Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Ivy

El crujido del periódico me despierta del sueño más profundo que he tenido jamás.

Ni siquiera recuerdo haberme quedado dormida; sé que Wade me limpió con un paño tibio después de que volviéramos a follar al salir de la ducha, me llevó en brazos, me besó en la frente y, al instante, caímos rendidos, con mi cuerpo pegado al suyo bajo el hueco de su brazo que parece hecho a mi medida.

Abro un ojo y, cuando estoy a punto de cerrarlo de nuevo, lo veo.

Wade está sentado en la mesa de nuestra suite, donde los rayos de sol le están bañando, y solo lleva puesto un pantalón de chándal gris claro y unas gafas negras de montura fina.

Tiene el ceño fruncido, el pelo despeinado y ondulado, y su barba incipiente es más visible que ayer.

Está absorto mientras lee un artículo en The Tennessean.

Mi sexo palpita al verlo. Nunca me habían parecido atractivos los hombres con gafas hasta que vi a Wade Ashby con unas.

Y si encima le añades el torso desnudo y el vaporoso sol de la mañana…

Es una visión casi insoportable. Esbozo una sonrisa y lo sigo observando antes de que se dé cuenta de que estoy despierta.

Cómo se mueve su garganta al tragar, lo amplios y poderosos que son sus hombros y brazos, cómo parece enorme en comparación con la mesa, pero, aun así, encaja a la perfección.

Wade Ashby posee una belleza oscura y silenciosa que dudo que alguien, aparte de mí, haya apreciado de verdad.

El eterno líder en quien todos confían, pero ¿debajo de todo eso?

Debajo de ese exterior huraño y rudo habita el hombre más sexy del planeta.

Solo de pensar en el modo en que sus labios me reclamaron, en la manera en que su cuerpo se acopló al mío con fluidez y destreza, siento una descarga en mi centro y ni siquiera me he movido de la cama.

Levanta una humeante taza de café y se la lleva a los labios carnosos.

Me resulta imposible contener el pequeño gemido que se me escapa.

El sonido capta su atención enseguida y sus ojos se posan en mí. Una sonrisa se le dibuja en el rostro y me quedo sin aliento. Me cago en todo, está espectacular y, encima, ahora se recuesta en la silla con arrogancia… Sabe que lo estaba mirando.

—Buenos días, Lianta. ¿Quieres un café?

—Por favor —consigo decir con voz ronca. Acto seguido, entierro la cabeza en la almohada y sonrío con las mejillas sonrojadas.

—Demasiado tarde, te he pillado de lleno. —Sonríe con suficiencia—. No te preocupes, hice lo mismo, pero estabas frita cuando te comí con los ojos —admite con una carcajada y suelto una risita cuando me imagino a Wade observándome mientras dormía.

Se quita las gafas y las deja sobre la mesa. Después, coloca una taza de porcelana a juego con la suya bajo la cafetera que hay en la encimera y la llena de café. Entretanto, me regaño mentalmente por haberle arañado la espalda y los hombros con tanta fuerza. Me disculparía, pero creo que le gustó.

—Por cierto, roncas muy fuerte, pero te perdono porque estabas monísima —comenta según me trae el café a la cama. Trabajar juntos tiene sus ventajas: no hace falta que le diga cómo me gusta el café después de nuestra noche de pasión porque me lo ha traído varias veces por las mañanas.

—Yo no ronco.

—Claro que sí. Me despertaste y todo. —No sé si está bromeando o no.

Me río y me paso una mano por el pelo, que lo tengo enredado y hecho un desastre.

—Pues es culpa tuya y de ese fusil que tienes entre las piernas y con el que me asaltaste anoche —refunfuño y dejo mi café en la mesita de noche.

Wade se ríe de una forma que nunca antes había escuchado mientras salta a la cama como un tigre al acecho y me tumba debajo de él. Luego me besa en la punta de la nariz.

—Pues no te oí quejarte. De hecho —añade al mismo tiempo que me lame el cuello—, estoy bastante seguro de que tus palabras exactas fueron: «Más profundo…». —Me besa la clavícula—. «Más…». —Otro beso—. «Más fuerte, Wade , por favor».

… Y ya vuelvo a estar cachonda.

—No recuerdo ninguna queja —afirma. Me deslumbra su oscura belleza al mirarlo.

—No quería hacerte sentir mal, la verdad —replico.

—Ajá. Entonces, si meto la mano bajo las sábanas ahora mismo, ¿no te encontraría mojada para mí? —pregunta y se me acelera la respiración.

Gimo involuntariamente cuando mete la mano bajo mi camiseta y me aprieta suavemente un pecho.

—N-no —tartamudeo—. Seca como el desierto del Sáhara.

Sonríe contra mis labios ante el desafío.

—Mmm —dice mientras desliza los dedos por mi abertura empapada—. Se te da fatal mentir y yo estoy muerto de hambre —admite y sus labios bajan por mi cintura hasta mis caderas.

Respiro de forma entrecortada. Giro la cabeza hacia un lado y veo el reloj en la pared.

—¡ Wade ! —grito—. Tenemos que estar en la subasta en una hora.

Wade ni se inmuta. Desliza sus labios por la parte interior de mi rodilla y levanta la barbilla para echar un vistazo al reloj.

—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que sí o sí tengas que prepararte? —pregunta con una sonrisa traviesa en los labios.

—Tardamos unos veinte minutos en llegar —respondo al intentar pensar. Pongo todo mi empeño, pero su lengua se aproxima peligrosamente a mi centro y mis neuronas dejan de funcionar a medida que se acerca. Me roza el clítoris con la lengua y pongo los ojos en blanco—. Joder —gimo.

—Vamos, Ivy , concéntrate. ¿Cuánto tiempo necesitas? —Su voz vuelve a sonar grave, autoritaria, dominante.

—No puedo… pensar si… haces eso.

—Creo recordar que cuando nos conocimos, me dijiste que se te daba muy bien hacer varias cosas a la vez…

«Me cago en la puta».

Muerde con delicadeza mi clítoris y casi me retuerzo en la cama.

—Eh… tengo que ducharme, así que… unos diez minutos quizá —consigo decir.

Wade se acomoda entre mis piernas y me mira. Casi lloro ante lo hermosa que es la imagen.

—Entonces tenemos mucho tiempo… —Ronronea para, acto seguido, desaparecer de mi vista y enterrar la cara en mi coño mientras chillo en respuesta.

Me rodea los muslos con sus fuertes brazos y tira de mí hacia abajo para apretarme más contra su cara; me lame como si fuera su sabor de helado favorito.

Su lengua experta alterna entre follarme el coño y chuparme el clítoris mientras me mete dos dedos y los curva para rozar ese punto que tanto me gusta.

Wade no se lo toma con calma esta mañana.

No me da tregua y me suplica que pierda el control y me corra, lo cual hago en cuestión de segundos porque Wade Ashby nació para comer coños y me es imposible resistirme a él.

—Virgen Santa… ¡ Wade ! —grito. Le tiro del pelo y mis piernas tiemblan. Él entierra aún más su cara para no desperdiciar ni una gota de mi orgasmo.

Me besa el clítoris con suavidad e intento recordar cómo se respiraba. Mi mente parece estar perdida en una neblina y él sonríe entre mis piernas.

—El desayuno de los campeones. Y todavía me sobra tiempo —canturrea. Se levanta y me da un par de cachetadas en el culo.

«¿Esto es real?».

La subasta de potrillos es una sobreestimulación constante.

Un mar de gente, agentes, ganaderos y corporaciones.

Cuando acaba el segundo descanso, nos envuelve un sinfín de conversaciones.

Somos insignificantes en este mundo y más después de haber estado desaparecidos durante tanto tiempo.

El nuevo teléfono me vibra en el bolsillo trasero, así que lo saco enseguida.

Señora Potter : Se encuentra bien. Estaba durmiendo y su teléfono se había quedado sin batería. Le he dejado una nota con tu nuevo número para que sepa que has sido tú quien la ha contactado. Volveré más tarde para ver si quiere arreglarse e ir al mercado conmigo.

Yo: Eres mi salvación, gracias.

Señora Potter : Es un placer ayudar. Algún día saldrá de esta, cariño, ya lo verás.

Yo: Ojalá tengas razón.

Señora Potter : No la des por perdida. Ya te contaré cómo va el día.

—¿Va todo bien? —pregunta Wade con preocupación al ver mi cara; seguro que refleja toda la preocupación que siento a la perfección.

—Llevo toda la mañana intentando hablar con mi madre sin éxito.

Cada vez que pasa, me temo lo peor. Pienso que, a lo mejor, ha bebido demasiado y se ha golpeado la cabeza, o que se ha dejado el fuego encendido y ha quemado la casa, o cualquier otra tragedia.

Así que he hecho lo que siempre hago: he llamado a su vecina, la señora Potter , para darle mi nuevo número y asegurarme de que mi madre está bien —le cuento con una pequeña sonrisa.

Wade asiente con la cabeza, se acerca a mí y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Giro la cara hacia su palma, con ansias de volver a sentir su tacto.

Me pregunto si, de cierta manera, la odia y más ahora que sé que los padres de su mejor amigo murieron por culpa de un conductor borracho. Si es así, no lo demuestra ni un poco.

Mi teléfono nos interrumpe de nuevo. Abro el correo electrónico y le muestro la pantalla a Wade para que lea el asunto del mensaje. Sonrío.

—Puede que ya tengamos a nuestro jinete y no es uno cualquiera: Rowan McCoy , el sobrino del jinete que corrió para tu padre en 2006. Quiere pasarse por el rancho y reunirse con nosotros cuando consigamos el potrillo —informo a Wade .

Wade asiente, aunque tiene la atención dividida entre las cifras que salen disparadas de la boca del subastador y yo.

Está calculando lo que se está moviendo hoy y los importes que se han estado manejando para poder calcular por cuánto se venderá Rustling Winds .

Aun así, Wade no me ignora. Para hacerme saber que está atento a lo que le digo, apoya una mano en mi muslo y lo aprieta suavemente.

Sus dedos son tan grandes que me tocan la cara interna y ese simple contacto hace que me encienda por dentro.

A los pocos segundos, vuelve a poner la mano en su regazo.

Una parte de mí se alegra de que él esté tan tranquilo con lo que pasó anoche. La otra parte está… bueno, acojonada.