Capítulo 20
Debería habérselo contado sin más.
Pero, de haberlo hecho, no creía que él pudiera perdonarla jamás. ¿Y por qué, por el amor de Dios, quería conocer a su familia?
Aunque Calli confiaba en que sus explicaciones de aquella noche hubieran sido razonables, era consciente de que había quebrado cierto grado de confianza entre ambos, una confianza que sabía que Jonathan no se tomaba a la ligera.
Durante los dos últimos días, él había mantenido las distancias: no había ido a verla por la noche y durante el día prácticamente la ignoraba.
No cenaban juntos, pues él había vuelto al Parlamento, y Calli se había visto obligada a explicarles a los niños el aparentemente repentino abandono de su tío.
—Ha estado ocupado —dijo a la mañana siguiente—. Pero prometió que hoy iremos a Gunter’s.
—¿De verdad? —preguntó Mary, iluminándosele los ojos—. Hace bastante que no voy a Gunter’s.
—Yo nunca he ido.
Los dos la miraron boquiabiertos.
—¿Nunca has ido?
—No —se rió ante su asombro—. Nunca.
Había enviado un mensaje a su familia, dirigido a Xander. Le pidió que fueran él y Damien, y esperaba que Arie y Diana no los acompañaran. Arie despertaría todas las sospechas de Jonathan, mientras que con Diana una nunca sabía qué iba a decir. Además, sin duda se lo contaría todo a Arie.
Aquella mañana le había llegado una nota críptica por la entrada de servicio, que el mayordomo le entregó con casi tanta cautela como Jonathan mostraba con ella.
Decía, nos vemos en Gunter’s.
Por suerte, Calli reconoció la letra de Xander, pero no tenía ni idea de quién lo acompañaría.
Lo descubrirían pronto. Tres horas más tarde, ella y los niños bajaban la escalera para reunirse con Jonathan. Alzó la mirada hacia él con cierta aprensión, pero su rostro estaba desprovisto de toda emoción o señal de lo que pensaba. Suspiró.
—Venid, niños —dijo, conduciéndolos hacia el carruaje que esperaba fuera, con Jonathan detrás.
El trayecto en carruaje estuvo lleno de la charla incesante de los niños, ambos emocionados por la golosina que los aguardaba. Calli se sentó frente a Jonathan, mirando por la ventanilla mientras intentaba esquivar su mirada inquisitiva.
—¿Ocurre algo, señorita Donahue? —preguntó él, enarcando las cejas.
—No —respondió, forzando una sonrisa—. No ocurre nada.
—¿Qué miembro de su familia se reunirá con nosotros?
—No estoy del todo segura —dijo, y era la verdad.
Bajaron en Gunter’s, y Calli respiró aliviada al ver que no estaba concurrido aquel día, que al menos no habría muchos testigos de lo que fuera a suceder allí.
Descendieron del carruaje para encontrarse con Xander... y con Arie, que le sonrió con tal untuosidad que Calli estuvo a punto de quedarse petrificada. Tal como estaban las cosas, Matthew tuvo que darle un toque para que diera otro paso dentro de la pequeña tienda.
—Calli —la saludó Arie mientras los dos hombres imponentes se acercaban a ellos—. Qué amable por tu parte invitarnos.
—Su Gracia, permítame presentarle a mis hermanos, Xander y Arie H... Donahue.
Clavó la vista en ellos, suplicándoles que siguieran la corriente, pero no tenía nada que temer. Ambos dominaban a la perfección el arte del engaño.
—Es un placer conocerlo, Su Gracia —dijo Arie con una elegante reverencia—. Y estos deben de ser los dos maravillosos niños de los que tanto nos ha hablado nuestra Calli.
Mary soltó una risita, mientras Matthew lo miraba con cautela, y Calli se sorprendió al ver que ya era capaz de calar la fachada de su hermano.
—Dígame, ¿cómo se encuentra su tío... enfermo, era? —preguntó Jonathan cordialmente, y por fortuna, a Calli solo le dio un vuelco el corazón.
—Mucho mejor —respondió Arie con suavidad—. Muchísimo mejor. Le agradecemos mucho a Calli que se haya ocupado de que esté bien atendido.
—Por supuesto —dijo Jonathan—. ¿Por qué no les invito a todos a un helado y seguimos con esta conversación?
—Podemos pagar lo nuestro —replicó Arie, irguiéndose, y Calli esperó que no permitiera que su arrogancia lo estropeara todo.
—Yo les he invitado —dijo Jonathan, con una autoridad ducal en la voz que no admitía discusión—. Pagaré yo.
Arie mantuvo la cabeza alta mientras sostenía la mirada de Jonathan, los dos enfrascados en una especie de duelo masculino, y Calli puso los ojos en blanco al interponerse entre ambos para intentar aliviar la tensión.
—Muchísimas gracias, Su Gracia —dijo—. ¿Elegimos los sabores?
Por suerte, la exuberancia de los niños disipó buena parte de la tirantez y la incomodidad, y enseguida estuvieron todos sentados alrededor de una mesa en un rincón de la tienda, saboreando sus helados mientras se observaban unos a otros.
A Calli le habría parecido cómico de no ser porque era ella quien estaba en medio de todo aquello.
—Cuéntenme más sobre su trabajo —dijo Jonathan a sus hermanos—. Calli me ha dicho que se dedican al comercio.
—Así es —respondió Arie, y una lenta sonrisa se extendió por su rostro ante la descripción que Calli había hecho de cómo se ganaban la vida—. Estamos especializados en piezas de valor incalculable.
—¿Como cuáles?
—Artefactos. Cuadros. Objetos que suelen salir a subasta. Les buscamos compradores especializados.
—Suena a algo ilícito —dijo Jonathan, bajando el helado mientras observaba a Arie, y los ojos de este se oscurecieron, acelerándole el pulso a Calli. Cuando Arie se enfadaba, nadie quería interponerse en su camino.
—Le aseguro que todos aquellos con quienes trabajamos merecen lo que reciben —dijo Arie con voz cortante, y Calli y Xander intercambiaron una mirada.
—Jon... Su Gracia también ha hecho inversiones en el comercio —añadió Calli, tratando de reconducir la conversación—, así que le interesa el trabajo de los demás.
—¿Un duque que se ensucia las manos con el comercio? —dijo Arie, enarcando las cejas—. Qué intrigante.
—¿Intrigante o inteligente? —replicó Jonathan, y Calli suspiró para sus adentros.
Había sido la peor idea que nadie había tenido jamás.
¿Por qué no se había esforzado más por evitarlo?
—. He ganado mucho más con mis inversiones de lo que jamás he ganado con mis rentas vinculadas.
Gracias a ello puedo ocuparme debidamente de otras personas.
—¿Ocuparse de personas como mi hermana? —preguntó Arie, inclinándose ahora hacia delante—. Porque le aseguro que de eso puedo encargarme yo perfectamente.
—Entonces, ¿por qué encontró empleo como mi institutriz? —preguntó Jonathan, ahora visiblemente muy interesado en la respuesta a aquella cuestión, y Calli vio el destello de irritación en los ojos de Arie al darse cuenta de su error.
—Creo que puedo responder yo a eso —dijo Calli, inclinándose hacia delante desde su asiento junto a los niños—. Para mí es importante mantenerme por mí misma, tener un propósito en la vida.
Y aquello era cierto.
—Ya veo —dijo Jonathan, aunque la observó con una desconfianza que hizo crecer una inquietud en lo más hondo de su vientre—.
Aunque recuerdo cómo nació su interés por la pintura.
Me sorprende que mi galería la dejara tan maravillada si normalmente está rodeada de las obras con las que comercia su hermano.
—Yo... no suelo tener ocasión de ver con qué está trabajando —murmuró Calli, mirando su helado, que hacía apenas unos momentos le había parecido absolutamente delicioso, pero que a cada momento le quitaba más el apetito.
Solo quería que aquello terminara, salir de allí y seguir adelante, manteniendo separadas las dos partes de su vida.
Hasta que uno de ellos se perdiera para ella para siempre.
—Cuéntenos más sobre su galería, Su Gracia —pidió Xander, y un brillo de codicia asomó en sus ojos. Arie se recostó y dejó que su hermano llevara la voz cantante, aunque Calli sabía de sobra que él estaba igual de interesado.
—Es simplemente una galería con sus obras favoritas —murmuró Calli—, un lugar solo para él.
—¿Algún pintor conocido? —preguntó Xander.
—Unos cuantos —respondió Jonathan, pero carraspeó y no añadió nada más; su intuición le decía a las claras que no debía hablar de aquello, al menos no con esta familia.
—El tío tiene montones y montones de cuadros en la pared —añadió Matthew, intentando ser útil, aunque Calli deseó que se callara—. Impresiona ver cómo todos esos retratos te observan desde lo alto. ¡Ni siquiera sé cómo llegaron todos allí, están tan altos!
—Ya me imagino —dijo Arie, dedicándole una sonrisa al niño.
—¿Calli le enseñó sus cuadros? —preguntó Xander entonces, como si acabara de caer en la cuenta de lo que había desviado la conversación hacia ese tema.
—Yo… me topé con uno de sus cuadros —dijo Jonathan, dirigiéndole una mirada—. Tiene mucho talento.
—Desde luego que sí —dijo Xander con orgullo.
—Me ha dicho que solo comparte lazos de sangre con uno de vosotros, ¿es así? —preguntó Jonathan mirando a Xander, pues era evidente que sabía de cuál de los dos se trataba.
—Sí —dijo Arie, y el brillo regresó a sus ojos—, pero llevamos tanto tiempo siendo una familia que eso ya no importa.
—¿Y cómo sucedió eso? —preguntó Jonathan. Calli alternó la mirada entre él y Arie, preguntándose por qué le importaba tanto su pasado. Ya le había contado todo lo que necesitaba saber.
—Calli y Xander vivían en la calle. Solos. —Arie se inclinó de nuevo hacia delante y dejó el helado a un lado—. Yo les di un hogar. Un propósito. Una familia. Salimos de la nada.
—¿Aquí en Londres? —insistió Jonathan, sin amilanarse ante la contundencia de Arie.
—Sí, aquí en Londres —dijo Arie.
—¿Es usted de allí?
Arie siempre había mantenido un toque de acento, mientras que su complexión griega siempre causaba confusión en aquellos que no habían viajado mucho fuera de Inglaterra.
—No —dijo Arie—. No lo soy.
Y era obvio que no diría más.
—Bueno, esto ha sido… revelador —dijo Jonathan mientras se levantaba, y Calli lo imitó al instante.
Arie conocía bien la etiqueta de la clase noble, pero permaneció sentado un momento más, como para irritar deliberadamente a Jonathan.
—Gracias por los helados —dijo Xander, antes de hacer una reverencia ante los niños, que soltaron una risita. Xander siempre había tenido facilidad con los pequeños—. Mi señor, mi señora —dijo, y se volvió tardíamente—. Su Gracia. Y Calli, espero verte muy pronto, hermana.
—Por supuesto —dijo ella.
—Estaremos fuera un par de días —dijo Jonathan, y Calli se volvió hacia él con cierta sorpresa—. Mi madre acaba de regresar de Bath, e iremos al campo a visitarla el fin de semana, mientras el Parlamento está en receso, antes de volver a Londres.
—Ay, no —dijo Mary, y el rostro se le heló de repente por un miedo indefinible—. La abuela, no.
—No es tan mala —dijo Jonathan con un suspiro, pero, mientras se pasaba una mano por el pelo, a Calli le dio la sensación de que estaba de acuerdo con los niños.
—Calli, antes de irnos, ¿podríamos hablar contigo un momento… a solas? —preguntó Arie. Calli vaciló, hasta que Jonathan le hizo un leve gesto de asentimiento.
Se despidieron por fin de Jonathan y los niños, salieron a la calle y se alejaron un trecho para que no pudiera oírlos si salía.
—Parece que te has labrado una vida familiar muy cómoda con el duque y los niños, ¿eh? —dijo Arie, escrutándola. Calli se llevó una mano al pecho en un gesto defensivo y le sostuvo la mirada.
—¿De qué estás hablando?
—No soy ningún tonto —soltó Arie—. Entre tú y ese noble hay algo. Si te has acercado a él para facilitar nuestro trabajo, me parece perfecto, pero si tienes sentimientos por él, Calli…
—No hay nada entre nosotros —mintió, esperando convencer a Arie.
Arie recorrió su rostro con los ojos, evaluándola.
—Bien. Porque necesitas pensar con la cabeza. Siempre te lo he enseñado.
Ella asintió.
—Pero el duque te ha echado el ojo, está claro. ¿Por qué si no nos habría invitado a tomar helados?
—Yo… —Se le quedó la mente en blanco—. No lo sé.
—Exacto.
Él y Xander intercambiaron una mirada.
—Esto es lo que vamos a hacer —dijo Arie, alzando un dedo—. Busca una excusa, pero no vayas al campo con el duque y los niños. Quédate en Londres. Vendremos, sustituiremos el cuadro por la copia y tú te habrás marchado con el original antes de que él regrese.
El pánico se le anudó en el estómago y luego le atenazó la garganta. Si hacía lo que Arie decía… no volvería a ver a Jonathan jamás.
—¿Pero qué tipo de excusa iba a poner?
—Dile que te encuentras mal, demasiado mal para el viaje. Luego, cuando se haya ido, dejas una nota diciendo que has tenido que volver con tu familia o algo parecido. El nombre que le diste no es el tuyo, así que no sabrá dónde buscarte, aunque es poco probable que lo haga.
—¿Por qué… porque soy tan prescindible?
Arie la miró con lástima.
—Tienes muchas cualidades excelentes, Calli. Eres hermosa, eres inteligente y obviamente has sido buena con sus hijos. Pero hay más como tú por ahí. Él es un duque. No será difícil encontrar a alguien que te sustituya.
Calli no tenía ni idea de si se refería a ella como institutriz o en su corazón, pero de alguna manera tuvo la sensación de que no habría importado: a Arie le habría dado igual.
—Yo… —Se sentía enferma, pero cuadró los hombros mientras los miraba a ambos—. No puedo hacer esto.
—Ya dijiste eso antes —dijo Arie, y su boca se torció en lo que pretendía ser una sonrisa pero que era todo lo contrario—, y te dije lo que pasaría si no lo llevabas a cabo.
Hazlo a mi manera, y él nunca tendrá por qué saber la verdad sobre ti.
Oblíganos a hacerlo a tu manera, y yo acabaré con el cuadro mientras que él sabrá para siempre de tu duplicidad. ¿Cuál prefieres?
—Soy tu hermana, Arie —suplicó, pero eso solo sirvió para endurecer su resolución.
—Sí. Y como mi hermana, me debes lealtad. No a un noble que acabas de conocer. Te veremos en dos días.
Entonces se fueron, alejándose a grandes zancadas por la calle, mientras Xander la miraba con simpatía. Todo lo que Calli pudo hacer fue respirar, darse la vuelta y rezar para encontrar una salida.