Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

Ivy

—¿Cuál es su número de registro? —me pregunta Wade a la mañana siguiente mientras nos dirigimos al primero de los diez establos exteriores que hay en la Subasta de Potrillos Criados en Tennessee .

Saco la lista de purasangres a toda prisa y la ojeo.

Wade asiente. Hay muchísima gente, sobre todo dueños que llevan a sus caballos a los corrales para que los posibles compradores puedan echarles un vistazo. Wade tiene nuestras guías de los Registros Uno y Dos en la mano.

Estoy muerta después de todo lo que bebí anoche, pero no creo que hubiera aguantado sin el alcohol.

—Básicamente, es como el draft de la NFL —me cuenta—. El número 543 o Rustling Winds pertenece al Registro Uno. Pagaríamos más de un millón por él. Pero tienes razón, con su linaje, tenemos muchas papeletas de clasificarnos en el derbi.

Asiento con la cabeza.

Yo sé todo esto porque me lo han contado o lo he investigado, pero su conocimiento viene de primera mano. Me dejaré guiar por mi instinto y por lo que me hagan sentir tanto el caballo como su personalidad.

—También me gustaría echar un vistazo a algunos del Registro Dos, la segunda categoría de raza más alta. Incluso a los del Registro Tres. Nadie conoce a ciencia cierta cuál será un caballo de carreras ganador.

Wade observa a los caballos con los que nos cruzamos mientras caminamos, siempre atento a las cosas que nadie más ve. En ese aspecto, somos muy parecidos porque yo hago exactamente lo mismo.

Observo la forma en que analiza todo con sus ojos verdes, absorto en sus pensamientos. Cada vez que habla, me enseña algo e incluso eso me pone a cien.

—¿Has oído el dicho «lo mejor es encontrar un diamante en bruto»? Todos estos caballos son diamantes, incluso los del Registro Tres. Simplemente hay que encontrar el adecuado —afirma.

Asiento según lo sigo. Si ve un caballo que le gusta, nos detenemos un momento y tomamos notas.

Me detengo frente a uno que me llama la atención al final de la fila. Es precioso, puede que el caballo más bonito que haya visto jamás. Bellingham tenía buenos caballos de monta y de cría, pero no tenían nada que ver con los que hay aquí.

— Crescent’s Landing —digo mientras miro al caballo.

Wade se queda atrás y observa cómo me comunico con el caballo. Lo contemplo e intento establecer contacto visual con él durante unos minutos. Alargo el brazo para tocarlo y él me empuja con su cara para mostrar dominancia.

—Es bonito, pero es demasiado nervioso —lo descarto tras unos minutos.

—¿Ya está? ¿Le echas un vistazo y lo rechazas? —pregunta Wade con curiosidad. Parece genuinamente interesado en saber por qué he descartado a un caballo del Registro Uno con tanta rapidez—. Su padre quedó tercero en la Breeders’ Cup del 2019… —Empieza a leer sus estadísticas del registro.

Solo lo escucho a medias. Ya hemos pasado a la siguiente fila, donde una preciosa potra de color chocolate y yo estamos conectando. Es tímida, pero majestuosa y del Registro Tres. Su estatura le da un porte regio y me enamoro de ella al instante.

—No me guío por las estadísticas, jefe. Me guío por sus corazones. Normalmente, puedo saber si están calmados solo con observarlos, pero también si son luchadores y eso tiene que salir de forma natural. No se puede entrenar al corazón.

Llegamos al establo de la potra y anoto su nombre y número de registro.

Sonrío con una mirada cargada de ternura y, justo en ese momento, se me viene a la mente mi padre. «Hola, papá», saludo al universo.

Es amor a primera vista. Ella se me acerca al instante y le acaricio su testuz con la mano. Es imponente, como si supiera un secreto que yo desconozco. Me gusta pensar que me está diciendo telepáticamente: «Soy tu chica».

—No se puede entrenar al corazón… Es un buen lema —comenta Wade , divertido.

—Así es —le aseguro—. Es igual que con las personas. Tu corazón es el que es desde el momento en el que naces. ¿No te parece? —le pregunto sin mirarlo, ya que sigo absorta con la número 211.

—Supongo que sí, Lianta. Nunca lo había pensado de esa manera.

Le dedico una sonrisa a la potra tan hermosa que tengo delante y dejo que se vaya. Nos quedamos en silencio un momento y luego Wade se aclara la garganta.

—No hay nada destacable con respecto a su crianza. Su abuelo corrió y ganó en Keeneland y Crenshaw Downs . También participó en el derbi, pero nunca quedó entre los cinco primeros.

—Y es una potra —añado. Todo el mundo sabe que es muy raro que una potra gane el derbi.

—Eso no me preocupa mucho. Puede que no podamos entrenar sus corazones, pero sí sus cuerpos —comenta Wade .

—Igual que con las personas —repito con una sonrisa—. Piensa en todas las cosas que hacemos solo porque así nos las enseñaron, aunque no sea lo que queramos en realidad.

—Eso es verdad —contesta Wade —. Pero sí, tienes razón. Por lo que sé, solo un par de potras han ganado el derbi.

—Tres —corrijo sin mirarlo.

La acaricio una última vez. Es una criatura preciosa y probablemente solo pagaríamos medio millón por ella. Me obligo a seguir adelante porque, por mucho que crea que podría ser la indicada, jamás le pediría a Wade que asumiera tal riesgo.

—Si fuera mi dinero y tuviera todo el tiempo del mundo, apostaría por ella, pero no es así. —Me encojo de hombros—. Venga, vamos a buscar a tu ganador infalible —digo, aunque le lanzo una última mirada por encima del hombro a mi chica.

Continuamos recorriendo los pasillos hasta llegar al caballo que estábamos buscando.

—Muy buenos días, Rustling Winds —lo saludo.

Es fuerte y precioso, he de admitir. Empiezo a observarlo primero por sus patas con atención. Recorro cada centímetro de su cuerpo en busca de defectos y fortalezas. ¿Está mal juzgar de primeras la personalidad de un caballo de la misma forma en la que juzgaría la de un hombre?

Seguro que sí, pero lo hago de todas maneras.

Es evidente que este caballo es el quarterback estrella del pueblo, ese que tanto su madre como el resto de vecinos afirman que es un ganador desde el día en que nació. Su crianza ha sido perfecta y él lo sabe, lo que puede llevarle al éxito o a la perdición. El tiempo lo dirá.

—Probablemente te costará unos 1,2 o 1,3 millones —señalo mientras me acerco para saludarlo.

Es maravilloso. No es mi chica, pero sin duda podría convertirlo en un ganador.

— Nash me mandó cinco mensajes esta mañana para decirme que paguemos lo que haga falta. Dice que su principal contribución es cubrir los gastos iniciales del caballo, así que «hay que echar toda la carne en el asador» —dice Wade mientras hace el gesto de las comillas con las manos.

Sonrío. Para ser el frío exjugador de hockey que finge que solo le gusta CeCe , ese hombre tiene un corazón de oro y su amor por esta familia es inigualable.

—Pues si insiste, vamos a gastarnos su dinero, ¿qué te parece? —pregunto con una sonrisa traviesa en los labios.

Wade me devuelve la sonrisa. Esta mañana mirarle es todo un espectáculo.

Es un milagro que haya conseguido salir de esa habitación de hotel cuando lo vi salir del baño con esos vaqueros que se ciñen a sus piernas a la perfección, una camisa de franela y una gruesa chaqueta Carhartt mientras se pasaba las manos por el pelo húmedo y desprendía ese aroma fresco a especias de su loción para después del afeitado.

Todo lo que tiene que ver con Wade es grande, varonil y robusto.

Me cuesta mucho no mirarlo fijamente y no combustionar al ver las muecas que hace o la forma en que mueve la mandíbula al hablar o al escuchar el tono grave de su voz…

—Me parece bien. Echa un vistazo a la siguiente fila, que yo voy a asegurarme de que estamos registrados para la subasta de mañana y a comprobar nuestros asientos —dice, lo que interrumpe mi pequeña fantasía con él.

Asiento con la cabeza y señalo el establo donde estaré cuando termine. Observo a los caballos mientras paso por su lado. Cualquiera de ellos podría ser nuestro ganador, solo tengo que creerme que soy lo suficientemente buena como para entrenarlos.

— Ivy .

Me quedo paralizada.

«Esa voz». Se me erizan los pelos de la nuca al instante.

La reconocería en cualquier parte. Sobre todo, recuerdo la última vez que la oí, cuando estaba a un centímetro de mi cara mientras su dueño se cernía sobre mí con furia y me lanzaba una mirada tan horripilante que jamás olvidaré. Rezo para que sean imaginaciones mías.

— Ivy Grace —vuelven a llamarme.

«Mierda».

Cierro los ojos, respiro profundamente y me doy la vuelta para mirarlo. Espero ser capaz de contener las ganas que tengo de matarlo para ayudar a Wade a elegir un caballo nuevo precioso.

— Brad —lo saludo. Me preparo mentalmente para la pelea, con la esperanza de poder deshacerme de él antes de que Wade regrese—. ¿Qué haces aquí?

«¿Por qué le pregunto? Me da igual».

—He venido en busca de otro semental para que se aparee con Mona Lisa —responde. Me mira como si hubiera visto un fantasma al mencionar a una de las yeguas más preciadas de su rancho. Se quita el sombrero y se pasa la mano por el pelo rubio oscuro.

Comienza a acercarse a mí y aprieto los puños a mis costados.

—No me creo que estés aquí —habla con suavidad y dulzura, igual que en los días que seguían a una de nuestras peleas.

Así fue como me hizo creer que reaccionaba de forma exagerada ante su comportamiento­—.

No me has contestado ni a mí ni a mi familia.

Solo quería hablar contigo. Después de que…

perdieras la cabeza aquella noche, comprendí por qué pensaste que intenté hacerte daño y te perdoné.

Me llevó un tiempo, pero ya no tienes de qué avergonzarte.

Te echo mucho de menos. No soy el malo de la película, Ivy . Mi único delito ha sido quererte.

Rezo en silencio.

«Querido Universo, si lo apuñalo con mi bolígrafo, ya sabes por qué es».