Capítulo 6
Aquella mujer debía de ser una bruja.
Era la única explicación para el hechizo que parecía haber obrado sobre él la noche anterior, cuando se quedó allí de pie, con aquellos dedos frescos y reconfortantes en la cara.
Nunca permitía que nadie se le acercara tanto. Nunca.
Ni físicamente ni, desde luego, en lo emocional.
No, Jonathan estaba perfectamente bien por su cuenta y no necesitaba a ninguna institutriz caprichosa empeñada en librarlo de todos sus problemas.
Otros habían tratado de acercarse a él antes, y siempre había acabado en desastre. No iba a permitirlo ahora.
Aunque, en aquel único instante, había sido tan agradable apoyar la cabeza en su mano y dejar que lo calmara.
Pero ahora, a la luz del nuevo día, había recuperado la cordura y la verdad de su vida. Una vida peligrosa de mentiras.
Antes de ocuparse de sus asuntos, sin embargo, le había prometido a Davenport que se reuniría con él para cabalgar un rato por la mañana.
Tras montar en General, Jonathan lo llevó al paso para que el caballo entrara en calor antes de pasar al trote al internarse en Hyde Park.
Jonathan podía admitir que uno de los aspectos del campo que sí disfrutaba, en la medida en que lo alejaba de sus negocios, era la libertad de cabalgar.
Era el único lugar donde, como había dicho su infernal institutriz, podía ser libre y desprenderse de esas cargas.
Pero por el momento, el parque, que con suerte estaría casi vacío a una hora tan temprana, tendría que bastar.
—Davenport —saludó a su amigo, que lo esperaba y siempre parecía tan libre como Jonathan abrumado—. Hermosa mañana.
—Desde luego que sí —dijo el marqués—. Te fuiste temprano de casa de los Sheffield anoche.
Jonathan se encogió de hombros.
—Tenía otros asuntos de los que ocuparme.
—¿Sabes? Si dedicaras a encandilar a las jóvenes la mitad del tiempo que dedicas a estudiar tus libros de cuentas, serías el libertino más notorio de Londres o un hombre felizmente casado —dijo Davenport con una carcajada, y Jonathan resopló mientras negaba con la cabeza.
—No tengo el menor interés en enamorarme, Davenport. Lo sabes.
—Pero tu madre espera que te cases. Y regresará pronto de Bath.
—Sí, y entonces podrá ocuparse de esos pequeños demonios.
—Creía que habías encontrado una institutriz.
—La he encontrado.
—Entonces, ¿qué importa que vuelva tu madre?
Jonathan suspiró.
—Esperaba que los niños la distrajeran lo bastante de su empeño en verme casado antes de que termine la temporada.
—Porque preferiría, con mucho, que tuvieras una esposa que se ocupara de los niños.
—Eso no es del todo cierto.
—Pero en parte sí.
—En parte, sí, sin duda alguna —dijo Jonathan con un seco asentimiento—. Pero, por ahora, nuestro arreglo actual tendrá que bastar. Encontrar una esposa ha resultado demasiado absorbente.
—No sé cómo lo haces —dijo Davenport, negando con la cabeza.
—¿Hacer qué?
—Dedicar tanto tiempo al trabajo, a tus inversiones. ¿Dónde está la alegría en eso?
Resultaba curioso que Jonathan y Davenport se hubieran hecho amigos con tanta rapidez, porque veían la vida de formas completamente distintas.
Davenport estaba entregado a encontrar toda la diversión que la vida pudiera ofrecer, y parecía irle estupendamente.
Pero siempre que Jonathan intentaba hacer lo mismo, se quedaba inquieto, insatisfecho.
Y luego estaba aquella única vez en que había permitido que su corazón se abriera. Y ya veía adónde le había llevado eso.
—Estás pensando en ella otra vez —dijo Davenport, y Jonathan volvió la mirada hacia él.
—¿En quién?
—Sabes perfectamente en quién. En la persona en la que sé que piensas cuando se te ensombrece así el rostro.
—No pienso en ella.
—¿No? —dijo Davenport, alzando una de aquellas cejas negras con esa expresión que hacía caer a las mujeres rendidas a sus pies—. ¿No es ella la razón por la que ahora eres como eres?
Jonathan gruñó.
—En todo caso, debería estarle agradecido. Porque me enseñó que debo tener cuidado con en quién confío y mantener la guardia bien alta. La mayoría de la gente que conozco quiere algo de mí. Ella no era diferente, y yo debería haberlo sabido.
—Te convirtió en un hombre cínico —dijo Davenport, con un deje de pesar en la voz—. No todo el mundo va a por ti.
—La mayoría sí. O va a por algo. Ella quería mi nombre, mi fortuna, un hombre que nunca la cuestionara por miedo a perder el respeto que tanto significaba para él. Solo me alegro de haber descubierto la verdad cuando lo hice.
—Por eso, supongo, sin duda puedes estar agradecido —dijo Davenport, soltando un suspiro audible—. Bien, ya hemos charlado bastante por una mañana. ¿Qué te parece si echamos una carrera?
—Me parece que ya era hora —dijo Jonathan, aliviado de que Davenport por fin hubiera dejado el asunto.
—Aquel árbol de allí —dijo Davenport, señalando a lo lejos—. El que se agrietó en la tormenta, con las ramas caídas. Correremos hasta allí.
—¿Nos jugamos algo?
La sonrisa habitual de Davenport se ensanchó hasta convertirse en una sonrisa enorme.
—Por supuesto. ¿Qué te gustaría apostar?
—Si gano, no vuelves a hablar nunca más de mi pasado —dijo Jonathan, con una dureza en la voz que hizo que Davenport entrecerrara los ojos al mirarlo.
—¿Y si gano yo?
—¿Qué quieres?
—Una noche con esa preciosidad que trabaja para ti.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Jonathan con brusquedad, volviendo de golpe la mirada hacia su amigo.
—La que estaba jugando con los niños en el césped delante de tu casa ayer. Llamó la atención de más de un transeúnte.
Jonathan apretó los dientes. Sabía que nunca debería haber permitido algo así. Debería haber hecho caso a sus instintos.
—Sabes que jamás podría aceptar eso.
—¿Te la guardas para ti?
—¡No! —espetó—. Está a mi servicio y, por tanto, bajo mi protección. De hombres como yo... y como tú.
—La mayoría de los hombres no estaría de acuerdo contigo.
—Eso carece de importancia.
Davenport suspiró.
—Muy bien. Cinco libras servirán.
Dicho eso, hicieron la cuenta atrás juntos y luego espolearon a sus caballos a campo traviesa hacia el árbol en cuestión.
El corazón de Jonathan latía al compás de los cascos de su caballo.
A todo caballero le gustaba montar, era cierto, pero para él cabalgar formaba parte de su propia alma, el único momento en que su espíritu se alzaba libre, en que sentía que volaba con su montura.
Nunca había sabido explicárselo bien a nadie, y cuando había intentado sacar el tema antes, se había sentido un necio, porque nadie parecía comprender de verdad la pura dicha que le producía. Pero se la proporcionaba.
Estaba tan absorto en aquella sensación de flotar por el aire y en la carrera contra Davenport que apenas se dio cuenta de que, de pronto, el campo ya no estaba vacío.
Una figura salió corriendo delante de él, tan pequeña y menuda que casi la confundió con un animal debido a la velocidad de su montura.
Jonathan gritó a Davenport al tiempo que tiraba de las riendas de General, mientras el caballo relinchaba con fuerza en protesta al clavar los cascos en la tierra.
Jonathan apenas logró mantenerse sobre la silla y evitar salir despedido por encima de la cabeza del animal, justo cuando la figura que corría tras el pequeño se arrojó sobre él, rodó por encima de su cuerpo y lo protegió del peligro.
Incluso cuando el polvo empezó a caer a su alrededor y a asentarse en el suelo, no cabía duda de quién tenía delante.
Su institutriz, la mujer de la que, al parecer, hablaba todo Londres, si había que creer a Davenport, estaba encogida en torno a su sobrino, protegiéndolo con el cuerpo.
* * *
Calli apretó los ojos con fuerza mientras esperaba que los cascos de los caballos la arrollaran, y rezó para poder mantener a Matthew fuera de peligro.
Cuando el golpe inminente no llegó, entreabrió un ojo y luego el otro, justo cuando Matthew empezaba a revolverse en sus brazos, al parecer ileso pese a haber estado al borde de la muerte.
—Señorita Donahue —protestó mientras forcejeaba—. ¡Señorita Donahue!
—¡Señorita Donahue!
Otra voz llegó desde detrás de ella, y volvió a cerrar los ojos al oírla. La intensidad de aquel tono bastó para recordarle que ella era la señorita Donahue. Al menos, de momento.
Aquella voz no sonaba precisamente complacida, así que decidió ignorarla un instante más.
Soltó a Matthew y lo dejó de nuevo en pie.
—¿Estás bien? —preguntó, pasándole las manos por encima—. ¿Te has hecho daño?
—No —dijo él, negando con la cabeza—. Estoy bien.
—Ay, Matthew, me has dado un susto espantoso —dijo, con el corazón todavía desbocado en el pecho.
Aún podía verlo corriendo delante de los caballos, segura de que iba a morir pisoteado. No lo habría soportado jamás.
Mary llegó corriendo hasta ellos e inmediatamente empezó a reprender a su hermano.
—Eso ha sido una estupidez —dijo, con las manos en las caderas—. Casi te matan.
—¡No es verdad!
—¡Sí que lo es!
—Todos estamos bien —dijo Calli mientras se giraba, aunque, al hacerlo, se dio cuenta de que había una persona que no estaba del todo bien.
—¡Matthew! ¡Mary!
Todos se volvieron al unísono para ver al duque avanzando hacia ellos, con una zancada poderosa, resuelta y claramente disgustada.
—Su Gracia —dijo Calli, intentando ponerse en pie para hacer una reverencia, pero, al incorporarse, estuvo a punto de caer de nuevo cuando su tobillo se negó a sostenerla.
—¿Qué significa esto? —tronó el duque, y Calli hizo una mueca al apoyar una mano en los hombros de Matthew y Mary, en parte para brindarles su apoyo y en igual medida para sostenerse ella misma.
—Lo siento, Su Gracia —dijo, aún un poco sin aliento por la carrera por el parque—. Matthew se me escapó y, cuando logré alcanzarlo, estuve a punto de llegar demasiado tarde.
Cuando el duque se quitó el sombrero y se pasó una mano por la frente, Calli comprendió que no estaba enfadado sino preocupado, lo que, supuso, era una señal de que empezaba a preocuparse de verdad por los niños.