Capítulo 45 #2
—Me encantaría quedarme. De hecho, estoy aterrada de que llegue ese día. En cuanto gestionemos la candidatura de Ángel, lo podríamos hablar. Quiero hacerlo, de verdad, pero… Hostia, ¿cómo se empieza una conversación así?
Ginger respira profundamente.
—Necesitas un día de chicas. ¿Cuándo te vas a Florida para conseguir el certificado de cajón de Ángel?
—El próximo miércoles, dentro de una semana justo —murmuro.
—Creo que necesitas salir por ahí. Podríamos hacernos la manicura y la pedicura el sábado solo nosotras dos. ¿Qué te parece? Y aclaramos el misterio.
La miro con los ojos entrecerrados, intentando descifrar a qué se refiere.
—Lo de si la tiene grande —susurra y separa las manos como si estuviera midiendo el tamaño de Wade —. Ya me dirás cuándo te viene bien.
Me echo a reír. Ginger nunca parece preocupada por nada y su mera presencia es reconfortante.
—Tampoco es que haga falta que me lo digas… Las toallas no engañan. —Me guiña un ojo y suelta una carcajada. Me río con ella cuando me pasa una mimosa.
Debe de ser demasiado temprano, porque el olor me revuelve el estómago.
—Por si te sirve de algo, nunca había visto a Wade tan… —Se toca el labio inferior mientras busca la palabra adecuada. Luego añade—: Estable. Feliz.
Ginger me vuelve a guiñar el ojo y levanta su copa.
—Así que brindemos por la felicidad. —Le da un sorbo y se encoge de hombros, como si no tuviera ninguna duda de que todo se solucionará por sí solo.
La imito y le doy un trago, pero me dan arcadas. Decido que ya he tenido suficiente champán esta mañana y observo cómo van llegando las invitadas cargadas de regalos y abrazándose entre ellas.
Ginger se gira y abraza a una mujer diminuta a la que llama «Nana» y se me cierra la garganta.
Una punzada de anhelo me atraviesa. No suelo sentir envidia porque mi destino es el que es, pero daría lo que fuera por tener una familia como esta a mi lado, personas que estuvieran ahí cuando las necesitara.
—Vamos, recién llegada. Es hora de conocer al pueblo —dice Olivia cuando aparece detrás de mí. Entrelaza su brazo con el mío sin perder la sonrisa y me arrastra hacia la multitud.
Dos horas después, el salón de la casa principal está lleno de risas y chillidos mientras CeCe se tapa la cara con las mejillas teñidas de un rosa intensísimo. Está sentada en el centro, asediada por un mar de cajas y papel de regalo, y acaba de abrir su penúltimo regalo.
Ginger anota el contenido de cada regalo en las tarjetas para que CeCe y, según ella, Nash no tengan problemas a la hora de escribir las notas de agradecimiento.
Jo le va pasando los regalos desde el otro lado.
Estiro el cuello para ver qué leches ha causado tanto alboroto.
CeCe abre la mano por insistencia de Ginger .
Parece una pequeña rosa de silicona. La entrañable e inocente abuela de Ginger sonríe y alza la voz por encima de los murmullos.
—Es el modelo más nuevo, querida.
—¡Abuela Dan! Esto es… no hacía falta. — CeCe se ríe, todavía sonrojada, y trata de esconder el regalo de la mirada curiosa de su madre.
—Soy tu madre y soy vieja, pero no soy tonta —responde Jo entre risas.
La abuela Dan levanta un dedo como si le estuvieran pagando por vender el aparatito que CeCe sostiene con tanta delicadeza.
Cuando por fin reconozco lo que es, sonrío automáticamente, porque no me creo que esta señora que parece la reina de Inglaterra haya comprado un vibrador vete tú a saber dónde. ¿Sabrá usar Internet a su edad?
—Lo mejor es que es muy pequeño y discreto, fácil de guardar y, si alguna vez lo pierdes, la gran mayoría no sabrá para qué sirve.
—Le guiña un ojo al mismo tiempo que Ginger , que no puede parar de reírse, empieza a contar la historia de cuando CeCe perdió su vibrador para nada discreto en la agencia de alquiler de coches del pueblo.
Me uno a las risas. Sin embargo, la historia de Ginger y las carcajadas de las invitadas se desvanecen cuando el nombre de Wade aparece en la pantalla de mi teléfono. Algo dentro de mí se despierta por el simple hecho de ver su nombre. No estoy acostumbrada a estar lejos de él durante el día.
Después de casi tres meses trabajando codo con codo día tras día, me resulta extraño.
La oleada de emociones que llevo bastante tiempo reprimiendo me asalta de repente y me arrolla.
Se cuela en todos los recovecos de mi cuerpo.
No sé por qué estoy tan sensible de repente.
¿Será porque estoy en una despedida de soltera?
Sea lo que sea, no puedo sacarme de la cabeza las palabras de Ginger al tiempo que desbloqueo el móvil.
No solo dijo que Wade parece feliz, sino que lo ve estable… gracias a mí.
Se me vienen mil momentos a la cabeza mientras reflexiono en busca de la verdad.
La forma en que me aparta el pelo de la cara por las mañanas para besarme la frente.
El hecho de que se haya suscrito a todas las plataformas de streaming que existen para que nunca nos falten películas.
Que conduce hasta el Costco de Lexington para comprar M&M’s al por mayor para nuestras noches de helado.
Cómo siempre me deja toallas limpias y suaves en el baño, y me prepara el café antes de marcharse cuando se tiene que ir primero a trabajar.
Incluso esos momentos en que escucho su voz en cualquier lugar.
Con solo saber que está cerca, la calidez me invade y me siento completa.
Y la verdad me golpea con rapidez y certeza.
Ese es el verdadero significado de la felicidad.
Una felicidad que nunca había sentido. Leo su mensaje y sonrío. He tardado mucho en admitirlo, pero creo que estoy enamorada de Wade Ashby . Perdidamente enamorada. Y si de verdad tengo que irme de Silver Pines y alejarme de él en un futuro próximo, puede que acabe destruida por completo.