Capítulo 21
Wade
—¿Necesitas ayuda? —le pregunto a Ivy cuando se acerca a mi camioneta. Viene arrastrando una pequeña maleta azul marino que ha vivido mejores tiempos.
—Claro, jefe. —Me sonríe. Es la sonrisa que eché de menos al despertarme a las cuatro de la madrugada y ver que no estaba, así que me puse Terminator y me comí el helado solo. Apenas la he visto desde el miércoles, cuando el beso que compartimos y que sacudió mi mundo casi me destroza.
A ver, la verdad es que la he estado evitando.
Quería aclararme las ideas antes de pasar los tres próximos días con ella.
Necesito agarrar al toro por los cuernos porque siento que estoy perdiendo la cabeza.
Me he hartado de autoaleccionarme para recordar que Ivy es mi empleada y que tengo que mantener el control.
Aunque ya no estoy seguro de si tengo control alguno.
En cuanto se fue el puto Cole , me metí directo a la ducha y me masturbé con la imagen de sus carnosos labios alrededor de mi polla y el sonido de sus gemidos roncos, que hacían vibrar a mi miembro con ansia.
Me di cuenta enseguida de que eso nunca podría pasar entre nosotros y la realidad me golpeó más rápido de lo que tardó mi semen en desaparecer por el desagüe.
Después de todo lo que ha pasado con su ex asqueroso y su familia, no pienso ser otro más que se aproveche de ella.
Y seamos sinceros, no es que esté precisamente preparado para un algo serio ahora mismo, con todo lo que tengo entre manos.
Le doy un café del Spicer’s y cojo su maleta, que tiene las esquinas bastante raídas y está muy desgastada.
Cuando la guardo en la camioneta, la etiqueta cae hacia adelante y puedo leer: «Propiedad de William Spencer ».
Ese nombre me da de lleno en el pecho como si me hubieran disparado.
Una especie de dolor familiar se propaga en mi interior al ver los pequeños vestigios de su padre a los que Ivy se aferra con desesperación, de la misma forma que yo me aferro a la caña de pescar de mi padre.
Todavía la uso cuando pesco por el simple hecho de que me ayuda a recordar aquellos momentos en los que íbamos a pescar al lago Cave Run cuando era pequeño.
También conservo su sombrero de vaquero y su vieja camioneta que sigo conduciendo y en la que me dio los mejores consejos.
Aprieto la mandíbula para contener mis emociones.
Puede que sea la única persona de su entorno que entiende lo valiosa que es esta vieja maleta y, para mí, tiene todo el sentido del mundo que se la lleve a todos lados en lugar de comprar una nueva.
Me subo al asiento del conductor, me quito el sombrero y lo tiro en la parte trasera.
—Creo que tenemos que hablar —digo al mismo tiempo que Ivy pregunta—: ¿Las cosas se van a volver raras entre nosotros?
Ambos sonreímos y después, Ivy suelta una risita y se muerde el labio inferior. Por mucho que intente evitarlo, se me vienen a la cabeza un montón de guarradas que me encantaría hacerles tanto a ella como a esos labios suaves y carnosos.
—Tienes una forma muy astuta de ganar una pelea, jefe —me acusa—. Que sepas que besar a tu oponente hasta someterlo podría considerarse hacer trampas.
Resoplo.
—Típico de ti: primero disfrutas del beso y luego me echas la culpa. Ya veo por dónde vas.
Ella se ríe con fingida sorpresa.
—Soy inocente. Fuiste tú quien me besó —bromea.
Sabe que está mintiendo como una bellaca y, me cago en todo, me es imposible contenerme con esta mujer, así que le suelto:
—Estaba entre tus piernas y sentía lo mucho que deseabas ese beso. —La señalo una y otra vez—. Estos ojitos inocentes no engañan a nadie.
Ella jadea y me da un manotazo, a lo que respondo con una carcajada mientras me froto la cara con la mano.
—Hemos pasado mucho tiempo juntos —comento, más para convencerme a mí mismo que otra cosa—. Me paso el día diciéndoles a los trabajadores que pongan las manos donde yo pueda verlas, pero luego voy y, en cuanto puedo, te beso. Te pido disculpas por ello.
Espero que me diga que está de acuerdo o que no pasa nada, pero como es habitual cuando se trata de Ivy , estoy equivocado.
—Ya soy mayorcita, sabía lo que hacía. Fue cosa de los dos… Como bien has dicho, estabas entre mis piernas y tienes razón, Wade , sí que lo deseaba.
«Joder, esta mujer va a acabar conmigo».
Permanecemos en silencio durante el rato más largo de la historia, a la espera de escuchar lo que dirá el otro.
Al final, se encoge de hombros y rompe el silencio.
—No le demos demasiada importancia. Digamos que ha sido… ¿cosa de la naturaleza humana?
Suelto un suspiro agónico.
—¿Naturaleza humana? —pregunto—. ¿Esa es la excusa que vamos a poner?
—Sip. Parece plausible. Lo que sea con tal de que dejes de mirarme con esa expresión de culpabilidad.
—Su sonrisita arrogante me provoca mientras me señala con el dedo, como si supiera perfectamente que me estoy mintiendo a mí mismo sobre ella—.
Entonces, ¿amigos a partir de ahora? —pregunta y me tiende la mano.
Envuelvo mi mano alrededor de sus suaves dedos y los estrecho. Incluso ese simple contacto ya es demasiado.
—Amigos —contesto y me aclaro la garganta.
—No podemos volver atrás, así que… sigamos hacia adelante. — Ivy se abrocha el cinturón y me mira expectante. Ha sido mucho más fácil de lo que esperaba.
Se saca el teléfono del bolsillo para ver la hora y me acuerdo de que tengo un regalo para ella. Rebusco debajo del asiento.
—Por cierto, toma. —Le entrego la pequeña caja blanca.
Coge el nuevo iPhone con vacilación y lo contempla durante un rato. El silencio parece alargarse una eternidad.
—Es el último que ha salido. Tienes un número de teléfono nuevo y lo he incluido en el plan de telefonía del rancho.
Si dejas de trabajar con nosotros, puedes ponerlo a tu nombre.
Ya te he grabado mi número y los de mi familia, y cuando estés lista, puedo ayudarte a añadir los contactos que quieras, si lo necesitas.
Parpadea, boquiabierta, y empieza a divagar al cabo del rato.
— Wade , no te conté la historia sobre Brad para que te sintieras obligado a… Iba a comprarme uno, pero son muy caros y estoy intentando ahorrar. Te devolveré hasta el último centavo. Me puedo comprar mi propio…
—A ver, joder… escúchame… Eres la única que puede decidir quién te llama.
Tu espacio personal es tu fortaleza, ¿de acuerdo?
Acéptalo. Además, necesitas un teléfono en condiciones durante lo que dure el entrenamiento.
Y es mejor si es uno en el que podamos meter tu correo electrónico —afirmo y me burlo de su teléfono prehistórico.
Ivy no dice nada, pero sus ojos lo dicen todo. Asiente con la cabeza ya que sabe de sobra que no vale la pena discutir conmigo.
—Y por si sirve de algo, los imbéciles que claramente no aceptan un no por respuesta deberían desaparecer de tu vida. El teléfono nuevo te facilitará las cosas —añado sin poder evitarlo.
Se inclina hacia mí y me abraza.
—Gracias, Wade . En serio. Creo que es el gesto más considerado que alguien ha tenido conmigo.
Inhalo su aroma un segundo antes de que se aparte. Contemplar su belleza tan de cerca casi me deja atónito. Aparta la mirada y regresa a su asiento.
—Bueno… si quieres que esto de ser amigos funcione, creo que deberías dejar de mirarme así —comenta ella.
—Lo mismo digo —contesto porque no puedo evitar pensar que su sonrisa es como una recompensa. Una que deseo ganarme de todas las formas posibles.
El viaje de casi cuatro horas se pasa volando.
Retomamos las mismas conversaciones que teníamos en nuestras noches de pelis y cuando vemos el edificio de AT&T, Ivy es la viva imagen de la relajación.
Joder, está preciosa. Ha apoyado los pies descalzos sobre el salpicadero y la cálida brisa otoñal que entra por la ventana le alborota el pelo alrededor de la cara mientras canta una canción de Lainey Wilson como si la hubiera escrito ella misma.
No puedo evitar pensar que mi decisión impulsiva de participar en el derbi es, quizá, la mejor que he tomado en mi vida.
Me aferro a esa sensación durante todo el camino hasta el Hotel Omni . Cuando llegamos, el vestíbulo es un hervidero. Se oye música country en el espacio abierto y el fuego crepita en la gran chimenea central, a pesar de que afuera estamos a veintidós grados.
—Tenemos una reserva a nombre de Ashby —indico mientras saco mi carné de identidad y mi tarjeta de crédito, y las dejo sobre el mostrador de mármol. A mi lado, Ivy tararea la música que llega a nuestros oídos.
—Por supuesto, señor Ashby . Ya tienen la habitación preparada. Está en el piso diecisiete. Se alojarán en la suite ejecutiva con cama matrimonial.
—¿Y la segunda habitación sigue siendo contigua? —pregunto y vuelvo a guardar mis tarjetas en la cartera. Es solo para asegurarme de que, sin duda, tendré que soportar que Ivy duerma tan cerca de mí.
—Eh… —La recepcionista mueve el ratón con torpeza y pasa varias pantallas—. ¿Segunda habitación? —inquiere—. Aquí solo veo una habitación reservada, señor Ashby .