Un corazón indomable (Silver Pines 2)
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Prólogo
Wade
Julio
—En mi defensa, diré que fue la tensión no resuelta más larga de la historia. Perdí la noción del tiempo y luego tuve que desviarme del camino para llegar hasta aquí…
Bajo con desgana los escalones delanteros de la casa principal mientras esta pequeña y vivaracha mujer parlotea a mi lado e intenta explicarme con demasiados detalles el motivo por el que llega tarde a nuestra entrevista de trabajo.
Observo el campo que nos rodea y me pregunto de qué coño habla y qué cojones es una «tensión no resuelta».
La chica sigue exponiendo toda la puta trama mientras inhalo el aire matutino de las montañas de Kentucky . De alguna manera, sé que me voy a arrepentir de preguntarle esto, pero necesito que vaya al maldito grano, joder.
—Explícamelo —la insto.
—¿Explicártelo? ¿La tensión no resuelta? ¿O por qué el libro me ha hecho llegar tarde? —Ni siquiera me da tiempo a responder—. La tensión no resuelta es… ya sabes, la parte que lleva a… al momento picante del libro…
«¿Picante?».
Espera un milisegundo a que hable y, cuando no lo hago, continúa:
—En fin, el protagonista que más me gustaba acababa de besarla, por fin… porque el otro hombre con el que estaba y al que acababa de dejar era su compañero de piso…
Me detengo y me doy la vuelta. Se sobresalta porque está claro que la estoy mirando con cara de no saber de qué narices habla.
Parpadea y me mira. Por fin se da cuenta de que se le ha ido la pinza, pero, por alguna extraña razón, sigue hablando.
—Bueno, lo que quiero decir es que estaba a punto de acostarse con ella y… —Su voz se corta durante menos de un segundo y mira fijamente sus botas. Luego vuelve a hablar—. En fin… Estoy aquí, así que ya averiguaré luego cuál de ellos…
«Se acabó».
—Tú… Madre mía… ¿Sabes lo que significa ser profesional?
¿Lo entiendes? —pregunto para impedir que termine la frase.
No sé por qué, pero creo que si hablamos de su libro, que más bien parece algún tipo de porno, podría considerarse como acoso sexual.
Aunque creo que, en este caso, la víctima sería yo.
Abre la boca, pero no dice nada. Lo interpreto como una señal para seguir caminando.
—Siento llegar tarde y hacerle perder el tiempo, señor Ashby —se disculpa en un tono mucho más profesional, como si ya la hubiera descartado incluso antes de empezar la entrevista. Lo cual, hasta este preciso instante, era mi intención.
Aprieto los dientes. La forma en que pronuncia mi nombre, tan derrotada, hace que se me bajen los humos.
Puede que mi familia tenga razón. A juzgar por lo nerviosa que suena esta mujer ahora mismo, puede que haya sido demasiado brusco con ella cuando llegó a la entrevista seis minutos tarde.
Pero hoy no estoy para gilipolleces. Solo quiero que pase este puto día y tomarme un descanso tras la interminable mañana con mis abogados y mi ex, Janelle .
Vuelvo a detener mis zancadas, listo para girarme y enfrentarme a esta pequeña fiera y para decirle que empezaremos la entrevista de nuevo, pero esta vez de forma profesional.
Antes de que me dé tiempo a hablar, me percato de que se mueve demasiado rápido y de que no mira por dónde va, así que ni siquiera se da cuenta de que me he detenido hasta que me embiste y se tambalea hacia atrás sobre la hierba.
—Joder, mierda. Joder… Lo siento —se disculpa a la vez que la agarro con facilidad por los codos para estabilizarla.
—Mire, señorita… —Le suelto los codos mientras recupera el equilibrio e intento con todas mis fuerzas no fijarme en lo bonitos que son sus ojos azules violáceos cuando me mira.
— Spencer. —Lo dice como si fuera de muy mala educación que haya olvidado su apellido. El que acababa de repetir justo cuando conoció a mi familia hace menos de cinco minutos.
Bueno, puede que lo sea, incluso para mí.
—Eso. Señorita Spencer , no voy a andarme con rodeos.
Me doy la vuelta y empiezo a caminar de nuevo.
Ella me sigue el ritmo a medida que me acerco a la puerta de mi oficina y paso a toda velocidad junto a dos vaqueros que dejan de trabajar para echarle un vistazo a la mujer que va a mi lado.
Niego con la cabeza cuando pasamos frente a ellos porque mis trabajadores son una panda de salidos.
—No busco a ningún principiante —le explico—. Aunque sea un trabajo temporal, necesito un entrenador con experiencia para sustituir a Sam .
Abro la puerta de mi oficina y ella me sigue.
Cuando rodeo mi escritorio, la veo de pie al otro lado, con sus vaqueros desgastados, su camiseta negra ajustada y sus botas vaqueras negras a juego.
Ha cruzado los brazos bajo sus respingones pechos, lo que hace que parezcan un pequeño estante.
Nuestras miradas se encuentran y me doy cuenta de que he dicho algo que la ha molestado muchísimo.
—Ah, ya entiendo. Eres uno de esos, ¿eh? ¿Crees que soy una principiante solo porque soy joven y, además, mujer?
Me quito el sombrero y lo tiro sobre el escritorio. «Joder, para nada soy uno de esos, todo lo contrario. Esta mocosa malcriada…».
—Veo que estoy perdiendo el tiempo al esperar más de ti —me desafía.
Me inclino hacia delante, planto las palmas de mis manos sobre el escritorio y hablo en voz baja para que se entere de que ya no aguanto más su actitud y que, cojones, soy yo quien está al mando aquí, no ella.
—No tiene nada que ver con que seas mujer. Algunas de las entrenadoras más respetadas de la industria son mujeres. Joder, la entrenadora a la que vas a reemplazar es mujer.
Su mirada se suaviza y parece casi avergonzada mientras deja caer sus brazos a los costados.
—Ah, di por hecho que al llamarse Sam …
— Samantha —la interrumpo—. Dar cosas por hecho casi nunca lleva a nada —añado con brusquedad.
Me paso la mano por el pelo y, cuando me siento, me reclino en la silla.
Tiene un carácter muy decidido, lo admito, y probablemente sea la mujer más guapa que he visto en muchísimo tiempo.
Vale, es impresionante. Impresionante nivel: mi pene se activó en cuanto se echó el pelo largo y azabache por encima del hombro y plantó sus botas en el suelo con fuerza.
« Ivy Spencer ». Ahora que la veo, me pregunto cómo pude olvidar su nombre.
Ella me imita y se relaja un poco cuando se sienta frente a mí.
Respiro hondo antes de continuar. No pretendía que esta entrevista empezara con tanta intensidad.
La verdad es que no soy tan imbécil. Es que tengo tantas cosas que hacer todos los putos días que hablo rápido y, nueve de cada diez veces, contesto con frustración simplemente para poder pasar a la siguiente tarea.
—Mira, si somos sinceros, eres joven, así que no puedes tener más de… ¿qué? ¿Cinco años de experiencia?
Ahí está esa mirada desafiante otra vez.
Su rostro en forma de corazón no me deja leerla.
Tiene los pómulos altos, la nariz fina y recta, y los labios carnosos y rosados.
Unos rasgos perfectamente definidos. Pero sus ojos…
Parece que se está fraguando una tormenta en ellos y me dicen que está a punto de ponerme en mi lugar, y no voy a tener tiempo para reaccionar.
Si no estuviera tan agotado, me haría hasta gracia.
—Casi quince, en realidad, si cuentas todas las horas de prácticas.
Pero incluso sin ellas, tengo un título en Estudios Equinos por la Universidad de Kentucky , con una beca completa, y estuve cinco años entrenando a purasangres en el rancho Bellingham …
—Arquea una ceja, como si me preguntara: «¿Qué le parece, señor Ashby ?
»—. Antes de eso, colaboré con el Centro de Rehabilitación de Nottingham durante tres años.
Ah, y realicé cuatro prácticas de verano en la American Quarter and Thoroughbred Association * bajo la tutela de Peter Sampson durante el instituto y la universidad.
—Es una mención a un reconocido entrenador que participó en el entrenamiento del ganador de la Triple Corona de 2015.
«Hostia puta».
—¿Nunca te lo habían dicho? Dar cosas por hecho casi nunca te lleva a nada —comenta. Una sonrisita tímida asoma en sus bonitos labios y me dan ganas de hacer todo tipo de cosas, la mayoría de ellas muy inapropiadas, para borrar esa expresión de su cara.
Gruño y ella parece relajarse un poco.
—Mira, soy buena en lo que hago. Utilizo un enfoque moderno que supongo que no usáis en este rancho; uno que podría ayudarte, sobre todo si en algún momento quieres participar en otra carrera del derbi —sugiere.
La miro y me pregunto si podría encargarse de esto. ¿Quince años? Así que lleva trabajando con caballos desde que era… ¿una niña? Niego con la cabeza mientras una parte de mi cerebro se pregunta por qué me interesa tanto su historia.
Ella se levanta y señala la puerta.
—¿Por qué no me enseñas el rancho mientras hablamos? ¿O la entrevista solo consistirá en que te quedes ahí sentado y me juzgues en silencio?
Me quedo boquiabierto durante un breve momento ante su tono descarado, pero luego me recompongo y vuelvo a ponerme el sombrero mientras me levanto.
—Los establos están por aquí. —Resoplo mientras paso rápidamente junto a ella.
Veinte minutos después, estamos ante nuestra gran pista de arena para observar a uno de nuestros entrenadores, Dusty , que intenta trabajar con un potro nuevo y nervioso. Este potro es asustadizo y ha sido todo un reto conseguir que no se espante.
Ivy se dedica a observar y aprender las costumbres del caballo como si tuviera una conexión telepática con él mientras yo respondo a preguntas que me hacen los tres vaqueros del rancho.
Por alguna razón, acaban de decidir que tienen que trabajar justo aquí, donde estamos Ivy y yo.
Como si no supiera que ella es la nueva atracción del momento.
Uno de mis responsables está charlando con Ivy como si fueran viejos amigos.
Se ríen y, en ese instante, sé que esta mujer no puede trabajar aquí.
Es pura distracción y es demasiado encantadora.
Estos cabrones nunca harán nada si ella está aquí y la productividad es esencial en mi rancho.
Lo último que necesito es una preocupación más en mi día a día.
—¿Cómo va la entrevista, Sargento? — Nash , mi amigo de toda la vida, me da una palmada en la espalda cuando viene de desayunar en la casa principal con mi madre y mi hermana.
—Puf… —gruño.
—Veo que bien, ¿eh? —Suelta una carcajada—. ¿No crees que estás siendo demasiado duro con ella? Solo han sido seis minutos de retraso. No es para tanto.
—Quizá. Tiene un buen currículum —admito mientras observo cómo agarra una fusta de doma del panel de herramientas y se atreve a entrar al corral.
Nash y yo nos miramos y la seguimos rápidamente cuando abre la puerta y comprueba que es seguro entrar.
—¿Te importa si lo intento? —le pregunta a Dusty sin dudar.
Dusty la mira como diciendo: «¿Quién cojones es esta?». Pero luego sonríe de oreja a oreja.
—Adelante. Es un cabrón testarudo que no se deja dominar por nadie.
Ivy asiente con la cabeza y toma su lugar en el corral frente al enérgico caballo.
—¿Habéis oído hablar del programa Parelli ? —nos pregunta a Dusty y a mí.
—Te mentiría si dijera que sí —respondo mientras veo que le arrebata la cuerda a Dusty .
Es una persona completamente diferente a la que me miraba enfurecida en mi oficina.
Esta mujer está calmada y serena, y se siente de lo más cómoda con el caballo inquieto.
Se toma un momento para rozarle el hocico con la mano y le susurra algo que ninguno de los dos consigue escuchar.
—Es un concepto que establece que se puede domar a un caballo de forma natural a través de la comunicación, la comprensión y la psicología, en lugar de la mecánica, el miedo y la intimidación.
Sube la fusta de doma y deja que la cuerda que le cuelga de la base descanse sobre el lomo del caballo antes de deslizarla suavemente. El caballo se asusta, pero, en lugar de apretar la soga, Ivy se limita a levantar la mano y darle más espacio.
—Así no es como hacemos las cosas por aquí —le recuerdo mientras me inclino sobre la barandilla y la observo. Joder, ver a Ivy con este caballo es casi hipnotizante.
—¿Por qué lo hacéis a la antigua usanza? —pregunta.
—Porque siempre lo hemos hecho así —replico con torpeza.
Ivy sigue moviéndose y alterna entre arrastrar la cuerda por el lomo del caballo y hacer círculos con ella sobre el suelo como si fuera un lazo.
Cada vez que el caballo se asusta, ella le susurra algo y coloca la cuerda sobre su lomo para que vuelva a centrarse en ella.
Y, hostia, después de diez minutos haciendo eso sin parar, consigue que mantenga la mirada clavada en Ivy y se mueva a su lado durante treinta segundos.
Gira tranquilamente en círculos con ella mientras lo guía.
—¿Veis? Mi forma de entrenar se basa en forjar una relación con tu caballo.
Eso requiere ganarse su confianza y hacer que se sienta seguro, lo cual no se consigue con los métodos de entrenamiento tradicionales.
Lo que buscan es seguridad y protección.
Y si no se lo transmitimos, nunca confiarán en nosotros.
Nunca se convertirán en nuestros compañeros por voluntad propia.
—Me suena a algo moderno, a alguna mierda hippie —mascullo sin pensar y Nash me da un codazo en las costillas. Es evidente que lo que la chica está haciendo funciona. Es solo que no me gusta equivocarme ni perder el control y estoy haciendo ambas cosas ahora mismo.
Con su método, Ivy da unas cuantas vueltas más por la pista con el caballo y, cuando ve que el animal ya ha tenido suficiente, desengancha la cuerda y lo suelta. Se acerca a mí, me estampa la fusta contra el pecho, me mira con esos ojos azules y dice:
—Oye, tú eres el jefe aquí. Solo te cuento lo que me ha funcionado a mí, nada más.
Es como trabajar con personas: hay que ganarse el respeto, no darlo por sentado.
Gracias por la oportunidad; me encantaría ayudar en el rancho de tu familia mientras Sam no está.
—Pasa rápidamente entre Nash y yo, y se gira para mirarme por encima del hombro—.
Eso si no das por hecho que no estoy a la altura, claro —suelta con una sonrisa en los labios.
Nash se inclina hacia mí y susurra:
—Joder, Sargento. Creo que acabas de encontrar a tu media naranja.
Me cruzo de brazos y observo cómo se aleja. Sé muy bien que no solo me va a causar problemas, sino que prácticamente se acaba de contratar a sí misma. Me cago en la puta.
* Asociación que se dedica a la preservación, mejora y mantenimiento de registros del American Quarter , una raza de caballo originaria de Estados Unidos conocida especialmente por su carácter calmado y su velocidad en distancias cortas. (N. de la T.)