Capítulo 13
Ivy
—Perdona, ¿qué decías?
Brad me mira desde la mesa de nuestra cocina, con el móvil pegado a la oreja y el sombrero apoyado en la rodilla.
Estaba comiendo algo cuando volví de la cita con el doctor.
En realidad, la consulta había terminado hacía horas, pero al salir me limité a conducir sin rumbo para asimilarlo todo.
Sollozo, cojo un pañuelo y me acerco a la ventana de la cocina.
Con la mirada fija en los pastos que tanto adoro, intento asimilar la noticia que me acaba de dar el médico.
—El doctor Marshall dice que me costará mucho porque mi útero es un entorno hostil.
Parece ser que mi cuello uterino es demasiado corto como para tener un embarazo sin complicaciones.
Me ha dicho que debería tomarme la píldora para regular mejor mis periodos.
—Estoy cansada de llorar. Llevo todo el día haciéndolo desde que me dieron la noticia—.
Pensé que te alegrarías —le comento a Brad mientras se sienta y asiente despacio.
—Ya sabes lo que pienso sobre tener hijos. No es que me alegre de que tú no puedas tenerlos, Ivy , simplemente estoy aliviado de que no entre dentro de nuestras opciones porque no era parte de mis planes. Y deberías empezar a tomar la píldora. Te lo llevo diciendo ya dos años —me reprende.
Me estremezco al escuchar sus palabras mientras la realidad me golpea en el pecho por centésima vez. Todo gira en torno a sus sentimientos siempre, nunca a los míos… jamás.
— Brad , ni siquiera he asimilado esto todavía y nunca he querido tomar anticonceptivos. Ya sabes lo que pienso sobre alterar el orden natural de las cosas. Pero, por ahora, lo haré. Me da miedo quedarme embarazada y no poder gestar bien al bebé —confieso.
Siento que las lágrimas vuelven a brotarme de los ojos y mi cuerpo desea e implora que se acerque a mí, que me abrace y me diga que todo va a salir bien. Que, aun así, me quiere. Que sigo valiendo la pena.
—Lo siento —me disculpo para limar las asperezas. Aunque no sea mi culpa, siento la necesidad de pedirle perdón.
—Oye, lo nuestro funciona estupendamente así. Otro hombre se podría sentir dolido por esta noticia. —Su comentario no es despectivo, pero hace que me sienta peor y mi corazón se rompa incluso más.
Brad me mira completamente inexpresivo y no dice nada. Cinco minutos después, sigo mirando con lágrimas en los ojos por la ventana y Brad continúa con el teléfono pegado a la oreja.
—Pues me voy a dar una vuelta con el coche para despejarme. ¿Necesitas algo? —pregunta.
«¿Cariño? ¿Comprensión? ¿Amor?», grita una voz en mi cabeza.
—No —respondo mientras sollozo—. Estaré bien.
—De acuerdo… Y no te preocupes, cariño, soy un tipo duro, ¿vale?
Incluso en estas situaciones. ¿Ves por qué estamos destinados a estar juntos?
—Sonríe—. Sé que esto es muy difícil para ti, así que esta noche nos vamos a cenar por ahí.
Ya tenía antojo de comida mexicana, la verdad, y Shafer me estaba comentando que han abierto un restaurante nuevo en la calle Baxter …
Bloqueo el resto de su cháchara. Es lo último que me apetece hacer, pero asiento como un robot de todas maneras.
—… pero vuelvo enseguida. Solo necesito un poco de aire fresco —termina de decir con torpeza mientras agarra el pomo de la puerta principal.
Lo único que escuché de su perorata fue que era muy difícil para mí, no para nosotros.
Para mí. Brad no dice nada más y justo su interlocutor habla al otro lado del teléfono.
Su rostro se vuelve inexpresivo al abrir la puerta de golpe—.
Rick , estoy genial, colega. ¿Tú cómo estás?
Se ríe entre dientes y la puerta se cierra tras de él como si fuera un día cualquiera. En cuanto oigo el rugido de su camioneta al arrancar, dejo que el llanto me consuma.
Abro un ojo y espero ver el techo de mi cabaña, pero ahogo un pequeño grito cuando me estiro. «Cierto. Tobillo. Dolor. Mierda».
Ya no sueño tanto con los episodios en los que Brad no estuvo ahí para mí, pero vienen de vez en cuando y me pregunto cómo no fui capaz de verlo cuando estaba en el ojo del huracán.
«No puedes volver atrás, solo ir hacia delante, cielo».
El viejo dicho de mi padre resuena en mi cabeza mientras la luz del sol de media mañana se cuela por las ventanas e ilumina unas pequeñas motas de polvo cuando intento mover el pie con cuidado.
Milagrosamente, ya no lo siento tan tirante como cuando me quedé dormida.
Aún lo tengo apoyado en la almohada que Wade colocó; de hecho, creo que ni siquiera me he movido.
Busco el reloj porque mi teléfono está en mi cabaña y lo más probable es que no tenga batería.
Las diez de la mañana. ¡Dios mío! He dormido casi nueve horas seguidas.
En la cabaña de Wade . En la cabaña de mi jefe.
El jefe que me secó el pelo con cariño anoche y se comportó como un perfecto caballero cuando lo arrastré conmigo al caer sobre la cama.
El jefe que no dudó en ayudarme, aunque parece que verse en situaciones incómodas es lo último que desearía hacer.
Me incorporo y me estiro. Todavía tengo el tobillo hinchado, pero sin duda está un poco mejor que ayer.
Cuando voy al salón, veo que ha movido la mesa de centro y que hay una manta preparada para mí en el sofá.
Me quedo boquiabierta al mirar la cocina, atónita.
O Wade se ha pasado de la raya o una bomba de pósits amarillos ha explotado.
Están en varios lugares de la cabaña y pegados por todas partes.
La primera nota que veo está en la elegante cocina de gas en la que ha escrito con su letra ruda y angular: «No toquetees mi cocina hasta que te enseñe cómo funciona o me las pagarás».
La cafetera ya está lista para preparar café y tiene pósits con instrucciones pegados sobre los botones para que sepa cuál pulsar en función de si me gusta más fuerte o más suave.
También me ha dejado una taza al lado. Mi teléfono, que está enchufado, cargado y tiene dos llamadas perdidas de Brad 1 y Brad 2 (correspondientes al rancho y a la casa de Brad ), descansa sobre la isla junto a una olla llena de avena caliente y un bol rodeado de azúcar, sirope de arce y miel.
En la nota que hay delante pone: «No sabía lo que te gustaba, así que te he dejado un poco de todo».
Siento una opresión en el pecho. El saber que se ha tomado la molestia de ir a buscar mi teléfono y que estuvo en mi cabaña ni siquiera me molesta.
Agradezco que lo haya pensado siquiera. No sé cómo gestionar este sentimiento mientras me pregunto cuándo hizo todo esto.
¿Fue cuando me dejó en la habitación a la una de la madrugada? ¿No ha dormido en toda la noche?
Presiono el botón para prepararme un café tostado cargado porque necesito algo fuerte esta mañana.
Toda esta situación es un poco abrumadora.
Mientras se hace el café, camino por la cómoda cabaña.
No debería adentrarme en su parte de la casa, pero no puedo evitarlo.
Avanzo despacio por el pasillo oscuro y echo un vistazo a su dormitorio.
La puerta está abierta de par en par y toda la estancia huele a Wade recién salido de la ducha.
No hay mucha cosa por aquí, tan solo una enorme cama de matrimonio, quizá la más grande que he visto jamás.
Las paredes son de madera oscura, como el resto de la cabaña, y el gran cabecero rústico es el centro de atención de la estancia.
La cama está perfectamente hecha, con unas sábanas de color azul marino, y en la pared del fondo hay una cómoda con una sencilla lámpara.
Me dirijo hacia ella y observo las cosas que tiene encima.
Una base de carga para su teléfono, unos soportes para libros con astas que sujetan unos ejemplares antiguos de El gran Gatsby , El arte de la guerra y algunos otros títulos que no reconozco, un sombrero de vaquero muy viejo y el culpable de su delicioso aroma.
Cojo la botella de cristal color ámbar y me la llevo a la nariz para olerla.
Es de fabricación local: «Cedro, bergamota, humo, cítricos», pone en la etiqueta.
Lleve lo que lleve, hace que me ponga cachonda cada vez que la huelo.
Salgo de su habitación y vuelvo a la cocina.
Me siento en un taburete junto a la encimera, como algo de la avena y leo el resto de sus notas.
Una en un cajón: «Cubiertos».
Una en la despensa: «Comida, coge lo que quieras».
Otra al lado de la anterior que pone: «No te comas mis Pop-Tarts ».
Sonrío. «La has cagado al escribir eso, colega».
Me tomo el café y luego me dirijo al salón para sentarme en el cómodo sofá.
En los mandos que descansan sobre la mesita, hay unos pósits que indican qué plataformas de streaming tiene contratadas.
Abro mi favorita, echo un vistazo al apartado de «Volver a ver» y, a continuación, elijo una de mis películas favoritas mientras me acomodo.
A la mitad de Point Break , Wade entra por la puerta y me ve acurrucada en su sofá.
Nuestras miradas se encuentran según se quita el sombrero y lo deja sobre el banco que hay cerca de la puerta.
—¿Te has portado bien? ¿Nada de cocinar?
Asiento y trato de ignorar el extraño ardor que se ha apoderado de mi cuerpo cuando me ha preguntado si me he portado bien.
—Es que no quiero que empeore.
—No sé quiénes son esos « Brad », pero te llamaron dos veces cuando fui a buscar tu teléfono y lo puse a cargar —comenta—. Quería que lo tuvieras por si necesitabas algo porque no tengo teléfono fijo —me explica, como si quisiera excusarse por haber entrado en mi cabaña.
Siempre tan práctico, siempre al mando, siempre pensando en todo.
Me estoy dando cuenta de que estos son los pilares de la personalidad de Wade .
No parece que ande detrás de una explicación, pero se la doy de todos modos. Me río entre dientes y le cuento la verdad.
—Los « Brad » son una sola persona, mi ex. Los números en los contactos son para diferenciar la línea a través de la cual intenta llamarme. Trabajé con él cuando estuve en Bellingham .
—¿Te refieres a Bradley ? ¿El hijo de los Bellingham ?
—Sí. ¿Lo conoces?
—Lo conocí una vez cuando era adolescente, pero seguramente no lo reconocería ahora mismo. Era un poco malcriado, si no recuerdo mal. Iba diciendo a todo el mundo más de una vez que era el hijo del jefe y que algún día se haría cargo del rancho.
—No me sorprende nada y todavía sigue esperando a que eso pase —replico.
—No es asunto mío, pero ¿por qué no le dices que te deje de llamar si no quieres hablar con él? —pregunta Wade mientras empieza a sacar cosas del frigorífico y se sirve un vaso de agua.
Suelto una carcajada porque, sí, debería ser así de sencillo.
—Ya lo he intentado, pero no me hace caso. No acepta un «no» por respuesta. Tenía pensado comprarme un teléfono nuevo, pero estoy intentando ahorrar hasta el último centavo y bloquear los números no sirve de nada. Ya no me llama con tanta frecuencia, pero no deja de ser frustrante.
Wade aprieta la mandíbula con aire pensativo al tiempo que coge un cuchillo y una tabla de cortar.
—No es por juzgar, que yo también he tenido que lidiar con una ex de mierda, pero, en definitiva, Lianta, un hombre siempre debe respetar los deseos de una mujer, aunque no esté de acuerdo con ellos —no comenta nada más sobre el tema y, después, me mira y pregunta—: Bueno, ¿te gusta la piña?
Sonrío tanto por lo que ha dicho como por no haberme regañado por salir con alguien que claramente es un imbécil.
Wade se mueve con rapidez en la cocina mientras yo sigo viendo la película.
Lo observo de reojo y veo cómo se lava las manos con cuidado y se arremanga la camisa de franela por los antebrazos.
Con el ceño fruncido, corta varios tipos de queso y frutas, y los coloca junto con varias tostadas y fiambres en una tabla de madera.
—Nunca habría adivinado que te gustan las películas de acción. —Señala el televisor con la cabeza mientras deja la bonita tabla de embutidos junto a mí y se sienta al otro lado.
—¡Son mis pelis favoritas! —exclamo con entusiasmo—. Sobre todo las clásicas. Cuanta más acción, mejor.
—Pues ya tenemos algo en común —dice y se sirve algo de comer.
—¿Cuándo hiciste todo esto? —Miro a mi alrededor y señalo los pósits—. ¿Dormiste algo anoche? —pregunto.
Una expresión extraña cruza el rostro de Wade , una que no termino de entender.
—Dormí de maravilla. —Se inclina hacia mí y habla con voz grave—. Hay que hacerlo en noventa segundos, Johnny … pura adrenalina —cita una frase famosa del personaje de Patrick Swayze en la película.
Doy un grito ahogado bastante dramático y luego suelto una carcajada.
— Wade Ashby , ¿acabas de hacer una broma?
—Qué va… ya deberías saber que yo no bromeo —me recuerda, y su rostro se vuelve inexpresivo al instante mientras se lleva una uva a la boca.
—Es verdad, lo había olvidado. Las bromas están mal, los gruñidos y las muecas están bien. —Me río.
Exagera un gruñido y se recuesta en el sofá con las piernas relajadas, pero no se me pasa por alto la sonrisa de medio lado, amplia e irresistible que se dibuja en sus labios. Una sonrisa que me remueve por dentro.
—Podría decirse que sí, Lianta, algo así —dice con esa sonrisa burlona que me seduce por completo. No puedo hacer nada más que mirarlo fijamente durante un instante.
Es como si estuviera viendo un lado totalmente diferente de Wade Ashby y por más que lo intento, no puedo apartar la mirada.