Capítulo 8
Wade
—Sé que tienes muchas cosas en la cabeza ahora mismo, pero eso no te da derecho a ignorarme a mí y a mis necesidades.
Me quito el sombrero y lo tiro sobre el puf. Luego me froto la frente porque tenemos la misma puta conversación casi todas las noches.
—No es solo por eso, Janelle . Sé que te veías a escondidas con Darryl Smith . Una vez que pierdes mi confianza, ya no hay vuelta atrás.
Janelle se agacha frente a mí y su larga melena rubia platino le cae sobre los hombros.
Hace un puchero con el labio inferior y me mira con sus ojos azules para intentar seducirme, pero no funciona.
Antes creía que me encantaban esos ojos.
Ahora solo veo el reflejo de otro hombre cada vez que los miro.
Me levanto y aparto sus manos para poner distancia entre nosotros. Me mudo al rancho de nuevo en tres días, así que no tengo por qué aguantar sus gilipolleces.
—Deja de fingir que no me deseas, Wade .
—No te deseo, Janelle . Antes lo hacía, pero ahora estoy hasta los cojones de todo. Tengo que dirigir todo el rancho y mi padre está al borde de la muerte. —No deja de vomitar, se pasa los días durmiendo y tiene llagas en la piel por la quimioterapia—. Estoy agotado.
—Siempre estás agotado, pero soy tu mujer. Te guste o no. Ya es hora de que me perdones y me prestes atención como lo hacías antes. ¿Por qué te crees que tuve que buscar afecto en otra parte?
Claro, es mi culpa que me haya puesto los cuernos. Está loca si cree que volveré a confiar en ella y mucho menos perdonarla.
Cierro los ojos y me froto la cara durante unos segundos para recuperar la calma. Siento que alguien se mueve detrás de mí. Dos manos cálidas se deslizan bajo mi camiseta. Estoy a punto de protestar, pero luego la escucho hablar.
—Deja de fingir que no me deseas, Wade . —Una voz suave y ronca me llega a los oídos, una que me pone la piel de gallina. Una que no es la de Janelle . No me atrevo a abrir los ojos. Quiero escuchar esta voz. Huelo su aroma a vainilla y azúcar.
Se me escapa un gemido desde lo más profundo de mi pecho cuando me doy la vuelta y su pequeña mano me agarra la polla a través de mis tejanos.
Me desabrocha la hebilla del cinturón al tiempo que me acaricia con la mano y posa sus labios sobre los míos. Su sabor es aún mejor. Le rodeo la cintura con las manos mientras mi boca reclama la suya. Siento la calidez de su espalda bajo la camiseta que lleva.
—Sabía que me deseabas, jefe. — Ivy se separa de mí con los labios hinchados, las pupilas dilatadas y el pecho subiendo y bajando por su respiración jadeante.
—Joder, claro que te deseo —murmuro mientras la empotro contra la pared. Me llevo su pequeña mano a los labios y lamo cada uno de sus dedos antes de hacer que vuelvan a rodear mi polla. Suelta ese gemido gutural que me moría de ganas de…
Un trueno hace temblar toda mi cabaña. Abro los ojos de golpe al escuchar el zumbido de mi teléfono y la tormenta. Me percato de que me estoy agarrando la polla con fuerza y de que sigo notando el aroma de Ivy en el aire.
«Hostia».
Cojo el teléfono, que vibra sobre la mesita de noche.
Janelle . Parece que mi sueño me estaba advirtiendo de que intentaba contactarme. Otro trueno fuerte resuena en la casa y mi teléfono vuelve a sonar.
—Es medianoche, Janelle —gruño con voz ronca. Joder, estoy tan duro que incluso me duele.
— Wade , el techo tiene goteras… la cocina… hay agua por todas partes. —Su voz es aún más aguda de lo normal y suena muchísimo más fuerte que la voz suave y ronca con la que estaba soñando.
—Me cago en la puta. Ya voy.
Cuelgo y me pongo los vaqueros con la esperanza de que se me baje la erección, pero la imagen del cuerpo cálido de Ivy pegado al mío no deja de rondarme la cabeza.
Cojo las llaves y salgo disparado por la puerta principal.
Esta es la segunda vez que el techo tiene goteras en los últimos cuatro meses.
Es evidente que Janelle va a tener que arreglar el techo.
A estas alturas, soy básicamente su santo casero.
Me recuerdo a mí mismo que dentro de poco podré olvidarme de ella.
Estoy contando los días para que esa casa deje de ser mía.
Su financiación bancaria se concretará a principios de diciembre.
Hasta entonces, no tengo más opción que ayudarla para asegurarme de que nada se estropee porque eso podría obstaculizar la financiación que romperá el último vínculo que me une a Janelle .
Me lleva diez minutos conducir desde el rancho hasta mi antigua casa, donde está mi exmujer.
Mientras voy, intento averiguar a qué cojones venía ese sueño.
Parecía demasiado real y, coño, me gustó mucho.
No tiene sentido. He conocido a muchísimas mujeres guapísimas a lo largo de mi vida, así que no hay excusa para pensar en Ivy de esa manera.
Me digo a mí mismo que es porque hace mucho tiempo que no follo, al mismo tiempo que siento cómo mi polla empieza a hincharse de nuevo cuando pienso en su cuerpo apretado contra el mío.
«Maldita sea. Limpiar la mierda del establo. El dentista. Cole saltando al arroyo con el culo al aire», me repito y mi polla se desinfla al instante. El culo de Cole siempre funciona.
Suspiro y me preparo para la batalla cuando llego a la casa.
Janelle siempre ha sido de armas tomar. Debería haber sabido que todo iba a acabar mal al poco de casarnos.
La chica que creía que era Janelle desapareció ante mis ojos en cuanto la boda terminó y todo dejó de girar en torno a ella.
Había dejado de ser la novia. Según ella, ahora solo era una simple mujer casada.
Aun así, le seguí el rollo durante mucho tiempo.
Esposa feliz, vida feliz, ¿no? ¡Biip! Error.
Éramos polos opuestos y no en el buen sentido.
A mí me gusta el aire libre, a ella no. Yo quería quedarme en casa y ella quería salir por ahí.
Yo quería tener hijos y ella no. Supe que lo nuestro no tenía futuro cuando mi padre enfermó y ella salió a beber y a acostarse con los jovencitos del pueblo en lugar de estar ahí para mí y mi familia.
Un par de meses antes de que mi padre falleciera, decidí irme.
Había confiado en ella y, en cuanto dejé de hacerlo, el resto no tenía sentido.
Me pareció bien que se quedara a vivir en la casa porque yo necesitaba estar en el rancho a todas horas y, además, había dejado de ser mi hogar.
Cuando nuestro divorcio se formalizó a finales de verano, acepté que se la quedara.
Falta tan poco para que la casa sea suya que casi ya puedo saborear mi libertad.
Aparco la camioneta en la entrada y levanto la mano para llamar a la puerta.
Sin embargo, esta se abre de golpe antes de que me dé tiempo y aparece una furiosa Janelle que me mira como si hubiera tardado siglos en llegar.
—No sé qué hacer. He puesto cubos por el suelo. Cae del mismo sitio de siempre. —Ni un «Hola» ni un «Gracias por venir». Tan solo un «Arréglalo de una vez, soldado».
—Seguramente cae del maldito canalón donde está la fuga —espeto.
Casi ya no llueve, así que decido que es seguro subir al tejado. Y aunque me resbalara, es mejor que quedarme en casa escuchando a Janelle mientras se inventa mil excusas de por qué no lo ha arreglado ya.
—Creo que está arreglado, pero solo es temporal, Janelle . Te dije en verano que hay que cambiar el tejado. ¿Llamaste a Jake para que te diera un presupuesto? —pregunto treinta minutos después, cuando vuelvo a entrar en la casa tras poner más cinta adhesiva en el canalón.
Janelle hace un puchero con los labios.
—He estado ocupada. —En otras palabras, no.
La miro con el ceño fruncido.
—No puedes pasar por alto esta mierda. No puedo ser el primero al que llames cuando algo se estropea.
Ya no estamos casados. Vete haciendo a la idea.
Llamaré a Jake para que se acerque mañana porque no puedo quedarme sentado y esperar a que se arregle solo.
¿Tienes el dinero presupuestado para tu refinanciación?
—Pues claro que sí. —Lo dice como si fuera una locura que no lo tuviera, pero la conozco de sobra.
—Bien. Pues se pasará cuando salgas de trabajar.
Se levanta y sonríe con suficiencia mientras se acerca a mí con una mirada lasciva. Una que conozco muy bien. Una que medio pueblo conoce muy bien.
—No quiero hacerme a la idea. Te recompensaré si te quedas un rato más, como en los viejos tiempos.
Estás buenísimo a la una de la madrugada, Wade .
—Levanta la mano para acariciarme la mandíbula y encuentro el gesto realmente repulsivo.
Incluso el ligero aroma a Chanel n.° 5 me revuelve el estómago.
Resoplo y le agarro la muñeca.
—Ni lo sueñes, Janelle . Esos tiempos ya pasaron. —La esquivo y cojo mi impermeable mientras miro de nuevo el cubo para asegurarme de que el techo ya no gotea—. Vacía el cubo y compruébalo por la mañana —espeto.
Salgo por la puerta tan rápido que apenas la oigo gritar:
—Yo tampoco quería follar contigo, Wade Ashby .