Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Wade

—Pero ¿qué cojones es esto? —pregunto cuando abro la puerta principal y veo a las tres Demonios en mi porche.

—¿A ti qué te parece? Es una fiesta, Sargento. — Ginger Danforth me da una palmadita en el pecho cuando pasa por mi lado con dos botellas de vino en la mano.

—Joder —refunfuño mientras CeCe y Olivia Sutton entran detrás de ella, cargadas con botellas de brandi y con más aperitivos de los que hay en los estantes de un supermercado.

— Ivy no podía venir al «domingo de la sangría», así que se lo hemos traído hasta aquí.

— Ginger sonríe con suficiencia y empieza a descargar todos los ingredientes para hacer sangría sobre mi encimera—.

Incluso hemos traído a nuestro propio barman y esta noche le vamos a dar un toque a lo Camilla Danforth : ron de coco, como lo hace mi madre.

—Señala la puerta y veo que Nash entra con una expresión de disculpa en la cara.

Ivy se levanta del sofá donde estábamos cenando y les sonríe a las chicas como si estuviera contentísima de verlas.

¿Y por qué no iba a estarlo? La única persona a la que ha visto en estos cuatro días soy yo.

Intento no parecer molesto de que hayan interrumpido nuestra tranquila cena mientras veíamos Ocean’s Eleven y recojo mi plato.

—¿Te parece bien? —me pregunta Ivy . Sus ojos azules han captado mi cambio de humor al instante.

Suavizo mi expresión. No es su culpa que se hayan presentado aquí sin avisar.

—No pasa nada, Lianta. Te vendrá bien un poco de diversión. —Le doy una palmadita en el hombro.

Se está recuperando muy bien. Ya camina apoyando un poco el tobillo y dice que casi no le duele a menos que cargue mucho peso en esa pierna.

He hecho bien al obligarla a que hiciera reposo y a que se pusiera hielo en el tobillo.

También le hago compañía siempre que puedo, sobre todo por las noches, como a las tres o cuatro de la madrugada, cuando aparece en el salón en busca de helado y de películas de acción.

A la cuarta noche, ya lo tenía todo preparado para recibirla, con el helado en la mano y The Equalizer en la tele.

Por suerte, ya se viste con su propia ropa, a diferencia de la primera noche, cuando me costó sudor y lágrimas no follármela de mil maneras diferentes en el sofá.

Eso sí, se me quedó grabado a fuego su cuerpo en la mente.

La forma en que su piel suave y sedosa me rogaba que la lamiera hasta el último rincón, el modo en que su pecho subía y bajaba con cada respiración, esos pezones endurecidos que me rogaban que los acariciara…

Y mientras, Ivy entreabría sus labios carnosos y sacaba su rosada lengua para humedecerse el labio inferior cuando me incliné sobre ella.

Jamás en la vida me había sentido tan abrumado por el deseo de querer poseer a una mujer.

Ni siquiera sé cómo pude recomponerme. Fue pura fuerza de voluntad por la que deberían haberme dado una puta medalla.

—¡Sois adorables, chicas! —chilla Ivy .

—Ya podrías haberme avisado —regaño a Nash y vuelvo a entrar a la cocina.

—Ni sabía que íbamos a venir aquí hasta que me subí a la camioneta —me cuenta con las manos alzadas en señal de inocencia.

Saca un cuchillo para cortar los limones mientras CeCe le da un beso en la mejilla y Ginger y Olivia sirven los tentempiés en boles para llevarlos al salón.

—Además, te vendrá bien una noche de chicos y descansar de tu labor como enfermero. Vamos a ir a la casa principal a ver el partido de los Titans con el abuelo cuando termine de preparar la sangría. He traído cerveza artesanal de la cervecería de la calle 21.

—Perdón por llegar tarde, chicos. Gemma no puede ser puntual ni una puta vez en su vida, como siempre —se queja Cole cuando entra por la puerta a toda prisa.

—Alguien tendría que recordarle que su hija debería ser su puñetera prioridad —interviene Ginger al instante desde el salón con una expresión acalorada.

—Prueba a hacerlo tú, que yo ya lo he intentado mil quinientas veces —propone Cole .

Le doy una palmadita en la espalda. Menos mal que Mabel tiene un padre responsable.

—Estoy tentada de ir a darle una bofetada —comenta Ginger mientras se gira y les sonríe a CeCe y Olivia —. Igual que hizo CeCe en verano.

Cole niega con la cabeza.

—Que esa no es la solución, coño. —Su mirada se posa en Ginger y frunce el ceño.

—Puede que no, pero parece la más divertida. — Ginger se ríe y las otras chicas se unen a ella.

Cole la fulmina con la mirada.

—Cada vez que pasa algo, estás en todo el medio para avivar el fuego e involucras a todo tu ejército —la regaña Cole mientras agita las manos para que parezcan un fuego y señala a Ginger .

—Me alegra aportar emoción a su vida, señor Ashby —replica Ginger . Le guiña un ojo y, después, se centra en Nash —. Si te vas a ir, mejor prepáranos unas cuantas jarras, Nashby —añade y se mete una frambuesa en la boca.

Cole se gira para agarrarla del brazo.

—Si te tengo que llevar luego a casa, no pienso parar a comprar pizza o lo que sea que se te antoje cuando bebes, así que más te vale portarte bien esta noche, señorita —le ordena y la sonrisa de Ginger se amplía.

—Ay, cariño. — Ginger le lanza una mirada que grita: «¿A quién coño quieres engañar?

». Luego se suelta de su agarre y le da unas palmaditas en la mejilla—.

Claro que lo harás, pero no te preocupes, solo te llamaré si los otros hombres de mi lista de contactos no están disponibles.

—Se encoge de hombros con una sonrisa dulce en el rostro y se va al salón.

—Maldita bruja —farfulla Cole mientras niega con la cabeza y se sirve una bebida.

Nunca entenderé cómo es posible que estos dos pasen de apoyarse mutuamente a discutir como si llevaran cincuenta años casados en un segundo.

Nash y yo llevamos años diciéndole a Cole que tendrían que resolver sus diferencias entre las sábanas. Es evidente que todo lo que hace Ginger Danforth es para provocar a Cole porque le encanta ser el objeto de su atención, como un gato que ronronea cuando se tumba al sol, y más cuando se la da.

Me río de ellos y me paso una mano por el pelo al mismo tiempo que regreso a la cocina.

De repente, la sala se queda en silencio y todas las miradas se clavan en mí.

—¿Se acaba de reír el puto Sargento? —pregunta Nash con los ojos como platos—. No escuchaba su risa desde el 2009. Lo juro por Dios.

—Vete a la mierda —replico.

—Yo desde el instituto. — Cole sonríe con una mano alzada mientras rebusca entre los aperitivos y se decanta por unos regalices.

—Ni siquiera sabía que tenía hoyuelos hasta la semana pasada —señala Ivy .

—¿Tiene hoyuelos? — CeCe se ríe y todos la imitan.

Por alguna razón y solo por esta vez, me doy por vencido y me río con ellos. Quizá sí que necesito relajarme un poco.

Nah, que les den.