Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Wade

Según llego a casa el miércoles y empiezo a preparar la cena, Ivy está animada y no para de parlotear.

Esta ha sido nuestra rutina durante la última semana.

Cenas, copas, picoteo, charlas… Bueno, casi siempre es Ivy la que habla y yo escucho con atención mientras vemos todas las películas de acción que tengo descargadas.

Charlamos sobre todo y nada a la vez: nuestras infancias, su plan de entrenamiento, los lugares que hemos visitado, la universidad, música, comida y muchas más cosas.

No son temas demasiado personales, pero aun así es muy íntimo.

Tras pasar estas noches en su compañía, siento que la conozco un poco mejor.

Todo lo que sé de ella me gusta y, joder, cada día me cuesta más sacármela de la cabeza.

Debería ser raro compartir casa con alguien a quien apenas conoces, pero en este caso, me siento más a gusto con ella que con Janelle durante nuestros seis años de matrimonio.

Últimamente, espero con ansias el fin de la jornada laboral para volver a casa, lo cual no me ayuda a superar esta pequeña obsesión que tengo con Ivy o lo que sea que es esto.

—¿Qué haré cuando vuelva a casa y a mis insulsas cenas? —Me sonríe mientras le entrego un tazón humeante del plato favorito de mi familia (bueno, el de Mabel ): pastel de pollo deconstruido acompañado de galletas caseras.

—Si me pagas, te dejo un plato en la puerta de tu casa —le ofrezco medio en broma, ya que me gusta cocinar para ella.

Siendo honestos, me gusta la cara que pone cuando da el primer bocado y saborea la comida con deleite. Suelta unos gemidos adorables y pone los ojos un poco en blanco. Hace que me pregunte en qué otras ocasiones pondrá esa cara y emitirá esos sonidos.

—Dios mío, pagaría lo que fuera —confiesa y suelta ese gemido que esperaba al dar el primer bocado—. ¿Has hecho las galletas desde cero?

Resoplo y le doy un bocado a mi comida. Hostias, pues sí que está buena.

—Me ofendes, Lianta. Es la única forma de hacerlas —contesto indignado de que piense que sería capaz de usar una masa de galletas ya preparada.

Levanta ambas manos en señal de disculpa y la miro al tiempo que me dedica una sonrisa.

Parece que se ha relajado un poco. Quizá demasiado, porque se ha puesto otra vez esos pantalones cortos de pijama afelpados de color gris; esos que me dieron ganas de arrancarle la primera vez que los vi.

Y por si no fuera suficiente tortura, esta noche lleva mi bandana roja, la que le ofrecí para que se secara las lágrimas la primera noche que durmió en mi casa.

La lleva atada al pelo ondulado como si fuera una diadema y me importa una mierda si no me la devuelve.

Que lleve algo mío encima me provoca una sensación que no puedo expresar con palabras.

—Lo siento, jamás se me ocurriría ofender al chef y arriesgarme a no volver a comer algo así nunca más. —Le da otro mordisco.

No me molesto en decirle que dudo mucho que eso pase. Estoy bastante seguro de que cocinaría para ella siempre que lo quisiera.

—Ah, también hablé con un puñado de posibles jinetes hoy… —empieza a decir.

La conversación a la que intento con tanto empeño no acostumbrarme continúa, de manera que hablamos de Nashville y la subasta mientras terminamos de cenar.

A regañadientes, dejo que me ayude a secar los platos cuando acabamos porque su tobillo está mucho mejor. También porque me amenaza con que, si no le dejo ayudarme, se va a comer todas mis Pop-Tarts mientras duermo.

La escucho tararear a la vez que trabaja. Para cuando terminamos de fregar y voy a la ducha, me promete que acabará de limpiar y preparará la película de esta noche.

Hay una simplicidad en ese gesto que no consigo entender.

Lo cual me resulta raro porque llevamos con esta dinámica ya más de una semana.

Cuando me meto en la ducha, agradezco estar a solas unos minutos.

Soy fuerte, pero se me está agotando la fuerza de voluntad y nunca me habían dolido tanto los huevos por el simple hecho de pasarme las noches sentado a un metro y medio de ella.

Tras secarme y ponerme unos pantalones deportivos, ideo un plan.

Me acostaré temprano. Hoy es su última noche aquí, así que mañana todo volverá a la normalidad.

Le llevaré sus cosas a su cabaña después del trabajo e incluso va a poder estar en los establos antes de marcharnos a Nashville el viernes.

No obstante, cuando vuelvo al salón, veo que Ivy ha apartado la mesa de centro, ha cogido un montón de mantas y cojines del sofá, y los ha esparcido sobre la alfombra que hay frente a la chimenea. Tiene una bolsa de caramelos y palomitas en la mano.

«Me cago en la puta. ¿Cuál era el plan?».

—¿ Fast & Furious X ? —pregunta con una sonrisa.

Hemos visto las primeras nueve películas en los últimos días.

—No podía volver a casa sin ver la última película. Sería una aberración.

No lo dudo ni un segundo. Saco dos botellas de agua de la nevera y me apresuro a acercarme a ella para seguir torturándome con mi propia frustración sexual.

—Deberías quitarte la venda, Lianta. Vamos a echarle un vistazo —le insto una hora después, cuando estamos a mitad de película, mientras me meto un puñado de palomitas en la boca.

La observo según se desvenda el tobillo con cuidado.

Se lo palpa y lo aprieta, estira su larga y sedosa pierna, y flexiona el pie. No tengo ni idea de por qué, pero incluso eso me pone la polla dura.

—Casi está curado —observa—. Sigue un poco inflamado, pero diría que está mejor en un noventa por ciento.

«No lo hagas, Wade . No lo pienses ni por un puto segundo». Miro al techo un instante.

«A la mierda. Voy a hacerlo».

—Déjame, voy a darte un masaje. —Le hago un gesto para que me acerque el pie.

—Hoy no me he depilado las piernas. —Suelta una risita—. Puede que pinchen un poco.

—Joder, si crees que eso me importa, te equivocas de cabo a rabo —le aseguro.

Se muerde el labio inferior y se lo piensa durante un minuto.

Me pregunto si no confía en mí lo suficiente como para no querer que la toque siquiera.

Me regaño una vez más por ser incapaz de mantener unos límites con ella, pero antes de que me dé tiempo a retractarme, se acerca arrastrándose por el suelo y me pone el pie sobre el regazo.

Bajo los brazos y agarro su esbelto tobillo.

Empiezo a presionar con los pulgares el arco de su pie, que parece diminuto al lado de mis manos.

Me cago en todo, incluso sus pies son bonitos.

Pasan unos segundos y suelta un suave gemido mientras intento controlar mi respiración.

Me arden los antebrazos al sentir su piel desnuda contra la mía y al ver sus preciosos dedos rosados en mi regazo.

—¿Creef que folverán a hacer otra felícula de estas? —pregunta Ivy con la boca llena de corazones de canela. Me río al oír sus balbuceos.

—No lo sé. Depende de si Vin Diesel consigue un papel en otra película —respondo e intento pensar en cualquier cosa que no sea mi pene, que empieza a hincharse bajo mis pantalones—. Y para que lo sepas, no pinchas ni un poquito —le informo.

«De hecho, me encantaría recorrer tus piernas con la lengua».

Ivy suelta una carcajada.

—Madre mía, qué gusto. Al final voy a tener que contratarte.

—Te saldrá caro —suelto sin pensar.

—Ah, sí, bueno, estoy dispuesta a pagar lo que sea… —responde Ivy entre susurros apenas audibles, lo que me sorprende un poco—. De hecho, añádelo a mi cuenta. Cena diaria y masajes de pies. ¡Dios mío… qué gustazo! —exclama casi con un jadeo.

Su tono de voz es incluso aún más ronco de lo habitual y tan sexy que debería ser ilegal.

Es una voz que amenaza con arruinarme.

—Creo que podrían convencer a Vin para que vuelva, pero tendrían que echar a La Roca.

Al parecer, no se llevan bien —comento para seguir con este tema de conversación insustancial—.

Y La Roca machacaría a Vin , por eso hicieron Hobbs & Shaw y Vin no salió —murmuro mientras recorro su pantorrilla con el pulgar.

—Creo que Vin es más fuerte de lo que te piensas —afirma.

—Ni de coña podría con La Roca.

«¿De qué cojones estamos hablando?».

No tengo ni idea, pero puedo jugar a este juego toda la noche. Ese en el que intentamos convencernos de que no hay nada entre nosotros, sobre todo ahora que deslizo las manos por encima de su rodilla y le masajeo la piel como si no pudiera dejar de tocarla. No puedo parar. No quiero parar.

Esboza una pequeña sonrisa. A la vez que piensa con los ojos entrecerrados, se muerde el labio inferior, que es ligeramente más grueso que el superior y el cual el mismísimo Señor puso en su rostro únicamente para provocarme.

Deslizo un dedo por la cara interna de su muslo con suavidad, luego rodeo la parte posterior y aprieto con fuerza, a lo que ella responde con un gemido entrecortado. Si ya tenía la polla dura antes, ahora parece de piedra tras escuchar ese sonido.

—Deberías ir a que te dieran masajes también. Tienes los hombros muy tensos cuando vuelves de trabajar. No sé si se me dará muy bien, pero puedo intentar devolverte el favor —se ofrece Ivy en voz baja.

Suspiro.

—Creo que necesitaría mucho más que un pequeño masaje para aliviar el peso que llevo sobre los hombros —contesto y me doy cuenta de que ha sonado más bien a una invitación.

—Oh, ya sé —dice con picardía. La miro y veo que ha esbozado una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Sabes qué va muy bien para liberar tensión?

«Hostia puta». No debería preguntarme eso cuando me resulta tan tentadora.

—¿Qué tal una pequeña pelea? ¡Desahógate conmigo, Capitán Gruñón! —sugiere. Un instante después, agarra una almohada y me golpea en el hombro.

Parpadeo, sorprendido y después me percato de lo que está haciendo.

—La has cagado, Lianta —gruño. Luego, salto sobre ella y la agarro por la cintura con fuerza mientras suelta un chillido de diversión. Sin darme cuenta, me he tumbado encima de ella, de modo que su pequeño cuerpo queda completamente atrapado bajo el mío.

Me contagia su risa cuando le hago cosquillas y gimotea sin parar.