Capítulo 23
Wade
—¿Alguna otra cosa más, vaquero? —pregunta nuestra camarera. Es joven, rubia y muy coqueta. Lleva el atuendo típico del Club Twelve Thirty , donde hemos decidido cenar. Es el prototipo de Cole , no el mío y lo ha dado todo desde que nos sentamos para llevarse la mejor propina posible.
Por desgracia para la chica, ni siquiera me fijo en ella porque Ivy está sentada frente a mí con un vestido violeta, justo el mismo color que sus ojos, sin tirantes y con el pelo recogido en una cola de caballo.
Lo único que puedo hacer es mirar la elegante curva de su cuello y pensar en cuánto me gustaría recorrerlo con la boca.
Puede que me haya recompuesto físicamente tras haber arruinado su coletero, pero aún no me he recuperado mentalmente.
—¿Te apetece algo de postre? —La camarera se inclina para recoger mi plato vacío y aparto la mirada de sus tetas, que me ha puesto prácticamente en la cara. Estoy seguro de que oigo a Ivy resoplar al otro lado de la mesa.
—No, gracias. Tráenos la cuenta cuando puedas —le pido mientras se incorpora y recoge el plato de Ivy .
—Qué pena. —Me ofrece una sonrisa que pretende ser sexy.
—Te estoy fastidiando la noche. — Ivy suelta una risita cuando la camarera ya no puede oírla. Un torrente de luz solar entra por la ventana que hay tras ella y la ilumina de tal manera que parece que tiene un halo detrás de la cabeza.
Bajo la mirada hacia mi bebida y cuando vuelvo a levantarla, veo que tiene una expresión engreída pintada en la cara.
—Eres consciente de que estaba coqueteando contigo, ¿no?
—Bah —replico con indiferencia.
—No es tu culpa. Es cosa de las mujeres de Nashville . Todas quieren un vaquero —comenta Ivy .
—Menos mal que no soy un vaquero.
—Eres ranchero y eso también cuenta. De hecho, creo que es por el sombrero. Podrías ser fiscal y les daría igual; siempre y cuando lleves unos tejanos y ese sombrero, eres un caramelito a sus ojos.
Su comentario no se me pasa por alto. Me recuesto en la silla y cruzo mis brazos sobre el pecho.
—¿Te has fijado en cómo me quedan los tejanos, Lianta?
—A ver… es que yo también estoy en Nashville —comenta y mi polla se contrae.
La mirada de Ivy se posa en mi teléfono que vibra sobre la mesa por tercera vez desde que salimos del hotel. Y por tercera vez consecutiva, es la tocacojones de Janelle .
—¿Tu ex tampoco acepta un no por respuesta, jefe? — Ivy le da otro trago a su bebida y lame de forma distraída un poco de la sal del borde del vaso, lo que casi hace que me ponga duro como una piedra debajo de la mesa como si fuera un puto adolescente.
Aparto la mirada y le doy la vuelta al teléfono. De nuevo, ignoro a Janelle .
—Un consejito: puedes seguir siendo el buen hombre que eres sin sacrificar tu cordura.
Eso es lo único bueno que aprendí de Brad .
Tú también puedes aprender algo de Janelle .
Deja de considerar el tiempo que pasas con ella como un desperdicio y piensa en él como si fuera un peldaño hacia lo que quieres y lo que no.
Solo tienes que establecer ese límite con ella de una vez por todas.
Me paso una mano por el pelo y resoplo con fuerza.
—Joder, no sabía que esta cena incluía terapia gratis.
—Tengo que ganarme la vida de alguna manera, jefe. —Sonríe y añade—: Bueno, señor ranchero… ¿quieres volver al hotel o tienes alguna otra idea?
Oh, sí, tengo muchas ideas. Y todas me gritan que necesito mantenerme alejado de esa habitación de hotel el mayor tiempo posible. Desvío la mirada hacia el otro lado de la calle y luego la vuelvo a posar en esos ojos violetas de los que nunca me canso.
—¿Te gusta Johnny Cash ? —le pregunto a Ivy .
Su sonrisa se ensancha.
—¿Y a quién no?
—Pues vamos de turisteo —sugiero.
No es la primera vez que estoy aquí y ya lo he visto todo, pero, por algún motivo, todo es una experiencia completamente nueva con Ivy .
Vamos a todos los sitios turísticos posibles y nos quedamos más tiempo en el Estudio B, donde Ivy me cuenta lo mucho que le gustaba a su padre Elvis y un puñado de historias sobre él.
Historias que, de hecho, descubro que estoy interesado en oír cuando proceden de su boca.
Luego volvemos al Omni . Sin embargo, Ivy tampoco tiene muchas ganas de subir a la habitación y son solo las nueve y media, así que decidimos sentarnos frente a la enorme chimenea del vestíbulo e Ivy me obliga a invitarla a una copa, la cual se convierte al final en tres más.
Escuchamos al pianista que toca en vivo mientras charlamos y me río al verla bailar en su asiento al ritmo de la versión ultralenta de Thank God I’m a Country Boy .
La forma en que exagera sus movimientos es ridícula e increíble por igual.
Tengo la sensación de que en todo lo que llevamos de noche, cada vez que nos miramos, es como si nos preguntáramos quién cederá primero. Es un peligro que subamos juntos, eso está claro, pero en algún momento tendremos que hacerlo o terminaremos durmiendo en el vestíbulo.
A medianoche, Ivy está bastante borracha. Graciosísima, sí, pero borracha, al fin y al cabo. Descubro que la Ivy con unas copas de más no tiene filtro entre el cerebro y la boca, otra faceta más de ella que nunca pensé que vería.
—¡Setenta y ocho dólares! ¿Por un par de copas? —exclama mientras mira la cuenta que el camarero ha dejado sobre la mesa.
—Ya no estás en Laurel Creek —le recuerdo al tiempo que termino lo que me queda de bebida.
Ivy entrecierra los ojos.
—¿Sabes lo que pienso? —pregunta.
—¿Qué? —Le sigo el rollo.
—Creo que me gusta este Wade Ashby , el que sale de Laurel Creek .
—Ah, ¿sí? —cuestiono.
—Ajá. Estás tranquilo, nadie te impone sus responsabilidades… O sea, te he visto sonreír al menos tres veces. —Hace tanto hincapié en eso que me doy cuenta de que mi puta reputación realmente me precede.
Me inclino hacia ella sobre la mesa.
—Te contaré un secreto. No creo que mi sonrisa de hoy tenga algo que ver con la ciudad en la que estoy, Lianta.
Ivy aparta la mirada y, tras apurar su vaso, baja la vista a la cuenta. Si no la conociera, diría que está hasta nerviosa. Y, joder, me gusta ponerla así.
La chispa de miedo que veo en su mirada me enciende por dentro. Debería tener miedo… Si alguna vez llegara a tocarla, no la soltaría nunca.
—Bueno, es bastante caro, incluso para ser Nashville .
—Se le iluminan los ojos—. ¡Oh, ya sé! —exclama como si se le hubiera ocurrido la mejor idea del mundo—.
Podrías lanzarle a esa camarera tu mirada de «fóllame» tan convincente y que te invite.
Le gustas. — Ivy se echa la correa del bolso al hombro y se inclina hacia adelante—.
Le gustas a todas y deberías sacarle provecho a lo bueno que estás.
—¿Mi mirada de «fóllame»? —pregunto. Me encanta su teatralidad.
—Así es, no te hagas el loco. —Se ríe a carcajadas y me hace un gesto con la mano.
Veo lo libre que se siente ahora mismo, lo comunicativa que está.
Verla así es un auténtico peligro para mi puta cordura—.
¿Te acuerdas de esa mirada oscura y ardiente que me lanzaste justo antes de besarme?
Podrías haberme obligado a hacer lo que quisieras en ese momento —confiesa con una voz áspera, pero suave al mismo tiempo.
Me quedo boquiabierto durante un instante antes de recomponerme y ella se ríe de mi reacción.
—Vale, es hora de irse a la cama —la insto. Dejo un billete de cien dólares sobre la mesa y la ayudo a levantarse.
—Sí, hora de irse a la cama. — Ivy sonríe—. Una sola cama.
—Yo voy a dormir en el sofá. La cama es toda tuya, Lianta —le aseguro mientras caminamos por el pasillo hacia el ascensor.
Se ríe y me recuerda que soy el doble de grande que el sofá, lo cual es totalmente cierto. Observo su figura curvilínea cuando camina frente a mí, luego entro en el ascensor junto a ella y pulso el botón de nuestra planta. Pasa del nerviosismo al descaro en un segundo. «Bendito alcohol».
Se planta justo delante de mí y me pellizca la barbilla con el pulgar y el índice.
—¿Crees que no podría resistirme a ti si te acuestas conmigo en la cama? ¿Solo porque tienes una cara perfecta?
«¿Se cree que es ella la que me preocupa?».
Suelto una risa porque, me cago en la puta, verla hablar con tanto descaro y sinceridad es adorable.
—Incluso esta barba —comenta al tiempo que me roza la mandíbula con el dedo.
Un simple roce que casi me obliga a cerrar los ojos para poder soportarlo—.
Todo es tan… simétrico, como si no fueras real.
Es tan satisfactorio y un poco exasperante —afirma.
Su mano permanece bastante rato sobre mi cara y hace que mi cuerpo procese que me está acariciando.
Le agarro la mano y la bajo hacia su costado. Mi polla no tardará en mandarme a la mierda con toda la puta tortura a la que la estoy sometiendo.
—Seguramente ni te esfuerzas por mantener este aspecto. Te levantas así y ya está —divaga.
—No sigo ninguna rutina de belleza —admito.
—Exacto, pero sigues siendo así de guapo. Exasperante. —Levanta las manos en el aire con el típico gesto de borracha.
Cuando llegamos arriba, saco mi cartera y cojo la llave de nuestra habitación. La paso por la cerradura electrónica y entro.
—A ver, tampoco es que sea un desaliñado. Me pongo crema hidratante y utilizo un buen champú y acondicionador —le cuento mientras me quito el sombrero y me paso la mano por el pelo. Después, lo tiro en una silla cercana.
Ivy no pasa por alto mi comentario y suelta una risita.
—Pues claro… tienes que seguir oliendo así de bien y toda esa pesca —dice al tiempo que hace un gesto con la mano y se quita las sandalias con dos patadas concisas. Tras esto, deja la maleta sobre la cama y se baja la cremallera del vestido delante de mí y murmura—: No pasa nada… somos adultos.
«Me cago en la puta». Miro al techo y me obligo a esperar a que se meta en el baño antes de volver a bajar la mirada.
O ese era mi plan… Sin embargo, mi fuerza de voluntad desaparece cuando se trata de ella, de modo que cuando se gira para mirarme por encima del hombro y me dice: «Creo que se ha atascado.
¿Puedes ayudarme, Wade ?», me coloco detrás de ella en menos de un segundo.
—Te vas a pillar el pelo —le advierto. Le aparto la larga cola de caballo de la espalda y me la llevo a la nariz para inhalar su aroma, lo que me trae recuerdos del coletero con el que me envolví el pene hace apenas unas horas. Luego se la coloco sobre el hombro.
La observo con atención desde mi posición.
Está tan cerca de mí que me da hasta miedo.
No me costaría nada inclinarla sobre la cama, levantarle el vestido y rendirme a lo que sea esto.
Respiro hondo para tranquilizarme, pero no funciona.
Huele de maravilla y su piel tiene un brillo que no consigo explicar con palabras.
Mientras jugueteo con la cremallera y libero la tela enganchada, casi me detengo solo para olerla una vez más, pero la tentación de desnudarla puede conmigo.
Le bajo la cremallera hasta la cintura y toda su espalda queda al descubierto.
Unas enredaderas tatuadas danzan por su piel desde los omóplatos hasta la columna vertebral, entrelazadas con palabras tan diminutas que tendría que estar mucho más cerca para ser capaz de leerlas.
Es una hiedra. Se extiende por su coxis y desaparece bajo sus bragas de encaje negro, las cuales no puedo parar de mirar.
«Parpadea, Wade . Parpadea».
—¿Ya está? —pregunta con tanta dulzura que me enderezo al instante.
—Sí —respondo y me aclaro la garganta.
Ivy se da la vuelta mientras se sujeta la parte superior del vestido sobre sus voluminosos pechos y me sonríe.
No sé cómo terminan ahí, pero mis manos están sobre sus hombros, de modo que siento su calidez y suavidad.
Le recorro el cuerpo con la mirada: su clavícula, la curva de su oreja, el pulso que late en su cuello, sus labios carnosos…
Y cuando me fijo en sus ojos, veo que los tiene vidriosos.
Me sonríe.
— Wade , quedamos en que no me mirarías así —señala con la voz un poco pastosa, lo que me recuerda cuánto ha bebido: demasiado como para tocarla de esta manera. Eso hace que me sea un poco más fácil tomar la decisión de deslizar las manos por sus brazos y soltarla.
—Gracias por tu ayuda —se limita a decir con demasiada inocencia y se da la vuelta para dirigirse al baño con toda su suave espalda al aire. Me percato en ese momento de que no llevaba puesto un sujetador y la veo desaparecer tras la puerta del baño.
Cuando sale, lleva puesta otra camiseta de la gira de Eric Church , esta vez con el cuello cortado y los hombros al aire.
También se ha puesto esos pantalones cortos que utiliza solo para atormentarme.
Ya he apartado la maleta, le he preparado la cama y le he dejado una botella de agua en la mesita de noche.
Por mi parte, me he puesto unos pantalones deportivos y ya estoy tumbado, o más bien apretujado, en el sofá que hay junto a la ventana.
Lo único que ilumina la habitación es la lamparita junto a su cama.
—Bebe un poco de agua antes de acostarte —le ordeno mientras se quita el coletero. Su larga melena cae sobre sus hombros desnudos mientras bosteza.
Levanta la botella, la observa y luego me mira. De repente, me siento muy expuesto al estar sin camiseta en el sofá. La forma en que me recorre el cuerpo con su mirada hambrienta es como un disparo directo a mi paquete.
—¿Es necesario que siempre tengas que tener todo bajo control?
Me recuesto en el sofá para romper el contacto visual y extiendo un brazo por detrás de mi cabeza.
—Bébetela.
—Sí, señor —me contesta sin darse cuenta de cómo me afectan las palabras que acaba de soltar.
Cuando apaga la luz, casi puedo oír su sonrisa al decir:
—Buenas noches, jefe.
Hago acopio de todas mis fuerzas para no levantarme del sofá y se me tensa tanto la mandíbula que temo que se me desencaje.
Cierro los ojos y me obligo a dormir porque lo necesitamos ambos.
Seguro que mañana tendrá resaca y yo estaré agotado tras pasarme la noche en vela pensando en la curva de sus perfectos pechos mientras se sujetaba el vestido con una mano.
Me concentro en su respiración cuando se queda dormida con la esperanza de que eso sea una distracción menor que las imágenes que mi cabeza está conjurando, pero me equivoco.
Los ruiditos guturales que suelta al dormir me mantienen en vilo.
Todo lo que tenga que ver con Ivy Spencer es una distracción y llevo demasiado tiempo luchando contra ella.
No sé cuánto más voy a poder aguantar.