Capítulo 27
Wade
—Joder —farfullo en voz baja.
Ivy resopla a mi lado.
—¿Diriges un rancho multimillonario, pero no sabes usar una llave electrónica?
La luz verde se enciende de una vez y la puerta se abre.
La miro fijamente. Uno pensaría que, debido a su tamaño y estatura, el alcohol la afectaría más, pero parece tan serena como yo.
Se encuentra lo suficientemente bien como para no importarle que la siga agarrando firmemente de la cintura, lo cual he estado haciendo durante toda la noche.
—Entra de una vez, pequeña descarada —la insto, y ella se ríe.
—Madre mía, no recuerdo la última vez que me divertí tanto.
Ivy se quita las botas de dos patadas limpias y se aparta el pelo sudoroso de la nuca.
Luego se acerca a la ventana, tira el bolso sobre la cama y coge una botella de agua de la mininevera.
Para ser tan propensa a los accidentes, Ivy se mueve a veces con la gracia de una bailarina.
Sus piernas tonificadas dan paso a su culo perfecto y me vuelvo loco al pensar en lo bien que encajaría en mis manos.
Parpadeo cuando veo que se ha dado cuenta de que la estoy mirando. «Mierda».
El culo follable de Ivy – 1.
Wade – 0.
—¿Ves algo que te guste, jefe? —pregunta con una ceja arqueada y la mano en la cadera. Esa imagen me hace recordar que, cuando el alcohol y Ivy se juntan, me dan ganas de arrancarle el descaro a polvos y eso sería una puta maravilla.
—Ve a ducharte —ordeno con brusquedad, ya que necesito tenerla fuera de mi campo visual—. Yo iré cuando termines.
Tras asentir con la cabeza, da otro trago de agua, coge su neceser y se dirige al baño mientras yo camino por la habitación y me pregunto cómo cojones voy a sobrevivir a esta noche.
Treinta minutos después, el agua caliente se desliza por mi cuerpo.
La necesito. Mi autocontrol está al límite.
Cuando vi las manos de ese vaquero que apenas tendría veinticinco años sobre ella, tuve que detenerlo.
No lo pensé, simplemente reaccioné. No puede ser mía, pero tampoco quiero que sea de nadie más.
Cierro el grifo y me envuelvo una toalla alrededor de la cintura.
Cuando salgo de la ducha, limpio el vapor del espejo y le hablo a mi reflejo.
«Es que es la puta perfección», le digo mentalmente. «En todos los sentidos, pero no puede ser tuya. No esperes que vaya a pasar algo más. La necesitas para el rancho. No puedes echarlo todo a perder».
Le echo un vistazo al baño y me regaño al darme cuenta de que no me he traído ropa limpia. Suspiro y salgo de la habitación. «No va a ver nada nuevo».
Cuando salgo del baño lleno de vapor, Ivy está en la cama. Se ha secado el pelo y se ha tapado con las sábanas. Tiene una pequeña bolsa de corazones de canela en la mano y está viendo John Wick en la televisión del hotel.
—Tienen una colección solo de películas de acción —comenta mientras me mira de arriba abajo el tiempo justo para provocarme. Me dan ganas de dejar caer la toalla y que así tenga algo a lo que mirar de verdad.
—Tengo que vestirme —la informo.
Ella asiente y se tapa los ojos con las manos.
—No miraré. Palabra de girl scout —promete y esboza una sonrisita al mismo tiempo que hace el signo de la paz con los dedos.
Me quedo boquiabierto durante un breve instante.
No lleva maquillaje, pero sus labios carnosos conservan un precioso tono rosado.
Son los labios más tentadores que he visto en mi vida y mi polla empieza a hincharse al momento.
A estas alturas, ya puedo admitir que me pongo duro cuando Ivy está cerca.
—Vuelvo enseguida —le digo tras coger mis bóxer y unos pantalones de chándal.
Me obligo a meterme en el baño y no cierro la puerta del todo porque solo voy a tardar un minuto. Me cepillo el pelo y, en cuanto termino, me paso la mano para darle un aspecto más revuelto.
Dejo caer la toalla y hablo con mi polla para que se calme. Estoy tan duro al imaginarme que le sujeto el pelo, le meto la polla en la boca, la agarro con fuerza y le follo la garganta hasta que mi semen se deslice por su barbilla. Me vuelvo loco solo de pensar en ella.
«Y ahora estoy duro como una piedra y tengo la mano en la polla».
Mi lucha interna continúa mientras me digo a mí mismo que me ponga los bóxers, pero su forma de cubrirse la cara con las manos dejaba a la vista sus pechos perfectos y esos pequeños montículos bajo su camiseta de tirantes de seda me rogaban que los succionara con la boca. «Y ahora me estoy masturbando».
—Joder.
Decido ocuparme de este asunto antes de salir para ir a ver la película con Ivy porque, de lo contrario, no voy a poder sobrevivir a esta noche.
No obstante, me detengo al escuchar el crujido de la puerta.
No me giro, sino que me limito a mirarla por encima del hombro a través del espejo.
Ivy me devuelve la mirada. Su postura es relajada, pero su respiración y su mirada me dicen que sabe muy bien por qué ha entrado.