Capítulo 5
Cuando los niños por fin se durmieron, Calli agarró su cuaderno de bocetos y un lápiz.
¿Quién habría pensado que dos niños de seis años podían resistirse tan tercamente a la hora de dormir?
Les había contado historia tras historia de las que le había relatado su hermano mayor, relatos que él había traído de su propia infancia en Grecia hacía mucho tiempo.
Por desgracia, estos dos niños se habían quedado demasiado fascinados con las historias de Artemisa y Apolo, y Calli casi se había quedado dormida antes que ellos.
Estaba agotada después de un día entero con ellos, y aunque miraba con ganas su cama, pasaría un buen rato antes de poder dejarse envolver por su calidez.
Tenía trabajo que hacer.
Desgraciadamente, la mayor parte de ese trabajo iba a exigirle andar a hurtadillas por la casa.
Solo podía esperar que el duque estuviera ya acostado o estuviera en alguna parte.
La propia Calli no era de las que solían acostarse temprano, pero tampoco estaba acostumbrada a perseguir niños todo el día.
Confiaba en que el duque fuera como la mayoría de la nobleza y pasara las tardes fuera, apostando o bebiendo o haciendo lo que fuera que hacían los hombres como él.
Aunque la idea de que participara en cualquier actividad que requiriera resquebrajar su semblante, siempre tan severo y ceñudo hizo que esbozara una sonrisa.
No era precisamente alguien que evocara imágenes de citas apasionadas o encuentros a medianoche.
Aunque a veces, cuando lo sorprendía mirándola de cierta manera…
Acercó entonces el oído a la puerta de su despacho, esperando que la falta de luz visible por debajo de la puerta significara que estaba desocupado. ¿Por qué tenía que estar este cuadro en la única habitación en la que con toda seguridad no debería encontrarse?
Agarró el pomo de la puerta y lo giró muy lentamente, asomando la cabeza para descubrir con alivio que estaba sola.
Entró sigilosamente, deseando haber pensado en echarse un chal sobre los hombros, sin haber previsto el frío que haría en la habitación, con solo brasas en la chimenea en lugar de un buen fuego.
No importaba.
El plan original había sido hacer un boceto rápido del cuadro durante el baile de anoche. Ahora tenía mucho más tiempo, pero la misma presión para trabajar lo más rápido posible. Nunca se sabía realmente de cuánto tiempo dispondría.
Movió una de las sillas frente al cuadro, tomándose un tiempo para estudiarlo y apreciarlo antes de poner el lápiz sobre el papel.
Era verdaderamente una obra maestra, y una punzada de duda comenzó a inquietarle la conciencia: ¿sería capaz de recrear adecuadamente tal maravilla? ¿Y debía realmente hacerlo?
Sabía que su hermano Arie vendería el original, aunque a quién y para qué, no tenía ni idea. Nunca preguntaba cuáles eran sus intenciones: no le correspondía hacerlo ni realmente quería saberlo.
No, su trabajo era devolverle a su hermano todo lo que había hecho por ella: proporcionarle un hogar, una familia, comida en el estómago y un trabajo que no requiriera que se vendiera.
Finalmente, dándose cuenta de que se estaba haciendo tarde, Calli se puso a trabajar.
Comenzó con el centro del cuadro, el barco mientras viraba con la tormenta, los pescadores que intentaban recuperar el control y el único hombre en paz justo en el centro.
Se perdió en su trabajo, dibujando los mástiles, el aparejo, antes de pasar a los matices del mar abajo y el cielo arriba.
Se mordía el labio mientras se le enfriaban los dedos y los pies, a medida que la luz de la habitación se atenuaba; la vela que había usado para guiarse era ahora el único brillo tras haberse reducido el fuego de la chimenea a brasas.
Incluso su vela comenzaba a parpadear, y miró sobresaltada al ver que casi se había consumido.
Eso le enseñaría lo que pasaba por usar una vela de sebo.
Sin embargo, no se veía capaz de usar una de las velas de cera más caras de su empleador para el trabajo que estaba haciendo actualmente, uno que supondría robarle.
—Unas cuantas medidas, entonces —murmuró, poniéndose de pie y hablando para sí mientras hacía pequeñas marcas y notas en su papel para asegurarse de que lo tenía bien. Deseaba poder pintar con el cuadro mismo frente a ella, pero eso, por supuesto, sería imposible.
—Tienes que ser buena de verdad, Calli —podía oír a Arie diciéndole una vez más—. Sé que lo eres, demuéstramelo.
—Lo haré, Arie —murmuró—. Lo haré.
Una vez completado todo lo que podía en una noche, Calli recogió su cuaderno de bocetos bajo el brazo, salió en silencio del despacho y se escabulló de vuelta por el pasillo.
Tenía que admitir que no disfrutaba demasiado de tales subterfugios, lo que la hacía cuestionarse si realmente era del todo parte de su familia.
Ninguno de ellos parecía preocuparse por la ética de lo que hacían, ni siquiera Xander, que estaba tan cerca de ella como cualquier otra persona.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no prestaba atención a ninguno de los sonidos que la casa le revelaba, y cuando dobló la esquina, se dio de bruces contra una figura muy sólida.
—¡Oh, demonios! —exclamó, tropezando hacia atrás mientras su cuaderno de bocetos se le caía de la mano y rodaba por el suelo, aunque conservó el agarre de la vela, sin que, afortunadamente, el pequeño resto de sebo prendiera fuego a nada.
—¡Señorita Donahue! —dijo el duque mientras extendía una mano para estabilizarla, y ella dio un respingo cuando sus dedos cálidos y fuertes le rozaron el codo.
Deseaba que no la llamara señorita Donahue.
No era su nombre, y se dio cuenta con cierta conmoción de que le encantaría oír el suyo en sus labios, no el nombre de otra.
Pero, por supuesto, nunca la conocería como Calliope Murphy.
Porque si lo hiciera, entonces con toda seguridad la estaría echando de su casa y poniéndola en la calle.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, su voz profunda sonó casi a caricia, y ella asintió apresuradamente.
—Perfectamente. Lo siento mucho, Su Gracia.
Se agacharon al mismo tiempo para recoger su cuaderno de bocetos, e incluso mientras hacía una mueca de dolor al chocar sus cabezas una contra la otra, Calli logró extender una mano y agarrar su trabajo comprometedor antes de que el duque tuviera la oportunidad de verlo.
—Lo siento de nuevo —dijo, mordiéndose el labio mientras se frotaba la frente—. Qué torpe he sido.
—No tiene nada que lamentar —dijo él, alzando una mano para apartarle los rizos de la frente mientras entornaba los ojos para examinarla—. ¿Le he causado algún daño?
—No —respondió ella, estremeciéndose apenas ante la suavidad de su tacto sobre la piel. ¿Qué le pasaba? Se comportaba como si ningún hombre se hubiera acercado a ella jamás—. Estaré bien.
Él la ignoró y se acercó un poco más, como si aún necesitara cerciorarse por sí mismo.
—Me han dicho que tengo la cabeza dura —dijo, y una comisura de sus labios se curvó..., apenas, sí, pero se curvó.
—¿Ha sido... ha sido una broma, Su Gracia? —preguntó Calli, abriendo mucho los ojos, y ante su expresión atónita él soltó una breve carcajada.
—Supongo que sí. ¿Es una idea tan aterradora?
—No, es solo que nunca... pensé que... bueno, me sorprende, nada más —acertó a decir, aun sabiendo que probablemente no hacía más que meterse en problemas hasta el fondo.
—No es que me sea ajena la risa —dijo en voz baja, con un tono lejano, como si hubiera olvidado que ella seguía allí—. Es solo que ahora está un poco más... ausente de lo que solía estar.
—¿Por qué? —preguntó ella, aunque sabía que no debía. No era asunto suyo, y desde luego él no parecía un hombre dispuesto a compartir nada de sí mismo, y menos aún con su institutriz.
—La vida tiene una forma muy eficaz de volverlo a uno más cínico.
Menos dado a confiar —dijo, y su rostro se cerró por completo; la sonrisa se desvaneció, y Calli deseó poder retirar la pregunta para hacer volver al hombre que reía y sonreía—.
Hablando de confianza, ¿qué hace vagando por mi casa en mitad de la noche?
—¿Lo es? —dijo ella con voz chillona—. ¿Mitad de la noche, quiero decir? No me había dado cuenta. Estaba... Bueno, supongo que ahora tendría que decir la verdad o la mentira resultaría evidente. Estaba dibujando.
—¿Dibujando?
—Sí.
—¿Y exactamente qué dibuja, señorita Donahue?
Estaba demasiado cerca ya, y Calli notó que la respiración se le aceleraba aunque deseó que él no fuera quien era, ese duque intimidante del que en ese momento dependía casi para sobrevivir.
—De todo —dijo, y era la verdad—. Personas, paisajes, objetos... Me gusta dibujar una gran variedad de temas.
—Ya veo. ¿Y por qué está dibujando aquí, en el corredor, en mitad de la noche?
—Estaba dibujando la luna —respondió, esperando que no le pidiera ver lo que había hecho—. Desde mi ventana me costaba verla. ¿Era eso siquiera cierto? Se lo preguntó, tratando de orientarse y averiguar hacia qué lado daba la casa y dónde estaría la luna con respecto a ella.
Aun así, pareció darse por satisfecho con su respuesta, porque se apartó y le permitió pasar junto a él.
—Espero que haya valido la pena, señorita Donahue —dijo—. Por la noche puede hacer bastante frío aquí abajo.
—Ya me he dado cuenta, Su Gracia —contestó ella al pasar a su lado, aliviada y, sin embargo, no del todo deseosa de alejarse de él.
Al mirarle a la cara, percibió en él una sensación de...
soledad, incluso de tristeza, que lo envolvía por completo.
Pero cuando observó con más atención, él pareció advertir su escrutinio y cuadró los hombros, alzando la cabeza como si se dispusiera a entrar en batalla.
—Bien. Si necesita algo, pídaselo a la señora Blonsky o a una de las criadas —dijo con un gesto seco de la cabeza, ya de vuelta a los asuntos prácticos.
—Por supuesto —murmuró Calli, aunque había descubierto muy deprisa que, como institutriz, ni el ama de llaves la respetaba ni las criadas la aceptaban. Allí estaba entre dos mundos, igual que en su propio hogar.
Sabía que debía aprovechar que él la dejaba pasar, seguir por el corredor y subir las escaleras para volver a su habitación.
Ninguna institutriz decente se quedaría allí plantada en el pasillo con su empleador en mitad de la noche, mirándolo con tanta intensidad, ansiosa por conocer y devorar sus secretos.
Pero Calli no era exactamente una institutriz decente.
Y, tras todas sus palabras severas y sus gestos distantes, Calli percibía que había más en aquel duque de lo que él quería que los demás creyeran.
Y aunque ella estaba allí por un motivo completamente distinto, aunque no tenía motivo alguno para pasar tiempo con aquel hombre, y mucho menos para hablar con él de nada que no fueran los niños, no parecía capaz de mantenerse alejada de él.
Cambió el cuaderno de dibujo de una mano al hueco del codo del brazo con el que sostenía la vela, dejando libres los dedos de la otra, que ahora parecían moverse por voluntad propia.
Se apartaron poco a poco de su cuerpo, arriba, arriba, hacia el duque, que permanecía impasible, demasiado cortés para apartarle la mano de un manotazo y, aun así, claramente incómodo ante la idea de que ella pudiera tocarlo.
Como habría hecho con cualquiera de sus hermanos o con un niño, le pasó los dedos por la frente, intentando borrar el surco de su ceño, las líneas de preocupación tan hondamente grabadas que parecía que jamás fueran a desaparecer.
Esperó que se estremeciera, que se apartara, pero él la sorprendió al cerrar los ojos e inclinarse hacia su caricia.
—Carga con muchos pesos, Su Gracia —dijo ella, apenas por encima de un susurro.
Él asintió levemente.
—La mayoría de los hombres de mi posición los llevan sobre sí.
—Pero deja que se le claven muy dentro, que le atormenten el alma de ese modo.
—No es así —replicó él, y ella sonrió apenas ante su negativa a permitirle aliviar el peso de todo ello, aunque solo fuera por ese instante.
—Debe soltarlos —dijo ella, deslizando ahora los dedos por su sien, bajando por el pómulo, hasta abarcarle la tensa mandíbula—. Permita que la paz ocupe su lugar.
Su hermano les había enseñado a todos, muchos años atrás, la antigua práctica de sentarse en silencio y dejar que los pensamientos fluyeran libremente hasta encontrar la paz. Nunca había visto a un hombre que la necesitara más.
—No puedo —dijo él, con la mandíbula todavía rígida—. Porque entonces, ¿quién se haría cargo de ellos?
—Seguirán ahí esperándolo —dijo ella—, pero todo el mundo necesita un poco de alivio de vez en cuando.
Él abrió los ojos de golpe, encontró los suyos y dio un paso hacia ella tan repentino que el brazo de Calli cayó a su costado.
—No todo el mundo tiene tiempo para correr por el césped y dibujar la luna, señorita Donahue —dijo, y su voz era ahora tan áspera como los ángulos de su rostro a la tenue luz—. Procure enseñarles eso también a los niños.
Y con eso se apartó de ella, recorrió el pasillo con paso firme y entró en su despacho, regresando una vez más a su trabajo.