Un corazón por encargo (Pasiones robadas nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Calli dio las gracias al duque, aliviada de que la cena hubiera terminado, a pesar de lo maravillosa que había sido la comida.

La cocinera de Londres era excelente, desde luego, pero Calli nunca había disfrutado de un festín como el que acababa de tomar. Había sorprendido al duque mirándola fijamente después de llevarse el postre a la boca, lo que la dejó ligeramente avergonzada por lo glotona que debía de haber parecido.

Entre eso y el hecho de que, evidentemente, no tenía la menor idea de cómo comportarse en una comida así, era un milagro que él pudiera siquiera mirarla, tan importante parecía ser para él seguir esas normas al pie de la letra.

Acostó a los niños, una hazaña que se le hizo difícil debido a la euforia que les había provocado la cena con su tío y el azúcar que habían ingerido al final.

Por fin, afortunadamente, después de que insistieran en más de un cuento fantástico, se quedaron dormidos, y Calli regresó a su habitación, deseosa de extender el lienzo y ponerse a trabajar.

Pero no conseguía quedarse quieta.

Quizá ella misma había tomado demasiado azúcar. Quizá las preguntas del duque la estaban atormentando, inquietándola. O quizá la curiosidad por saber qué albergaban exactamente aquellas habitaciones secretas la estaba carcomiendo.

Abrió su bolsa y encontró, en el fondo, el pequeño estuche que uno de sus hermanos le había metido en el equipaje. Solo su familia consideraría un juego de ganzúas como algo esencial.

Calli abrió la puerta y comprobó, para su alivio, que el pasillo estaba vacío. No tenía idea de cuánto servicio trabajaba allí, en la casa de campo, pero parecía un número bastante reducido para una residencia tan grande. El duque no debía de pasar mucho tiempo allí.

Subió a toda prisa las escaleras hasta la tercera planta y no tardó en encontrarse frente a la puerta.

El corazón le latía con fuerza, consciente de que no pintaba nada allí, pero consumida por la curiosidad.

No pensaba hacer nada con lo que encontrara, se dijo, aunque casi podía oír la voz de Arie en su cabeza mientras se agachaba frente a la puerta.

Solo quería echar un vistazo, ver qué otros maestros de la pintura podían acechar allí dentro.

Nunca se le había dado bien forzar cerraduras.

Esa había sido una de las especialidades de Xander, lo que significaba que no solía tener motivos para utilizar semejante habilidad.

Sin embargo, Arie les había hecho practicar a todos, y Calli no pudo evitar dejar escapar un pequeño y triunfante «¡sí!

» en un susurro cuando oyó el clic de la cerradura.

Se incorporó y sujetó el pomo, pero justo cuando lo giraba, alguien la atrapó por detrás.

Intentó gritar pidiendo socorro, pero una mano le tapó la boca. Trató de morderla, pero unos brazos fuertes la sujetaron con firmeza.

—Señorita Donahue —le llegó una voz grave, suave pero cortante, al oído—. ¿Busca algo?

Los brazos se aflojaron lo justo para permitirle girarse entre ellos, y se encontró cara a cara con el duque. Su expresión era, bueno… una mirada casi asesina.

—Su Gracia —consiguió articular—. ¡Qué… inesperado verlo aquí!

—Esta es mi casa —dijo él con los dientes casi apretados—. Creo que tengo derecho a ir por donde me plazca. Como ya hemos comentado antes.

—Por supuesto —murmuró ella, a la vez que se revolvía entre sus brazos en un intento de apartarse.

—¿Y qué se supone que está haciendo? —espetó él.

—Yo… —intentó mirar por encima del hombro de él, pero estaba demasiado cerca, la sujetaba con demasiada fuerza. —Lo siento, Su Gracia —dijo casi en un susurro—. Me pudo la curiosidad.

—Espero que forzar cerraduras no sea una habilidad que tenga previsto enseñar a los niños.

—Desde luego que no —respondió ella, bajando la vista hacia el pecho de él, incapaz de sostenerle la mirada—. Mi hermana solía cerrarme la puerta de nuestro dormitorio, así que de niña aprendí a abrirla yo sola.

—Ya veo —dijo él, y aflojó ligeramente el abrazo, aunque sus ojos no perdieron el recelo—. Bien, señorita Donahue, ¿quiere ver lo que hay dentro? Adelante.

La soltó tan de repente que casi se cayó, y él hizo un gesto hacia el interior. Por mucho que le hubiera gustado darse la vuelta y salir corriendo hacia su habitación, Calli descubrió que ahora le era imposible echarse atrás, y dio un paso vacilante al otro lado de la puerta.

Y se encontró con la cueva de Aladino abierta ante ella.

* * *

Jonathan sabía que debería estar furioso por encontrarla allí.

Husmeando. Espiando. Metiendo las narices.

No tenía ningún derecho a estar allí. En esa sala. En su casa. En su vida.

Pero no podía echarla de aquella casa, igual que tampoco podía expulsarla de las fantasías que no dejaban de asaltarlo.

En cuanto la encontró, debería haberla despachado de inmediato, como mínimo de vuelta a la cama, cuando no directamente fuera de aquella casa y de su empleo para siempre.

Y, sin embargo, en vez de eso, allí estaba él, invitándola a entrar en su santuario.

—Oh, Su Gracia —dijo ella, con un quiebro en la voz—. Esto es… esto es…

Esbozó una sonrisa ante su falta de palabras.

Casi nunca le enseñaba aquella sala a nadie.

No siempre había estado cerrada con llave.

Pero, con los niños viviendo allí, le había preocupado que confundieran la galería larga con un lugar donde correr y alborotar a sus anchas, así que decidió que lo más conveniente era mantenerla cerrada.

Parecía que había alguien más a quien aquella sala tenía cautivado.

—¿Cómo descubrió su pasión por el arte? —preguntó Jonathan en voz baja, observando el arrobamiento en el rostro de la señorita Donahue mientras recorría con la mirada los cuadros que adornaban las altas paredes, del suelo al techo.

Ella dio unos pasos hacia el interior de la sala, con la mano suspendida sobre una de las esculturas que se alzaban sobre un pedestal.

—¿Puedo? —preguntó en voz baja.

Ante su asentimiento, pasó la mano con reverencia por la cabeza calva de la figura.

De pronto, Jonathan sintió el repentino deseo de convertirse en estatua.

—Supongo que me enamoré por primera vez de los cuadros que veía en las colecciones de mi hermano, que adquiría para sus clientes —dijo mientras empezaba a pasear por la sala, observando más de cerca los cuadros que él había reunido durante los últimos diez años—.

Pedí pinturas y pinceles, y pronto descubrí que estaba casi obsesionada con ello.

Siempre quería hacerlo mejor. Una de las pocas maneras que encontré de conseguirlo fue estudiar a quienes se consideraban los maestros.

Siempre iba en busca de más; quería aprender más, descubrir más.

Apenas puedo echar vistazos fugaces a obras valiosas y casi nunca tengo acceso a las obras maestras en sí, pero procuro aprovechar la ocasión cuando se me presenta.

—Pues ahora sí lo tiene —dijo Jonathan—. Puede venir a esta sala siempre que quiera.

—¿De verdad?

Se volvió hacia él, y las faldas giraron tan deprisa a su alrededor que casi derribó uno de los pedestales de mármol y tuvo que alargar la mano para sujetarlo.

—¿Está seguro? No hace falta. Yo…

—Por supuesto que no hace falta —dijo él, irguiéndose—. Puedo hacer lo que me dé la gana.

—Claro —dijo ella—, pero ya se había alejado al otro extremo de la sala y Jonathan no supo si se estaba burlando de él o si simplemente le estaba dando la razón.

Empezó a cruzar la estancia hacia ella, irremediablemente atraído.

Se había detenido delante de un Peter Paul Rubens.

—¿Qué le parece? —preguntó, colocándose a su lado, hombro con hombro, mientras ella lo contemplaba.

—Es… invita a reflexionar —dijo, con los ojos brillantes, ladeando la cabeza para estudiarlo mejor.

Jonathan intentó verlo como lo veía ella, pero le resultaba difícil apartar la vista de su rostro. Era en sí misma una imagen de belleza. Tan vibrante, tan deslumbrante, tan llena de vida.

Cada pensamiento se le reflejaba en el rostro, y deseó hallar en sí mismo una sinceridad tan abierta.

—¿En qué sentido? —preguntó.

—Se percibe el amor que se representa entre los dos —dijo ella, inclinando la cabeza, perdiéndose en el cuadro—. Hay madreselva, que significa amor y ligereza.

Jonathan tragó saliva, pensando en su propio aroma.

—Él parece estar protegiéndola, velando por ella, y el cuadro es tan pulcro y ordenado, como si su vida también lo fuera —continuó.

—Es un autorretrato del artista y su esposa —dijo Jonathan en voz baja—. Tiene usted madera de crítica, señorita Donahue.

—Oh, yo no diría eso.

Negó con la cabeza mientras las mejillas se le teñían de rosa.

—Nunca podría criticar a alguien tan extraordinario.

—No me refería a eso —dijo él con suavidad, sin querer ofenderla—. Solo quería decir que ve cosas que otros no ven, que mira el cuadro con un ojo para el detalle y para la emoción que a la mayoría se le escaparía.

—Gracias.

Ella inclinó la cabeza.

—¿Cómo consiguió todos estos cuadros?

—La mayoría, a través de subastas —dijo mientras seguían caminando por la estancia, esquivando las pocas sillas dispersas aquí y allá—. Por lo general, cuando algún otro bastardo —discúlpeme— ha perdido su fortuna y necesita venderlas, o cuando sus bienes han sido embargados para saldar sus deudas.

—Es triste.

—Lo es —convino—, pero casi siempre era por una decisión que había tomado: intentar ganar una fortuna en las mesas de juego en vez de conseguirla con trabajo duro.

Ella se volvió hacia él, con los ojos muy abiertos y serios.

—¿Nunca juega?

—No.

Entonces sonrió mientras lo observaba.

—No —dijo, aunque asintió como si estuviera de acuerdo—. Desde luego, no me parece usted del tipo que juega.

—¿Eso qué significa?

—Parece un hombre que disfruta de la certeza. El juego es cualquier cosa menos eso.

—¿Y usted, señorita Donahue?

—Oh, yo no tengo muchas ocasiones de jugar. Si las tuviera... bueno, supongo que sería solo por diversión.

—Justo —dijo él cuando casi habían completado su recorrido por la sala.