Un corazón por encargo (Pasiones robadas nº 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Aquello era una locura. Todo aquello.

El paseo a caballo por Hyde Park. La incapacidad de los niños para comportarse. Y aquella condenada mujer, que no dejaba de aparecer en todos los lugares donde él no quería que estuviera.

Jonathan no sabía qué le ocurría a ella —ni qué le ocurría a él—, pero parecía haber invadido de algún modo todos sus sentidos.

Cuando entraba en una habitación, buscaba el aroma de la madreselva; cuando desayunaba, aguzaba el oído por si escuchaba su voz sensual; cuando recorría cualquier calle de Londres, buscaba aquella brillante melena negra, incluso cuando sabía perfectamente que estaba en casa, bajo su propio techo.

Por Dios, solo la conocía desde hacía dos días, y era su institutriz.

Pero ¿quién en su sano juicio sugeriría jamás a aquella mujer como institutriz?

Sus generosas curvas se ceñían a sus brazos mientras la llevaba, con el rostro demasiado cerca de su abundante pecho, aunque discretamente cubierto.

Ahora, el aroma que siempre buscaba no solo estaba presente, sino que parecía habérsele metido dentro, y se preguntó si alguna vez lograría librarse de la madreselva que le inundaba el olfato en aquel momento.

—¡Matthew, Mary! —llamó ella, sobresaltándolo.

Se volvió y vio que los niños seguían esperándolos en el prado. Entonces echaron a correr tras ellos, aparentemente decidiendo competir entre sí.

—De verdad tienen que aprender a obedecer —dijo ella, frunciendo el ceño.

Él gruñó en respuesta.

No era que estuviera exhausto por haberla llevado en brazos. Era que apenas lograba mantener a raya todos los deseos que, en ese momento, le ordenaban meterla en el carruaje, subir detrás de ella y cerrar la puerta en las narices de todos los demás.

Pero, por supuesto, estaban los niños. Y Davenport. Y la posición de ella en su hogar. Y el decoro. Y todo lo demás que hacía de aquello algo completamente inadmisible.

Davenport llegó al carruaje antes que ellos y pareció calibrar de inmediato la situación que tenía delante.

—El carruaje estará aquí en un par de minutos —dijo, mirando a Calli y luego de nuevo a Jonathan—. ¿Quiere que sujete a la señorita Donahue mientras esperamos?

Le brillaban los ojos, y Jonathan le lanzó una mirada que dejó bien claro qué pensaba de aquella bromita.

—Estoy bien.

—Puedo sostenerme en pie, de verdad —dijo la señorita Donahue desde el círculo de sus brazos, pero él la ignoró. Él estaba bien. Aunque fuese a sí mismo a quien necesitaba demostrárselo.

—¿Tiene que verla el médico, tío? —preguntó Mary.

Antes de que él pudiera decir nada, la señorita Donahue lo interrumpió.

—No, por supuesto que no. Estoy segura de que en un par de días me habré recuperado.

Jonathan bajó entonces la vista hacia ella, contrariado al descubrir que sus rostros apenas distaban unos centímetros, y que aquellos labios rojos y carnosos eran demasiado tentadores.

—Podría haber muerto, ¿sabe? —dijo, con voz áspera—. Yo podría haberla matado.

—Ya basta de eso —lo reprendió como si fuera uno de sus alumnos—. Nadie ha muerto y todos estamos bien.

—Tal vez —murmuró él—. Pero no debería haber corrido semejante riesgo.

—Claro que debería haberlo hecho —replicó ella, indignada—. Jamás pondría mi vida por delante de la de un niño.

Entonces miró más allá de él, hacia los niños, y a Jonathan lo golpeó la sinceridad de sus palabras. ¿Qué clase de mujer era, para anteponer el bienestar de unos niños a los que apenas conocía al suyo?

Sin embargo, el carruaje llegó antes de que pudiera dar voz a sus pensamientos, y la acomodó dentro con toda la delicadeza de la que fue capaz.

—Os veré en casa —les dijo a ella y a los niños, inclinándose para subir a los dos pequeños al carruaje, sin darse siquiera cuenta de lo natural que le había resultado hacerlo hasta después, cuando los tres lo miraron boquiabiertos.

Se aclaró la garganta, esperando que no le dieran importancia, antes de cerrar la puerta del carruaje, dar un paso atrás y hacer una señal al cochero para que se marchara.

Davenport lo estaba esperando.

—No diga nada —gruñó Jonathan.

—Yo…

Jonathan negó con la cabeza y lo fulminó con la mirada.

—Ni una palabra.

—Muy bien —dijo Davenport, tomando del ramal a su caballo mientras regresaban a pie a casa de Jonathan. Pero entonces Davenport empezó a silbar una melodía, y Jonathan negó con la cabeza mientras reprimía la sonrisa que amenazaba con aflorar.

«Lavender's Blue».

* * *

Durante el día siguiente, o quizá los dos siguientes, Calli se vio bastante mimada.

El duque había regresado a casa y enseguida fue a comprobar cómo estaba; les preguntó a ella y a la señora Blonsky si era necesario llamar a un médico.

Cuando ambas respondieron que no, siguió su camino.

Calli hizo todo lo posible por entretener a los niños sin levantarse de la silla, e incluso se encontró intentando enseñarles algo de aritmética básica.

Solo se alegraba de que sus alumnos no parecieran darse cuenta de que no era la institutriz más convencional.

Casi todo lo que sabía se lo habían enseñado primero Arie y luego Diana, y a ambas les preocupaba más sumar cifras para determinar el valor de un objeto, cuánto les costarían los gastos y cómo repartir sus… ganancias.

Procuró usar ejemplos mucho más apropiados cuando enseñaba a los niños.

Manzanas, hogazas de pan, piezas de tela y cosas por el estilo. Eran niños despiertos, pero se aburrían con facilidad, y Calli se descubría constantemente buscando ideas para entretenerlos.

—Juguemos a algo —dijo Mary con decisión una tarde.

—Muy bien —respondió Calli, dispuesta a aceptar cualquier sugerencia—. ¿En qué estabais pensando?

—Al escondite.

Calli sopesó la idea. El tobillo se le estaba curando, pero aún seguía cojeando.

—Solo si nos quedamos todos en esta planta —dijo—. Ahora mismo no puedo andar subiendo y bajando escaleras.

—Claro —contestó Mary alegremente y, cuando Calli la miró con suspicacia, la niña le dedicó una sonrisa radiante.

—Tienes que hacerme caso, Mary —intentó advertir con severidad.

—Siempre lo hacemos —añadió Matthew, sin ayudar en absoluto, porque desde luego no lo hacían siempre.

—Cuenta tú —ordenó Mary, y Calli dejó los ojos entreabiertos mientras empezaba a contar. No le sorprendió ver a los niños salir disparados hacia las escaleras. Curiosamente, subieron en vez de bajar, y ella sonrió para sí antes de abrirlos del todo y sacar su cuaderno de dibujo.

Así fue como la encontró el duque diez minutos después.

—¿Señorita Donahue?

—¡Su Gracia!

Se incorporó de golpe. El cuaderno cayó sobre la silla que tenía detrás mientras se esforzaba por ponerse en pie.

Él miró alrededor de la estancia, con el ceño fruncido.

—¿Dónde están los niños?

—Hemos terminado la lección de aritmética y, como recompensa, estamos jugando a un juego. Al escondite.

—Entiendo que están escondidos.

—Así es.

—Pero usted no los está buscando.

Calli se mordió el labio e intentó no mirar directamente aquellos ojos, que parecían volverla incapaz de pensar.

—Les dije que se quedaran en esta planta, pero me desobedecieron y subieron. Por encima de nosotros no hay más que unos cuartos de almacenaje. Se cansarán enseguida y se darán cuenta de que no ganan nada siguiendo escondidos.

—A menos que sigan subiendo y lleguen a las dependencias del servicio.

Calli se quedó con la boca abierta. No había pensado que pudieran llegar tan lejos.

—Vuelvo enseguida —dijo, saliendo cojeando de la habitación tan deprisa como pudo, muerta de vergüenza.

Aquel hombre tenía una extraña habilidad para verla en sus peores momentos.

Se aferró a la barandilla y subió tan deprisa como pudo, con pasos rápidos y dolorosos, hasta que una presencia imponente apareció a su lado y le colocó la mano sobre su codo.

—Permítame —dijo él, sujetándola y casi llevándola en volandas escaleras arriba. Quiso decirle que estaba perfectamente, que no necesitaba su ayuda, pero ambos sabían muy bien hasta qué punto aquello habría sido mentira.

Llegaron sin contratiempos a la planta superior y comprobaron que las habitaciones de arriba estaban vacías, salvo por algunos muebles viejos y objetos guardados allí.

—No están aquí —murmuró Calli, antes de que se oyera un chillido leve al fondo y, acto seguido, las risitas de dos niños que irrumpieron en la habitación y salieron disparados hacia la escalera.

Se detuvieron en seco al ver a Calli y a su tío.

—Tío. Señorita Donahue —acertaron a decir ambos mientras alzaban la vista hacia ellos, y Calli intentó ocultar la sonrisa al ver cómo trataban de escabullirse poco a poco para rodearlos y pasar al otro lado.

—¿Y se puede saber qué estabais haciendo ahí dentro? —preguntó su tío, enarcando una ceja.

—¡Nada! —exclamó Mary al mismo tiempo que Matthew decía, con tono aburrido:

—Escondernos, claro.

—Y ahora habéis salido de vuestro escondite, ¿verdad? —preguntó Calli, llevándose las manos a las caderas—. Os dije que os quedarais en la segunda planta.

—Lo intentamos —dijo Mary con un suspiro—, pero nos aburríamos, así que subimos. Aunque aquí también era aburrido.

—Hasta que encontramos una araña —dijo Matthew con una sonrisa de oreja a oreja—, así que la pusimos en la almohada de una de las doncellas. Entonces ya volvíamos con usted, señorita Donahue.

Calli se frotó el puente de la nariz, preguntándose cómo iba a conseguir hacerse entender con aquellos niños.

—¡Al menos no fue en su cama, señorita Donahue! —exclamó Matthew al ver su expresión contrariada—. Nos cae usted demasiado bien.

Él parecía tan satisfecho con sus propias palabras como lo estaba Calli, pero no era momento de felicitarlo. Se arrodilló en el suelo con cierta torpeza.

—Eso no hace que esté bien, Matthew —dijo—. Ahora es muy probable que esa pobre doncella no pueda dormir.

Él clavó la vista a lo lejos, como si su travesura y su conciencia forcejearan dentro de él.

—Muy bien —murmuró.

—¿Muy bien, qué?

—No volveré a hacerlo.

—Bien. Ahora, bajad los dos al cuarto de los niños. Yo tengo una araña que atrapar.

El duque insistió en acompañarla escaleras abajo hasta la siguiente planta, donde la dejó, aunque Calli sentía en la espalda el peso de su mirada a cada paso.

—¿Señorita Donahue?

Se volvió.

—Lo ha hecho bien.

Él asintió y luego se marchó, tan enigmático como siempre.

* * *

Jonathan no pudo evitar la risa ahogada que se le escapó, por suerte cuando la señorita Donahue y los niños ya estaban lo bastante lejos para no oírlo.

Aquella mujer era sorprendente. Desde luego distaba mucho de lo que él habría esperado de una institutriz en todos los sentidos, pero quizá era justo lo que aquellos niños necesitaban.

Solo deseaba no estar tan pendiente del balanceo de sus caderas al alejarse, ni verse tan afectado por la curva de su sonrisa, por el brillo burlón de sus ojos cuando lo miraba, como si supiera exactamente lo que él estaba pensando.

Solo podía rogar que ella no tuviera la menor idea de sus pensamientos, porque entonces sería un hombre perdido.

—¿Su Gracia?

Se volvió y vio a su mayordomo al fondo del pasillo, observándolo con una expresión divertida que Jonathan no tenía el menor deseo de interpretar.

—¿Sí?

—Shepherd ha llegado para verlo.

—Ah, bien.

¿Cómo había olvidado que su secretario iba a llegar a esa hora?

Ah, sí. Porque la señorita Donahue lo había distraído.

No a propósito, pero distraerlo lo había distraído.

—Hágale pasar al despacho, por favor —dijo Jonathan; luego se volvió, se cruzó las manos a la espalda y regresó al lugar al que pertenecía.