Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Ivy

—¿ Rowan acepta? ¿En serio? —pregunta Wade mientras abre la mampara de la ducha.

Su baño es similar al que utilicé cuando estuve viviendo aquí, pero es más grande y la ducha ocupa toda la pared. Entrarían dos personas perfectamente.

—Eso parece. Dice que solo quiere quedar por mera formalidad. Mañana se pasará.

Me quito el sujetador y me doy la vuelta para meterme con él en la ducha.

Justo cuando el agua corre por su cuerpo, se pasa una mano por el pelo y se me hace la boca agua al contemplar su figura mojada y brillante.

Me quedo embobada y observo cómo las diminutas gotas de agua caen por su pecho musculoso.

No sé cuánto tiempo me quedo ahí plantada al tiempo que me lo como con los ojos, pero es el suficiente como para que Wade se dé cuenta y me mire con curiosidad.

—¿Piensas entrar en algún momento, Lianta? —pregunta y me sonríe como el gato de Cheshire , claramente encantado de que no pueda apartar la mirada de él.

Pongo mala cara mientras entro en el humeante espacio. Enseguida me da la vuelta para ponerme debajo del chorro y me pasa las manos por el pelo mojado.

—Puedo lavarme el pelo yo solita, ¿sabes? —digo instintivamente.

—Ya lo sé, pero quiero hacerlo yo porque me encanta tu pelo. Me pongo cachondo solo de ver cómo te cae por la espalda. No necesito nada más. Me lo follaría si pudiera.

Me giro para mirarlo y le doy un beso en la mandíbula mientras me río de lo ridículas que han sonado sus palabras.

—Si no te conociera mejor, pensaría que lo haces a propósito —comento, cautivada de nuevo por cómo el agua caliente se desliza por su pecho.

—¿El qué, si puede saberse? —Se ríe por lo bajo. Me da la vuelta, coge su champú y se echa un poco en la palma de la mano. Luego empieza a masajearme el pelo.

—Es tu estrategia de defensa. Pareces inaccesible e indiferente ante todo y todos, pero, en el fondo, eres atractivo tanto física como emocionalmente.

Extremadamente atractivo, de hecho. Y cuando te muestras tal como eres, tienes una personalidad increíble y adictiva.

Le caerías bien a la gente si dejaras que te conocieran mejor.

Wade suelta un gruñido a mi espalda, uno que me dice que está medio molesto, medio sorprendido.

—No necesito gustarle a la gente. Me gustan mis caballos y me sobran dedos de las manos al contar la gente que me gusta. Y si yo a ellos también les gusto, pues es suficiente para mí.

Suspiro mientras me masajea el cuero cabelludo con su champú de sándalo y rosa mosqueta. Huele igual que él: increíble.

—Lo estás disfrutando, ¿eh? —me susurra al oído con voz grave.

—Sí, mucho —respondo con sinceridad.

Wade coge la alcachofa de la ducha, el mismo modelo que yo usé para correrme en su otro baño, y me enjuaga el pelo.

—No lo hago a propósito. Simplemente, no se me da muy bien tratar con la gente —confiesa Wade —. Siempre estoy muy ocupado y la verdad es que no tengo mucho tiempo para estas cosas.

Suelto una risita.

—No me lo trago. Creo que más bien es que no quieres dejar entrar a la gente. Si lo haces, podrían decepcionarte, igual que Janelle .

Nos envuelve un silencio ensordecedor según me enjuaga el acondicionador. Me parece de lo más sexy que un vaquero rudo como él utilice un acondicionador de la misma gama que su champú.

Justo cuando empiezo a preocuparme de si he sobrepasado un límite, Wade contesta:

—Y yo creo que no estás acostumbrada a que la gente te ayude y por eso te pones nerviosa cuando alguien intenta hacerlo. Te da miedo acostumbrarte demasiado a ello. No pasa nada por dejar que la gente te cuide de vez en cuando.

Sonrío ante su astuta observación.

—Vaya par estamos hechos, ¿no? Los dos escondidos tras nuestros muros metafóricos.

—Eso parece —dice cuando vuelve a colocar la alcachofa de la ducha en el soporte y me río de mis recuerdos.

—¿De qué te ríes? —pregunta Wade según me tiende el gel y empieza a lavarse el pelo. Parece un modelo en plena sesión de fotos por cómo se lo frota.

—Estoy reviviendo mi romance con el cabezal de tu ducha —contesto con inocencia para torturarlo y me empiezo a lavar el cuerpo.

Wade se detiene en seco y el agua hace que el jabón se deslice por sus hombros y su espalda. La necesidad de trazar con mi lengua el reguero que deja me abruma.

—¿El cabezal de mi ducha?

—Bueno, técnicamente era mi ducha… cuando me quedé aquí.

Wade sonríe con picardía y ese brillo inquietante que tanto me gusta vuelve a sus ojos.

—Explícate —me ordena. Se está terminando de enjuagar y su polla ya empieza a endurecerse ante la idea de escuchar mi historia.

Lo único que se escucha es el agua que se escapa por el desagüe mientras medito mi confesión.

—Tiene una función de masaje fantástica. La usé para masturbarme una de las noches que estuve aquí… dos noches… bueno, tres…

—Solo te quedaste siete días.

Resoplo.

—Vale, cuatro noches.

Wade observa boquiabierto la alcachofa de la ducha, como si estuviera librando una batalla interna. Unos segundos más tarde, lo saca rápidamente del soporte, lo pone en modo masaje y me lo ofrece con expresión seria.

—Muéstramelo.

Atónita, me sonrojo y me empieza a acariciar el pezón con los nudillos.

—¿Dónde estaba yo mientras te tocabas, Ivy ? —pregunta con esa voz tan profunda que hace que mi entrepierna se despierte al instante.

—En la habitación de al lado.

Wade se acerca a mí, me pone la alcachofa en la mano y se inclina para acercar sus labios a mi oído. Gimo cuando su incipiente barba me roza.

—No te avergüences, Lianta. Una vez usé uno de tus coleteros para lo mismo y lo arruiné con mi semen. Te deseaba tanto como tú a mí desde el día en el que nos conocimos.

Parpadeo al escuchar su confesión. Solo irradia confianza, como si correrse en mi coletero fuera lo más normal del mundo.

—Venga, muéstramelo —me insta con ese tono que no admite discusión.

Obedezco y dejo que el agua se deslice sobre mi cuerpo. De forma instintiva, Wade baja una mano hasta su polla dura y me agarra del pelo con la otra para acercar mi cabeza hacia él y así pueda susurrarme al oído:

—Dime, ¿en qué pensabas exactamente cuando te masturbabas en mi casa como la pequeña zorra pervertida que eres para mí?

Gimo cuando el agua me golpea el clítoris ya sensible y cierro los ojos, en parte para no tener que mirarlo y en parte porque ya lo estoy disfrutando con ganas.

—En ti —admito.

—Cuéntame más —me ordena. Empiezo a girar el cabezal en círculos, lo que envía pequeñas descargas de placer directamente a mi centro.

—Te imaginaba… apretándome contra la pared —murmuro.

Al instante, siento que me agarra por los hombros con sus manos fuertes y me da la vuelta.

—¿Así?

—Sí.

Wade me recorre la espalda con la mano. La situación es tan obscena y retorcida: le estoy contando a mi jefe cómo me corrí en su propia ducha mientras pensaba en él para que ahora pueda recrear la escena conmigo. Y aun así, no tengo ninguna intención de parar.