Un dedo menos
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No había amanecido cuando sonó el teléfono, y en la oscuridad la llamada parecía pertenecerle al sueño.
Una pesadilla, en realidad, de las que la subcomisaria Castro Urrutia llamaba «geométricas»: bocas idénticas hablando sin volumen, correr y correr por calles que recomenzaban, abrir muchas veces la misma puerta con una intención siempre incomprensible…
Pero el teléfono sonaba de verdad.
—No te lo vas a creer, jefa.
—Buenos días, Eceiza, o como se diga a estas horas.
—Sí, buenos días. Un cadáver en el cementerio…
—Que no tendría que estar ahí, supongo.
—Ni acompañado del de un perro. Un escenario como de peli gore. Te mando un coche.
—Dame veinte minutos. Y diles que me esperen fuera, en la esquina de la calle Aldamar; que no se metan por la peatonal, ya sabes que no me gusta.
La luz de la cocina estaba encendida. Otra noche de insomnio para su abuelo. Desde que se había quedado viudo, no pegaba ojo.
—He oído el teléfono y te he hecho café. Tiene que ser grave para que te llamen a estas horas.
—Un cadáver en el cementerio.
—Fuera del tiesto será, como decía tu abuela.
—Claro, pero lo he dicho así para que sonrieras un poco. ¿Te tomaste la pastilla anoche?
—Ya sabes que no me hacen nada, Emilia.
Le sirvió el café con una mano firme, de hombre más joven. El dolor le había dado una nueva energía, como a Lizar. «No quieren rendirse —pensó la subcomisaria— y el cuerpo les respeta por eso y les obedece».
—Mira que le dije a Itziar un montón de veces: «Ni se te ocurra morirte antes que yo, porque yo sin ti no podría vivir». Pues ni caso.
Emilia no supo qué contestarle a su abuelo. Solo le agradeció el café y salió de la cocina deprisa, sin darles a las lágrimas el tiempo de asomarse, de salirse del tiesto.