Capítulo 41
Wade
Diciembre
Estoy apoyado en el marco de la puerta abierta de la oficina y miro mis botas embarradas mientras espero a Ivy . Llevamos cuarenta y siete días haciendo lo mismo y este es el primer día en el que va a llegar tarde.
Sé que han pasado cuarenta y siete días porque, todas las mañanas, Ivy me recuerda cuántos días llevamos entrenando a Angel’s Wings y cuántos faltan para que tenga que salir por la compuerta sola.
No debería sorprenderme que esté aquí plantado con el culo congelado esperándola.
Ivy lleva toda la mañana hecha un manojo de nervios.
Se le cayó el café encima de la camisa de franela, confundió la hora a la que teníamos una reunión telefónica con la AQTA y ahora ha vuelto a entrar corriendo a la oficina justo cuando estábamos a punto de dirigirnos a la pista de prácticas para el gran momento de Ángel.
Iba murmurando algo de que «hacía más viento del que pensaba».
El sonido de sus botas me alerta de que se acerca por el largo pasillo.
—Joder, al final me vas a poner nervioso a mí —le digo cuando por fin aparece.
Ivy deja escapar un suspiro cuando llega a mi lado y sonríe con su coletero en la mano.
—No lo encontraba. Estoy que me tiro de los pelos —dice y empezamos a caminar.
«¿Llega tarde porque no encontraba el coletero? Esta mujer ha perdido la puta cabeza, pero qué guapa está así».
—Tiene que hacerlo hoy. Si lo hace, llegaremos a enero sin contratiempos —parlotea y se muerde el labio—. ¿Crees que ha tenido tiempo suficiente?
Me mira con sus ojos violetas en busca de las respuestas que ya tiene, pero no me importa. Que me necesite de esta forma me da cierta paz.
—Bueno, una cosa está clara: le irá mucho mejor ahora que has encontrado tu coletero —me mofo para intentar calmarla.
Ivy me da un manotazo mientras se lo pone en la muñeca y comenta:
—Hoy se me permite ser irracional. Hay mucho en juego y se tiene que ceñir al programa.
—Lo va a hacer genial, Lianta —le aseguro y le aprieto el hombro cuando nos ponemos en marcha.
El aire frío me azota en la cara. Veo a Rowan McCoy , que ya nos está esperando, en cuanto nos acercamos a la pista.
Firmó con nosotros inmediatamente después de traer a Ángel, así que es nuestro jinete oficial para la carrera de Ángel en el derbi.
Es exactamente lo que esperábamos que fuera y trabaja a la perfección con Ivy .
La cosa es que tienen puntos de vista muy parecidos en lo que a mí me gusta llamar «métodos poco convencionales». Por eso se pasan la mayor parte del tiempo uniendo fuerzas e invalidando mis ideas chapadas a la antigua.
Ivy irradia orgullo por su bebé mientras se acerca y se separa de mí para aproximarse a la potra.
La acaricia, le da palmaditas y le habla.
Se toma su tiempo para susurrarle cualquier cosa que crea que ayudará a Ángel para que se coloque en la puerta de salida, espere pacientemente y cruce la compuerta cuando suene la campana sin cometer ningún error.
Ivy ha seguido un entrenamiento lento y pausado; un estilo que yo no hubiera llevado a cabo. La guiaba hasta la compuerta un par de veces a la semana sin apresurarla ni descuidar sus emociones.
«Yo no adiestro, Wade . Yo guío», es lo que Ivy siempre está repitiendo.
Me levanto el sombrero y me seco la frente. Solo quedan cuatro días para Navidad, así que esta es su última oportunidad para que Ángel se ciña al programa.
En mi opinión, Ivy no tiene ni un puto motivo para estar nerviosa.
Se ciñe al programa al pie de la letra. Ha sido su prioridad entre sus tareas rutinarias y mantenerme satisfecho por las noches.
Bueno, tan satisfecho como me es posible.
Me he dado cuenta enseguida de que, por mucho que me acueste con Ivy , nunca tengo suficiente de ella.
—Respira —la insto cuando regresa y se detiene a mi lado.
Obedece con un asentimiento de cabeza y respira profundamente.
Si alguna vez tuve dudas sobre la elección de este caballo, lo cual no ha sido el caso, ahora se me borrarían de un plumazo. Observar a Ivy entrenarla es como ver un espectáculo de magia. Sus espíritus parecen estar hechos de lo mismo, ser lo mismo.
—¿Nos reunimos con los demás? —pregunto. Señalo hacia el otro lado de la pista, donde las vistas son mejores, mientras le aprieto la mano.
Vamos al otro lado y nos reunimos con casi toda mi familia. Todos han venido al rancho para celebrar nuestra noche anual de picoteo y jolgorio navideño. Observo al grupo, que permanece arrebujado para soportar el frío aire de diciembre, según charla de todo y de nada a la vez.
—Vamos, dadle caña al mono, que me he olvidado el abrigo de invierno —farfulla Ginger . Le castañean los dientes y Nash y Cole se acercan desde la casa principal.
—¿Quién cojones te crees que eres? ¿El primo Eddie? —pregunto y le tiro del sombrero a Nash .
Lleva un gorro de cazador verde militar con orejeras y forro polar por dentro. Entre eso y la chaqueta de franela roja y negra, parece salido de la película ¡Socorro! Ya es Navidad.
—¿Hay que podar algunos árboles en el campo norte cuando termines con esto? —le pregunto a Nash —. ¿Te puedes tomar un descanso de limpiar la autocaravana y pasear a Snots?
—Que te den, tío, estoy abrazando el espíritu navideño —gruñe.
No tiene ningún sentido hasta que veo a CeCe y Mabel acercarse desde el establo. CeCe lleva puesta la misma chaqueta, pero más pequeña, y Mabel lleva un coletero navideño que combina con el de Ivy , porque se le dio como regalo anticipado.
Cole alarga el brazo y le pasa a Ginger su enorme parka azul marino.
—Señorita, ¿nunca le han dicho que venga más preparada? —masculla y ella la coge con entusiasmo. Ginger se la pone y se la aprieta con fuerza alrededor del cuerpo.
—¿Para qué iba a necesitar un abrigo grande e incómodo? Fui de mi casa al coche y del coche a tu puerta. También me olvidé de que veníamos a ver a Ángel pasar por la puerta.
—Salir por la puerta —corrige Cole— . Y eso es una gilipollez. ¿Qué pasaría si se te estropea el coche?
Ginger lo piensa durante un instante, como si no se le hubiera ocurrido esa posibilidad.
—No lo sé. Vivo mi vida al límite —dice a la vez que entierra la cara en el forro polar—. Además, si se me estropea el coche, algún agente de la ley tendrá que venir a salvarme.
Ginger clava los ojos en él y Cole casi sonríe, pero me doy cuenta de que solo se ríe por la respuesta que está a punto de darle.
—Si eso pasa y me llamas cuando el coche te deje tirada, te vas a quedar temblando a un lado de la carretera mientras paso por tu lado y te saludo desde mi camioneta cálida con un chocolate caliente en una mano y mi put… puñetero abrigo en la otra.
—Creo que eso también cuenta como palabrota, papá —comenta Mabel .
—Siempre tendré un sitio en tu camioneta, Cole . — Ginger esboza una sonrisa socarrona.
El sonido de la compuerta al cerrarse interrumpe su extraña charla y veo cómo los trabajadores del rancho aseguran a Rowan y Ángel. Ivy suelta un suspiro y espera a ver si Ángel permanece tranquila cuando la compuerta se cierra.
—¡Madre del amor hermoso! Creo que necesito un trago antes de que suene la campana —me susurra nerviosa. Agacho la cabeza hacia su oreja para que nadie pueda escucharme.
—Puedo traerte algo si quieres, pero, en mi opinión, no lo necesitas. Te vas a calmar en cuanto Ángel nos demuestre que puede hacerlo y después, te recompensaré por lo bien que lo has hecho —le informo.
—Mmm —ronronea y se muerde el labio inferior. Siempre que planea algo hace eso.
Tras estar junto a ella casi cada minuto de cada día durante más de dos meses, la he llegado a conocer como nunca había conocido a nadie.
Lo mejor de todo esto es la increíble sensación que tengo cuando nuestros labios se encuentran.
Sin embargo, también me resulta de lo más aterrador porque sé que, si quiero tener algo más que esto, no solo tengo que ver cómo se puede quedar en mi rancho una vez termine su contrato, sino que también tendré que estar preparado para dejarla entrar en mi vida y confiar en que realmente puedo tener algo que no acabe como mi matrimonio.
Debería haber pensado en todo esto antes de dejar que pasara algo, pero no lo hice, así que aquí estoy, autoengañándome y diciéndome que lo que siento por Ivy no es más que simple atracción física.
Y como soy un hombre en plena fase de negación, me convenzo de que todo irá bien y de que ya me preocuparé mañana por cómo me hace sentir.
Así llevo cuarenta días y seguimos para bingo…
—¿Quieres hacerlo más interesante? —pregunta con una mirada traviesa que solo puede traer problemas.
—¿Quieres que apueste contra mi propio caballo? —me burlo con incredulidad.
—¿Por favor? Necesito una distracción y algo a lo que aferrarme si no lo consigue hoy…
—Si no consigue salir, aún le quedan bastantes semanas de entrenamiento antes de ir a la pista de Florida —le recuerdo.
—Ya lo sé, pero quiero apostar igualmente —afirma sin más.
—Está bien, Lianta, dispara. ¿Cuál es la apuesta?
—Si Ángel consigue salir por sí sola… tendrás que hacer todo lo que yo quiera. Si no, haré lo que tú quieras.
«Así que, pase lo que pase, ¿salgo ganando?».
La miro y me doy cuenta de que necesita esto, así que acepto al instante. A fin de cuentas, estoy seguro de que cualquier cosa que Ivy quiera hacerme o quiera que haga me gustará.
—Trato hecho —digo mientras nos acercamos a la barandilla para ver mejor.
Parece que Ivy va a perder la cabeza en cualquier momento.
Meto la mano por el cuello de su abrigo y la coloco sobre su hombro.
Lo froto suavemente por debajo de la camiseta y dejo que la sedosidad de su piel y pelo me caliente.
Está tan adorable con sus habituales vaqueros, su chaqueta de franela y su sombrero de vaquera.
También lleva unas desgastadas botas Lucchese de color marfil.
Haden anota el tiempo que permanecen en la puerta. Estoy bastante seguro de que Ivy deja de respirar cuando Haden se acerca a la campana.
—Oye. —Le aprieto el hombro para que me mire—. Cariño, lo va a hacer genial.
Pasan dos minutos más y Ángel permanece tranquila, como se supone que debe estar.
Ivy cierra los ojos cuando Haden toca la campana y las puertas se abren de golpe.
Rowan espolea a Ángel con las botas y la potra sale disparada al galope y recorre la pista a una velocidad impresionante.
Ángel se mueve con seguridad e Ivy sabe al instante que su plan ha funcionado y que hizo bien en no apresurarla durante estas semanas.
Toda mi familia comienza a gritar y a vitorear a Ángel.
—¡Sí! ¡Vamos, mi niña! —grita Ivy y pone las manos alrededor de su boca, como si el bendito caballo pudiera escucharla desde nuestra posición.
Cuando llegan al final de la pista, Rowan levanta el puño en señal de victoria e Ivy prácticamente bota en el sitio mientras silba con lágrimas en los ojos.
Me río por lo bajo y la atraigo hacia mí para abrazarla de lado y estrujarla con fuerza.
—¡Esa es mi bebé! ¡Esa es mi chica! —me chilla. La aprieto aún más contra mí y le doy un beso en la coronilla con aroma a azúcar, sin importarme una mierda quién me vea.
Estaba pensando exactamente lo mismo que ella.