Capítulo 1 #2
Es mi mejor amigo desde hace veinte años y va a ser mi futuro cuñado…
oficialmente. Fue una sorpresa, por decirlo así, descubrir que se había pasado todo el verano viendo a CeCe a escondidas.
Pero cuando me tranquilicé y comprendí sus intenciones, supe que, sin lugar a dudas, eran perfectos el uno para el otro.
Aunque sus constantes besuqueos y caricias me den ganas de vomitar, me alegra que Nash y mi hermana pequeña sean felices juntos.
Con suerte, romperán la maldición de los Ashby , esa que siempre nos ha atormentado a los tres en lo que a relaciones respecta.
—Solo tengo una pregunta. No hace falta que contestes si es demasiado personal —dice Ivy .
«No me jodas».
—No me va lo personal —mascullo.
—¿No me digas? —El sarcasmo impregna su tono de voz—. Te prometo que no es muy seria, solo tengo curiosidad. —Se toma mi silencio como una señal de aprobación—. Es que no lo entiendo. ¿Cuál es la verdadera historia de tu familia?
Parpadeo y la miro, desconcertado.
—Quiero decir, todo el mundo es muy amable y hospitalario, y se les ve bastante felices. Así que… ¿eres adoptado? ¿O te criaste con otra familia? ¿Eres el hermano perdido que sigue con la espinita clavada?
Me giro para mirarla. Los ojos azules de Ivy brillan cuando me lanza esa mirada que no augura más que problemas. Siento que frunzo el ceño mientras se ríe de su chiste medio gracioso durante mucho más tiempo del necesario.
—¿Sabes que tu cara puede hacer otras cosas aparte de fruncir el ceño? —reflexiona mientras entramos en Silver Pines , el rancho y centro de entrenamiento de mi familia. Mi hogar. Mi responsabilidad.
Atravieso el viejo camino de tierra y dejo atrás mi cabaña para llevarla a casa.
Ivy ha escogido la Blue Eyes , nuestra quinta cabaña, como su humilde morada durante su estancia aquí.
Es la más cercana a la mía. Podría haber elegido cualquiera de las cabañas vacías, pero eligió esa por dos razones sobre las que no paraba de divagar: una es porque sus ojos son azules, lo cual, en mi opinión, es quedarse corto.
Son tan azules que algunos días parecen casi violetas, como el color de un cielo invernal sin nubes… o algo así.
Y su segunda razón es que la terraza de la Blue Eyes da al bosque del norte y dice que le gusta tener privacidad.
Seguramente para sentarse en la terraza y leer sus libros guarros en paz.
—Hogar, dulce hogar —bromea mientras se gira hacia mí—. Bueno, gracias por traerme a casa, Capitán Alegría. Ha sido una noche divertida, salvo los últimos quince minutos, por supuesto.
Le respondo con un bufido mientras salgo de la camioneta y la rodeo para ponerme a su lado. Ivy se quita mi chaqueta de su curvilínea figura y me la da al mismo tiempo que baja del coche.
—Ya no tengo frío, gracias —dice cuando se la cojo de las manos y, a cambio, le devuelvo las llaves de la camioneta.
Nuestra diferencia de tamaño es mucho más evidente cuando estamos a tan solo treinta centímetros de distancia.
Apenas me llega al hombro, incluso con los tacones que lleva puestos.
Me quedo ahí de pie y espero a que entre en su casa, pero en vez de hacerlo, murmura algo parecido a: «No aguanto ni un segundo más».
Luego, empieza a hacer malabares sobre el césped para quitarse los tacones negros.
—Mmm… joder, qué gustazo. —Suelta un gemido gutural que me obliga a tragar saliva con fuerza—. Llevo toda la noche deseando hacerlo. —Se ríe con inocencia mientras se quita el otro tacón y se vuelve unos centímetros más baja. Mira hacia arriba y me sonríe.
Aparto la mirada de ella para ignorar los ruidos que hace mientras murmura cuánto le gusta notar la hierba bajo sus pies descalzos para sentirse más en sintonía con la tierra y yo le señalo su puerta. Ivy la observa y, a continuación, me mira con cara de exasperación.
—Creo que llegaré sana y salva, jefe. Ya puedes irte a casa. O sea, puedes ver mi porche desde el tuyo. —Señala mi cabaña, que está a unos sesenta metros.
Niego con la cabeza.
—Me iré a casa cuando hayas entrado.
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada mientras sube tranquilamente las escaleras de la entrada.
—Vale, te haré caso —grita Ivy por encima del hombro—. Pero solo porque he bebido un poco. Aunque ya soy mayorcita, puedo cuidarme sola. —Le da unos golpecitos a su bolso y me guiña un ojo—. Espray para osos.
Por supuesto que lleva un espray para osos en el bolso. Aunque es muy probable que la fierecilla ni siquiera lo necesite. Seguramente establecería un vínculo con el oso y lo alimentaría por su puerta trasera.
—Buenas noches, jefe, nos vemos a primera hora —canturrea. Cierra la puerta y me quedo ahí plantado, exasperado por el torbellino que es Ivy Spencer .
Me cuelgo la chaqueta del antebrazo y recorro la poca distancia que hay hasta mi propia cabaña, la Bluegrass .
Mi cabaña es la más grande de la propiedad sin contar la casa principal.
Es la cabaña del jefe, la única con dos dormitorios y dos baños, y por fin la reformé como quería después de volver al rancho al separarme.
Yo mismo me encargué de renovar la mayor parte de la cocina, aunque Cole me echó un cable.
Entro al vestíbulo y enciendo la luz. Respiro con tranquilidad.
Este es mi sitio. El espacio abierto está rodeado de paredes de madera oscura y suelos de parqué desgastado.
Todavía huele ligeramente a cuero y a tabaco por los antiguos residentes que vivieron aquí a lo largo de los años.
La cocina, situada justo enfrente, es pequeña y tiene armarios nuevos de nogal y electrodomésticos de acero inoxidable.
A la izquierda, hay un salón amplio con una chimenea de adoquines que va desde el suelo hasta el techo y unas ventanas que dan a la casa principal y desde donde se ven los establos a lo lejos.
Es el lugar perfecto para sentarse con un whisky y escuchar mi vinilo favorito al final del día.
También es el único lugar donde no tengo que preocuparme por ser el líder que todos necesitan, por el rancho, por mi madre, que vive sola y cada vez está más mayor, por ocupar el lugar de mi padre, por Janelle , por el futuro.
Este es mi espacio para ser simplemente Wade , quienquiera que sea ahora.
No hay tiempo para la introspección cuando tienes un rancho entero que gestionar y la presión del derbi del año que viene pisándote los talones.
Me aflojo la corbata y me quito los incomodísimos zapatos de vestir.
Al colgar la chaqueta mientras repaso mentalmente la jornada laboral de mañana, siento que algo ligero me golpea el pie.
Me agacho y lo recojo para verlo mejor. Ivy ha llevado puesta mi chaqueta durante veinte putos minutos.
Me llevo la suave tela a la nariz y aspiro el dulce aroma azucarado de Ivy .
Joder, qué bien huele. Meto el coletero de satén negro en la cesta que hay encima de la nevera y me voy directo a la ducha.
Quien lo encuentra se lo queda.