Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Ivy

—Veo que sigues un poco tenso. Tómate otra, jefe —lo insto horas después mientras le hago un gesto al camarero para que se acerque a nuestro lado de la barra.

Solo llevamos dos copas y es en este momento cuando recuerdo por segunda noche consecutiva por qué me gusta tanto Nashville .

Es por las personas, los sonidos que emanan de los pubs de Broadway y las auténticas raíces de la música country que florecen aquí cada cierto tiempo y que luego se las dan a las masas para que puedan disfrutarlas.

Estas dejan paso a la siguiente generación de talentos y los nutren hasta que también estén listos.

— Nashville es tu ciudad —comenta Wade al mismo tiempo que le da un trago a su bourbon .

Las mariposas que antes sentía en su presencia ahora revolotean borrachas y descontroladas en mi estómago mientras me mira fijamente a los ojos en la oscuridad del bar.

Me sentí genial al compartir mi historia con alguien y la forma en que Wade me escuchó y consoló es algo que siempre llevaré en el corazón.

Me alegra que la primera persona a la que se lo he contado sea Wade .

No sabía que necesitaba desahogarme hasta que lo hice. Y ahora me siento… libre.

Le sonrío e intento ignorar lo guapísimo que está esta noche. Lleva unos vaqueros desgastados, su camisa de franela se ciñe perfectamente a sus brazos y se ha puesto de nuevo esa puñetera gorra de los Titans del revés. Es la viva imagen de la masculinidad y la rudeza.

—Me encanta —admito—. Piensa en todos los artistas que tocaron en este mismo bar, en el bar de al lado, en el de enfrente. ¡Joder! El tío que está ahora mismo en el escenario podría ser la próxima superestrella del country . Pero eso solo lo dirá el tiempo —comento cuando se acerca el camarero.

Me subo a la barandilla para que me oiga.

—Dos más. —Le sonrío. Asiente con la cabeza y me pasa otros dos chupitos al estilo Nashville , es decir, enormes.

Le damos la espalda a la barra y observamos a la multitud mientras el cantante de aspecto tosco que está en el escenario interpreta su propia versión de Fire Away , de Chris Stapleton . Lo hace tan bien que el bar se llena de los cánticos y las voces de la gente según bailan al son de la canción.

Le doy un sorbo a mi bebida y dejo que la cálida y reconfortante sensación del Jack Daniel’s vibre con la música a través de mi cuerpo durante las siguientes canciones.

Por su parte, Wade me observa desde una mesa alta que hay detrás de mí al tiempo que bebe de su copa mucho más despacio que yo.

Necesito desahogarme. Me he estado reprimiendo mucho mientras que él ha sido la viva imagen de la templanza, salvo por los cinco minutos en los que se dejó llevar y me besó en el suelo de su salón.

Cuando el cantante empieza su versión de Like a Wrecking Ball , de Eric Church , no puedo evitar pensar que Wade es sexy en cualquier ambiente y situación.

Muevo las caderas al ritmo de la música, lo que hace que se me levante el vestido corto negro y vaporoso cuando alzo las manos por encima de la cabeza y dejo que la música sensual vibre por mi cuerpo con su propia frecuencia.

Siento esa mezcla perfecta entre los cosquilleos y la calidez de mi alrededor.

Hay tanta gente en el oscuro bar que apenas puedo ver el escenario y los borrachos hablan tan fuerte que, sin darme cuenta, me he adentrado un poco más en la pista de baile.

El público canta el estribillo y me uno a ellos mientras siento que unas manos enormes me recorren los costados.

Deseo que sean las de Wade , pero enseguida me doy cuenta de que no lo son porque se mueven con nerviosismo alrededor de mi cintura y los aromas a vodka y a colonia cara me invaden los sentidos.

El perfume de este hombre huele bien, pero no es el aroma terroso y especiado de Wade .

—Te he visto venir hacia aquí y he pensado que necesitabas un acompañante —me susurra una voz grave y áspera al oído. Me aparto y me encuentro con la mirada de un vaquero joven y alto.

Abro la boca para hablar.

—¡Aquí estabas! —exclama Wade según se coloca a mi lado como un perro guardián—.

¿Te apetece otra copa, cielo? —me pregunta.

Habla lo suficientemente alto como para que el hombre que tengo delante lo oiga y luego lo mira como si ni siquiera se hubiera percatado de su existencia—. ¿Podemos ayudarte en algo, colega?

—No, lo siento, tío. Creía que estaba sola. —Asiente y desaparece entre la multitud.

Me echo a reír y le doy un manotazo a Wade .

—¿Cielo? —pregunto con una ceja arqueada—. No tienes pinta de los que utilizan apelativos cariñosos.

Wade me pasa un chupito y me gesticula con la cabeza para animarme a hacer un brindis, por lo que levanto el vaso en el aire.

—Por nosotros y por encontrar el potrillo que te hará ganar un derbi.

Wade choca su vaso contra el mío y se lo bebe de un trago. «Impresionante». Lo imito y noto cómo el ardor del whisky me baja por la garganta.

—Puedo ser un tío cariñoso —afirma ofendido mientras deja nuestros vasos en la bandeja de una camarera que pasa por nuestro lado.

Me río.

—Nah, creo que eres más bien de los que les gusta dar órdenes —me mofo de él.

Wade me rodea la cintura con los brazos y comienza a moverse conmigo al ritmo de la música.

—Con el apodo tan afectuoso que te he puesto… ¿Cómo puedes pensar eso de mí, Lianta? —pregunta. Se cree muy gracioso mientras me mira con esa sonrisa burlona que no me canso de ver.

Intento no prestar atención al modo en que mis entrañas arden cuando nuestros cuerpos están así de cerca. Estamos en una pista de baile, claramente tenemos que bailar.

Me río con él y le acaricio el pelo de la nuca con los dedos. Los ojos de Wade brillan en esta sala en penumbras mientras me recorre la espalda baja con el pulgar y bailamos al ritmo de la versión de Sand in My Boots , de Morgan Wallen .

—No te preocupes, jefe. Empiezo a darme cuenta de que expresas tu amor a través del mal humor, así que me lo tomaré como un cumplido. Pero ¿y si ese vaquero era mi alma gemela y tú me has impedido conocerlo?

Wade resopla con sorna.

—Él no era tu alma gemela —declara con la mandíbula apretada.

Arqueo una ceja.

—¿Y eso cómo lo sabes? —lo desafío.

—¿Crees que ese tío era tu alma gemela? —Frunce el ceño y tensa aún más la mandíbula—. ¿Un tío que se te ha acercado y te ha tocado sin ni siquiera saludarte? ¿Esa es tu alma gemela?

Me río.

—Supongo que no —admito con una sonrisa.

Wade me acerca aún más a él con una mano, presiona sus caderas contra mí de forma posesiva y sube la otra mano por mi espalda hasta que la entierra en mi pelo. Inclina la cabeza hasta mi oreja y se me entrecorta la respiración mientras aprieto los muslos instintivamente.

—Un hombre como él no es lo suficientemente bueno para ti, Ivy —susurra Wade con su voz grave y profunda.

A pesar del ruido, lo escucho con nitidez y se me pone la piel de gallina. Se me acelera la respiración y, de repente, noto la piel hipersensible en cuanto me roza la ropa. Si sigue susurrándome y abrazándome así, estoy bastante segura de que voy a acabar con las bragas empapadas.

—Necesitas a un hombre que quiera conocerte de verdad y no vea únicamente tu físico.

Sus labios se ciernen tan cerca del lóbulo de mi oreja que es hasta doloroso.

—Necesitas un hombre que pueda lidiar con tu actitud descarada, que no se sienta amenazado por ella y que te la devuelva por diez —afirma y su cálido aliento me roza el cuello.

Gimo contra su pecho cuando desliza las manos por mis costados con seguridad y firmeza y, a continuación, las coloca sobre mi espalda baja de tal forma que aprieto los muslos y deseo que las deslice aún más abajo.

Vuelve a acariciarme perezosamente con el pulgar, lo que me provoca escalofríos por todo el cuerpo.

—¿Y tú eres el hombre que sabe lo que necesito? —le pregunto en un susurro tembloroso.

El ruido del bar no es rival para el sonido que vibra en el pecho de Wade . Parece un gruñido bajo.

—Te conozco lo suficiente como para saber que no era él —dice Wade mientras me roza la piel con los labios—.

Como mínimo, Ivy , necesitas a un hombre cuyas manos no le tiemblen al tocarte.

—Sus labios se quedan suspendidos a unos milímetros de mí y hacen que cada terminación nerviosa bajo mi piel se active.

Gimoteo y acerco mis labios a su oído.

—¿Y tú tienes las manos firmes, jefe?

—Firmes como una puta roca.

Siento que sus manos me rodean la cintura con calma y seguridad, y sus pulgares me recorren el abdomen sin dejar de abrazarme.

Ambos nos quedamos quietos en la pista para inhalar el aroma del otro.

Estoy paralizada por la atracción que nos une y por lo cerca que están nuestros labios.

Sin embargo, en ese preciso instante, las luces del escenario se encienden de golpe y nos ciegan.

Las primeras notas de Sweet Home Alabama llenan el aire y rompen nuestro hechizo al tiempo que la multitud estalla a nuestro alrededor.

Me separo de Wade para mirarlo fijamente y sus oscuros ojos esmeralda me anclan al suelo.

Jamás en mi puñetera vida había conocido a alguien como él.

Wade me sonríe y me derrito por completo.

Le devuelvo la sonrisa con una mirada desafiante.

—Dado que no quieres que ningún hombre se me acerque, ¿puedes bailar conmigo?

Me mira con ojos brillantes y acepta mi desafío.

—Pues claro que puedo, cielo. —Con un movimiento rápido, me coge la mano y me levanta el brazo por encima de la cabeza para que haga un giro perfecto.

Por supuesto, se le da genial. Wade y yo bailamos juntos durante dos horas y solo se detiene para pedirme chupitos antes de que me dé cuenta siquiera de que tengo sed.

Estamos sudados y achispados, y yo canto todas las canciones de country que tocan en el escenario.

Mientras él observa cómo me muevo con una mirada que no logro identificar, los codiciados hoyuelos de Wade aparecen en todo su esplendor.

Apretujado conmigo en este bar, sin preocupaciones ni cargas sobre sus hombros, lo único en lo que puedo pensar es que la felicidad le sienta muy bien a Wade Ashby .