Un dedo menos 3
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La víctima, un hombre de unos cuarenta años al que no les iba a resultar nada fácil identificar, había instalado su «casa» en el interior de ese panteón sin usar.

La policía encontró allí, bien ordenadas sobre la repisa alta de uno de los laterales de la capilla, sus pertenencias: una estera de caucho enrollada y un saco de dormir, que esa noche no había tenido tiempo de extender; algo de ropa, un par de zapatillas de deporte, una linterna de mano,

artículos de aseo dentro de un neceser, latas de comida y varias botellas de agua…

También encontraron, en los bolsillos de la ropa que la víctima llevaba puesta, una linterna pequeña para la frente, una cartera y un cargador de móvil.

Pero en la cartera, aparte del dinero —varios billetes de cinco, diez y veinte euros—, no había ninguna fotografía ni tarjeta de transporte o de crédito, ni documento de identidad; y el teléfono al que debía de corresponder aquel cargador también había desaparecido.

Ese hombre saltaba entonces cada noche el muro, presumiblemente por la zona del armario del gas, y cada mañana, muy temprano, antes de que empezara a agitarse la calle, volvía a saltarlo hacia fuera: un salto disimulado por la presencia de árboles en ese área,

y bastante silencioso porque el terreno estaba cubierto de hierba.

—Y debía de hacerlo con el perro, cada vez —dijo Emilia Castro Urrutia—; y el perro no ladraba porque seguramente, durante todo el tiempo que pasaban en el cementerio, tenía puesto un bozal. Y además bastante apretado.

—O sea que el perro le importaba un pimiento.

—Tal vez no, pero era la única manera de no delatarse, de conservar su «casa».

—¿Cómo puede alguien venirse a dormir a una tumba?

—Porque será peor dormir en la calle, Eceiza; no me cabe la menor duda.

Lizar también había dormido «por los caminos, en cualquier parte, donde cayera… Para soportar un cuarto y una cama hay que conservar algún resto de civilización, y yo me había vuelto una especie de animal salvaje».

—Será mucho peor lo que implica dormir en la calle, seguro. Nosotros tenemos la suerte de no tener que comprobarlo. Y además, ya nos han dicho que no era propiamente una tumba porque estaba sin usar desde que compraron la concesión.

—Ya, jefa, pero menudo ambiente y menudo vecindario.

—Los hay mucho más peligrosos, lo sabes de sobra.

«En un cementerio hay paz y desde luego civilización, quizá uno de los rasgos más persistentes de ella», pensó la subcomisaria, y a lo mejor era justo eso lo que buscaba en Polloe ese hombre.

Y también necesitaba orden. Todas sus pertenencias, en el interior del panteón estaban limpia, casi pulcramente colocadas, aunque el escándalo que había dejado allí el crimen, impidiera apreciarlo a primera vista.

Aquella víctima sin rostro reconocible parecía querer seguir dándole a su vida, incluso en aquella radical privación, una forma de calidad civilizada.

Y sin embargo su muerte era salvaje. «No vamos a poder sacar nada en claro de su fisionomía, pero tal vez sí de esa contradicción —se dijo Emilia Castro Urrutia—, poniendo esos dos extremos frente a frente».

Ese hombre podía dormir de noche en el panteón, y de día dejar sus cosas a buen recaudo porque desde fuera no se podía ver el interior de la capilla; la puerta de hierro labrado dejaba entrar la luz, pero no la mirada.

Y el asesino conocía todos sus movimientos, seguro que llevaba tiempo siguiéndolo.

Y esa noche había entrado detrás de él, había esperado a que abriera el panteón y empezara a instalarse para atacarle.

¿Sin alertar al perro? El perro era el problema.

Un perro grande, un malinois, dijo alguien.

Era impensable que, incluso llevando un bozal, no hubiera reaccionado ante la presencia de un intruso.

El perro era el problema. ¿Cómo había conseguido sortearlo el asesino?