Un dedo menos 4
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Ricardo Artola Ortiz había muerto en 2009; su mujer, Matilde Uriz Delgado, en 2014. Los concesionarios del panteón eran ahora sus dos hijos, Ricardo y Sergio. La policía consiguió contactar con Ricardo, que se presentó puntual en la comisaria.

—Pues ni me acordaba de que hubiésemos heredado también el panteón. A mi padre se le ocurrió comprarlo hace un montón de años; total, para nada.

—En el cementerio nos han dicho que están al día en el pago de las tasas municipales. ¿Las paga usted?

—Seguro, pero estarán domiciliadas, como todas esas cosas, y ni me entero… Total, para nada.

—Ya. ¿Qué hicieron entonces cuando murieron sus padres, incinerarlos o enterrarlos en otro cementerio?

—Los incineramos a los dos.

—¿Y las cenizas?

—Las echamos al mar.

—¿Sin más? Ya sabe que está reglamentado, ¿no?

—Pues no tenía ni idea, la verdad, de que hubiera normas. A mucha gente le parece bonito.

—¿A usted también?

—Bueno, mejor en el mar que en una tumba, ¿no?

«Mejor en una tumba —pensó la subcomisaria—, donde pueden visitarte». Pero no quiso compartir con Artola algo tan íntimo ni, por lo que parecía, tan alejado de su «sensibilidad».

Era un hombre de unos cuarenta años, atlético, bien vestido, «un pijo chulo, de manual», diría después Eceiza, que se había sentado en el despacho de la policía, ladeado, con una pierna cruzada sobre la otra, como si estuviera en la terraza de un bar.

—Es importante que localicemos las llaves del panteón. Al fallecer sus padres, debieron de recibirlas ustedes como herederos.

—Ya le he dicho que ni me acordaba de que lo hubiéramos heredado, así que ni idea de dónde pueden estar esas llaves. En mi casa, desde luego, no.

—Trate de hacer memoria. Tal vez se las dejaron a un pariente o a un gestor, a quien les llevó los trámites de la herencia…

—No. Lo único que se me ocurre es que se fueran a la basura con el resto de las cosas que tiramos al vaciar la casa de mis padres.

—¿Hace cuánto de eso?

—Más de diez años.

—Mire bien en su casa, de todas maneras.

Nunca se sabe… Y ahora tengo que pedirle una cosa un poco delicada —añadió la subcomisaria, abriendo la carpeta con las fotografías de la escena del crimen—.

Siento pedírselo porque es desagradable, pero me temo que es necesario.

¿Reconoce usted al hombre de estas fotografías? ¿Le suena de algo?

Las había alineado sobre la mesa, de manera que él pudiera verlas sin necesidad de tocarlas, pero Ricardo Artola las fue cogiendo de una en una y las miró sin inmutarse.

—Ni idea. Y, además, ¿cómo lo voy a reconocer si le han dejado sin cara? ¿Qué hacía en nuestro panteón?

—Al parecer, dormir allí todas las noches.

—¿Qué? ¿Dormir en una tumba? Vaya asco… Entonces ¿era un sin techo de esos?

—Es muy probable. Y nos imaginamos que le acompañaba siempre este perro.

Las fotos del perro Ricardo Artola no las cogió, solo se inclinó un poco hacia delante para verlas sobre la mesa.

—Un malinois —dijo sin vacilación.

—¿Entiende usted de perros, señor Artola?

—No especialmente, pero un amigo mío tiene uno de esta raza.

—¿Y cómo son? De carácter, quiero decir.

—No sé, pero mi amigo tiene críos pequeños y convive con ellos estupendamente. —Mientras se enderezaba, añadió—: Aunque los perros de esa gente de la calle suelen estar muy maleados. ¿A ese hombre le ha comido la cara el perro?

—No sabemos con certeza cómo se han producido esas heridas, pero no descartamos ninguna hipótesis.

—Pues, si ha sido el perro, estaba más que maleado, desde luego.

—No le molesto más, pero me gustaría hablar con su hermano Sergio. A lo mejor él sabe dónde están las llaves del panteón o puede darnos alguna otra información que nos ayude. ¿Puede pasarme su teléfono o decirle que me llame o venga a verme? Le dejo mi tarjeta.

Ricardo Artola ya se había levantado y respondió de pie:

—Sergio hace muchos años que se fue a la India, para hacerse monje o algo así.

—¿No tiene contacto con él?

—Desde entonces, ninguno.

—¿Hace cuántos años que se marchó?

—Muchos, diez o más. Se fue un poco después de la muerte de nuestra madre. Y ahora me tengo que ir corriendo; estoy hasta arriba de cosas.

—No le retengo más. Gracias por su colaboración.

Ricardo Artola no era exactamente un chulo pijo y un borde como dijo Eceiza, que había asistido a la entrevista, ni solo un arrogante.

Era algo más ácido, pensó Emilia Castro Urrutia, más agresivo, incluso; de esas agresividades que no se exhiben, que cuidan las apariencias.

Era un indiferente, seguramente pertinaz; un desentendido de todo lo que no fuera él mismo.

Le pidió a Eceiza que la dejara sola en el despacho, y se puso a mirar las fotos de Lizar que guardaba en el móvil… para sentir lo contrario de la indiferencia.

Luego llamó a su abuelo:

—¿Cómo estás, aiti? ¿Has salido?

—¿Vas a venir a comer o qué? Me voy a poner a freír la merluza y es para calcular.

—Sí, en media hora estoy allí.

«Aunque arda Troya» estuvo a punto de añadir, pero era una de las expresiones de su abuela y se contuvo.