Capítulo 64
Wade
Catorce meses después, primer sábado de mayo
—Me cago en la puta… Dios, Ivy —gruño mientras le meto la polla en la boca y la agarro con fuerza del pelo por debajo de su elegante tocado azul claro—.
Hay algo poético en el hecho de que te estés atragantando con mi polla como la zorra que eres y que sea llevando puesto un vestido de dos mil dólares.
Suelta un gemido cuando me mira por debajo de su tocado y casi me corro en su garganta ante la estampa.
En mi defensa diré que ni de coña podía aguantar todo el día sin arrinconarla en algún sitio para follármela cuando lleva este vestido para el derbi.
Sobre todo cuando era un viaje sin bebés y lo único que ha hecho durante el trayecto de casi dos horas ha sido escuchar su puto libro porno.
Esas cosas no me van, pero, hostias, tampoco podía ignorarlo.
Ni siquiera pude esperar a que empezara la carrera antes de meterla en el baño y cerrar la puerta con llave.
—Joder, Lianta, estás desesperada por mi polla, ¿verdad? —Muevo la mano con la que le sujeto la cabeza para marcar el ritmo y la deslizo hacia su mandíbula al mismo tiempo que ella me toma profundamente.
Luego se aparta y me sonríe.
—Sí, cielo, pero solo porque me lo has pedido amablemente.
Echo la cabeza hacia atrás y suelto un gemido cuando mi polla golpea la pared de su garganta. Ella gimotea y me succiona más y más profundo.
—Hostia puta, Ivy .
Veo que se acaricia el clítoris con una mano y me agarra el culo con la otra, donde me clava las uñas sin compasión.
Suelto un gruñido que parece más bien un rugido porque me nace desde lo más profundo de mi pecho; he olvidado por completo que tenemos que estar callados para que nadie nos oiga.
La levanto por las axilas porque estoy desesperado por follármela.
Nuestros labios se funden en un beso abrasador mientras acaricio sus pezones duros. Su cuerpo me enloquece aún más que antes de que estuviera embarazada: tiene más curvas y es más suave, y es que no me puto canso de ella.
Ivy gime y echa la cabeza hacia atrás cuando succiono sus pechos y mi dedo corazón encuentra su hinchado clítoris.
Esparzo su humedad por su entrepierna y la acaricio en círculos antes de llevarme los dedos a la boca para limpiármelos con la lengua.
—Qué dulce —gruño, y vuelvo a acariciarle el coño con los dedos mientras gime. Me tomo mi tiempo para volverla loca, aunque eso es lo último que tenemos ahora mismo.
«A la mierda, lo voy a hacer igualmente».
— Wade , por favor —me suplica y sonrío sin dejar de mirarla. Me encanta cuando me suplica, me da años de vida.
—Mírate, Ivy . Estás preciosa cuando ruegas por mi polla. Ni siquiera has podido esperar hasta esta noche. Pero ¿sabes qué?
Le agarro la mano y envuelvo sus dedos alrededor de mi miembro. Suelta un gemido al sentir lo duro que estoy.
—Yo tampoco puedo esperar, así que métete mi polla en ese bonito coño antes de que pierda la puta cabeza.
Me recorre el hombro con los labios y acerca la boca a mi oído para susurrarme:
—¿Aún no te has enterado, Wade ? Mostrarme tan desesperada por ti es mi táctica de guerra.
Su sonrisita burlona es lo único que necesito para perder el control. La embisto tan profundamente que deja caer la cabeza hacia atrás y la apoya contra el espejo con los ojos cerrados.
Salgo de ella casi por completo y la agarro del muslo.
Después, vuelvo a introducirme lentamente en ella para ofrecerle esa fricción que tanto ansía y sigo penetrándola casi por completo, pero sin llegar a darle lo que realmente necesita.
Me clava los tacones en el culo según me muevo, lo que hace que tenga aún más ganas de torturarla.
— Wade … necesito… joder…
—¿Qué pasa, cielo? ¿Ya te has cansado de comportarte como una mocosa?
—Por favor…
—Dilo, Ivy . Dime exactamente lo que quieres y puede que te lo conceda.
Ya sé lo que necesita, pero quiero escucharlo de sus labios. Eso me vuelve loco.
—Fóllame más duro, Wade … más profundo.
—Pídemelo bien, Ivy .
Clava sus ojos violetas en mí; están vidriosos, consumidos y un poco desafiantes, pero con una chispa de pasión.
En momentos así, me desea con tanta intensidad que haría cualquier cosa que le pidiera y anhelo estos momentos del mismo modo que el océano anhela la orilla.
Sus labios pintados se curvan en una leve sonrisa.
—Por favor, Wade . Fóllame el coño más fuerte, señor —susurra y termina la frase con un gemido.
Pierdo la cabeza al instante. ¿A quién quiero engañar? Cada gramo de poder y control que creo tener le pertenece. Ha sido así durante los últimos dieciocho meses.
Salgo de ella y la dejo en el suelo. Le doy la vuelta y la apoyo contra el lavabo mientras le separo las piernas con la rodilla. Cuando se agarra al mueble y me mira a través del espejo, su belleza me deslumbra.
—¿Así ha estado bien, Jefe?
«Dios santo, esta mujer me va a matar».
Gruño cuando le muerdo el cuello y le levanto el vestido por encima de su culo respingón.
Cuando le separo las nalgas con los pulgares y la penetro con una embestida profunda, suelta un gemido y se deja caer contra mi pecho.
Le levanto la cabeza con la mano y la agarro por el cuello al mismo tiempo que la sujeto contra mí y le susurro al oído:
—No cierres los ojos o te perderás mi espectáculo favorito. Ese en el que te corres en mi polla. —Le aprieto el cuello con más fuerza y gimotea. Siento cómo su coño me aprieta, pero hace lo que le pido y no aparta la vista de nosotros.
Mi mano alrededor de su garganta y la palabra «Mía» le recuerdan quién es su dueño. Deslizo la otra mano hacia su clítoris y lo pellizco, a lo que ella responde con un grito.
—Buena chica. Qué vistas tan bonitas.
—Soy tu buena chica, Wade … —gime cuando sigo embistiéndola.
Poso los labios sobre su espalda sudorosa y siento que mi orgasmo se acerca cada vez más. Cuando acepta mis elogios, el calor me consume por completo. Su coño se tensa aún más alrededor de mi polla porque le doy a su necesitado clítoris la atención que ansía.
—Me correré cuando tú te corras, Ivy —le indico. Agacho la cabeza para besarle el hombro y el cuello.
—Pues entonces, vamos a estar aquí durante mucho tiempo. —Me lanza esa mirada burlona que me desestabiliza, así que la incito como mejor se me da: con mis palabras y mis dedos alrededor de su clítoris.
—No, creo que ya estás lista. Dímelo, Ivy . Dime cuándo puedo correrme —le digo, y le doy esa pizca de control que tanto le gusta.
Ivy me rodea el cuello con los brazos y me baja la cabeza para mirarme directamente a los ojos a través del espejo. Su contacto visual y sus gemidos hacen que mis movimientos se vuelvan desenfrenados, lo que me recuerda que nunca me cansaré de ella y que pierdo el control cuando está cerca de mí.
—Ya puedes correrte, Wade —me ordena sin apartar la mirada de mí y me corro. Me derramo en su interior mientras le pellizco el clítoris y ella se corre conmigo. Se muerde el labio para que la gente de afuera no se entere de lo que estamos haciendo.
La música que suena en el baño se escucha de repente más fuerte cuando nos quedamos quietos unos minutos para recuperarnos.
Ivy se inclina hacia el espejo con mi polla todavía dentro de ella y se pasa el dedo anular por su labio inferior, que sigue perfectamente pintado.
—Puto libro porno —susurro al mismo tiempo que le beso el hombro y me río.
—Pero he conseguido lo que quería. —Me guiña un ojo y se alisa el tul de su tocado—. Y ni siquiera me he estropeado el maquillaje.
Dios, la quiero muchísimo.
Diez minutos después, ya nos hemos recompuesto y volvemos a los palcos de los ganadores, donde está toda nuestra familia reunida.
Todos se turnan y compiten por la atención de nuestra pequeña niña de ojos violetas y pelo rubio, Billi Grace .
A sus ocho meses, Billi ya es un torbellino: gatea por todas partes y pone a prueba la paciencia de su madre.
Ivy lo lleva todo con una calma envidiable; nada la altera.
Hostias, entrenó a Ángel y fue conmigo a la mayoría de sus carreras de preparación ya fuera con Billi en brazos o con Mamá Jo o Glenda cerca cuidando de la pequeña durante cinco meses.
Nada detiene a Ivy y verla florecer en la maternidad ha sido el mayor regalo de mi vida hasta ahora.
—¿Echaba de menos a su papá? —le pregunto a CeCe , quien se ha ocupado de Billi mientras que Ivy y yo nos íbamos para «revisar la documentación».
Todos saben perfectamente lo que estábamos haciendo, no tengo ninguna duda, pero me importa una mierda.
Los padres primerizos aprovechamos cualquier oportunidad.
CeCe asiente con la cabeza.
—Eso parece. Mamá Jo dice que ha venido todo el camino durmiendo con Mabel .
Mabel ha venido en el coche con mi madre y, por supuesto, tuvieron que llevar a Billi , porque donde va Billi , va Mabel . CeCe me entrega al segundo amor de mi vida y estrecho a mi niña contra mi pecho para aspirar el maravilloso aroma de sus rizos rubios.
CeCe se remueve en su asiento con el rostro un poco tenso. Está embarazada de siete meses de su primer bebé y el calor de mayo es su peor enemigo. Si Nash ya era su perrito faldero antes, ahora no sé ni cómo describirlo.
Beso la mejilla regordeta de Billi y ella me toca la cara con su manita y balbucea:
—Da da da da da.
Tengo el corazón tan lleno de amor que me duele. A veces creo que estoy incluso más loco por esta niña que por su madre. Se me cae la baba con ella y no tengo ningún problema en admitirlo, lo que hace que Cole y Nash se metan conmigo por lo blando que me he vuelto, pero me importa una mierda.
La multitud se anima cuando los caballos y los jinetes empiezan a colocarse en las puertas de salida.
Ivy se acerca al área más tranquila del palco donde estoy con Billi .
Ha llegado el momento de la verdad después de este último año y medio entrenando a Ángel, y es surrealista que esto esté pasando.
Miro a mis dos preciosas chicas y sonrío mientras abrazo a Ivy .
Siento que mi padre se siente muy orgulloso de mí, esté donde esté.
Ivy me quita a Billi para cogerla y esperamos con impaciencia a que los caballos terminen de prepararse.
Las beso a ambas unos segundos antes de que suene la campana.
Todo lo que Ivy y yo hemos vivido: las traiciones, las decepciones, las pérdidas, las decisiones que hemos tomado…
Todo nos ha traído hasta este momento. Hasta una vida llena de amor que jamás habría podido imaginar antes de conocer a Ivy .
Inclino la cabeza hacia ella y susurro:
—No importa lo que pase hoy. No se trata de llegar a la meta los primeros, sino del recorrido que nos guía hasta ella. Y, joder, nuestro camino tiene pinta de ser una puta pasada, Lianta.
Ella me sonríe y me besa.
—Ya lo creo que sí, Jefe.
Cuando suena la campana y los caballos salen disparados, no pienso en ganar la carrera… porque yo ya he ganado.
Ivy Spencer es mía y doy las gracias al universo por que apareciera en mi puerta.
¿Y sabes qué?
Quien lo encuentra se lo queda.