Capítulo 12
Wade
—Me iré a primera hora, pero volveré al mediodía todos los días para asegurarme de que comas y ya luego para cenar.
Mañana les comunicaré a todos que no trabajarás durante lo que queda de semana y me encargaré de las tareas que tenías que hacer los próximos días.
Esta es tu zona. Yo estaré al final del pasillo, pero no deberías oírme desde este lado de la cabaña —le explico mientras guío a Ivy más allá del salón.
Va con las muletas que cogimos de la casa principal y le van perfectas.
El segundo dormitorio y baño que hay al final del corto pasillo son de colores neutros, espaciosos y no los uso para nada.
En el pasado, otros jefes tenían hijos que necesitaban su espacio.
En cuanto a mí, eran estancias con las que mi madre podía volverse loca y poner a prueba sus dotes de interiorista para que parecieran sacadas de alguno de esos programas de decoración que ve.
—Qué bonito —comenta sorprendida Ivy y mira por la ventana—.
Haré todo lo que pone en este folleto —añade mientras levanta el panfleto que le dio el médico—.
Desapareceré de tu vista en un santiamén y estaré lista para el próximo fin de semana.
Incluso si aún tuviera que ir en muletas. —Me sonríe con tristeza.
—Ven que te enseño el baño —le indico mientras aparto mi mirada de la suya como si fuera un gilipollas.
Para no ser un baño principal, es bastante grande.
Cole lo remodeló hace un par de años, igual que el resto de las otras cabañas.
La ducha es espaciosa y tiene un práctico banco integrado y una alcachofa de ducha extraíble que le vendrán genial.
La puerta de cristal le permitirá entrar sin dificultad.
Siendo sinceros, no hay mejor sitio en donde pueda quedarse esta semana.
La habitación temporal de Ivy tiene ropa de cama y cortinas en suaves tonos azules y crema, con una estructura de hierro forjado que rodea una cómoda cama.
Hay un pequeño escritorio antiguo frente a la ventana con vistas a la montaña Sugarland y a nuestros prados, además de una pequeña cómoda con un espejo antiguo de marfil a juego y un sillón orejero con cojines y una mullida manta sobre el reposabrazos.
—Esto es maravilloso. —Suelta un suspiro que deduzco que es de alivio y luego se sienta en el sillón de su habitación.
—Si necesitas algo, dímelo. No te cortes, sobre todo durante los dos primeros días.
Me pone una mano en el antebrazo.
—Gracias, Wade , en serio. Te lo agradezco mucho.
Asiento y aparto el brazo mientras desvío la mirada hacia el salón como un adolescente nervioso.
—Ya iremos mañana por la mañana a coger tus cosas a tu cabaña. Ahora mismo lo que necesitas es tomarte algunos analgésicos y dormir un poco. —Ha pasado la medianoche y debe de estar hecha polvo. Igual que yo, que llevo despierto casi veinte horas—. Quédate aquí, vuelvo enseguida.
Me mira con ojos cansados.
—No pienso moverme de este sillón. Aunque si me dejas mucho rato aquí sola sentada, podría quedarme dormida. —Bosteza en cuanto termina de hablar.
Me apresuro a coger algunas cosas imprescindibles.
Un blíster de ibuprofeno, una botella de agua fría, una de mis camisetas, un par de pantalones de chándal que, aunque le quedarán enormes, la abrigarán en mi vieja y fría cabaña, mi peine y un secador de pelo que creo que jamás he enchufado, y mucho menos encendido.
Cuando regreso a la habitación, está sollozando en silencio mientras mira por la ventana con lágrimas en los ojos; no tengo ningún tipo de preparación para lidiar con estas situaciones y no sé qué hacer. Me duele ver llorar a las mujeres.
—Es que… hacía mucho tiempo que nadie se ofrecía a cuidarme… No sé qué decir. Me sorprendió que no dudaras ni un segundo —admite con la mirada clavada en la ventana.
¿Desde hace cuánto tiempo nadie se preocupa por ella? Hostia puta.
—Bueno, en este rancho nos cuidamos los unos a los otros.
Sonríe con los ojos anegados de lágrimas cuando me agacho para mirarla fijamente.
—Puede que ahora mismo seas un pequeño incordio y estés mucho más sensiblera de lo habitual, pero la lesión de tu tobillo no es ninguna molestia —le aclaro mientras le ofrezco la bandana que siempre llevo en el bolsillo trasero para que se seque las lágrimas.
Ella la coge con entusiasmo y asiente con la cabeza.
Suelta un resoplido.
—No hay nada como una charla motivadora y empalagosa de Wade Ashby para que una chica se sienta mejor —comenta.
Al menos su descaro no ha desaparecido por su lesión.
—Venga, se acabó el sentimentalismo. Llévame a la cama —añade.
No digo nada e ignoro por completo su declaración.
Me limito a esperar incómodo; según enciendo una lámpara y bajo las persianas, ella se seca las lágrimas y se cepilla el pelo; es tan denso que sigue un poco húmedo cuando se quita el coletero.
Luego la ayudo a entrar al baño para que se lo seque con el secador y se prepare para acostarse.
Ivy se apoya en una muleta mientras se seca el pelo y yo cojo una toalla y un cepillo de dientes limpios para ella.
Intenta mantenerse en pie sin apoyo para peinarse la parte de atrás, pero hace una mueca y vuelve a agarrar la muleta al tiempo que suelta alguna que otra palabrota ya que no consigue mantener el equilibrio.
—No pasa nada, el resto ya se secará mientras duermo. —Me ofrece una sonrisa.
Gruño, harto de ver cómo intenta apañárselas sola y me acerco a ella.
—Déjame a mí. —Me ofrezco—. No tengo ni idea de cómo se hace, pero no puede ser tan difícil, ¿no? —Me encojo de hombros.
Ivy me mira atónita un instante y luego me entrega el cepillo con una mirada de incertidumbre.
—Adelante, jefe. —Sonríe de forma burlona.
Eso me suena a desafío. Se gira para darme la espalda y enciendo el secador.
Paso el cepillo por sus mechones sedosos mientras le doy con el secador de un lado a otro hasta que su pelo parece una sábana con aroma azucarado que cae por su espalda.
Incluso el tono bronceado de mis manos destaca en comparación con el negro azabache de su pelo y la necesidad de sentirlo entre mis dedos y llevármelo a la nariz una vez que esté totalmente seco me consume casi por completo.
En cuanto guardo el secador y el cepillo, Ivy se acomoda el pelo sobre los hombros y me sonríe sin percatarse de su aspecto.
«Joder, está impresionante».
—Estoy segura de que nunca lo habías hecho antes. —Suelta una risita.
—En mi puta vida lo había hecho, pero se me da bastante bien, si me permites decirlo —replico.
—Es impresionante, ni siquiera se me ha encrespado —admite mientras se pasa la mano por el pelo.
Me aclaro la garganta y le suelto la primera excusa que se me viene a la cabeza.
—No puedes acostarte con el pelo mojado porque te resfriarías —le explico.
Ivy asiente. No digo nada más y le entrego la ropa y las cosas para el baño que le traje antes.
—Te daré un poco de privacidad y mientras voy preparándote las almohadas. Estaré aquí afuera por si necesitas algo que se me haya olvidado —le digo.
Preparo la cama como indica el dibujo del folleto, con una almohada debajo de las sábanas para que mantenga el pie en alto, y luego espero.
Oigo correr el agua durante unos minutos y, a continuación, se hace el silencio.
Pasan diez minutos en los que me debato sobre si llamar a la puerta o no.
Mi conciencia gana y, cuando estoy a punto de hacerlo, oigo que la puerta se abre.
Me acerco enseguida para ayudarla, pero hasta que no abro la puerta del todo, no me percato de su aspecto.
Se ha puesto mis pantalones de chándal, con los bajos arremangados sobre su pequeña figura, y mi camiseta le queda genial a pesar de que le va enorme.
Se me corta la respiración de forma involuntaria.
—Los pantalones me quedan tan grandes que casi no he podido mantener el equilibrio sin las muletas para subírmelos y atarme el cordón. Se me caían todo el rato —me cuenta y después se encoge de hombros—. Me ha llevado varios intentos.
Finjo tanta indiferencia como puedo ante la idea de ver sus pantalones, mis pantalones, alrededor de sus tobillos. Me acerco a ella y la ayudo a llegar a la cama. Cuando estamos a un paso de ella, una de las muletas se engancha en la alfombra y ella tropieza.
La agarro justo a tiempo para que no se caiga, pero no consigo evitar que ambos nos desplomemos sobre la cama.
Ivy jadea cuando la rodeo con los brazos para protegerla del golpe.
El momento se hace eterno mientras la envuelvo con mi cuerpo y la miro desde arriba, tan vulnerable, tan suave.
Abre la boca de sorpresa y me clava la mirada.
Es en ese preciso instante cuando mi polla se da cuenta de que mi cuerpo está presionado contra el suyo.
Me aclaro la garganta, me separo de ella antes de que la note y la ayudo para que se incorpore sobre la cama.
—Te lo dije, soy propensa a los accidentes. —Sonríe en señal de disculpa.
—Ya lo veo, joder. ¿Te has hecho daño?
—No, solo estoy extremadamente avergonzada. Por lo demás, estoy bien —confiesa con una sonrisa en los labios—. Tengo que practicar un poco más con las muletas.
—Ya te acostumbrarás, pero va a ser mejor que no te muevas mucho cuando no esté por aquí, no vaya a ser que te rompas el otro tobillo —sugiero con un tono más molesto del que pretendía.
Pero, coño, en mi defensa diré que estoy intentando que se me pase el calentón, cosa que no es nada fácil con ella ahí sentada.
Tiene un aspecto la mar de apetecible con mi ropa puesta.
Cinco minutos después, ya está tumbada en la cama, con el tobillo en alto y tapada hasta las orejas.
Doy un asentimiento.
—¿Todo bien? —pregunto con un tono que espero que suene casual.
—Sí, de verdad. Esta cama es de ensueño. —Sonríe. No le digo que es la misma cama que tiene en su cabaña y me limito a apagar la lámpara. Bosteza de tal manera que forma una «O» perfecta con la boca.
—Te has equivocado de profesión, deberías haber sido celador —comenta en voz baja—. Reaccionas rápido… tienes buenos reflejos… —enumera como si estuviera contando mis cualidades con los dedos.
Asiento mientras intento olvidar lo que sentí al estar encima de ella.
—Llámame si me necesitas —me limito a decir y luego cierro la puerta tras de mí.
—Buenas noches, jefe.
Me dirijo a la cocina y me sirvo un bourbon bien cargado.
Me tomo un momento para respirar después de todo lo que ha pasado.
Lo último que esperaba cuando me desperté esta mañana era que Ivy terminara durmiendo al final de mi pasillo.
Me llevo el vaso a los labios y, al hacerlo, me doy cuenta de que he acabado con otro coletero de Ivy en la muñeca entre tanto cepillado y secado.
Niego con la cabeza y lo tiro a la cesta para añadirlo a mi creciente colección.
Después, me pongo manos a la obra.