamos también en ello, aunque no creo que saquemos gran cosa de ahí.

Si el asesino es tan listo como parece, no habrá ido a buscar la ketamina a cara descubierta, sino directamente al sector B: o el trapicheo o la dark web, que para eso se supone que está.

—Ya, pero vamos a insistir en el sector, como tú lo llamas, A. Incluso los más listos tienen descuidos.

—¿Lo dices por mí, jefa?

«Eceiza no suele sonreír muy a menudo de esta manera tan indefensa —pensó la subcomisaria—; seguro que las cosas van mejor en su casa».

—Veo que estás muy animado hoy. No te pregunto por qué, porque me lo imagino y me alegro.

—Pues sí, y a ver si nos dura.

—Agustín ha dicho que quien amputa un dedo de esa manera sabe lo que se hace, sabe de medicina o de anatomía. Y este asesino sabe además de anestésicos, de cómo conseguirlos y administrarlos.

—A lo mejor tenemos a un médico.

—O a un veterinario, Eceiza, que cura a los animales, que no los quiere matar.

—Los médicos también se supone que no quieren matar a las personas.

—Sí, pero entre los humanos todo es más complicado y más decepcionante, ya lo sabes. De lo contrario, este trabajo que tenemos tú y yo no existiría. Y ahora me voy a casa.

—¿Te pido un coche?

—No, gracias, prefiero ir andando.