Un dedo menos 5
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Ninguno de los habituales de la calle pudo ayudar con la identificación de la víctima del cementerio.

«Si hubiera andado por aquí, lo habríamos reconocido enseguida, sobre todo si lo acompañaba ese perro», fue la respuesta que, con ligeras variantes, los agentes de la Ertzaintza escucharon de los sin techo, una y otra vez.

El hombre de Polloe llevaba el pelo bastante bien cortado, se había afeitado hacía poco y, a pesar de sus condiciones de vida, estaba limpio, igual que su ropa.

En algún sitio la lavaba y se aseaba él mismo.

Si había utilizado los servicios de algún centro público, había elegido los que no tenían cámaras de seguridad; y, desde luego, había tenido que dejar al perro fuera.

¿Dónde? ¿Con quién? ¿Tenía algún amigo? En el cementerio, por el tamaño del panteón, debía de dormir solo con el perro.

Pero ¿y el resto del tiempo? ¿Le acompañaba alguien?

¿Alguien que tenía casa en San Sebastián o los alrededores y que le dejaba asearse allí o lavar la ropa, pero nada más?

Y tal vez esa persona era la misma que le había ayudado a procurarse la llave para entrar en el panteón o a fabricarse una.

—Tan fácil como en las películas o en los vídeos de internet que están al alcance de cualquiera, jefa, también de nuestro hombre. Metes cera o un plástico blando en la cerradura, sacas la huella; y si tienes el contacto adecuado, con una llave en blanco y en menos de un cuarto de hora te la prepara.

Y ese contacto la víctima debía de tenerlo.

—De todas maneras, vamos a volver a hablar con todos los empleados del cementerio y a preguntar en las cerrajerías qué tipo de llaves o similares podrían abrir ese panteón y si últimamente les ha llamado la atención, por la razón que sea, algún encargo de copia.

—Es una cerradura de lo más corriente. Va a costar.

—Lo que cueste.

Aquel hombre, que tampoco frecuentaba los servicios asistenciales oficiales ni estaba registrado en los ficheros de huellas o de ADN de la policía, había vivido en la ciudad y dormido en el cementerio de Polloe, no se sabía cuánto tiempo, sin que nadie lo advirtiera y sin dejar rastro.

El asesino, en cambio, sí había querido dejarlo.

En una calle cercana al cementerio, en una bolsa de plástico de un amarillo llamativo, colocada sin apenas disimulo entre las hojas de un seto, la policía encontró el dedo índice que le faltaba al cadáver y el bozal que le había quitado al perro dormido. Porque el perro estaba dormido.

—Mata a un tío de esa manera sanguinaria, pero le preocupa el bienestar animal; o sea que le gustan los animales mucho más que la gente. A ver si le pillamos por la psicología.

—Por la psicología va a tener que ser, Eceiza —dijo Aitor Garrido, de la policía científica—, porque en el escenario del crimen no ha dejado ni media huella propia.