Capítulo 9 #2
Pero era demasiado tarde. La había visto.
* * *
—¿Su Gracia?
Jonathan acercó su caballo a la carroza y cuando la señorita Donahue asomó la cabeza —esta vez buscando su atención—, debía reconocer que había disfrutado viéndola turbada cuando la había pillado mirándolo.
—¿Sí?
—Los niños querrían hacer un descanso.
—Llegaremos en breve.
—Sí, lo sé, pero quizá, si hay ocasión, podrían detenerse y estirar las piernas. La cocinera ha preparado un almuerzo. Podría ser agradable comer al aire libre.
Jonathan contempló el camino con resignación. Odiaba retrasar el viaje, pero supuso que con niños debía, de vez en cuando, hacer concesiones.
—Muy bien —refunfuñó, cabalgando hacia delante para hablar con el cochero.
Pronto encontraron un pequeño claro a un lado del camino, y se detuvieron y apearon. Los niños salieron de la carroza de un salto como si hubieran estado atrapados durante días en lugar de horas, y Mary ejecutó una voltereta perfecta mientras corrían por el claro.
—¡Niños! —los llamó Jonathan, pero la señorita Donahue hizo un gesto con la mano.
—No irán lejos. Tienen demasiada hambre.
Tenía razón. Enseguida volvieron despacio, ansiosos por descubrir el contenido de la cesta que Calli sostenía entre las manos.
Jonathan debía admitir que sentía igual curiosidad.
Colocada encima de la comida había una manta que la señorita Donahue extendió sobre la hierba antes de empezar a sacar muslos de pollo y varias frutas y verduras.
Lo miró por debajo de las pestañas cuando su estómago gruñó.
—Quizá sí tenía hambre —dijo en tono burlón, y él gruñó en respuesta, sin dignarse admitirlo.
Sin embargo, tenía razón, lo que debió de resultar evidente cuando todos se abalanzaron y comenzaron a comer, tan concentrados que no dijeron nada durante unos minutos mientras contemplaban los amplios campos abiertos y el bosque que se extendía más allá.
—¿Así son sus tierras? —le preguntó la señorita Donahue—, y él asintió.
—Algunas. Las partes que no se dedican ahora a la agricultura.
—Ya veo —dijo—. Estoy segura de que nos encantaría que nos las mostrara cuando lleguemos.
—Quizá —dijo, sin prometer nada.
—Señorita Donahue, tío, ¿jugamos a algo? —preguntó Matthew una vez que terminó, y Jonathan le indicó con un gesto que se fuera.
—Id vosotros.
—¿Una partida rápida al pilla-pilla, por favor? —preguntó, mirándolos con expresión suplicante—. No es muy divertido con solo dos.
—Muy bien —dijo la señorita Donahue—, jugaré solo unos minutos, y luego tenemos que continuar. Vuestro tío tiene mucho trabajo que hacer en Kent. Ahora, ¡corred, que voy a por vosotros!
Los niños salieron disparados con gritos mientras la señorita Donahue los seguía riendo. Jonathan se recostó y se rodeó una rodilla con el brazo mientras los observaba. ¿Cómo sería estar tan despreocupado, poder correr sin tantas responsabilidades pesando sobre uno, casi ahogándolo?
No tuvo mucho más tiempo para pensar en ello, pues Matthew pasó corriendo y le dio una palmada en el hombro.
—¡Tío, te la quedas!
—¿Perdona?
—¡Te la quedas! —Matthew se rió mientras se alejaba corriendo.
Jonathan se levantó lentamente, mirando a su alrededor para ver dónde estaban los demás. La pequeña Mary estaba cerca de Matthew, mientras que la señorita Donahue, quizá sin darse cuenta aún de la amenaza que él representaba, se acercaba a él.
Se le habían encendido las mejillas por el esfuerzo, el sombrero le colgaba de las cintas a la espalda y el cabello se le había escapado de casi todas las horquillas, enredado alrededor de la cabeza en una maraña de rizos negros e indómitos, rizos que él anhelaba atrapar entre los dedos.
—¡Señorita Donahue! —la llamó, y ella se volvió hacia él, jadeando por la carrera—. ¡Allá voy!
Soltó un grito cuando él comenzó a perseguirla, y la atrapó justo cuando empezaba a correr cuesta abajo. Tropezó al extender el brazo hacia ella, y antes de darse cuenta había perdido el equilibrio y caía al suelo, llevándosela con él.
Consiguió girarse en el último momento, soportando su peso para que no se lastimara, y los dos rodaron uno sobre otro hasta que finalmente se detuvieron.
Mortificado, Jonathan se incorporó y quedó suspendido sobre ella.
—Señorita Donahue, ¿está herida? ¿Se ha hecho daño en el tobillo otra vez? Lo siento mucho, yo...
Ella le miró con ojos brillantes y risueños.
—No se preocupe. Estoy perfectamente.
—Pero...
—Estoy bien —insistió, alzando la mano para acariciarle la mejilla, y él apoyó la mejilla en su mano; aquella caricia lo tranquilizaba, lo calmaba—. ¿Y usted?
—Sí —dijo, asintiendo lentamente—. Sí, lo estoy.
Olvidó todo en ese momento. Todo excepto ella, esa mujer frente a él. Debajo de él. Se inclinó lentamente, sin ver nada más que esos labios carnosos y encendidos, sin desear otra cosa que sentirlos sobre los suyos.
—Señorita Donahue...
—Llámame Calli —susurró ella, y él parpadeó.
—Calli.
Se inclinó, a punto de tomar sus labios...
—¡Tío!
Suspiró. Cerró los ojos un momento y luego se encontró con su mirada divertida mientras se ponía de pie, justo cuando su sobrina y su sobrino llegaban corriendo para comprobar cómo estaban.
No sabía si lamentar o agradecer su presencia.
Porque había estado a punto de hacer algo que no tenía ningún derecho a hacer.
Pero algo que deseaba hacer muchísimo.