Un corazón indomable (Silver Pines 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

Wade

Octubre

— Antes de que me dé tiempo a prepararme mentalmente, mi cuerpo ya está listo. Chase me agarra por la nuca y me tira del pelo con fuerza mientras su boca devora la mía.

—Dios santo, pero ¿qué es esto? —exclamo mientras intento bajar el volumen del altavoz que no es mío en una camioneta que no me pertenece.

—Quiero que se arrodille. Quiero que se ahogue en mi…

—¿Necesitas ayuda, jefe? — Ivy se ríe a mi lado cuando por fin consigo girar el botón correcto para bajar el volumen de su audiolibro y así evitar escuchar al narrador, que intenta llevarnos al clímax mientras regresamos al rancho.

—Ya está —replico con brusquedad. Aparto dos gomas de pelo suaves de la palanca de cambios para poder poner la marcha atrás en la Silverado de Ivy .

No me sorprende tener que apartar estas malditas cosas para poder hacer algo tan simple como conducir.

En las pocas semanas que Ivy lleva trabajando en mi rancho, estoy bastante seguro de que se ha dejado una goma en cada rincón imaginable de mi oficina.

En su primer día, se dejó una en mi escritorio, que luego vino a buscar.

Fue entonces cuando aprendí que las gomas de pelo tienen un nombre específico cuando son tan suaves y esponjosas como estas.

Se llaman «coleteros» e Ivy los atesora.

Los tiene de mil tonos y estampados diferentes, como si en cualquier momento pudiera necesitar treinta y dos más, aparte del que lleva puesto.

Forman una torre de todos los colores del arcoíris en su escritorio e incluso más.

Siempre brillantes y alegres… igual que ella.

De hecho, todo lo relacionado con esta mujer es femenino y radiante, incluida su camioneta, la cual me han obligado a conducir esta noche.

Hay un ambientador de piña colada que cuelga del retrovisor y un batiburrillo de bálsamos labiales y cremas de manos en los portavasos.

Es un puto salón de belleza sobre ruedas.

Sus labios de color rojo carmesí se curvan en una sonrisa diabólica ante mi evidente desprecio por su elección de libro.

—Si conduces la camioneta de una chica, tendrás que vivir con las consecuencias. — Ivy se ríe—. Sabes que me gustan estos libros.

Sus grandes ojos almendrados brillan con picardía mientras se pone mi chaqueta sobre su vestido de noche rojo. Me enfadé cuando dijo que tenía frío y Cole , siempre con sus aires de poli bueno, le fue a ofrecer su chaqueta. Soy yo quien la lleva a casa, así que es lógico que se ponga la mía.

—Es otra de mis muchas maneras de sacarte de quicio, jefe… ¿Acaso no sabes que lo hago a propósito? —Ella se ríe mientras yo niego con la cabeza.

No dudo de que así sea. No ha dejado de desquiciarme ni de poner a prueba mi mantra de «siempre al mando, siempre con un plan» desde el primer día en que la conocí.

Pero estaba claro que era la mejor opción para convertirse en nuestra entrenadora principal de caballos temporal.

Admito que me impresionó durante su entrevista y su mentor en la AQTA no paró de hablar de ella cuando lo llamé para pedirle referencias.

Después de trabajar con ella día tras día durante las últimas semanas, entiendo por qué hablaba con tanto entusiasmo.

Ivy es brillante y tiene un don para calmar a los caballos y conectar con ellos como nadie que haya conocido.

Nunca pierde la paciencia con ninguno de ellos: desde nuestros potros más enérgicos hasta nuestros caballos más viejos, que van lentos como tortugas.

Pero, joder, me saca de quicio. No es culpa suya, sino mía, porque me cuesta mucho ignorar que no solo es guapísima, sino que cuanto más la conozco, más me doy cuenta de que es totalmente ajena a su aspecto y a su encanto descarado y seductor.

Lo que significa que no le importa que todos los vaqueros del rancho se desvivan por madrugar y llevarle el café por la mañana, o que se ofrezcan a encargarse de algunas de sus tareas matutinas.

En la vida habían llegado temprano al trabajo esos capullos, ¿y de repente se presentan en el establo más felices que unas castañuelas antes de que los gallos empiecen siquiera a cantar?

Ivy está encantada de que todos sean «tan amables», como me ha dicho en muchas ocasiones, lo que me lleva a pensar que, a pesar de lo experimentada que asegura ser, es un poco ingenua en lo que respecta al sexo opuesto.

Esto hace que esté constantemente pendiente de ella y, a la vez, tenga que disimular para que no me pillen mirándola. Me estoy conteniendo como puedo, pero solo han pasado unas pocas semanas y estoy bastante seguro de que mantener este equilibrio me ha hecho envejecer diez años de golpe.

Me despido de mi hermano pequeño, Cole , por la ventanilla cuando salgo del aparcamiento del bar de nuestro pueblo. Está de pie en la puerta de The Horse & Barrel y me observa con una sonrisa tonta en la cara cuando me ve marchar en la camioneta de Ivy .

Me he convertido en su chófer porque mi hermana, CeCe , y su grupo de amigas adoptaron a Ivy esta noche como si fuera una más.

La invitaron a celebrar el compromiso de CeCe al estilo Demonios, lo que básicamente significa beber hasta el agua de los floreros y bailar en la pista durante toda la noche.

Así que aquí estoy, adelantando a los demás coches con una pegatina en el parachoques que dice: «Las vaqueras solo quieren divertirse».

Cuando la miro, veo su sonrisa engreída y deduzco que piensa que su libro guarro me ha avergonzado.

—Siento haberte hecho sonrojar con mi novela romántica —canturrea mientras se suelta el pelo, aunque no parece nada arrepentida. Por el rabillo del ojo, veo que le cae en ondas sobre los hombros.

—Se necesita algo más que un libro guarro para que me ponga colorado —replico.

Ivy pone cara de ofendida al oír mis palabras.

—Es un romance erótico, no un libro guarro, y estaba cerca de la mejor parte cuando llegué al bar. Me moría de ganas de seguir escuchándolo de camino a casa. No esperaba que me fueras a llevar. —Suelta una risita, pero sigo sin percibir ni una pizca de vergüenza en su voz.

No se me escapa que no solo lo lee siempre que puede, sino que también se pasea por la ciudad escuchando porno a toda pastilla a cualquier hora y le da igual.

Me encanta que una mujer se sienta segura de sí misma y disfrute del sexo y de todo lo que este ofrece, pero, como soy mi peor enemigo, me mofo del término que usó, «romance», lo suficientemente alto como para que me dé un manotazo.

Suelta una carcajada, la típica risa de borracha que producen muchos chupitos de celebración por el compromiso de Nash y CeCe .

—Bueno, no todos somos unos mojigatos gruñones, así que discúlpame por disfrutar de una buena historia de amor.

No pienso responder a eso. Soy la persona menos mojigata que jamás ha conocido. De hecho, creo firmemente que no debería haber límites en lo que respecta al sexo. Reprimirse sería un desperdicio en el único aspecto de la vida en el que puedes dejarte llevar. Es una vía de escape.

Así que… ¿gruñón? Sin duda. ¿Mojigato? Ni de coña.

—¡Oh, no! Ni se te ocurra quedarte callado. Las mentes curiosas siempre quieren saber más. ¿Por qué me criticas mientras haces tantos ruiditos? ¿Tienes algo que decir sobre mi elección literaria? —me desafía Ivy . Luego añade—: ¿Te ha comido la lengua el gato?

Me froto la cara con la mano libre. Aún me tengo que acostumbrar a esta fierecilla presumida y al modo en que me saca de quicio.

—Venga, escúpelo —me ordena con una ceja arqueada. Me giro hacia ella durante un segundo mientras sigo conduciendo.

—La trama de este libro no tiene nada que ver con el amor ni con el puto romance —afirmo con seriedad al tiempo que señalo el salpicadero.

—Claro que tiene que ver —argumenta Ivy a la defensiva y con fingida sorpresa. Después añade—: O sea, parece que ambos la quieren a su manera.

«¿Ambos?». Me cago en la puta.

—Vale, voy a morder el anzuelo. Empecemos con lo básico. ¿Cómo se llama? —pregunto cuando dejamos atrás el letrero del pueblo de Laurel Creek y empezamos a circular por la oscura campiña.

—¿Cómo se llama? —repite mi pregunta mientras se muerde el labio inferior.

—Sí. Ese romance tórrido que tanto te empeñas en defender. ¿Cómo se titula? —La miro y cuento los segundos que permanece en silencio. Luego pregunto—: ¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el nombre guarro del libro?

Ivy hace una mueca.

—No… es que no es una pregunta justa porque el título no suena nada romántico.

Ahora me pica la curiosidad.

Se mira las uñas, a pesar de la oscuridad que nos envuelve, como si estas necesitaran su atención desesperadamente.

—¿Cómo se llama, Lianta? —repito.

Ivy suspira y mira por la ventana.

— Los indecentes señores del pecado —susurra con un tono apenas audible.

Asiento con la cabeza.

—Está claro que me equivocaba. Tiene pinta de ser superromántico.

Ivy resopla, pero no dice ni una palabra más sobre el tema y mantiene la mirada fija en el paisaje de fuera.

«Nada más que añadir, su señoría».

Dejo que escurra el bulto y pongo la radio. Colter Wall nos canta suavemente mientras avanzamos por la carretera. Me acomodo en el asiento, pero el silencio solo dura tres minutos porque esta mujer no puede dejar de parlotear ni un segundo.

—¡Qué fiesta tan bonita para una pareja tan mona! Sé que no llevo mucho tiempo aquí, pero me encanta tu familia. Son todos muy amables.

—Sí, todos son geniales —comento con un tono mucho más irónico del que pretendía. Entonces añado—: Nunca pensé que vería a Nash sentar la cabeza.