Capítulo 10
Calli hizo todo lo posible por ignorar cuidadosamente al duque.
Podía sentir su mirada sobre ella cuando volvió a subir al carruaje, con el corazón aún latiéndole con fuerza tras el juego de persecución. Un juego que había terminado de manera muy diferente a como jamás habría esperado.
Había estado a punto de besarla. Allí, en un campo en medio de ninguna parte, y delante de su sobrina y su sobrino, nada menos.
Calli se llevó los dedos a los labios, preguntándose cómo habría sido si no los hubieran interrumpido. ¿Habría besado con la misma intensidad y determinación con que parecía hacer todo lo demás? ¿Habría sido frío y refinado, o brusco y exigente?
Era difícil saber quién era en el fondo, en contraposición a la fachada que presentaba al mundo.
Había tenido razón al decir que Wyndmere, su finca en Kent, no estaba especialmente lejos del lugar donde habían almorzado, y fue demasiado pronto, casi sin darle tiempo a reaccionar, cuando le tendió la mano para ayudarla a bajar del carruaje.
Tuvo que reunir todo el valor del que fue capaz para mirarlo a los ojos cuando lo hizo.
Para consternación de los niños y deleite de Calli, una vez dentro el duque no tardó en retirarse a las profundidades de la casa —probablemente a su despacho, supuso ella—, y los dejaron a solas con el ama de llaves, que los recibió con entusiasmo.
—¡Hola! Usted debe de ser la institutriz. Y ustedes, Mary y Matthew, han crecido considerablemente desde la última vez que los vi.
Los niños miraron con los ojos muy abiertos al ama de llaves, rolliza y animada, que les sonreía mientras intentaban entender lo que decía a través de su marcado acento escocés.
—¿Gracias? —dijo Mary, rascándose la cabeza.
—Vamos, dejen que los lleve a sus habitaciones y luego podrán salir a explorar.
La siguieron por la enorme escalinata principal, que incluso hizo que Calli mirara a su alrededor maravillada.
La barandilla curva con su pasamanos de caoba estaba pulida hasta casi brillar.
Dondequiera que mirara, parecía haber retratos y paisajes contemplándola desde lo alto.
¿Eran obra de maestros o habían sido encargados para la familia?
Quizá ambas cosas. Desearía tener más conocimientos, pero por lo que podía apreciar, todos estaban realizados con una mano que sin duda poseía gran talento.
Suspiró, deseando poder quedarse y estudiar las obras detenidamente, pero cuando levantó la vista descubrió que los niños ya estaban en el primer rellano.
Se apresuró tras ellos, y los cuadros le recordaron el suyo propio y la importancia de mantenerlo alejado de miradas indiscretas.
Había estado tan alterada por su encuentro con Jonathan que había olvidado recoger sus cosas ella misma, y ahora miraba a su alrededor buscando sus bolsas desesperadamente.
—Señora...
—McDonald.
—Señora McDonald, ¿sabe dónde pueden estar nuestras bolsas?
—Me imagino que alguno de los lacayos las estará llevando a sus habitaciones más o menos para cuando lleguemos allí —dijo, mirándola—. ¿Necesita algo? Estoy segura de que podemos encontrar lo que sea.
—Está bien —dijo Calli, sabiendo que no habría razón para que ningún lacayo revisara sus cosas. Respiró hondo ante las expresiones curiosas de los niños y los siguió escaleras arriba, deseando seguir adelante.
El cuarto de los niños estaba sin duda diseñado para pequeños, y cuando empujó la puerta, esta crujió por falta de uso.
—Disculpe —dijo la señora McDonald encogiéndose de hombros—. No ha habido mucha necesidad de usar la habitación en muchos años. Pero hemos retirado las cunas y las mecedoras, y hemos traído un par de camas para los niños. Señorita...
—Donahue.
Realmente odiaba usar el nombre de otra mujer como propio, pero no era que tuviera muchas opciones.
—Su habitación está justo al otro lado del pasillo. También hay una salita de estar contigua.
—Gracias, señora McDonald.
—Por supuesto. Lo que necesite, solo tiene que pedirlo. Ahora, por mucho que me encantaría quedarme con ustedes el resto del día, será mejor que me vaya.
Calli sonrió calurosamente a la mujer, que había sido más acogedora que los demás miembros del servicio hasta el momento.
Con alivio, vio acercarse a un lacayo cargando sus bolsas, y tuvo que contenerse para no correr por el pasillo a coger la suya.
—Bien —dijo a los niños con una sonrisa—, ¿qué os parece si exploramos un poco?
Aceptaron con entusiasmo, y pasaron el resto del día recorriendo pasillos y encontrando habitaciones ocultas.
Los niños se deleitaron jugando bajo las sábanas que cubrían los muebles en salitas y dormitorios que, obviamente, no habían visto invitados en bastante tiempo.
Calli, que siempre había estado acostumbrada a una casa —más pequeña, por supuesto, pero una casa al fin y al cabo— que prácticamente rebosaba de gente, lo encontró bastante triste.
Solitario. ¿Cuánto tiempo había estado el duque solo?
¿Dónde estaba su madre? ¿Tenía otros hermanos además de la madre de Mary y Matthew?
¿Primos? ¿O siempre había vivido en soledad?
Explicaría muchas cosas si no tenía a nadie, reflexionó Calli mientras seguía a los niños por el pasillo, los alcanzó justo cuando se pararon junto a lo que aparentemente era una puerta cerrada con llave.
—¡No se mueve! —gruñó Matthew mientras intentaba abrirla. Calli lo intentó ella misma, preguntándose si simplemente estaba atascada, pero sin duda estaba cerrada con llave.
—Mm —dijo—. No estoy segura de qué puede ser.
—¿Qué habrá escondido el tío? —preguntó Mary, con un puchero, como si su tío hubiera escondido algo a propósito solo para ocultárselo a ella.
Calli se agachó junto a ella y le dio un apretón en la mano.
—Estoy segura de que será solo porque hay algo peligroso ahí dentro. O algo valioso.
Valioso. Calli consideró la distribución de la casa y en qué parte se encontraban.
No sabía demasiado sobre grandes fincas como aquella, pero habría imaginado que existiría una sala a modo de gran galería en la planta superior.
Era lo que había estado esperando, de todos modos.
¿Estaba Jonathan escondiendo más cuadros de valor incalculable aquí arriba?
Se mordió el labio. No tenía ningún deseo de robarle nada más. Y sin embargo, si Arie alguna vez se enteraba y sabía que había estado aquí...
—Será mejor que volvamos al cuarto de los niños —dijo Calli, decidiendo que lo pensaría más tarde, pues ahora no se sentía capaz—. Debe de ser casi la hora de cenar.
—¿Crees que podremos cenar con el tío? —preguntó Mary con entusiasmo—. Quizá aquí en el campo es diferente.
Calli no estaba tan segura.
—No lo sé... —empezó, pero justo habían llegado a la escalera y encontraron a la señora McDonald, que pasaba apresurada y les dijo—: Su Gracia me pidió que les comunicara que la cena será a las ocho en punto.
—¿Para todos nosotros? —le preguntó Calli mientras la mujer seguía su camino.
—¡Para todos ustedes! —exclamó la señora McDonald por encima del hombro con una sonrisa, y Calli se volvió para encontrar a los niños mirándola con los ojos brillantes.
—Bueno, entonces —le dijo a Mary—. Supongo que tenías razón después de todo.
Ahora solo tenía que sobrevivir a la cena sin lanzarse sobre el duque. Seguramente eso no debería ser un problema. ¿O no?
* * *
Jonathan sabía que aquello probablemente había sido una mala idea.
Pero había algo en aquella casa grande y vacía de Kent que lo hacía sentirse solo.
Aún más solo de lo habitual. No quería reconocerlo, pero, en realidad, era la razón por la que pasaba la mayor parte del tiempo en Londres.
Kent albergaba demasiados recuerdos, felices y desdichados.
De su padre, que lo había dejado demasiado pronto.
De su madre, cuyo interés por su vida, en el mejor de los casos, había sido negligente.
De su hermana, la única persona que le quedaba en el mundo, que lo había abandonado con sus dos hijos.
Además, ¿qué se suponía que debía hacer allí solo, en aquella vasta casa?
Al menos, no tendría que entretener personalmente a los niños durante la cena.
Porque lo cierto era que no tenía ni idea de qué hacer con ellos, ni de qué decirles.
Maldijo de nuevo a su hermana, deseando saber dónde estaba para poder decirle exactamente lo que pensaba de su decisión de dejarle a los niños.
En la nota le decía que esperaba que cuidara de ellos.
Por supuesto que se haría cargo de ellos. De eso no cabía la menor duda. Lo habría hecho aunque su hermana no se hubiera marchado.
Los oyó en el pasillo antes de verlos, con sus pasos retumbando sobre la madera, amortiguados por la alfombra, antes de que la señorita Donahue los llamara para que fueran más despacio y se comportaran como era debido.
Los detuvo antes de que llegaran al comedor, y la oyó recordarles en voz baja que fueran educados y prestaran atención a su tío.
Sonrió para sus adentros. La señorita Donahue había sido, desde luego, un verdadero hallazgo... por más motivos de los que debería importarle.
Jonathan suspiró. Iba a tener que dominarse. Sabía por experiencia que no podía confiar del todo en cualquiera; ni siquiera en una institutriz que venía tan bien recomendada.
Se levantó del extremo de la mesa cuando entraron en la estancia.
—¡Tío! —exclamó Mary, aun cuando la señorita Donahue le puso una mano en el hombro en un intento de contener su entusiasmo, aunque ella también esbozaba una leve sonrisa, y Jonathan percibió que, de algún modo, aprobaba la invitación de aquella noche.
—Mary. Matthew. Señorita Donahue —dijo, asintiendo a cada uno por turno—. ¿Nos sentamos?
Hizo un gesto con la mano hacia la mesa extendida ante él, y los tres abrieron mucho los ojos al ver una mesa tan bien puesta.
—Nunca había visto tantas cucharas —dijo Mary, en poco más que un susurro mientras tomaban asiento, y Jonathan soltó una breve risa.
—Bueno, entonces esta será la ocasión perfecta para que vuestra institutriz os enseñe modales en la mesa, ¿no os parece?