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El coche había entrado por la peatonal, la recogió frente al portal de su casa y en pocos minutos —a esa hora no había casi tráfico— la dejó ante la puerta principal de Polloe, donde la esperaba el oficial Imanol Eceiza.
Bordearon el muro del cementerio y giraron a la derecha, hacia el terreno arbolado y cubierto de hierba que bajaba en pendiente hasta el crematorio. Se detuvieron a cierta distancia de los compañeros de la científica que ya estaban trabajando en la zona.
—Han debido de saltar por aquí, no parece demasiado difícil —dijo Eceiza señalando el armario metálico de una compañía de gas que estaba prácticamente pegado al muro—; subido a ese «escalón», el borde te queda a menos de un metro de altura.
—¿Y del otro lado?
—Un salto de nada; las lápidas de esa parte están colocadas bastante en alto, muy cerca del borde del muro, enseguida lo vas a ver.
Hemos comprobado las entradas y todas están en orden; los mecanismos eléctricos de las puertas principales no se han forzado, tampoco los candados de las otras.
Y el resto del muro es demasiado alto para entrar sin algún tipo de escalera.
Así que es más que probable que hayan saltado por aquí, subiéndose al armario del gas, primero la víctima y luego el asesino.
—¿Seguro que es un asesinato?
—Segurísimo, jefa. Quien lo ha hecho lo ha preparado bien. La puerta del panteón estaba atrancada por fuera con un tubo. Y lo de dentro, para alucinar; lo vas a ver enseguida. Arriola ya está allí con el muerto.
—¿Habéis hablado con el juez?
—Sí. El forense va a encargarse del levantamiento.
Los ertzainas habían acordonado la zona.
La subcomisaria y Eceiza pasaron por debajo de la cinta y se acercaron a uno de esos panteones con capilla; una estructura como una iglesia gótica en miniatura, que parecía recién restaurada.
Delante de la puerta abierta del panteón yacía el cadáver de un perro grande, tipo pastor alemán, con el hocico y gran parte del pelaje cubiertos de sangre ya tiesa.
—¿Y este perro?
El asesino lo había dejado encerrado en el panteón, junto al cuerpo degollado de la víctima.
—Estaba ladrando como loco y pegando contra la puerta de hierro. Por eso han llamado a la policía los vecinos de esas casas de enfrente.
—¿A qué hora?
—Hacia las cuatro. Cuando han llegado los agentes y han desatrancado la puerta, se les ha echado encima, como rabioso, han dicho, y no les ha quedado más remedio que disparar.
—Bueno, ya hablaré luego con ellos. ¿Sabemos si era de la víctima?
—Tiene toda la pinta.
Cuando les oyó acercarse, el forense salió de la capilla.
—Buenos día, Emilia.
—Hola, Agustín.
—Enseguida lo vas a ver, pero lo que tenemos aquí es un bonito desastre.
«En qué quedamos —habría dicho su abuela—, ¿bonito o desastre? Porque las dos cosas no podían ser». Pero su abuela ya no estaba, y al panorama de dentro del panteón no iba a ser fácil encontrarle adjetivos.
El cadáver de un hombre desfigurado, en realidad prácticamente sin cara, yacía de lado, encogido como para dormir, sobre un charco de sangre.
—Para alucinar, ya te lo he dicho —repitió Eceiza.
—¿Te haces una idea de lo que ha pasado aquí, Agustín? —preguntó la subcomisaria.
—De momento solo te puedo decir que lo de la cara se lo ha hecho el perro a mordiscos y post mortem. Unas tres horas después de que el criminal le haya degollado. Un corte de oreja a oreja. En fin, que le ha cortado todo lo que se puede cortar en un cuello.
—¿Y el arma?
—Pues parece un cuchillo corriente y moliente, lo que choca bastante con el resto del montaje que ha organizado aquí.
Lo veré luego con más detalle, pero diría que ha usado un simple pelador, de hoja ligeramente curva; y afilada, eso sí, con maestría.
En cualquier caso, debe de ser alguien fuerte porque el corte es profundo y sostenido.
—Fuerte o decidido.
—Sí, Emilia, pero para hacer un corte como este no basta querer, hay que poder. Así que diría que estamos ante alguien muy robusto.
—¿Lo que descartaría a una mujer?
—Para mí, sin duda.
—¿Y el perro? ¿Cómo ha podido estar tranquilo, sin ladrar, tres horas aquí dentro?
—Probablemente porque estaba dormido con alguna forma de anestésico. Os podré decir más cuando me los lleve al Instituto.
—El informe cuanto antes, por favor, Agustín.
—Ya sabes que sí.
—Muy bien, pues te dejamos ahora. Voy a hablar con los responsables del cementerio, que me imagino que ya están avisados.
—Sí, les hemos llamado enseguida —respondió Eceiza—; nos están esperando en la oficina. Y nos han dicho que, de todas maneras, no habría que tardar mucho en abrir el cementerio, por lo menos la parte de abajo, la del acceso por la calle de Gabriel Aresti.
—De eso, nada. ¿Hay algún entierro previsto para hoy?
—Ya se lo he preguntado y me han dicho que no, que solo hay dos incineraciones, pero esa zona del crematorio tiene su propio acceso, por fuera del cementerio; bastante lejos de la entrada principal.
—Bueno, ya veremos.
—Cada vez se entierra menos a la gente —añadió Eceiza.
Y, sin embargo, la abuela de Emilia Castro Urrutia estaba enterrada muy cerca de donde se encontraban, solo unas calles más arriba, en un panteón sin capilla, mucho más sobrio que el del crimen.
Solo la cruz, la losa de mármol blanco y los nombres bien ordenados cronológicamente…
Hasta esa última fecha, grabada en un negro fresco aún, reluciente.
Habían empezado a alejarse hacia la entrada principal cuando el forense les retuvo:
—Una cosa más, lo acabo de descubrir porque el brazo lo tenía doblado de mala manera. Al cadáver le falta un dedo; el índice de la mano derecha.
—¿Ha podido ser cosa del perro?
—No, Emilia. Tengo que analizarlo mejor, pero, por lo que veo, se lo han cortado limpiamente, a través de la base de la primera falange; diría que con unas tenazas igual de afiladas que el cuchillo. Y lo que indica esa amputación es que quien la ha hecho sabe cómo funciona una mano por dentro.
Las respuestas de los responsables del cementerio estaban siendo una sucesión de negaciones.
Una ristra de ceros, como solía decir Eceiza.
No había cámaras de seguridad en ese lateral de Polloe.
No, las colocadas en la entrada principal no alcanzaban a filmar la zona donde se encontraba ese panteón ni, desde luego, más lejos.
No había vigilante de seguridad nocturno en el cementerio.
No se inspeccionaba el interior de las capillas con regularidad; solo se abrían para los servicios o en caso de alguna emergencia.
Y, además, las llaves de los panteones no se conservaban solo en el cementerio.
—Se entregan a los titulares de las concesiones en el momento de la adquisición.
Así que la familia titular de la tumba debía de tener también una copia de la llave; y desde luego la víctima, porque en ese panteón había instalado, sin que nadie lo hubiera advertido y probablemente desde hacía bastante tiempo, un peculiar refugio para pasar las noches.
—¿Cómo es posible que una persona duerma en un panteón, seguramente muy a menudo, y nadie se dé cuenta?
El gerente del cementerio también respondió a esa pregunta con una sucesión de noes.
—No sé, subcomisaria… No me lo explico…, no había pasado nunca nada parecido.
—Vamos a revisar por dentro todos los panteones de capilla y de bóveda. Preparen, por favor, las llaves y la lista de ubicaciones y concesionarios.
—Enseguida.
—¿Quién es el titular de la concesión de este?
—Ahora mismo se lo digo; hemos revisado el archivo mientras les esperábamos. La compró en 2007 el señor Ricardo Artola Ortiz, por cuarenta y nueve años. El panteón se arregló y está vacío; quiero decir que esa familia no lo ha utilizado aún, pero están al día en el pago de las tasas generales.
—¿Tiene alguna forma de contactar con ellos?
—Le anoto la dirección y el teléfono que tenemos registrados.
—Gracias. De momento, no puede entrar nadie en el cementerio. Trataremos de despejarlo todo lo antes posible.
—¿Cuánto tiempo? Porque ya sabe que a estos servicios es muy complicado hacerles esperar.
—Lo antes posible.