Capítulo 22
Wade
Parpadeo e Ivy traga grueso a mi lado. Le sonrío a la joven.
—Debe de haber algún error —contesto con educación—. Reservé dos habitaciones… dos grandes y contiguas.
El ruido que hace el ratón mientras va de una pantalla a otra al otro lado del mostrador es ensordecedor. Yo también busco la reserva en mi teléfono con el corazón en un puño.
—Lo siento mucho… solo llevo dos días en el puesto. Puedo llamar a mi encargado… Pero, señor Ashby , únicamente me aparece una habitación reservada y estamos al completo hasta el lunes. Por supuesto, le abonaremos la noche por las molestias ocasionadas.
Se me pasa por la cabeza la idea de dormir en la camioneta. En peores sitios he dormido. Tras varios minutos comprobando la reserva, me mira con nerviosismo y no me da ninguna solución para compensar la pérdida de la segunda habitación.
—Está bien, se la queda ella —afirmo.
La chica, angustiada, se calma al oír mis palabras.
Le doy un billete de veinte dólares por las molestias y me giro para asegurarle a Ivy que no tengo ninguna intención de compartir la habitación con ella…
ni he planeado todo esto. Pero en cuanto la miro, alarga el brazo y posa su mano en mi antebrazo. Sus ojos violetas rebosan confianza.
—Nos la quedamos los dos —dice en un tono que me indica que está totalmente decidida. Abro la boca para protestar, pero ella niega con la cabeza y susurra—: No pasa nada.
Pues claro que pasa. Esta situación es una mierda. Pero, por alguna razón, no le llevo la contraria. Asiento hacia ella.
¿Una habitación? ¿Una puta cama? Sí, estoy jodido. Tan jodido como un alcohólico que intenta no beberse una botella de bourbon centenario casero.
Cuando lleva días sin beber agua.
En un desierto.
En una tarde de pleno verano.
«Jodido».
Miro al techo cuando la puerta del ascensor se cierra y nos quedamos solos en el diminuto espacio. Aprieto los puños para intentar contenerme y hablo para no pensar en todas las cosas obscenas que se me están ocurriendo ante la idea de compartir habitación y cama con Ivy .
—Creo que ambos hemos venido con un objetivo en mente y…
—Se gira para mirarme. Sus ojos me deslumbran mientras observa cada centímetro de mi rostro y deja mis labios para el final—.
Quiero dar lo mejor de mí para ayudarte.
Quiero concentrarme en el entrenamiento —murmura, como si también intentara convencerse a sí misma.
El único problema es que ni siquiera la estoy escuchando porque sus ojos tan preciosos me tienen hipnotizado.
—Me cago en la puta, juro que lo de la habitación no es cosa mía —digo cuando se abren las puertas del ascensor—. Espero que sepas que yo nunca te pondría en esta tesitura —continúo y paso la tarjeta por el sensor.
—Por supuesto que lo sé, Wade .
Entro en la habitación y rodeo la cama enorme que parece gritarnos desde el centro de la habitación como si tuviera un cartel de neón colgado encima que rezara: «Aquí se folla de maravilla».
—Dormiré en el sofá. Dios santo, dormiré en la bañera, Ivy , si eso te hace sentir más cómoda.
El aire entre nosotros es tan denso que podría cortarlo con un cuchillo, pero como esta bendita mujer no deja de sorprenderme, se echa a reír.
No una sonrisa ni una risita, sino una carcajada a pleno pulmón.
No emite ningún otro sonido mientras se deja caer en la cama con los ojos llenos de lágrimas.
Cuando por fin puede volver a respirar, su nítida risa llena el aire que nos rodea y es tan contagiosa que hasta yo me echo a reír, aunque no tengo ni idea de por qué nos reímos.
No puedo parar. Estoy ahí de pie al tiempo que se tapa esa sonrisa tan preciosa con la mano y trata de recuperar el aliento.
—Intentas controlarlo todo y… nos han puesto…
nos han puesto en la misma habitación con una sola…
con una sola… ¿cama? —Se ríe histéricamente unos minutos más y después se seca las lágrimas.
Me duelen las mejillas de tanto reírme con ella y soy consciente de lo irónico que resulta esta situación.
Me dejo caer en el sofá pequeño que hay frente a la cama.
Ivy se levanta y se acerca a mí. Inhalo su aroma cuando me da una palmadita en la cara y su rodilla me roza la parte interior del muslo. Lucho contra la necesidad de deslizar mis manos por sus piernas.
—Ya sé lo que necesitamos.
«Mierda».
—Mañana tenemos la agenda llena de visitas y después de eso, está la subasta.
Estaremos trabajando durante todo el fin de semana, así que también deberíamos divertirnos un poco.
Saldremos de marcha por el pueblo. Ni siquiera hemos cenado, pero me vendría genial una puñetera copa y seguro que a ti también.
Voy a darme una ducha rápida y estaré lista en media hora —comenta mientras abre la maleta encima de la cama.
Yo aprovecho ese momento para recuperar el aliento.
Para sorpresa de nadie, se le caen unos cuantos coleteros en la cama. Por supuesto que necesita veinte colores y estampados diferentes para un viaje de tres días.
Ivy saca algunas cosas y desaparece en el baño para refrescarse. El pelo largo y brillante le cae sobre el hombro según camina.
Debería hacer ciertas cosas. Debería dormir en la camioneta esta noche, debería centrarme y darme cuenta de que, si queremos enfocarnos en lo que realmente importa, tengo que superar este encaprichamiento.
Pero como sé que tengo que pasar todo el fin de semana con ella, cojo uno de sus coleteros que hay sobre la cama y me lo llevo a la nariz para aspirar su aroma.
Soy como un puto animal con esta mujer y espero a que el agua de la ducha empiece a correr en el baño.
Mi único pensamiento ahora mismo es: «necesito correrme ya».
Así que me desabrocho los vaqueros y me saco la polla, que ya la tengo dura como una piedra.
Me la envuelvo con la suave goma de satén violeta, del mismo color que sus ojos, y me escupo generosamente en la palma de la mano.
Mi lado depravado se apodera de mí mientras cierro los ojos.
La tela sedosa me envuelve y empiezo a acariciarme la polla con ella.
Un fervor sin igual me invade al sentir que una parte de ella me envuelve. No puedo soportarlo.
Me masturbo con movimientos rápidos e intencionados con la imagen mental de su increíble cuerpo metido en esa ducha a tan solo tres metros de mí.
El agua caliente cae sobre sus pechos perfectos y se desliza por su tersa piel hasta su cintura.
Luego fluye más allá, hasta esa dulce parte entre sus muslos que me encantaría chupar y morder.
La veneraría como a una puta diosa. Le separaría las nalgas rollizas mientras miraría cómo mi polla entraba y salía en su dulce coño empapado una y otra vez.
Cierro los ojos con fuerza cuando una especie de neblina me enturbia la visión.
—Joder —murmuro a la vez que me agarro al borde del muro con la mano libre. Muevo la mano una vez más y me corro sobre su coletero.
Me tomo un minuto para calmarme y escucho que el agua de la ducha sigue corriendo. Suelto un suspiro tembloroso.
Es oficial. He perdido la puta cabeza. Necesito un trago ya de ya y en cuanto al coletero…
Ahora es mío.