Capítulo 33
Wade
No sé cómo cojones voy a concentrarme con esta mujer a mi lado durante todo el día cuando lleva puesto un vestido de lino rosa vaporoso y unas putas botas negras de piel de serpiente.
Lo único en lo que puedo pensar es en buscar una excusa para colarme con Ivy en la habitación más cercana que encontremos y follármela hasta la saciedad.
Es como una droga a la que estoy enganchado y de la que no he tenido suficiente después de una sola noche.
No soy un novato. He follado mucho a lo largo de mi vida, pero no se compara ni con lo que sentí con ella ni con lo que sentimos juntos.
Ni de lejos. Fue increíble despertar a su lado, oler el aroma azucarado de su pelo esparcido por toda la cama y ver su piel de marfil asomando de entre las sábanas.
Dios, me muero por llevármela a casa y envolverla entre las mías.
—Número 211, rancho Robicheaux , Luisiana. Angel’s Wings —declara el subastador. Observo la silueta de la potra mientras lee sus estadísticas y su linaje familiar. Ya me los sé de memoria.
Supe que este era nuestro caballo en cuanto vi cómo la miraba Ivy ayer.
Si va a entrenar a un ganador, tiene que creer en el que escojamos y ella cree en este.
Me di cuenta al instante de que tenían un vínculo.
Incluso ahora, parece que Ivy está a punto de saltar la barrera para ir a abrazar a la potra.
El subastador empieza la puja en cien mil dólares y yo levanto mi paleta.
A juzgar por los últimos diez caballos de su misma estatura, el precio subirá entre veinticinco y cincuenta mil dólares porque no es una de las favoritas.
Vuelvo a levantar mi paleta.
— Wade , ¿qué estás haciendo? —pregunta Ivy retóricamente ya que sabe que no podré responderle hasta que termine la subasta.
Tras unos minutos de puja, ya vamos por los trescientos veinticinco mil dólares.
Estoy dispuesto a subir hasta los setecientos mil.
Ya lo he hablado con mi madre, Nash y Cole , y todos están de acuerdo.
De los tres, Nash fue quien me dijo que confiaba ciegamente en Ivy para elegir nuestro caballo y, aunque no dijo verbalmente que Angel’s Wings era la indicada, su mirada sí lo hizo.
Ivy no es la única que tiene intuición. Yo también vi de inmediato el anhelo que había entre la potra y ella; esa conexión que no compartía con Rustling Winds ni con ningún otro caballo que vimos.
—Seiscientos setenta y cinco mil a la de una… ¿He oído setecientos mil? ¿Quién da setecientos mil? —pregunta el subastador.
El hombre mayor contra el que pujaba no levanta su paleta. Lo miro fijamente y, a ver, no le hago daño a nadie y me siento lo suficientemente cómodo conmigo mismo como para presumir un poco, pues clavo la mirada en el subastador y le guiño un ojo, tal y como Ivy sugirió, para que me la dé a mí.
El hombre me mira y proclama:
—Vendido por seiscientos setenta y cinco mil al rancho Silver Pines , agente Morgan Brant —menciona al agente que hemos contratado para negociar el trato.
Cuando bajo la paleta y miro a Ivy por primera vez, veo que se ha cubierto la boca con las manos. Su expresión me hace pensar que la he cagado.
—¿No estás contenta? ¿No era esta la que querías? Eh… Hostia puta, pensaba… estaba convencido de que…
Baja una mano y la posa en mi antebrazo.
—Mi padre solía llamarme «ángel». —Me sonríe con los ojos llenos de lágrimas y es como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Le devuelvo la sonrisa y le aprieto el muslo.
No la he cagado. Lo he hecho bien.
«Muy bien».
—Sentí una conexión con ella, pero no… no quería hacerte correr el riesgo —confiesa.
Una ola de alivio me baña por dentro y le doy un beso en la frente.
—Era lo que tenía que pasar —le prometo—. Es la indicada.
Sin embargo, Ivy no está convencida y no es porque no esté segura de su elección, sino porque no está acostumbrada a que la gente haga algo simplemente porque cree en ella.
—Joder, pero ¿estás seguro? No es una apuesta segura, Wade , no como Rustling Winds —argumenta mientras alterna su mirada nerviosa entre nuestra nueva potra y mi persona.
Le levanto la barbilla para hacer que me mire a los ojos. Veo su preocupación y no pienso tolerarlo. Tanto Brad como cualquiera que en algún momento le haya hecho sentir que no era suficiente se merecen una puta paliza.
— Ivy , ya está hecho y, además, yo también quería a esa potra —le aseguro con mi tono de voz que no admite discusión.
Resopla, mira cómo sacan a la potra del ruedo y vuelve a clavar su mirada en mí.
—Estás loco, Wade Ashby .
Tiene razón, estoy loco, pero no de la forma en la que ella se piensa.
—Llámame lo que quieras, Lianta, pero estoy la mar de tranquilo. No estoy apostando por el caballo. Estoy apostando por ti.