Capítulo 48 #2
—Vale, pero todavía no… —susurra Ivy con su dulce voz ronca. Ese toque de descaro me hace perder la cabeza—. Primero, necesito saber cuánto deseas esto. Cuánto me deseas a mí, Wade …
Mueve las caderas en círculos y esparce su excitación por mi polla, pero no llega a posicionarse del todo y no permite que me introduzca dentro de ella como ansío con tantísima desesperación.
—Dime cuánto quieres follarme… Suplícamelo —gimotea y estoy a punto de correrme de solo sentir su coño resbaladizo sobre mí y escuchar sus palabras.
«Me voy a morir…».
—Yo nunca suplico… —Me resisto a ella y me aferro al poco control que me queda.
Me clava las uñas en el pecho mientras se sigue acercando a mi miembro, pero se detiene cada vez que estoy a punto de adentrarme en su coño.
Repite esos movimientos una y otra vez, y es una puta tortura.
Ivy me besa profundamente y los gemidos dulces que se escapan de su garganta me indican que ella también está desesperada.
Vuelve a morderme el labio, pero esta vez lo hace con tanta fuerza que siento el sabor metálico de la sangre en la lengua. Siseo en respuesta.
—Solo tienes que decirlo, Wade … y seré toda tuya. Dilo… —gime y el sonido me recorre el cuerpo.
Ivy se levanta lo justo para que la punta de mi polla se hunda en ella y acto seguido, se queda quieta. La agarro por las caderas para empujarla hacia abajo, pero, la madre que la parió, la muy descarada se echa para atrás y no frena el movimiento.
— Ivy , no me jodaaaas…
Acerca su rostro al mío para besarme y me sonríe con picardía mientras desliza las manos por mi pelo y me araña la nuca sin dejar de balancear sus caderas a un ritmo delicioso.
Embelesado, la observo cuando se incorpora y se inclina hacia atrás, lo que hace que sus tetas sobresalgan cuando me clava las uñas en los muslos y se restriega contra mí.
Su coño caliente y húmedo es mi puta criptonita y amenaza con hacerme explotar de placer solo con la fricción.
Cojo aire de forma entrecortada.
—Son solo tres palabras, cariño… No es para tanto. Dilo… Suplica. —Mueve las caderas y me monta sin dejarme entrar.
Gimo. Me araña los brazos y se acerca hasta que nuestras bocas casi se rozan. Intento mordisquearle los labios, pero no lo consigo porque echa la cabeza hacia atrás lo justo para que no llegue. Le gruño desesperado.
—Dilo y te dejaré que me folles tan duro como quieras —susurra.
Y así, sin más, pierdo la puta cabeza y suelto lo que tanto desea escuchar.
—Joder… Te lo suplico… —susurro.
En cuanto suelta un gemido de aprobación, la penetro hasta el fondo con tanta fuerza que siento que me voy a desmayar.
—Eso es lo que quería. Qué buen chico eres, Jefe —ronronea con un gemido y hostia puta, la forma en que esas palabras resuenan en mi interior es algo que ni entiendo ni quiero olvidar. Es como si me degradara y me devolviera el poder a la vez.
Tiemblo solo de escucharla y de sentir su coño apretado alrededor de mi polla. Cierro los ojos con fuerza y casi me corro al irme introduciendo centímetro a centímetro en ella.
—Joder, Ivy … ¡Me cago en todo! —exclamo—. Esto es una puta maravilla.
Ivy suelta un gemido mientras la dilato. Es más que maravillosa. Parece que está hecha para mí.
—Te la has jugado al hacer eso. A juzgar por cómo me aprietas la polla, ahora vas a ser tú la que me suplique —afirmo según llevo la boca hacia sus pechos.
Los lamo uno por uno y le ruego a su estrecho canal que se abra para mí al embestirla desde abajo porque ambos sabemos que soy demasiado grande para ella.
Su coño se tensa y la siento muy dócil y pequeña entre mis brazos.
—Por favor, Wade … Me siento tan llena… —gime.
Dios, sí que lo está. Está llena hasta el fondo y me encanta, más que cualquier otra cosa en este mundo. Me detengo un momento para sentirla antes de dejarme llevar y destrozarla por completo.
Vendería mi alma al mismísimo diablo para vivir dentro de ella para siempre.
Me la quito de encima y le doy la vuelta para ponerla de rodillas. Le quito el sombrero, le agarro un mechón de pelo y le levanto las caderas, que siempre están dispuestas a recibir mi polla. Le acaricio su culo precioso con las manos.
—Agárrate al cabezal, Ivy , y será mejor que no lo sueltes —le advierto.
Ella gime y hace lo que le digo. En cuanto lo agarra con fuerza, empiezo a follármela.
No me contengo. Después de su pequeño espectáculo, no puedo…
no tengo ese autocontrol. Me adentro en su estrecho coño por detrás y los nudillos de Ivy se ponen blancos por cómo se agarra a la madera.
Mi cabecero choca con la pared mientras me la follo.
La aprieto contra mí y ella gime cuando tomo lo que quiero, lo que necesito, lo que me pertenece.
Lo único que se oye en la habitación son los gruñidos que se me escapan por la desesperación que siento, los sonidos de nuestras pieles al chocar y sus dulces jadeos de placer.
Le rodeo el cuello por detrás para ponerle su collar a medida y me la sigo follando con fuerza.
La acerco y le giro la cara para besarla en los labios.
Unos pocos minutos después, siento que su coño me aprieta y empieza a temblar.
— Wade … voy a… —gime. «Ya está lista. Me encanta».
—No, nena, te vas a correr despacio —le digo. Quiero prolongar su placer, saborearla y disfrutar de cada segundo que estoy dentro de ella.
Giro las caderas lentamente para que sienta cada embestida cuando entro y salgo de ella, cada célula y cada átomo de nuestros cuerpos unidos.
Los gemidos de Ivy se vuelven profundos y guturales, y me clava las uñas en los muslos con una perversión que grita: «Si tú puedes hacerme daño, yo también puedo hacértelo».
Sin embargo, lo único que consigue con cada roce de sus uñas contra mi piel es ponerme más duro y acercarme más al orgasmo. Se me tensan las pelotas al penetrarla.
—Córrete, cariño, y dime que eres mío cuando lo hagas. —Suelta un gemido con estas últimas palabras y me corro con violencia.
Aprieto aún más su elegante y exquisito cuello al besarla. Caigo en una espiral interminable y el orgasmo me consume en cada rincón del cuerpo. Me atraviesa a cámara lenta según la beso y la estrangulo, y sus uñas se clavan más profundamente en mi piel con cada oleada que nos consume.
—Me cago en la puta, Ivy . ¡Soy completamente tuyo! —exclamo contra ella justo cuando pone los ojos en blanco y los cierra. Le suelto el cuello y dejo que coja aire.
Nuestra respiración se sincroniza a medida que nos recuperamos del orgasmo ya que parece que hemos corrido un maratón juntos.
Ivy apoya la espalda contra mí y acomoda su cabeza bajo mi mandíbula. Una euforia resuena en mi interior. No tengo ni idea de cuánto tiempo permanezco dentro de ella, inmóvil. ¿Segundos? ¿Minutos?
Su suavidad. Esta sensación. Esta calidez.
—¿ Wade ? —pregunta Ivy y me despierta del trance en el que estoy flotando.
Abro los ojos y observo su rostro perfecto y sonrojado que ha echado hacia arriba para mirarme.
—¿Sí?
—¿Estaba mi cena en esas bolsas que tiraste al suelo?
Me acerco hacia su mejilla y la beso.
—Sí, Lianta, solo tengo que prepararla.
—Vale, es que tengo un poco de hambre. ¿Podemos cenar ya?
Me río contra su hombro.
«Lo que tú quieras, nena».
Para cuando estoy a punto de terminar una comida que desafiaría al mismísimo Bobby Flay , sigo flotando en la euforia posorgásmica.
Ivy se ha duchado y se ha acurrucado bajo las mantas del sofá.
Su pelo es lo único que veo mientras rallo parmesano fresco sobre nuestros manicotti .
Cuando termino, me bebo lo que me queda de bourbon y guardo los auriculares en el estuche.
Le hablo cuando entro en el salón haciendo malabarismos con nuestros platos, servilletas y cubiertos.
—¿Piensas sentarte, cielo? —le pregunto.
Hasta que no doblo la esquina del sofá, no la veo por completo.
Está tapada hasta arriba con las mantas y tiene una expresión relajada y monísima.
Se ha quedado frita y ni siquiera hemos cenado.
Tiene los labios entreabiertos y respira con suavidad, como un ángel dormido.
Dejo los platos en la mesa de centro y me siento en una silla frente a ella para mirarla unos segundos antes de despertarla.
La realidad que he estado evitando durante tanto tiempo me estalla en la cara.
Vuelva Sam o no, le voy a ofrecer un puesto a Ivy … cualquier trabajo o tarea que ella quiera. Dios santo, si me pidiera que le cediera la gestión del rancho, lo haría. Lo que sea con tal de encontrármela acurrucada así en mi sofá cuando vuelva a casa por las noches.
Antes de conocer a Ivy , me limitaba a existir y a cumplir con mis obligaciones.
No vivía. Ella era la pieza que me faltaba.
No deseo ni necesito nada más que estos momentos cotidianos a su lado.
Una vida con ella. Ivy se ha abierto paso entre los muros de mi corazón, lo ha estado entrenando todo este tiempo sin que me diera cuenta para que amara de nuevo, para que me arriesgara.
Para que creyera en un futuro, un futuro con ella, sea cual sea.
Uno en el que me permito ser feliz y en el que no tengo miedo de dejar que me ame.
Con el corazón acelerado y encogido, me doy cuenta de que hay dos cosas de las que nunca había estado más seguro en mi vida.
La primera: estoy locamente enamorado de Ivy . No solo la quiero, sino que la necesito, del mismo modo en que la luna necesita que el sol se ponga cada noche para poder salir.
La segunda: no soy nadie sin ella… aunque aún no lo sepa.