Un corazón por encargo (Pasiones robadas nº 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Calli se quedó inmóvil a media bostezada cuando percibió una presencia en la habitación. Sabía, sin necesidad de volverse, exactamente quién sería.

—¡Tío! —exclamó Mary, y Calli suspiró antes de ponerse en pie.

—Niños —los saludó él con displicencia antes de volverse hacia Calli—. Señorita Donahue. ¿Está cansada, señorita Donahue?

—Estoy perfectamente —dijo, aunque lo que de verdad ansiaba era volver a la cama y arrebujarse en ella unas cuantas horas más. Maldito Arie y sus reuniones nocturnas—. ¿Qué le trae a la sala de estudio, Su Gracia?

—Sala de estudio —puntualizó Matthew desde la mesa que tenía delante.

Asintió.

—Perdona, Matthew. La sala de estudio.

—Creo que puedo ir donde me plazca en mi propia casa, ¿no? —preguntó él, y a Calli le ardieron las orejas. Parecía que siempre acababa diciendo justo lo que no debía. ¿Aprendería alguna vez los modales apropiados antes de que llegara la hora de marcharse?

—Solo quería decir… Me preguntaba si podíamos ayudarle en algo.

—No se preocupe, señorita Donahue. Solo estaba bromeando.

Calli abrió mucho los ojos al mirarlo. ¿El duque de Hargreave… bromeando? Entrecerró los ojos mientras lo estudiaba. ¿Era posible que hubiera un atisbo de sonrisa bailándole en los labios?

—Tengo noticias para todos vosotros. Vamos a viajar a la finca de Kent por un breve tiempo.

El corazón de Calli empezó a latirle con fuerza en los oídos. ¿A Kent? ¿Y qué pasaría con su cuadro? ¿Cómo de fácil sería empaquetar el lienzo y sus materiales y transportarlos hasta allí? ¿Cómo iba a vigilarla su hermano? Aquello no formaba parte de los planes. En absoluto.

Pero no es que estuviera precisamente en situación de expresar esas reservas.

—¿No estamos en plena temporada social, Su Gracia?

—Lo estamos, pero nos acercamos al final y estoy seguro de que el Parlamento podrá arreglárselas sin mí una temporada. Que se ocupe otro de todo durante unos días. Tengo que inspeccionar unas tierras colindantes.

—Los niños y yo podríamos quedarnos en Londres —ofreció Calli, con la mente ya yendo por delante, pensando en todo el tiempo que tendría para sentarse a pintar en el despacho, justo delante del original, sin temor a que la descubrieran.

Su memoria era excelente, de eso no había duda, y ya había logrado una pequeña reproducción sobre la que trabajar, pero no habría oportunidad mejor que pintar con la obra delante.

—Estoy seguro de que a los niños les vendrá bien salir al campo. A menos que eso suponga un problema para usted, señorita Donahue.

Calli se obligó a negar con la cabeza.

—No, desde luego que no.

—Bien. Esté lista para salir mañana.

—¿Mañana?

Alzó la vista de golpe. Tendría que darse prisa para hacer llegar una carta a su familia.

—Sí, mañana —dijo el duque, clavando en ella sus ojos azules, casi como si la atravesaran—. ¿Le parece aceptable, señorita Donahue?

Al advertir el tono burlón, asintió, aunque sin apartarle la mirada, aceptando el desafío silencioso que él le lanzaba antes de volver su atención a los niños, que ahora sonreían mientras miraban a su tío.

—La abuela no va a estar allí, ¿verdad? —preguntó Matthew con cierta aprensión, pero Jonathan parecía contener una sonrisa al negar con la cabeza.

—¡Hace mucho que no vamos a Kent, tío! —exclamó Mary, a lo que el duque respondió con un gruñido.

—No. Los negocios me han retenido en Londres. Pero deberíamos intentar pasar allí el verano.

Mary y Matthew aplaudieron entusiasmados, y Calli no pudo evitar mirarlos con una sonrisa triste. Para entonces, ella ya habría desaparecido de sus vidas… otra persona que entraba en su mundo y luego se iba, porque había prioridades mucho más importantes.

Pero ¿qué se suponía que debía hacer?

—Bueno, niños —dijo, animadamente, quizá demasiado animadamente—, supongo que por hoy ya hemos tenido bastante ortografía. ¿Preparamos el viaje?

Los dos respondieron con entusiasmo y empezaron a correr por la habitación, guardando casi todas sus pertenencias para aquella breve estancia.

Mientras el duque se alejaba, con sus pasos resonando en el pasillo casi vacío, Calli buscó desesperadamente un trozo de papel. Tenía una carta que escribir.

* * *

Jonathan se paseaba por el vestíbulo con los brazos cruzados mientras esperaba. Y esperaba.

No era un hombre paciente.

—¡Thurston!

—¿Sí, Su Gracia? —El mayordomo se detuvo en seco mientras supervisaba los preparativos del viaje.

—¿Dónde están los niños? Tendrían que haber estado listos para salir hace casi una hora.

—Iré a comprobarlo, Su Gracia —dijo, pero antes de que pudiera subir las escaleras, un fuerte estrépito sonó arriba, y enseguida los niños bajaron disputándose los peldaños, con la señorita Donahue detrás de ellos.

Aquel día llevaba un vestido color crema que realzaba el tono oliva de su piel, y aunque sabía que debía reprender a los niños por correr dentro de casa y arriesgarse a caer por la escalera, no podía apartar los ojos de ella.

Era deslumbrante. Sabía que el vestido no tenía nada de particularmente elaborado y que cualquier mujer de la alta sociedad que se respetara lo habría mirado con desdén, pero eso no importaba.

La señorita Donahue le recordaba a una diosa de carne y hueso. Antes de poder contenerse, antes incluso de saber qué estaba haciendo, avanzó hacia la escalera como si fuera a acompañarla por un salón de baile y le ofreció el brazo.

Los ojos de ella brillaron de sorpresa, pero aun así posó los dedos sobre su brazo, dejándolos descansar allí con cautela.

—¿Su Gracia? —Sus labios se entreabrieron al exhalar aquellas palabras, casi sin aliento.

—Llega tarde.

Bueno, no era exactamente eso lo que había querido decir, pero era lo único que se le ocurrió aparte de decirle lo hermosa que estaba, y eso no podía permitírselo bajo ningún concepto.

Roto el hechizo entre ambos, ella inclinó la cabeza.

—Le pido disculpas. Los niños querían llevarse tantas cosas… Hemos hecho y deshecho el equipaje docenas de veces, pero ya está todo preparado y en el carruaje.

Su mirada se desvió, a través de las puertas, hacia el carruaje que esperaba delante de la casa, como si allí estuvieran sus posesiones más preciadas, lo cual era ridículo, por supuesto. La mujer no tendría más que unos cuantos vestidos y los materiales que utilizara para enseñar a los niños.

—Muy bien. Vámonos ya. Niños, al carruaje.

La acompañó hasta fuera y alzó una mano para ayudarla a subir. Ella se volvió, mirando por encima del hombro, con el sombrero inclinado hasta casi taparle los ojos, y Jonathan tuvo que reprimir un gemido ante la imagen que ofrecía, medio inclinada para no golpearse la cabeza con la puerta.

—¿No nos acompaña, Su Gracia? —preguntó ella, y Jonathan sintió la tentación de subir los peldaños del carruaje y entrar detrás.

Pero eso no podía ser.

Negó con firmeza.

—Iré montando a General junto al carruaje. No tenemos mucho camino.

Ella asintió y desapareció en el interior, aunque Jonathan no pudo apartar la vista hasta que apareció su mozo de cuadra con el caballo.

—Su Gracia.

—Gracias —murmuró.

Y se pusieron en camino, sin mirar atrás.

* * *

Calli se asomó por la ventanilla, agradecida de que el duque no se hubiera dado la vuelta.

Porque si lo hubiera hecho, podría haber visto una figura alta agazapada entre los rosales de la entrada.

Una figura que se parecía muchísimo a la propia Calli.

Levantando la cortina de la ventanilla del lado opuesto al duque, Calli extendió la mano al aire con un rápido saludo para Xander. Su nota había llegado a su familia. Sabían dónde estaría y, con suerte, no se preocuparían por ella. Al menos no demasiado.

Inspiró hondo mientras se recostaba contra los almohadones.

Ella, sin embargo, sí estaba preocupada.

Preocupada por el efecto que el arrogante y autoritario duque estaba teniendo sobre ella.

Era demasiado guapo para su propio bien y, aunque Calli normalmente despreciaba a los hombres que le decían lo que tenía que hacer, cuando el duque le daba órdenes, un delicioso escalofrío le recorría la espalda.

Y allí estaba, planeando cómo engañarlo y robarle su cuadro más preciado. Se preguntó si habría más cuadros en las paredes de su casa de campo. ¿Tendría una galería de pinturas? Y, de ser así, ¿qué haría ella?

Soltó un gemido, avergonzada de su propia maldad.

Estaba atrapada entre dos mundos, y tenía que admitir que no encajaba del todo en ninguno de los dos.

Pero su familia era su familia. Arie había acogido a Xander por sus habilidades y se había comprometido a velar también por ella.

Por fin le estaba devolviendo el favor de la única manera que podía, y no podía tomarse esa responsabilidad a la ligera.

—¿Señorita Donahue? ¿Se encuentra bien?

Calli entreabrió un ojo para mirar al otro lado del carruaje a los niños, que la observaban con gran preocupación, y consiguió esbozarles una sonrisa.

—Perfectamente. Disculpadme.

—Parece que se ha tragado un saltamontes —dijo Matthew, con el rostro arrugado mientras la estudiaba.

Soltó una carcajada ante aquello.

—¿Y cómo sabes tú qué aspecto tiene tragarse un saltamontes?

—Lo intentamos el verano pasado.

—Oh —dijo, sin querer seguir por ese camino, aunque sí tenía que asegurarse de que no lo repitieran bajo su supervisión—. ¿Y... qué os pareció?

—No mereció la pena repetirlo.

—Oh, bien —dijo, exhalando despacio.

—Juguemos a un juego —dijo Mary.

—Muy bien. ¿A qué jugamos?

A petición de Mary, comenzaron un juego en el que tenían que adivinar objetos a través de pistas, y cuando Mary dijo que veía algo negro, Calli supo, por la dirección de su mirada, que era la chaqueta de su tío.

Al acertar, no pudo evitar observar al duque.

Era tan formal, tan meticuloso, tan concentrado en hacer lo que debía.

Se preguntó si sabría lo que era divertirse, si alguna vez se despojaba de su coraza de responsabilidad para descubrir qué más le ofrecía la vida.

Entonces él se volvió hacia el carruaje, haciendo que Calli dejara caer la cortina de golpe mientras se echaba hacia atrás en el asiento.