Capítulo 10
Ivy
—Dios santo… ¿Qué ha pasado? — Wade se agacha a mi lado y me aparta el pelo mojado de la frente.
—Le estaba enseñando a Nutmeg a orientarse bajo la lluvia.
—¿A las diez de la noche?
—A ver, no, salí justo cuando terminé de hablar contigo. No conseguía relajarme y oí la lluvia. Es bueno para ellos, ¿sabes? Aprender a orientarse en estas situaciones… ¡Ay! —Ya me he quitado la bota y hago una mueca cuando intento mover el tobillo.
Wade se acerca para examinarlo.
—¿Qué has hecho? Ivy , tienes el tobillo hinchado… Mejor te llevo al hospital para que le echen un vistazo.
—¿Hospital? No, no, estoy bien. Es que… joder —murmuro mientras intento apoyarme en la pared para levantarme, pero Wade es más rápido y me agarra por los codos.
—Eh, no. Nos vamos. Ahora mismo —ordena Wade con esa voz que no admite discusión.
—No… no tengo seguro. Estoy intentando ahorrar… —Traducción: «Sigo ayudando a mi madre a pagar algunas facturas porque se gasta el dinero de las ayudas en alcohol».
—Da igual. Te has hecho daño trabajando, así que el rancho cubrirá los gastos. Ahora, si ya has terminado de protestar, nos vamos a la camioneta.
Asiento y me recuesto contra la pared. Wade desaparece durante un minuto exacto y regresa con una botella de agua, una bolsa de hielo y un abrigo seco y cálido.
Me quita con cuidado el mío, que está empapado porque vine cojeando desde el establo.
Jo se ha ido y CeCe está en casa de Nash con Mabel .
Supuse que Wade estaría en casa, por eso me sorprendió descubrir que no estaba cuando llegué.
—Venga, vámonos —me insta con voz ronca y apresurada. Me da la bolsa de hielo y me pasa sus fuertes brazos por debajo de las piernas. Le rodeo el cuello con los brazos y me acurruco en su cálido y robusto pecho.
—Soy tonta, de verdad. No se me pasó por la cabeza mirar el radar porque era una noche agradable y fresca. Así que pensé: «¿Por qué no?».
Me arden las mejillas solo de pensar en la razón por la que estaba tan nerviosa y me costaba tanto dormir.
No podía quitarme de la cabeza el modo en que él me miró antes de marcharse del rancho a toda prisa.
La forma en que me recorrió el cuerpo con la mirada durante una fracción de segundo, lo suficiente como para que me diera cuenta y se me pusiera la piel de gallina.
Lo observo durante un momento. Estar en los brazos de Wade y envuelta en su cálido abrigo de franela forrado de piel no es una mala experiencia.
Me deposita en el asiento del copiloto de su camioneta.
El aroma a cuero y a especias con toques de menta me invade los sentidos. Es fresco y limpio y huele a Wade .
Se sube al asiento del conductor, me mira y habla soltando una especie de resoplido:
—Deberías poner las piernas aquí… — Wade señala el asiento que hay entre nosotros—… para elevarlas y mantener el tobillo en alto.
Gira la llave y la camioneta cobra vida con un rugido.
—La gravedad hará que se hinche aún más si no lo haces —añade.
Asiento con la cabeza, me quito la otra bota y, a continuación, levanto las piernas para apoyarlas en el asiento delantero.
Intento colocarlas de tal forma que mis pies no toquen el muslo musculoso de Wade .
El hielo se resbala de mi tobillo, pero él lo atrapa y me levanta con cuidado los dos pies para ponerlos sobre su regazo.
Me mira fijamente en la oscura cabina de su camioneta.
—En alto —repite mientras mantiene el hielo pegado a mi tobillo.
Me limito a asentir porque cuando la voz de Wade alcanza ese tono tan profundo, me quedo sin palabras y discutir es inútil. Nos ponemos en marcha y, como tener mis pies en su regazo me pone nerviosa, empiezo a contarle lo que pasó.
—No se oyó ningún trueno mientras estuvimos cabalgando.
Vi un relámpago justo cuando volvíamos al establo, pero ya era demasiado tarde.
No me dio tiempo a desmontar, Cosmic se asustó y me torcí el tobillo al intentar bajarme de él.
No sé cómo pude sujetarlo, pero lo conseguí y luego…
empecé a caminar. Me llevó un buen rato; tardé casi media hora en volver a la cabaña. Creí que ya estarías en casa.
—Tuve que ir a hacer algo a la casa de mi ex. Deberías haberme llamado. —Aprieta la mandíbula. Se nota que está molesto conmigo.
Dejo escapar un suspiro y me recojo el pelo húmedo en un moño alto.
—No tenía el teléfono encima. Cuando me di cuenta de que no estabas, decidí descansar un minuto en tu porche antes de volver a mi cabaña para intentar dormir.
Iba a esperar a ver cómo me levantaba por la mañana.
Fui muy descuidada. Siento muchísimo todo este jaleo —me disculpo. Me siento estúpida e irresponsable.
El sombrío paisaje avanza junto a nosotros mientras continúo mirando por la luna del coche.
—Me gusta dar paseos bajo la lluvia. Solía hacerlo con mi padre; era como nuestro momento —le cuento, ya que siento la necesidad de ofrecerle una explicación más profunda si va a conducir durante cuarenta minutos para llevarme al hospital a las diez de la noche.
—¿Teníais vuestro propio rancho? —me pregunta al instante.
—No, pero teníamos una casita en un terreno de unas cuatro hectáreas. Mi padre nos compró a mi hermana y a mí nuestros propios caballos. Le encantaban los animales —respondo, agradecida por la distracción.
Wade clava la mirada en la ventana y en el paisaje lluvioso.
—Siento mucho que le perdieras. Debió de ser muy duro a esa edad —comenta.
Se me hace un nudo en la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas. Contengo las ganas de llorar.
—Hacía mucho tiempo que no oía eso. Incluso cuando murió, creo que no me lo dijeron mucho —confieso en voz baja.
—¿Por qué no? —pregunta Wade . Su tono de voz refleja aún más frustración de la habitual.
Lo miro para intentar identificar su estado de ánimo; para ver si es su forma de distraerme del dolor o si de verdad le interesa mi respuesta. Es imposible saberlo, así que respiro hondo y le cuento la historia por encima.
—Tras la muerte de mi padre, mi madre perdió el rumbo.
Pasó de tomarse unas copas de vino al día a beberse botellas enteras y, con el tiempo, perdimos todos nuestros ahorros.
No podía pagar nada: ni los caballos ni el terreno ni la casa.
Para cuando cumplí los dieciséis años, el parque de caravanas Winding Eagles se había convertido en nuestro hogar.
Wade permanece en silencio, sentado a mi lado con la mandíbula tensa, mientras mira fijamente a través del parabrisas, concentrado en la lluvia.
—Supongo que pasé de llorar la muerte de mi mejor amigo a convertirme en algo así como la niñera de mi madre, en la cuidadora de mi hermana pequeña y, después, en el sustento económico de ambas.
Cuando iba al instituto, tuve dos trabajos hasta que Cassie fue lo suficientemente mayor como para empezar a trabajar y contribuir en casa.
Mi madre tuvo trabajos esporádicos durante un tiempo.
La depresión que sufrió tras la muerte de mi padre la consumió por completo.
El rostro de Wade se suaviza.
—Mi madre no es una mala persona. Tiene un corazón enorme, pero mi padre fue el amor de su vida. Fue como si hubiera perdido las ganas de vivir. Cayó en un agujero muy oscuro y no pudo o no quiso salir.
—Conozco esa pérdida. Mi madre dice que una parte de ella murió con mi padre —comenta Wade .
Asiento en respuesta.
—Algunas personas son más fuertes que otras. Tu madre es una mujer muy fuerte y la admiro por ello —admito con sinceridad—. No se vino abajo cuando murió su marido, sino que cuidó de su familia. No la conocía por aquel entonces, pero parece que, de alguna manera, lo ocurrido la hizo más fuerte.
—Tiene sus momentos, pero es un hueso duro de roer, lo reconozco. También es un poco controladora y quería asegurarse de que sus hijos estuviéramos bien —añade Wade .
Se me escapa una risita.
—De tal palo, tal astilla, ¿no?
—No sé de qué me hablas, si soy el tipo más despreocupado del mundo —lo dice con tanta seriedad que me hace sonreír—. ¿No vas a protestar, Lianta?
—Voy a darte un respiro porque me estás llevando al hospital. —Sonrío y añado—: Pero no te acostumbres.
Wade asiente y vuelve a ponerse serio.
—Me parece bien. ¿Y ahora qué? —Sigue indagando—. ¿Hay alguna posibilidad de que tu madre deje la bebida y empiece de cero?
Me giro para mirar por la ventana. «Ese es mi mayor deseo».
—Ha intentado dejarla muchas veces. Siempre espero que su nuevo intento sea el definitivo, pero hasta ahora nunca lo ha conseguido. Sigo ayudándola cuando lo necesita porque, ahora que mi hermana se ha mudado, soy lo único que le queda.
Wade asiente y cambia de tema.
—¿Cómo te encuentras? ¿Notas alguna mejoría con el hielo? —pregunta mientras señala mi pie que reposa en su regazo.
—Creo que un poco. Lo siento mucho, Wade .
—Deja de disculparte por lo del tobillo, coño. Fue un accidente —protesta al tiempo que baja el brazo y me aprieta la pantorrilla con suavidad.
Se nota que Wade no suele tocar a la gente porque lo hace con cautela. Sin embargo, a pesar del dolor que siento, su roce me reconforta y no sé explicar por qué. Alzo la vista y nuestras miradas se encuentran en la oscuridad por un breve instante. Aún tiene su mano apoyada en mi pierna.
—¿Te duele algo más? —inquiere.
—Creo que no, pero aún nos quedan treinta minutos de viaje —replico en voz baja y con una sonrisa en los labios para aligerar el ambiente.
Respiro hondo cuando cambia la posición de la bolsa de hielo sobre mi tobillo y me recompensa con una pequeña sonrisa. Vuelve a apretarme la pantorrilla y luego la suelta para volver a sujetar el volante con las dos manos.
—Ya, eres bastante propensa a los accidentes.
—Sí —respondo con sinceridad—. Siempre he sido así. Soy experta en tropezarme con mis propios pies —admito con la mano levantada.
—Pues será mejor que no toques nada y dejes las manos sobre el regazo —sugiere.
Le devuelvo la sonrisa y junto las manos con un gesto exagerado en mi regazo.
Esto debe de ser un récord mundial. Por tercera vez en unos pocos días, he vuelto a ver esos hoyuelos.