Un corazón por encargo (Pasiones robadas nº 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Calli se quedó mirando la nota que tenía entre las manos.

Reunión familiar. Xander irá a buscarte a medianoche.

Suspiró. Era imposible confundir aquella letra negra y gruesa. Arie la esperaba, y sabía que no aceptaría un no por respuesta. Aunque ese «no» se debiera a que necesitaba más tiempo para trabajar en el cuadro.

La verdad, sin embargo, era que, aunque se estaba retrasando respecto al plazo que ella misma se había impuesto, sabía que parte del motivo era su propia inseguridad.

No dudaba de su habilidad; sabía que era capaz de reproducir incluso la obra de un maestro, porque al final todo se reducía a copiarla, pincelada a pincelada.

Un auténtico experto se daría cuenta de que era una falsificación, eso estaba claro, pero se preguntaba si el duque siquiera apreciaba lo que tenía.

Al menos intentaba aferrarse a ese pensamiento para sentirse mejor.

Hizo una bola con la nota mientras bajaba sigilosamente las escaleras y atravesaba la casa hasta la entrada de servicio. Por suerte, todos dormían ya; las doncellas y la cocinera tendrían que levantarse en apenas unas horas para poner la casa en marcha.

Calli, por su parte, no iba a pegar ojo en toda la noche. Soltó otro suspiro, esta vez exagerado, al salir al fresco aire nocturno, preguntándose cómo iba a superar un día entero con dos niños sin haber pegado ojo.

Por supuesto, a su hermano mayor eso le traía sin cuidado.

—¡Calli!

Xander saltó de entre las sombras y le sujetó el brazo con tanta rapidez que ella dio un respingo y habría soltado un grito de no ser porque ya estaba acostumbrada a que todo podía pasar.

—Xander —dijo, dándole un golpecito—, casi me matas del susto.

—Lo siento —murmuró—. Mejor será que nos demos prisa. El carruaje espera.

La familia de Calli era de las pocas que vivían en St. Giles y podían permitirse un carruaje. Pero eso formaba parte de los beneficios de su negocio… y también era una pieza necesaria en muchas de sus artimañas.

—¿Qué te pasa? —preguntó Xander, deteniéndose de repente y bajando la mirada hacia su tobillo; entonces Calli se dio cuenta, algo tarde, de que, aunque se le había curado bastante desde la caída de unos días antes, seguía cojeando ligeramente.

—Me torcí el tobillo —dijo, tirando de su brazo para que siguiera andando, deseosa de terminar aquella reunión cuanto antes. Si tenía suerte, quizá podría regresar a casa para dormir una hora o dos.

Contuvo el aliento.

¿Casa? ¿Por casa quería decir la mansión londinense del duque? Obviamente, ya estaba demasiado cansada, porque sus pensamientos ni siquiera tenían sentido.

—¿Cómo te ha pasado eso? —preguntó Xander, frunciendo el ceño con preocupación.

—Tenía a los niños en el parque —dijo, decidiendo no dar más explicaciones. Xander se había pasado la vida preocupándose por ella, y no tenía sentido avivar aún más su inquietud cuando, en realidad, no podía hacerse nada al respecto.

—¿Y?

—Y tuve que correr detrás de uno de ellos y me torcí el tobillo. Estoy bien. No es nada por lo que debas preocuparte.

Él asintió y le tendió una mano para ayudarla a subir al carruaje, pero, cuando se volvió y la luz de la luna le iluminó la cara, Calli vio la preocupación en sus facciones y supo que Xander acabaría insistiendo en ello a su manera.

—Calli, estoy preocupado —dijo, como era de esperar, cuando el carruaje empezó a avanzar, alejándose de aquella finca que el duque —y, al parecer, ahora también Calli— llamaba casa.

—¿Por qué? —preguntó ella, volviéndose hacia él y arrebujándose en la capa para entrar en calor.

—No me gusta que estés sola en esa casa, haciendo esto sin el apoyo del resto de nosotros.

—Lo entiendo, pero ya es demasiado tarde para eso, Xander. Puedo hacerlo. Sabes que puedo. Arie nunca me ha confiado nada parecido, y quiero demostrarle que valgo tanto como cualquiera de vosotros.

—Calli...

—Es verdad. Tú tienes las manos rápidas, Diana siempre ha sabido manipular a los demás, Damian tiene la fuerza bruta y Arie, por supuesto, es el gran estratega. Yo apenas he hecho nada para ganarme el sustento.

—Eso no es verdad, y nadie lo ve así. Tú ayudas a mantener unida a toda la familia.

—Bueno, tal vez quiera más.

Las palabras sonaron más duras de lo que pretendía, y cuando Xander se encogió y se hundió de nuevo en las sombras, deseó al instante retirarlas. Pero había demasiada verdad en ellas.

—Hablaremos con los demás —dijo él finalmente, cruzándose de brazos y recostándose contra el respaldo acolchado. Aceptando en silencio su desacuerdo, Calli cerró los ojos durante el resto del corto trayecto hasta St. Giles.

Por eso parecía que apenas habían pasado unos minutos cuando se encontró sentada en su lugar habitual en la esquina del sofá, de vuelta en la comodidad de su hogar familiar, en compañía de aquellos a quienes amaba más que a nadie.

Era una escena familiar, una que debería llenarla de calidez y del recuerdo de todo y de todos los que amaba.

Pero esa noche estaba inquieta, nerviosa.

—Calli —dijo Arie desde su silla Luis XV tapizada en piel blanquecina junto a la chimenea, con el aire del cabeza de una organización criminal. Aunque esa organización criminal fuera su familia, una familia que había reunido a lo largo de los años—. Es bueno tenerte en casa.

—Es bueno estar en casa, veros a todos —dijo Calli mientras Damian le daba un codazo juguetón y Diana la estudiaba con atención. Al parecer, nada había cambiado aquí. Diana seguía desconfiando de todo y de todos, incluida su propia familia.

—Diana nos contó a todos lo que sucedió la noche de la fiesta —continuó Arie, con voz profunda e inflexible, en un tono ligeramente inquisitivo—. Pensaste rápido.

—Gracias, Arie —dijo Calli en voz baja, orgullosa de sus palabras.

—Pero ¿estás segura de que esto es una buena idea? —continuó Arie—. ¿Cómo va el trabajo?

—¿El cuadro?

—Sí.

—Está... avanzando. Pero despacio —dijo Calli, mirando a su alrededor, algo inquieta al descubrir que todos la observaban con tanto escepticismo, como si se preguntaran si era algo que realmente podía lograr.

Bueno, les demostraría a todos que no se habían equivocado al depositar su confianza en ella.

—El cuadro en sí cuelga en el despacho, lo que dificulta copiarlo adecuadamente. Sin embargo, tengo el boceto inicial terminado y espero empezar a pintar mañana.

—¿Por qué está tardando tanto? —preguntó Arie, ignorando el trabajo que ya había completado. Arie nunca se centraba en los logros, siempre miraba hacia adelante, a lo que aún estaba por venir.

—Estoy con los niños todo el día —explicó Calli lo mejor que pudo, esperando que lo comprendieran—.

Apenas tengo un minuto a solas. Hasta que todos están acostados no puedo trabajar de verdad, y aun así no es mucho tiempo porque tengo que levantarme temprano para atender las necesidades de los niños.

—¿Cuánto tiempo hasta que termines?

Calli se mordió el labio mientras consideraba la pregunta.

—Dos semanas más, tal vez tres como mucho —respondió—. Es un cuadro intrincado con muchos detalles.

Arie permaneció en silencio un momento, reflexionando.

—Muy bien. Xander seguirá vigilando tus progresos. En dos semanas, fijaremos una fecha para ayudarte a sustituir los cuadros.

—Gracias —dijo Calli, contenta de que esto hubiera ido mejor de lo que esperaba.

—Hay otra cosa de la que Arie y yo hemos hablado —dijo Diana, rompiendo su silencio observador, y el corazón de Calli se hundió. Amaba a Diana, pero Diana era bastante... distante. Poco sentimental.

—¿Sí? —preguntó Calli.

—No te encariñes con esos niños, ¿me oyes? —dijo, levantando un dedo, aunque su rostro no era desagradable—. Tienes un corazón tierno, Calli, y si te acercas demasiado a esa familia, es probable que acabes negándote a seguir. Te conozco.

—¿Calli? —Arie se inclinó hacia delante, escrutándola con la mirada—. Tiene razón —dijo.

—No tienen nada de qué preocuparse —dijo Calli, recostándose con fingida despreocupación, molesta de que todos dudaran de ella, aunque tuvieran razón, pues ya sentía su buena ración de punzadas de culpa—.

—Voy a hacerlo: os haré sentir orgullosos, robaré el cuadro, ayudaré a venderlo para obtener un gran beneficio. Saldrá bien, ya lo veréis.

* * *

Jonathan se pasó las manos por el pelo mientras recorría el despacho de un lado a otro.

Aquel día Shepherd le había presentado una oportunidad de lo más tentadora. La cuestión era si asumía el riesgo y seguía adelante, o si mantenía el rumbo.

Si compraba las tierras anexas a su actual propiedad de Kent, podría aumentar sus rentas y asegurar el rendimiento de la finca durante años.

Pero ya había decidido expandirse al negocio marítimo, y no quería abarcar más de la cuenta.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que casi no oyó el sonido de una puerta al cerrarse, en algún lugar del interior de la casa. Casi.

Pero era demasiado tarde para que hubiera ningún criado despierto. Incluso había mandado a su ayuda de cámara a la cama, diciéndole que ya se las apañaría él solo, pese a las protestas del sirviente.

Iba a pasar por alto el ruido, convencido de que no era nada, pero entonces pensó que quizá uno de los niños se hubiera levantado y anduviera deambulando por la casa.

¿Eran sonámbulos los niños? Como tenía poca experiencia con ellos, no tenía ni idea, pero sabía que una escalera podía ser peligrosa para un crío que no conociera bien la casa.

Abrió la puerta y se acercó al pie de la escalera, alzando la vista para ver si había alguien, pero estaba demasiado oscuro sin ninguna lámpara encendida. Se volvió para coger una vela de su despacho… y chocó de lleno con una institutriz envuelta en una capa.

—Otra vez no —murmuró la señorita Donahue, y Jonathan estuvo a punto de sonreír, pero le preocupaba demasiado adónde había ido y qué había estado haciendo.

—Señorita Donahue —dijo con sequedad—. Qué casualidad encontrarla aquí en mitad de la noche.

—¡Sigue despierto a unas horas tan intempestivas, Su Gracia! —exclamó ella—. Son casi las cuatro de la mañana.

—¿Ah, sí? —dijo, consciente de que probablemente debería irse a la cama, pero aquella era una de las mayores maravillas de ser duque: podía dormir cuando le daba la gana.

No es que Jonathan durmiera mucho.

—Así que dígame, señorita Donahue —continuó, ignorando su observación—, ¿qué hace levantada a estas horas?

—Yo… —abrió y cerró la boca, como si estuviera decidiendo qué decir exactamente, y él entrecerró los ojos al darse cuenta de que, dijera lo que dijese, sería una mentira evidente—. Ha surgido una emergencia familiar.

—¿Ah, sí? —repuso, dando un paso atrás para poder estudiar mejor su expresión. Por desgracia, el pasillo estaba demasiado oscuro para adivinar qué pensaba—. ¿Qué clase de emergencia requiere que salga a escondidas de casa de su empleador en mitad de la noche?

—No quería ir durante el día y dejar a los niños —protestó—. Este me pareció el mejor momento.

No se le escapó que seguía evitando su pregunta.

—¿Cuál era la emergencia?

—¿Importa?

Alzó la barbilla con desafío, y Jonathan no deseó otra cosa que sujetársela entre los dedos y obligarla a comprender que estaba a su servicio, que lo que le ocurriera le importaba.

Aunque no habría sabido explicar por qué ni aunque le fuera la vida en ello.

Sin embargo, le brillaron los ojos al mirarlo con desafío, y supo que jamás ganaría una batalla con ella obligándola a revelarle nada.

—Si ocurre algo… quizá pueda ayudarla —ofreció, y ella alzó la vista hacia él con sorpresa.

—¿Podría ayudarme? —repitió, incrédula.

—Por supuesto —dijo él—. Considero que cualquiera que trabaja para mí forma parte de mi familia.

Ella soltó un bufido, y eso hizo que él avanzara un paso para intentar averiguar qué estaba pensando exactamente, echándole sus propias palabras en cara.

—¿No me cree?

—Apenas considera a su sobrina y a su sobrino parte de su familia —dijo ella, mientras el rubor le subía a las mejillas al darse cuenta, probablemente, de que había dicho algo improcedente, aunque no parecía dispuesta a detenerse—.

Me cuesta creer que sienta eso por una mujer a la que acaba de conocer.

Guardó silencio un instante, con la ira agitándose en lo más hondo del vientre. ¿Quién se creía que era aquella mujer para entrar en su casa en mitad de la noche y hablarle de ese modo?

—Señorita Donahue…

—Su Gracia —lo interrumpió ella, levantando una mano, y él se quedó demasiado sorprendido para responder durante un momento—. Por favor, antes de que diga nada… le pido disculpas. Es tarde. Estoy cansada y he dicho cosas que no debería haber dicho. ¿Me perdona?

Lo miró con tanta súplica que no tuvo más remedio que acceder.

No pudo evitarlo. Se acercó aún más. Tan cerca que, cuando hizo lo que llevaba deseando hacer y le deslizó el pulgar bajo la barbilla, ella no tuvo más remedio que obedecer su silencioso mandato y echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—La perdono —susurró, con la boca a apenas unos centímetros de la de ella, y sonrió, satisfecho, al captar su jadeo contenido—. Pero no deje que vuelva a ocurrir.

Antes de hacer algo que sabía que lamentaría para siempre, la soltó bruscamente y se alejó a zancadas.

Solo después de que ella huyera escaleras arriba comprendió que nunca le había dicho adónde había ido.

Al final, había ganado ella.