Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 49
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Capítulo 49

Ivy

— Ivy … Ivy … —repite una voz.

Una mano cálida y firme me frota el brazo y abro los ojos de golpe.

Miro el reloj: son las siete de la mañana.

Jueves. El único día en el que no nos levantamos antes del amanecer porque Cole se encarga de las tareas matutinas y yo no tengo que estar en el establo hasta las ocho.

Tras comernos la deliciosa cena que preparó Wade , nos fuimos a la cama, donde volvió a recordarme lo difícil que me va a resultar tener que marcharme de aquí en algún momento.

Después, caí en un sueño tan profundo que no me desperté en toda la noche y mucho menos escuché el zumbido de mi teléfono, que ha empezado a vibrar en la mesita de noche.

Lo cojo justo cuando cuelgan y salta el buzón de voz.

Intento enfocar la vista y me incorporo de un salto.

Wade también se levanta cuando nota que algo no va bien.

—¿Qué pasa?

—Tengo catorce llamadas de mi madre. ¿Qué leches…?

Ni siquiera me da tiempo a frotarme los ojos antes de que el teléfono vuelva a sonar. Tengo un mal presentimiento en cuanto acepto la llamada.

—Mamá —contesto frenética—. ¿Qué pasa?

— Ivy …

Parpadeo al escuchar una voz que no es la de quien debería ser.

—¿ Brad ? —pregunto sin entender nada de lo que está pasando.

Wade gruñe a mi lado.

—¿Dónde está mi madre?

—Ha tenido un accidente de coche.

—¿Qué? —Me pongo pálida y noto que mi alma deja mi cuerpo atrás—. ¿Dónde está? ¿Por qué…?

Wade me aprieta el muslo para calmarme. Respiro hondo.

—¿Dónde estáis?

—Está en radiología. En el hospital de Pendalton —me cuenta mientras hace referencia al hospital que está a varios condados de Jellico .

¿Qué hacía mi madre tan temprano por la zona de Pendalton ?

—. Se va despertando a ratos y ha preguntado por ti.

Se ha dado un buen golpe en la cabeza y tiene la muñeca destrozada.

Creo que también tiene varios cortes por los cristales.

Llevo casi una hora llamándote —añade Brad .

—Mierda, mierda, mierda… —No sé cómo lo hago, pero consigo levantarme a la par que maldigo sin parar. Wade también se pone de pie y se viste a la vez que yo, aunque no tiene ni idea de lo que está pasando—. Voy para allá —digo y cuelgo el teléfono.

Una hora y quince minutos después, Wade y yo atravesamos las puertas del Hospital Comunitario de Pendalton .

Es un milagro que me haya puesto los zapatos.

No recuerdo ni el trayecto hasta aquí, solo sé que tengo que meterla en algún centro.

¿Y si alguien más resultó herido porque iba bebida y cogió el coche?

¿Qué debe pensar Wade de ella? Apenas ha abierto la boca, salvo para preguntarme cómo estoy o para decirme que todo irá bien.

Tras hablar por teléfono con Cassie durante media hora para ponerla al tanto, momento en el cual me enteré de que esta no es la primera vez que mi madre conduce ebria, agradecí el silencio porque si intentaba hablar después de esa charla, habría estallado en lágrimas.

—Tendría que haberla apoyado. Debería haberme asegurado de que recibía la ayuda que necesitaba —murmuro según avanzo a toda prisa por la sala de espera.

—Solo puedes ayudar a la gente que quiere ayudarse a sí misma —me susurra Wade al oído y me aprieta el hombro al tiempo que nos acercamos a la recepción.

No sé si ha escuchado mi murmullo o simplemente ha adivinado lo que se me pasaba por la cabeza, pero casi me vengo abajo ante sus palabras. Ya he perdido a mi padre, no puedo perder también a mi madre.

Cruzo la pequeña sala de espera de urgencias hasta la ventanilla de cristal.

El enfermero que está detrás del mostrador tiene el pelo rubio oscuro y rizado.

Teclea rápido en su ordenador y me ignora por completo.

Espero unos minutos y, sin darme cuenta, empiezo a golpear el mostrador con las uñas.

Cuando por fin termina, levanta la vista y se sube las gafas.

—¿Busca a alguien?

—A mi madre, Glenda Spencer . La trajeron hace unas horas por un accidente de coche.

Asiente y vuelve a teclear.

—Le están dando puntos ahora mismo y su prometido está aquí. Puede pasar a verla. Habitación C-22.

Wade suelta un gruñido al escuchar la palabra «prometido».

Aun así, me toma la mano para recordarme que estamos juntos en esto y echamos a andar.

Me doy cuenta en ese momento de que esta será la primera vez que Wade conozca a mi madre.

La última vez que la vi fue en noviembre y ya estaba un poco deteriorada cuando fui.

Me hubiera gustado ir más a menudo, pero hemos estado muy ocupados con los entrenamientos.

Me invade un sentimiento de vergüenza por la adicción de mi madre y de culpa por sus decisiones hasta que entro en la habitación y veo a Brad sentado al lado de la cama, como si de verdad estuviera preocupado mientras espera a que la traigan de darle puntos de sutura.

La única emoción que siento ahora mismo es rabia.

Wade se aposta a mi lado como si fuéramos una unidad lista para atacar en cuanto Brad se pone de pie. Siento la ira que irradia de él en cuanto me aprieta la mano.

Brad no pierde el tiempo e intenta acercarse a mí, pero Wade lo frena.

—Ni un paso más. Dinos qué ha pasado y luego te largas.

Brad resopla, pero Wade ni se inmuta; se yergue sobre él y lo agarra del cuello de la camisa.

A juzgar por su mirada, es evidente que se está conteniendo.

El sombrero de Brad cae al suelo, pero no me muevo.

Una parte de mí quiere que Brad entienda de una puta vez que ya no puede usarme más y Wade se lo está dejando bien claro, así que, por el momento, dejo que haga lo que quiera.

—No nos vamos a andar con rodeos, se acabaron tus putos jueguecitos.

Sé todas y cada una de las cosas despreciables que le has hecho y da gracias a Dios y al hecho de que estemos en un lugar público de que no te deje inconsciente de una hostia aquí y ahora.

Lo único que vas a decir es qué le pasó a Glenda y luego te vas a pirar si no quieres terminar ingresado en la habitación de al lado. ¿Te ha quedado claro?

—Mira, no sé qué te ha contado, pero yo nunca la traté mal. La quise cuando nadie más…

— Wade , déjale respirar para que pueda decirme qué ha pasado —le pido con toda la calma que me es posible. Ya he escuchado bastante. Un narcisista nunca va a admitir sus errores—. No merece la pena —añado.

Wade lo suelta, pero sigue echando humo mientras retrocede un paso y aprieta la mandíbula, a la espera de que siga hablando.

Brad coge su sombrero del suelo y le sacude el polvo con nerviosismo.

—Me llamaron del hospital esta mañana. Intentaron llamarte al número que estaba registrado en el teléfono de tu madre como contacto de emergencia, pero decía que el número no existía. —Le lanza una mirada a Wade y, a continuación, vuelve a mirarme.

—He llamado a mi madre con mi número nuevo… Eso no tiene sentido —respondo.

—Todavía tenía guardado tu número antiguo con el nombre de « Ivy ».

Tuve que revisar sus mensajes para encontrar tu nuevo número, pero no estaba nombrado de ninguna manera.

El número de mi rancho era su segundo contacto de emergencia, así que me llamaron a mí.

Vine de inmediato y, cuando llegué y encontré tu número, empecé a llamarte.

Quien le vea pensará que está muy preocupado, pero lo conozco demasiado bien y sé que esto es solo un medio para alcanzar un fin, una excusa para acercarse a mí. Nunca le importó mi madre cuando estábamos juntos, así que mucho menos le va a importar ahora.

—¿Señorita Spencer ? —me llama una voz masculina desde la puerta. Me giro de inmediato hacia el hombre.

—¿Sí?

—Soy el doctor Terry Evans . He tratado a su madre esta mañana.

—¿Cómo se encuentra? ¿Está…? —No sé cómo se pregunta si alguien está borracho sin que suene fatal.

—Está bien. Casi atropella a un ciervo a eso de las cinco de la mañana.

Dio un volantazo para esquivarlo y se golpeó la cabeza al caer en la cuneta.

El airbag le provocó varias quemaduras leves y se rompió la muñeca en dos partes, así que hemos tenido que operarla.

—Hago una mueca. Si ya un simple esguince de tobillo me dolió, no quiero ni imaginarme lo que dolerá eso—.

También tuvimos que hacerle una transfusión de sangre; perdió mucha por un corte en la pierna y su grupo sanguíneo es AB negativo, uno de los más raros.

Los servicios de emergencia calculan que pasaron unos sesenta minutos hasta que alguien la vio y llamó para avisar de lo ocurrido.

—Entonces, ¿le dieron sangre?

Él asiente.

—Así es.

—¿Alguien más resultó herido?

El doctor me mira como si mi pregunta lo tomara por sorpresa.

—No, estaba sola. Y está evolucionando bien, si tenemos en cuenta las circunstancias. Está un poco alterada, como es habitual. La bajarán enseguida. Me gustaría que se quedara uno o dos días en observación.

Miro a Wade y a Brad , y luego vuelvo a centrarme en el doctor. No quiero hacer esta pregunta delante de ellos dos, pero no tengo alternativa. Cierro los ojos y me tiro de cabeza.

—¿Es… estaba… bajo los efectos del alcohol?

El doctor abre su carpeta y revisa el historial.

—Ha estado muy lúcida durante todo este tiempo, así que diría que no. Ah, aquí está: el nivel de alcohol en sangre de su madre fue de cero.

¿Cero? ¿No había bebido nada? No recuerdo la última vez que vi a mi madre sin una gota de alcohol en la sangre. ¿Está intentando dejar de beber otra vez?

—Eso era lo que iba a decirte —comenta Brad detrás de mí—. Dijo que lleva diecisiete días sobria y que tenía una reunión de Alcohólicos Anónimos en Pendalton a primera hora.

Los ojos se me llenan de lágrimas. Ojalá esta vez sea la buena.

El doctor sonríe y asiente con la cabeza. En cuanto desaparece por la puerta, me doy la vuelta con decisión. Llevo meses evitando este tema, pero si mi madre puede ser así de fuerte y luchar por sí misma, yo también puedo.

— Brad , gracias por venir al hospital y por localizarme.

Me aseguraré de borrar tu número del teléfono móvil de mi madre, pero no quiero volver a verte jamás.

Me trataste como si fuera basura, me maltrataste y no pienso perdonártelo.

No vuelvas a contactarme y ni te atrevas a utilizar mi número nuevo.

Si lo haces o le dices a tu familia que me llame, pediré una orden de alejamiento.

—Me cruzo de brazos y muestro toda la seguridad que puedo a las ocho de la mañana, sin café y con el cuerpo lleno de adrenalina.

Wade está a mi lado como un pilar y sé que le cuesta la vida no darle un puñetazo. En lugar de eso, me frota la espalda y habla con calma para reforzar mi amenaza.

—Y, Brad , si algún día se te olvida lo que Ivy acaba de decir, te romperé todos los putos huesos del cuerpo para recordártelo y disfrutaré de cada crujido con una sonrisa en la cara.

Brad empieza a alejarse de nosotros para ir hacia la puerta; su fachada de exnovio preocupado se ha desmoronado y lo sabe.

—Toda tuya —murmura. Esquiva a Wade y sale por la puerta.

—Sí, lo es —responde Wade con el tono de voz que se traduce en: «No me toques los cojones o verás».

Suelto un suspiro y medito que esta será la última vez que vea a Brad .

Nunca permitiría que el nombre de su familia se viera mancillado y una orden de alejamiento sería su perdición.

Me limpio una lágrima de la mejilla y me recuerdo a mí misma que Brad Bellingham no merece ni una sola lágrima.

Justo en ese momento es cuando mi madre aparece por la esquina. Una enfermera la lleva en una camilla.

Corro hacia ella de inmediato y la abrazo lo mejor que puedo.

Tiene algunas quemaduras en el lado izquierdo de la cara y su muñeca está escayolada.

También tiene un ojo morado y le han vendado lo que supongo es el corte del muslo que mencionó el doctor.

Aun así, hacía mucho tiempo que no la veía con un aspecto tan saludable.

Le brillan los ojos, no hay rastro de ojeras y su sonrisa es clara y sincera.

—Mi niña, qué bien que estás aquí. Ha sido lo más aterrador que me ha pasado en la vida. Siento no haberme guardado tu nuevo número y que Brad tuviera que venir —me susurra al oído.

La suelto cuando la enfermera carraspea suavemente.

—Tengo que instalar a la señora Spencer para que pueda descansar. Los analgésicos le darán sueño.

Como si fuera una señal, mi madre bosteza. La enfermera debe notar mi reticencia porque se vuelve hacia mí y me explica en voz baja y amable:

—Dame veinte minutos para acomodarla. Ve a tomarte un café y ya luego puedes quedarte con ella todo el tiempo que quieras. —Me da unas palmaditas en el brazo y sonríe—. Estará bien. Parece peor de lo que es.

Sus palabras me golpean de lleno en el pecho y con tanta violencia que me derrumbo en cuanto salimos de la habitación. Wade me envuelve contra su pecho según lloro. Me acaricia el pelo y me susurra lo fuerte que soy, lo orgulloso que está de mí.

Aparto la cara de su camisa, que ahora está empapada por culpa de mis lágrimas, y me retira las gotas de las mejillas con los pulgares.

—Estaba sobria y está sobria. Solo intentaba hacer lo correcto… ¿Y estuvo allí completamente sola durante una hora? Seguro que estaba aterrada —digo entre sollozos.

—Ya está bien. La trajeron al hospital y hace más de dos semanas que no bebe, Ivy . Es un paso muy grande.

Asiento con la cabeza. Nunca había llegado tan lejos. Que yo sepa, lo máximo que ha estado sin beber desde que murió mi padre fueron ocho días. Echo un vistazo a la habitación cuando la enfermera y la auxiliar la acomodan en la cama.

—Me siento tan impotente… Ojalá hubiera podido hacer algo, ojalá pudiera hacer algo ahora.

Wade me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y me besa la frente.

—Vamos, Lianta. Se me ha ocurrido algo que podemos hacer.